La subasta del amor (Club de los cincuenta fabulosos nº 3)
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Capítulo uno
Samantha (pero llamadme Sam)
Me incorporo de golpe en la cama, con el corazón desbocado como si me hubiera quedado dormida y perdido un vuelo. En la casa de al lado, un cortacésped cobra vida con un rugido capaz de despertar a los muertos.
—No puede ser —murmuro. Apenas son las seis y cuarto de la mañana y todo el vecindario sigue durmiendo. O lo estaba.
Los nuevos vecinos se mudaron hace un par de semanas.
Por lo que he ido averiguando, se trata de un padre soltero con una hija llamada Vivi.
Esto me sorprendió. Con tanto ruido constante, daba por hecho que eran más.
Pero la información me llegó de mi vecina Flo, una anciana conocida como Flozy la Cotilla, un apodo que se ha ganado a pulso.
Me escondo detrás de las persianas, atisbando entre las lamas, por si Blake Mitchell me pilla justo en el momento en que lo estoy espiando.
Es una fría mañana de abril en Cedar Ridge, un pueblecito en la costa sur de Long Island.
Antes de mudarnos aquí, nunca imaginé Nueva York como un lugar con parques arbolados, estanques con patos y vecinos amables.
Aunque los distritos mantienen su fama de ruidosos y descarados, los suburbios pueden ser bastante encantadores.
El sol asoma por encima de las casitas al otro lado de mi calle sin salida, tiñendo el mundo de dorado. Sería una delicia si no fuera por ese ruido infernal.
Del tipo solo distingo una silueta voluminosa envuelta en polar, con un gorro rojo en la cabeza. Blake empuja la máquina trazando círculos concéntricos en el césped. Si sigue así, su jardín va a parecer que han aterrizado extraterrestres. Miro el reloj de la pared. Debería llamar a la policía.
Bueno, quizás la policía tenga cosas más importantes que hacer. Además, llamar a la policía no va conmigo. Tengo fama de ser amable. Demasiado amable. Amable a la antigua, del Medio Oeste. Ese tipo de amabilidad del que la gente de las grandes ciudades se aprovecha.
Mi amiga Mo, con su estilo implacable, dice que llevo una diana en la espalda con la palabra boba grabada en letras de neón. Pero poco a poco estoy aprendiendo a endurecerme, a hacerme oír. Nunca seré tan dura como Caroline o Mo —no estoy hecha así— pero tampoco pienso ser el felpudo de nadie.
Observo un rato, bostezando y preguntándome por qué demonios alguien estaría cortando el césped a estas horas. Vamos, que estamos a principios de primavera. La hierba apenas es una pelusilla. La mayoría de los arbustos ni siquiera han brotado.
Me alejo de la ventana arrastrando los pies y subo la calefacción.
Mi casa es acogedora, que viene a ser un eufemismo de pequeña y cómoda.
Estoy orgullosa de ella. Pago todas las facturas yo sola y, gracias a Mo, mi amiga diseñadora, la redecoré con hallazgos elegantes de una tienda de segunda mano.
La casa tiene un aspecto muy diferente a cuando vivíamos aquí los cuatro. Que es precisamente la idea.
Voy al baño con el pijama arrastrando por la moqueta. Era de mi ex, Alan. Es una de las pocas cosas que saqué del divorcio sin ataduras, literalmente.
Con esa alegre nota mental, me lavo los dientes, me ducho y limpio el vaho del espejo. Me pongo las gafas de leer y paso el inventario diario.
Mi tez clara está bastante bien para los cincuenta, lo cual atribuyo a la buena genética.
Mis ojos color avellana y mis pestañas espesas son herencia de mi abuela.
Pero ahí acaban las buenas noticias. Mis brazos no tienen ni pizca de tono muscular y el centímetro de canas me mira fijamente, anunciando otro día de sombrero.
No he tenido tiempo de hacerme un retoque.
Pensaría en dejar de teñirme, pero Chloe dejó claro que jamás me dejaría salir así a la calle.
Tiene dieciséis años y es más estilosa de lo que yo seré en la vida.
Echo un vistazo al pintalabios en la encimera del lavabo.
Flor de Baya. Caroline me lo «regaló» la última vez que la vi.
La sutileza no es lo suyo. Sabe de sobra que el maquillaje no es lo mío.
No es que tenga aversión a un poco de color.
Es más bien que no tengo ni idea de lo que hago.
A juzgar por las amigas de Chloe, voy a necesitar un título en Bellas Artes para hacerlo bien.
La última vez que me maquillé fue para una ocasión especial: el funeral de mi suegra. Suena cruel, pero esa arpía me odiaba. A ella le echo la culpa de que Alan nos dejara.
Abandono el autoanálisis. Tampoco puedo hacer mucho al respecto.
El cortacésped sigue rugiendo fuera, ahogando cualquier posibilidad de paz matutina. Refunfuño, molesta porque mi humor ya está por los suelos, y bajo las escaleras arrastrando los pies. Mi cocina ordenada me levanta un poco el ánimo.
La organización es mi vida: funciono a base de hojas de cálculo y calendarios con códigos de colores. Sin ellos me derretiría como la bruja de El Mago de Oz.
Me sorprendo fulminando con la mirada a la cafetera, como si tuviera la culpa de mi falta de sueño. Muelo los granos y empiezo a preparar el café; el aroma me anima al instante. Es difícil seguir enfadada con el olor del café recién hecho. La verdad es que tengo la cabeza llena de Alan.
Me han dicho que mi ex sale con mujeres. Con muchas.
Yo, personalmente, ni me planteo salir con nadie. ¿Quién tiene tiempo?
Además, el amor es impredecible y deja el caos a su paso. Con el amor, nada está donde debería, y eso me descolocaría por completo. Es algo que no me puedo permitir con la agenda que llevo.
Vuelvo a subir y llamo a las puertas de los cuartos de los niños.
—¡Arriba!
Los gruñidos que recibo a cambio me confirman que el cortacésped no les ha quitado el sueño. Los adolescentes son capaces de dormir aunque haya un terremoto.
Otro día, otro circo. Al menos iré bien de cafeína.