CAPÍTULO 44
CONNOR
Los días en el hospital se alargan como una pesadilla.
No consigo alimentarme, la comida del hospital sabe a cartón y tengo un nudo en el estómago que no me permite ingerir nada.
He notado cómo las enfermeras me miran con pena.
Dicen que necesito fuerzas para recuperarme, pero a mí no me importa una mierda ahora mi recuperación.
Mis fuerzas se fueron con ella el otro día.
Me miro al espejo cuando me levanto al baño y tengo la barba salvaje, los ojos hundidos y oscuros. Parezco un vagabundo. Un fantasma de lo que algún día fui.
Hoy vienen dos de mis superiores en la DEA.
Se sientan en las sillas de plástico junto a mi cama y me explican la sanción.
Suspenso de empleo y sueldo durante seis meses.
Por poner en riesgo la operación al introducir a una civil sin autorización.
Alina intentó cubrirme. Argumentó que Brook había sido una variable imprevista, que yo había intentado sacarla de la ecuación.
Pero no pudo taparlo todo. Las reglas son las reglas.
Mencionan a Brook. La llaman «la señorita Harper». Dicen que su testimonio podría haber sido útil ya que estuvo allí, pero que no quiere colaborar. Preguntan si sé cómo hacerla cambiar de opinión y les digo que no, que no he vuelto a saber nada más de ella. En el fondo, es la verdad.
No les importa mucho, están contentos ya que la redada fue todo un éxito. Con los arrestos, muchos empezaron a cantar. La Spina Negra está hecha trizas.
De Marco no saben nada. Gracias al buen trabajo de Lucca con el cadáver, creen que se escondió antes del golpe y que está en algún país sin extradición. Si llegan a saber lo que hicimos, me quedo sin carrera y me juego pena de cárcel. Pero por ella, lo volvería a hacer una y mil veces.
Firman los papeles y me dan una palmada en el hombro, en el bueno.
—Descanse, agente Stone. En seis meses hablamos. Aproveche para descansar.
Cuando la puerta se cierra, me quedo mirando el techo blanco. Solo puedo pensar en una cosa: ¿Estará bien? ¿Estará comiendo? ¿Duerme? ¿Me odia?
Cojo el móvil y abro nuestra conversación. Mis últimos mensajes están ahí, en verde, con la marca de «entregado» pero nunca «leído».
Escribo otro.
Brook. Por favor. Solo déjame saber que estás bien. Una palabra y luego te dejo en paz si eso es lo que quieres. Te lo prometo.
Pulso enviar. Me quedo mirando la pantalla, esperando que los tres puntos de que está escribiendo aparezcan, pero nada.
La llamo y va directo al buzón de voz. Su voz, grabada, me dice que deje un mensaje.
Al final tiro el móvil contra la pared, rebota en la almohada y cae al suelo hecho pedazos, al igual que me siento yo ahora mismo.
Alina viene por las tardes. Trae café de fuera porque dice que el del hospital debería ser declarado atentado contra la humanidad.
—Tienes mala cara —dice, sin rodeos.
—¿Sabes algo de ella? —pregunto, sin preámbulos. Es lo primero que digo.
Alina suspira y se sienta en la butaca de al lado de la cama.
—Caleb, ya sabes que no me soporta. Si no te habla a ti, a mí menos.
—¿Pero has comprobado que esté bien? —insisto. Sé que lo habrá hecho. Es parte de su trabajo.
—Está viva —admite, después de un momento—. Está en su apartamento y no se ha ido de la ciudad si es lo que temías. También te digo que no responde ni sale de casa. Ha ido un repartidor de comida a domicilio un par de veces.
Esa información debería calmarme, pero no lo hace. La imagino allí, encerrada, sola. Sufriendo por mi culpa.
—¿Y Lucca? —pregunto, cambiando de tema porque duele un poco menos.
—¿Qué pasa con él?
—Le escribí una carta e intenté llamarlo un par de veces, pero ni siquiera acepta las llamadas.
Ella baja la vista hacia la taza. Rodea el borde con el pulgar una y otra vez.
—Será mejor que lo dejes ir, Caleb. Olvídate de él.
Lo dice tan bajo que, por un segundo, pienso que lo ha dicho para ella.
—¿Que lo deje ir?
Noto cómo algo se me aprieta en el pecho.
—Sí.
—Qué fácil te sale decirlo. ¿Eso es lo que haces tú? ¿Dejar ir a la gente hasta que deja de doler?
Levanta la cabeza despacio y veo las lágrimas contenidas en sus ojos.
—No sé qué intentas conseguir, Caleb, pero déjalo estar.
—Que dejes de fingir. Él confiaba en ti, Alina. Más que en nadie.
Ella aprieta la mandíbula.
—No sabes de qué hablas.
—Claro que lo sé.
Me río una sola vez, pero sin humor.
—Todos lo veíamos, ¿sabes?
Alina aparta la mirada para que no vea el dolor en su rostro. Y eso, de algún modo, confirma todo.
—Nunca dijiste nada —continúo—. Nunca le prometiste nada. Lo sé, estoy seguro, pero tampoco lo alejaste. Dejaste que se ilusionara.
Ella cierra los ojos un instante.
—No era tan sencillo.
—No. Supongo que no.
Respiro hondo antes de seguir.
—Porque te gustaba. Te gustaba cómo hacía que todo pareciera... normal. Cómo conseguía que sonrieras incluso en los peores días. Cuando estaba contigo dejabas de mirar por encima del hombro durante un rato y eras más tú que nunca.
Alina traga saliva, pero no lo niega.
—Y él...
La voz se me rompe.
—Joder, Alina... Él estaba enamorado de ti y tú le has roto el puto corazón.
Ella cierra los dedos con tanta fuerza alrededor de la taza que los nudillos se le vuelven blancos.
—No sigas, por favor.
Casi es una súplica.
—¿Por qué? ¿Porque ahora duele?
Alina inspira despacio, pero el aire le tiembla dentro del pecho.
—Porque él tuvo el valor de enamorarse de mí.
Hace una pausa.
—Y yo necesité perderlo para admitir que llevaba enamorada de él mucho más tiempo del que fui capaz de aceptar.
Se queda mirando sus manos con cara de derrota.
—El amor es lo mejor que tenemos, Alina —continúo, y ahora hablo más para mí que para ella—.
Sin eso, somos solo máquinas. Máquinas que cumplen órdenes, que firman papeles, que pasan los días sin sentir nada real.
Pero cuando encuentras a alguien que te hace sentir…
eso es lo único que importa. Y hay que perseguirlo.
Aferrarse a ello, aunque duela. Porque lo otro…
lo otro es esto —digo, señalando la habitación de hospital, mi cuerpo magullado, el vacío en el pecho.
Alina se levanta. Toma su bolso.
—Tienes que descansar, Caleb. Ya hablaremos.
—Tú también lo sabes —digo, antes de que salga—. Por eso duele tanto.
Ella se detiene en la puerta. No se da la vuelta. Pero su espalda está muy recta.
—Descansa —repite, y sale.
Cuando la puerta se cierra, mis palabras resuenan en mi cabeza. Perseguirlo. No puedo esperar más.
Si Brook cree que puede escapar de mí tan fácilmente, es que realmente no sabe quién soy.
O quizás sí lo sabía, y por eso huyó. Le dije que tenía más sombras que luces.
No mentía. Ser agente de la DEA es una parte.
Pero la otra parte… esa nació en las calles mucho antes de ponerme una placa. Esa parte no sabe rendirse.
Es de noche y el pasillo está tranquilo. La enfermera de turno ha hecho su última ronda. Me levanto de la cama. El dolor en el costado es un cuchillo constante, pero lo ignoro. Me pongo los vaqueros y una sudadera que Alina me trajo.
Salgo de la habitación despacio, apoyándome en las paredes.
Llego al ascensor y bajo a la planta baja.
El aire de la calle es frío y me da en la cara como un golpe.
Cojo un taxi y voy directo al apartamento de Brook.
Durante el trayecto, mi corazón late como si quisiera salirse de mi pecho.
El dolor es agudo, pero es un ruido de fondo.
No sé si es el balazo, mi corazón muriendo sin ella, o una mezcla de ambos.
Bajo del taxi frente a su edificio y subo las escaleras a la máxima velocidad que mi cuerpo me permite en este estado.
Entonces caigo en la cuenta, voy sin afeitar y no recuerdo exactamente la última vez que comí, pero no me importa.
Solo quiero que me escuche, que me deje explicarme.
Llego a su puerta jadeando, otro motivo por el que sí debo hacer esos ejercicios de rehabilitación que me han dicho las enfermeras.
Llamo al timbre y espero, pero nada. Llamo otra vez y oigo la mirilla. Hay alguien ahí, detrás de la puerta, lo he oído y puedo oír su respiración. Sé que es ella, es Brook.
—Brook —digo, apoyando la frente contra la madera fría de la puerta—. Soy yo.
Silencio.
—Sé que estás dentro —digo, sin levantar la voz—. Te escucho respirar al otro lado.
Nada.
La rabia vuelve. Esa rabia impotente y desesperada. Golpeo la puerta con el puño.
—¡Abre! ¡Por favor, Brook! ¡Solo déjame verte! ¡Déjame explicarme! Por favor…
Le doy una patada a la puerta. El impacto me hace gritar de dolor. Me agarro al costado, viendo estrellas. Y entonces me doy cuenta de que esto no sirve. Golpear, gritar… así solo la asusto y la alejo más.
El aire se me escapa de los pulmones en un jadeo largo y tembloroso.
La rabia se desvanece, y en su lugar solo queda un cansancio infinito, un dolor que no tiene nada que ver con las heridas.
Me desplomo contra la puerta, deslizándome por la madera hasta quedar sentado en el suelo del pasillo.
Apoyo la espalda en su puerta, cierro los ojos y empiezo a hablar.
—No voy a irme —digo, y mi voz suena rota—. Puedes no abrirme. No contestarme nunca más, pero yo no me voy a ir de aquí. Porque no tengo a dónde ir.
Hago una pausa. Escucho. No hay ningún sonido desde dentro, pero sé que está ahí. Escuchando.
—Tuve que mentirte —continúo, y las palabras salen solas, como si llevaran semanas esperando a escapar—.
Es mi trabajo, pequeña. Mentir, interpretar un papel.
Si me descubrían, no solo estaba en juego mi carrera, también lo estaba mi vida.
Y cuando apareciste tú… Dios, Brook, eras lo último que necesitaba.
Llegaste como un torbellino. No te podía sacar de mi cabeza y enviaste todo al traste.
Ya me daba igual la operación, mi misión en ese sitio y si desmantelaba o no la organización.
Todo mi trabajo de dos años tirado a la basura.