La Spina Negra CAPÍTULO 43 #2
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CAPÍTULO 43 #2

—Bueno, chicos… os dejo —dice ella finalmente—. Creo que tenéis mucho de lo que hablar.

Antes de irse mira a Connor y levanta la mano haciendo el gesto de un teléfono junto a la oreja.

—Te llamo.

Connor asiente y ella desaparece por el pasillo. El silencio que deja detrás parece enorme. Connor se gira hacia mí despacio.

—Estás aquí… —dice Connor incrédulo de verme.

—Sí, claro.

—Brook, yo… pensaba que no estarías… —se pasa una mano por el rostro—. No sé ni por dónde empezar. No era así como quería que te enterases de todo esto.

Trago saliva observándolo.

—El plan era que Lucca y tú os fuerais —continúa—. Que estuvierais a salvo. Tú no habrías corrido peligro, no habrías descubierto nada de esta forma y Lucca no habría terminado detenido. Pero joder… todo salió mal.

Hacemos una pausa. El sonido de los monitores es constante. El silencio se instala entre nosotros. Es un silencio pesado, lleno de cosas no dichas. De preguntas que queman en mi garganta.

—Connor —empiezo, pero la palabra me sabe falsa en la boca—. ¿O debería llamarte Caleb?

Él cierra los ojos un momento. Cuando los abre, hay tristeza, miedo…

—Me llamo Caleb sí —dice, y suena a confesión—. Caleb Stone. Soy agente de la DEA desde hace ocho años y llevo infiltrado en La Spina Negra los dos últimos años.

Las palabras me golpean. No son un golpe sorpresa, Alina ya me lo había soltado antes, de forma fría y clínica, mientras esperábamos noticias de la cirugía. Pero oírlas de su boca… es distinto. Es peor.

—Sí, todo esto ya me lo ha contado Alina —digo conocedora de todo esto, aunque oírlo de su propia boca es peor.

—Entiendo.

—Así que todo era mentira —digo sin más y no es una pregunta.

—No —responde rápido. Se inclina hacia delante y un gesto de dolor le cruza la cara. Se lleva una mano al vendaje—. No todo. Mi pasado, mi familia… lo que te conté sobre eso era cierto. Lo que siento por ti… eso también es cierto.

Un sonido seco y feo me sale de la garganta. Es casi una risa.

—¿En serio? —pregunto, y ahora la rabia empieza a subir. Lenta, caliente, trepando desde el estómago—. ¿Lo que sientes por mí? ¿Qué es lo que sientes, Caleb? ¿Pena? ¿Culpa? ¿Era parte de la puta misión?

—¡No! —Su voz sube de volumen, y luego baja de inmediato, como si recordara dónde está—. No fue así. Brook, lo que pasó entre nosotros… eso fue real. Cada maldito segundo.

—¿Real? —Ahora me levanto de la silla. No puedo quedarme sentada.

La rabia me obliga a moverme. Camino hasta la ventana, mirando la oscuridad.

Mi reflejo en el cristal es el de una extraña.

Una mujer con los ojos hundidos y la boca tensa—.

¿Qué parte fue real, exactamente? ¿Las veces que me dijiste que confiara en ti?

¿Las veces que me prometiste que me protegerías?

¿O cuando me entrenaste, Caleb? ¿Eso también era parte del manual de la DEA?

¿Cómo manipular a una víctima traumatizada?

Oigo cómo él respira con dificultad detrás de mí.

—No estabas en la misión —dice, y su voz suena desesperada—. Tú nunca fuiste un objetivo. Apareciste y… y lo complicaste todo. Lo cambié todo por ti. Arriesgué la misión entera por sacarte de ahí.

Me giro hacia él. La rabia ahora es un nudo ardiente en el pecho.

—¿Y por eso me mentiste? ¿Por mi propio bien? ¡No me des esa mierda! ¡Tú me usaste! Me usaste cuando viste que Di Santos se interesaba por mí, ¿verdad?

—¡Te protegí porque te quería! —grita él, y esta vez no baja la voz. Sus ojos grises brillan con una furia que iguala a la mía—. ¡Porque desde el primer maldito día que te vi, supe que tenías que salir de allí! Pero no podía evitarlo. Te necesitaba cerca, conmigo. Sabiendo que estabas segura.

El aire se me escapa de los pulmones.

—Fui un egoísta, te tenía que haber sacado la idea de vengarte de la cabeza y haberte sacado de toda esta mierda, lo sé, lo siento —admite, y ahora suena agotado. Derrotado.

Tengo que apoyarme en el borde de la ventana. Las piernas me flaquean.

—Me siento tan estúpida —digo, y la voz se me quiebra—. Tan sola. Pensé que por fin… por fin había alguien. Alguien real, pero eras un espejismo. Un personaje. Y yo era solo… una estúpida a la que manipular.

—Eras todo —dice él, y cuando levanta la vista, sus ojos están húmedos—. Eras la única cosa real en medio de todo ese infierno de mentiras. Por eso duele tanto. Porque lo que siento por ti es lo único que no fingí. Soy real, todo lo que conoces de mí, de mi forma de ser, es real.

—Mentira. Creía que me había enamorado de un capo de la mafia italiana. Puse en duda todos mis valores. Sacaste lo peor de mi ser. Yo tenía principios, moralidad, era buena persona…

—Brook, pequeña, sigues siendo tu…

—¡No! He torturado y mutilado a un hombre hasta la muerte.

He secuestrado y sacado información. He presenciado varias muertes sin hacer nada al respecto.

Todo creyendo que era lo correcto para poder estar contigo.

Sabías el dilema moral que corría por mi cabeza…

y no fuiste capaz de contármelo… ¿Tan poco confiabas en mí?

—No es eso, claro que confío en ti. Tenía miedo de perderte, de que te alejaras…

Sacudo la cabeza. No puedo. No puedo escuchar esto ahora.

—Estoy aquí —digo, limpiándome las lágrimas con el dorso de la mano, con rabia— porque necesitaba saber que sobrevivías. Porque después de todo, estaba preocupada realmente por si te morías. Eso es lo patético.

Hago una pausa, respirando hondo. El dolor del pecho me atrapa.

—Pero ahora ya lo sé. Estás vivo y estarás bien. El médico ha dicho que en un par de semanas te darán el alta y podrás volver a tu vida. Así que…

—¿Así que qué? —pregunta él, y esta vez si identifico el miedo en su voz.

—Así que me voy —digo, y las palabras salen definitivas—.

No puedo quedarme aquí y fingir que esto no ha pasado.

Que no me siento… violada de una forma nueva.

Mis secretos, mi dolor, mi venganza… todo ahora formará parte de un informe, ¿verdad?

Todo lo que te conté… ¿está en algún archivo de la DEA?

—¡No! —Se intenta levantar de la cama, pero el dolor lo dobla. Jadea—. Nunca puse nada sobre ti en ningún informe. Lo de Marco, lo que hiciste… eso se queda entre nosotros. Lo juro.

—¿Lo juras? —pregunto, y mi risa es un sonido hueco y amargo—. ¿Con qué nombre? ¿Con el de Connor? ¿O con el de Caleb? No puedo confiar en ninguna de las dos personas. Porque no sé cuál es real. O si alguna lo fue.

Camino hacia la puerta. Cada paso me duele.

—Brook, por favor —suplica detrás de mí. Su voz se quiebra—. No te vayas. No así, por favor.

Mi mano se detiene en el pomo de la puerta. Me giro una última vez.

—¿Me vas a detener? —pregunto, y miro directamente a sus ojos—. Por lo de Marco. ¿Tengo que buscarme un abogado?

Su expresión se descompone. Es un rostro de puro dolor.

—Nunca —susurra—. Nunca te haría daño. Lo sabes.

—Ya no sé nada —respondo en voz baja—. Absolutamente nada.

Abro la puerta y el pasillo blanco e infinito del hospital me espera.

—Adiós, Caleb.

Salgo. Al cerrar la puerta a mis espaldas, siento que algo dentro de mí se rompe para siempre.