La Spina Negra CAPÍTULO 43
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CAPÍTULO 43

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Las horas en la sala de espera del hospital son un purgatorio. Cada minuto es una eternidad de sonidos metálicos, pasos rápidos y murmullos de los agentes de la DEA que llenan el espacio.

He sido atendida, han catalogado mis golpes como «leves». Unos cuantos moratones y una contusión superficial. Nada comparado con el vacío que se abre dentro de mi pecho cada vez que pienso en Connor dentro de ese quirófano.

Alina llega una hora y media después. Imagino que ha ido a ver a Lucca. Se acerca a mí, su expresión es esa mezcla de profesionalidad y cansancio que parece definirla ahora.

—¿Se sabe algo? —pregunta.

La miro. La rabia que ha estado fermentando dentro de mí durante estas horas interminables finalmente encuentra una salida.

—¿A ti qué te importa si Connor vive o muere? —digo, y mi voz es como un cuchillo—. Si todo esto lo has provocado tú. Si no hubieras distraído a nadie apuntando a Lucca y tus tonterías, nada de esto habría pasado.

Alina no se enfada. Solo se queda quieta, observándome.

—Brook, estaba haciendo mi trabajo —dice finalmente, su voz baja pero firme—.

Nosotros limpiamos este país de gente como ellos.

De hombres que trafican con drogas, armas, mujeres…

Hombres que destruyen vidas y luego se sientan a cenar como si nada.

Eso es lo que hacemos. Nos infiltramos, mentimos y nos manchamos las manos para poder detenerlos antes de que sigan pudriendo todo lo que tocan.

—Lucca no trafica con mujeres —escupo rabiosa—. Me ha tratado mucho mejor que gente supuestamente honrada.

—Pero es un narcotraficante. ¿Sabes lo que le hace las drogas a la gente? ¿Eres consciente de cuántas familias quedan destruidas por culpa de la mierda que trafica Lucca?

Hace una pausa antes de mirarme directamente.

—No somos héroes, Brook. A veces ni siquiera sé si somos buenas personas. Pero alguien tiene que parar a monstruos como Di Santos.

—¿Pero y Lucca? —suelto con rabia, notando cómo me tiembla la voz—. ¿También entra en esa lista de monstruos?

Alina abre la boca, pero no la dejo responder.

—Porque por lo que yo he visto, Lucca le ha salvado la vida a Connor más veces de las que puedo contar. Ha recibido balas por él, matado por él y ha estado dispuesto a morir por él.

Noto el ardor creciendo dentro de mi pecho.

—Pero claro… supongo que para ti eso no importa una mierda, ¿no? —escupo—. Tú solo te metías en su cama para acercarte lo suficiente como para destruirlo. No sabes querer a nadie, zorra de mierda.

Alina se queda completamente quieta.

Por primera vez desde que empezó esta conversación, parece perder el control de su expresión. El golpe le duele. Lo veo, lo siento.

—No tienes ni idea de nada, Brook. De nada —dice, y su voz está ahora llena de una rabia que no es profesional, es personal—. Tú sí sabes querer, ¿verdad?

Sé que lo que le he dicho la ha jodido.

—Pues ese hombre al que tanto quieres no existe. Todo lo que has visto es una mentira, una puta infiltración, ¿sabes? ¡Pero si ni siquiera se llama Connor, joder!

Se va, derrotada, a sentarse en una silla lejos de mí.

Yo me quedo en shock. Claro. Si era una infiltración... no es su nombre real.

Me pasan mil cosas por la cabeza. No dejo de revivir en mi mente todo lo que hemos vivido juntos los últimos meses. Las palabras de esa noche en su casa donde él me dijo que me amaba. ¿También era mentira? ¿Era todo una cruel patraña?

Pasan más de seis horas. Creo que voy a volverme loca. Necesito saber si va a sobrevivir. Y necesito respuestas que ahora mismo solo Connor y Alina me pueden dar. Ella queda descartada por lo que mi única opción está en una mesa de quirófano debatiéndose entre la vida y la muerte.

Hasta que por fin sale un médico. Me acerco la primera, desesperada. El médico me mira con esa expresión profesional pero distante.

—¿Es usted familiar? Si no es familiar, no puedo darle información, señorita.

Me quedo paralizada. Familiar, claro que no soy familiar. No soy nada oficial. ¿Pero acaso tiene familia? Madre mía me doy cuenta que no sé nada del hombre que amo.

Pero entonces Alina se acerca. Con su placa en la mano, con esa autoridad que parece emanar de ella incluso cuando está cansada.

—Doctor, Caleb es uno de nuestros agentes —dice—. Y ella viene con nosotros. Tranquilo, proceda.

Caleb. ¿Ese es su nombre de verdad?

Agradezco que Alina no me haya echado y que permita que el doctor me dé información. Nos dice que la operación ha ido bien. Que tuvo una parada, pero pudieron reanimarle. Ahora está muy débil y que las próximas horas son cruciales para saber si sale de peligro sin secuelas.

Pregunto si puedo pasar a verle y el médico mira de nuevo a Alina. Ella asiente y el médico me dice que lo acompañe. Me giro para dirigirme a Alina.

—Gracias —digo antes de girarme e ir detrás del médico. No vamos a ser amigas, pero sé ser agradecida.

Me llevan donde está Connor. La habitación está llena de tubos y máquinas que hacen sonidos constantes, monitores que muestran números que no entiendo pero que vigilo como si mi vida dependiera de ellos. Connor está allí, inmóvil, conectado a todo eso. Su piel está pálida y sus ojos cerrados.

Me siento a su lado, destrozada. Las lágrimas caen sin control. Tengo tantas preguntas, tantas dudas, y aun así lo único que me importa es que salga vivo de esta. Que se recupere y se ponga bien.

Paso dos días sentada en una butaca del hospital, esperando a que Connor despierte.

Largas horas de la butaca a las sillas de la salita de espera y de ahí a la máquina de aperitivos.

Alina viene a diario y me dice que me vaya a casa un rato, pero no lo hago, quiero estar aquí cuando despierte, porque sé que va a despertar.

Estos dos días no es que nos hayamos convertido exactamente en amigas, pero al menos hemos aprendido a mantener una conversación sin querer arrancarnos la cabeza mutuamente.

—Así que Alina sí es tu nombre real —comento una tarde, sentada frente a ella.

Alina asiente despacio.

—Los apellidos fueron lo único que cambié.

—¿Y Connor?

Ella suelta una risa seca.

—Connor no existe. Se llama Caleb Stone.

El nombre me golpea de una forma extraña. Como si estuviera hablando de otra persona completamente distinta.

—En la edad no te ha engañado, tiene treinta y cinco años —continúa—. Agente de la DEA desde hace ocho.

Alina guarda silencio unos segundos antes de seguir. Le agradezco que me cuente cosas sobre él.

Me ayuda a conocerlo y al menos me distrae un poco. Aunque a la vez me molesta reconocer que no lo conozco en absoluto y que ella lo conoce mejor que yo.

—Se hizo policía porque se quedó huérfano a los dieciséis años.

Levanto la mirada hacia ella inmediatamente.

—Una banda de narcotraficantes buscaba a su padre por deudas de juego. Él solo era un niño asustado y les dijo dónde encontrarlo. Lo captaron para trabajar para ellos y se metió en muchos líos en esa época.

Siento un nudo formándose lentamente en mi garganta. Esto me lo contó… al menos eso era cierto.

—Caleb nunca más supo de su padre.

Trago saliva.

—Con los años se hizo policía para salir de ese mundo de mierda y luego entró en la DEA porque estaba obsesionado con sacar narcotraficantes de las calles. Supongo que, en el fondo, lleva toda su vida buscando redención. Intentando convencerse de que hizo lo correcto.

Bajo la mirada hacia mis manos.

Y entonces Alina suspira, como si estuviera debatiéndose internamente sobre si decir lo siguiente o no.

—Caleb… Connor… se obsesionó contigo desde el principio, Brook.

Mi cabeza se levanta de golpe.

—¿Qué?

—Teníamos discusiones constantes por tu culpa. Yo le repetía que eras una distracción. Que estaba perdiendo la cabeza contigo. Pero él nunca escuchaba cuando se trataba de ti.

Noto el corazón golpeándome las costillas. Alina aparta la mirada un segundo antes de volver a dedicármela.

—Lo que te dije, sobre que todo era una mentira… no era cierto.

Parpadeo lentamente.

—Estaba dolida —admite con amargura—. Y quería hacerte daño.

Su mandíbula se tensa.

—Pero jamás he visto a Caleb mirar a alguien como te mira a ti.

Estamos las dos hablando cuando de repente Connor abre los ojos.

Nosotras no nos damos cuenta porque estamos hablando.

—Siento todo lo que te he dicho y las veces que te he insultado —le digo al final, después de varios segundos de silencio—. Lo digo de verdad.

Alina levanta la mirada hacia mí, sorprendida. Trago saliva antes de continuar.

—Pero no puedo perdonarte lo de Lucca. No podré perdonártelo nunca.

Las palabras salen más suaves de lo que esperaba, aunque siguen doliendo igual. La expresión de Alina se apaga lentamente. Baja la cabeza y asiente una sola vez, como si ya esperara esa respuesta desde hace tiempo.

—Lo sé —murmura—. Yo tampoco.

Y entonces Connor habla.

—Alina solo estaba cumpliendo con la ley y haciendo su trabajo —dice, en un susurro ronco—. No la odies por ello.

Ambas miramos a Connor. Sonrío y una lágrima me resbala por la mejilla. Me abalanzo encima de él y le doy un abrazo mientras él sonríe.

—¡Ay! —se queja Connor haciendo una mueca y tocándose el lateral.

Me aparto rápidamente al darme cuenta de que prácticamente me he tirado encima de su herida con toda mi fuerza.

—Perdón… —murmuro secándome las lágrimas—. Creo que te he apretado demasiado.

Connor sonríe apenas, cansado, todavía pálido por las heridas, pero antes de que pueda responder, Alina da un paso hacia él.

—Me alegro de que estés vivo, compañero —dice con una media sonrisa—. No me apetecía una mierda tener que rellenar yo sola todo el mogollón de informes de esta maldita operación.

Connor deja escapar una risa baja y entonces ocurre algo extraño. Los dos se miran durante un segundo con una complicidad tranquila, la de dos personas que han sobrevivido juntas a demasiadas cosas horribles.

—Alina, por favor, recomienda una reducción de condena. Ayúdale, no merece pudrirse en ese agujero y lo sabes.

En ese momento me doy cuenta de que están hablando de Lucca. A ella le cambia la cara. Se le ponen los ojos vidriosos, cada vez que sale el tema se le quebranta la voz.