La subasta del amor (Club de los cincuenta fabulosos nº 3) Capítulo Dos
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Capítulo Dos

Sam

—Mamá. Mamá. Mamá.

—Sí, Ethan —digo, echando mano de mi última gota de paciencia. Estoy en la cocina aún en pijama, haciéndole un sándwich de queso crema a mi hijo, que va descalzo. El autobús llega en dieciocho minutos.

—Necesito dinero para el uniforme y el material antes del martes.

—Ah, claro. Hockey.

—¿En serio, mamá? Te lo he dicho como cien veces.

Quiero decirle que su actividad deportiva no es lo único que me preocupa estos días, pero Ethan tiene razón. Me lo ha recordado varias veces en las últimas semanas. No soy de las que lo dejan todo para después. De hecho, soy conocida por mi capacidad de organización.

Lo dejé aparcado por una buena razón: no me llega el dinero.

—¿Cuánto era?

Suspira con dramatismo y me lo dice. Que la escuela pueda justificar semejante gasto es una vergüenza. Me devano los sesos pensando cómo arreglármelas.

A los catorce años, el hockey lo es todo para Ethan. Se quedará destrozado si no puede jugar. Me pregunto si algún padre de cursos superiores estaría dispuesto a venderme el palo y el casco a mejor precio. El uniforme tiene que llevar su nombre, así que de eso no me libro.

—¿Le preguntamos a papá? —dice Ethan con cautela.

Se me cae el alma a los pies al ver la expresión derrotada de mi hijo.

Sabe de sobra que pedirle algo a Alan nunca es fácil.

Siempre hay excusas, largas. Si me dieran un euro por cada vez que a mi ex de repente le surge una llamada urgente justo después de pedirle que aporte algo para las extraescolares de los niños, sería rica.

Que es justo lo que no soy. Aunque me mate a trabajar para llegar a fin de mes.

—Claro —digo, con un entusiasmo forzado que hasta a mí me chirría—. Vamos a llamarle.

Odio llamar a Alan.

Sin que se lo pida, Ethan usa su teléfono y pone el altavoz. Debe de haberse dado cuenta de lo que yo comprendí hace tiempo: Alan no coge si la llamada es de mi número.

Alan y yo nos divorciamos un año después de que me presionara para mudarnos a Nueva York.

Mi familia está en Ohio, igual que los amigos de los niños, nuestros amigos.

Dijo que tenía más oportunidades laborales en la costa.

Y era verdad. Lo que se calló fue que ya tenía planes de dejarme.

Quería tener a los niños cerca de donde iba a vivir cuando se marchara.

Ahora, conseguir que pague la pensión de los niños es una batalla perdida.

Una putada, sobre todo porque el coste de vida aquí en Nueva York es una locura comparado con el de allí.

Por suerte, pude trasladar mi plaza fija a mi nuevo puesto como profesora de literatura inglesa. Reparto la semana dando clase en Long Island y en Manhattan.

Alan contesta al segundo tono.

—Hola, campeón.

Odio que llame a nuestro hijo «campeón».

—Hola, papá. —Ethan hace una pausa. Veo cómo calcula la manera de pedírselo y se me parte el corazón. Una vez más—. Me han cogido en el equipo de hockey.

—Sí, me acuerdo. Eso es genial. ¿Cuándo es el primer partido? Iré, si puedo.

—Genial. Sí. Bueno, es que no puedo entrar en el equipo sin el material y el uniforme.

Silencio.

—¿Está mamá ahí?

—No —miente Ethan.

Me alejo para que no sea del todo mentira y contengo las lágrimas. Mi pobre niño tiene que andarse con pies de plomo con su padre.

Seguro que Alan está diciendo que para eso paga la pensión. No les he contado a los niños lo mucho que debe, porque solo empeoraría la imagen que tienen de su padre.

Dos minutos después, Ethan está a mi lado.

—Dice que le estaba entrando una llamada importante y que ya me llamará.

No va a llamar.

Meto el sándwich, tres tentempiés y una lata de agua con gas en una bolsa.

—¿Sabes qué? Acabo de acordarme de que me dieron dividendos de unas acciones que compré hace años. Seguro que da para el uniforme y el material.

Se le ilumina la cara.

—¿En serio?

Sonrío y asiento. Tendría que haberme dedicado a la interpretación en vez de a la literatura. Aunque no tengo precisamente pinta de actriz.

—Saco el dinero esta noche y mañana le pagamos al entrenador.

Ethan coge la bolsa del almuerzo, la mete en la mochila y sale disparado hacia la puerta.

—¡Los zapatos! —grito.

Los encuentra en el pasillo y se los calza a toda prisa. Con una manga del abrigo colgando, abre la puerta.

—Te quiero, mamá.

Y así, sin más, todo ha merecido la pena.