CAPÍTULO 42
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El disparo retumba en el silencio de la noche, un eco agudo que parece cortar el aire en dos.
Di Santos se detiene en seco. Sus ojos, llenos de odio y triunfo un segundo antes, ahora se quedan vacíos, sorprendidos, como si no entendiera lo que acaba de pasar.
Veo el pequeño agujero perfecto entre sus cejas, un punto oscuro y preciso del que empieza a brotar sangre.
Luego cae hacia adelante, su cuerpo pesado y repentinamente inerte, golpea el suelo de cemento a mis pies con un ruido sordo y final.
No ha sido su disparo. Ha sido otro.
Me giro asustada, confusa, con las lágrimas todavía corriéndome por la cara sin control, y veo a Lucca. Está unos metros más atrás, entre la sombra de dos contenedores, con una pistola en la mano. No dice nada. Solo baja el arma lentamente.
El alivio que siento es pequeño, minúsculo, casi insignificante comparado con el pánico que todavía me ahoga, pero está ahí. Un destello de esperanza en medio de toda esta mierda.
Lucca corre hacia nosotros. Se arrodilla primero a mi lado, su mano toca mi mejilla con una ternura que no espero en este momento.
—Lo siento —dice, y su voz está rota, rasgada por algo que va más allá de esta noche—. Lo siento, Brook. Una ambulancia está en camino. Ya vienen.
Luego mira a Connor, y su cara cambia. Todas las emociones que había contenido estallan de golpe. Se inclina sobre él, sus manos se posan en el pecho de Connor, junto a las mías, presionando sobre las heridas que siguen sangrando.
—Jefe —dice, y su voz tiembla—. No puedes morirte, ¿vale? Vamos, no me jodas. Tienes un montón de cosas que contarme, cabrón de mierda. No puedes morirte y dejarme solo, ¿vale?
Está gritando, pero no de enfado —está gritando de miedo. Sus lágrimas se mezclan con la sangre de Connor.
—No puedes morir, hermano —vuelve a gritar, más fuerte esta vez—. Te lo prohíbo, ¿me oyes? ¡Es una puta orden, joder!
Yo no dejo de sollozar. Mis manos están entumecidas de presionar, mi vestido está empapado de sangre, mi cuerpo tiembla de frío y del shock. Connor no responde. Sus ojos están cerrados, su respiración es un sonido horrible y entrecortado que apenas llega.
Entonces oigo las sirenas. Primero lejanas, luego cada vez más cerca, hasta que la luz roja y azul ilumina todo este rincón de pesadilla del puerto. La ambulancia llega frenando bruscamente, y los paramédicos saltan incluso antes de que se detenga por completo.
Todo ocurre muy deprisa después de eso.
Me apartan de Connor con suavidad, pero con firmeza. Me quedo allí, arrodillada en el suelo frío, viendo cómo trabajan sobre él. Oigo sus voces, palabras técnicas que no entiendo, pero cuyo significado terrible comprendo perfectamente.
Lucca me rodea con un brazo por los hombros y me pega a su costado, intentando transmitirme la calma que a mí me falta.
—Varón adulto, dos impactos de bala. Uno en el hombro izquierdo y otro en el tórax.
—No responde a estímulos.
—Pulso débil y rápido.
—Está perdiendo mucha sangre.
—Posible hemotórax.
—Necesito una vía intravenosa.
—Se nos va.
Uno de ellos se inclina sobre el rostro pálido de Connor.
—¡No cierres los ojos, mírame!
Otro habla por la radio.
—Avisad al quirófano, trauma grave en camino.
Levantan a Connor en una camilla, rápido pero cuidadoso, y lo suben a la ambulancia. Quiero correr detrás, quiero subir con él, pero mis piernas no responden. Solo me quedo allí, temblando, viendo cómo las puertas se cierran y la ambulancia se aleja con las sirenas a todo volumen.
Es entonces cuando veo a Alina acercarse.
Viene despacio esta vez, sin apuntar con el arma. Su cara está seria, profesional, pero veo algo en sus ojos —algo cansado, algo dolorido. Se detiene frente a Lucca, que todavía está arrodillado en el suelo donde estaba Connor, mirando las manchas de sangre en sus propias manos.
—Lucca —dice Alina, y su voz se quiebra al pronunciar su nombre. Traga saliva antes de continuar—. Por favor, no me lo pongas más difícil de lo que ya es. Estás detenido. Gírate.
Lucca la mira. No hay rabia en su mirada ahora —solo un cansancio infinito, una resignación que duele ver. Asiente lentamente, como si ya hubiera aceptado esto. Se pone de pie, se gira y coloca las manos en la espalda.
—¡No! Alina, por favor, no puedes hacerlo—. Digo, interponiéndome entre Lucca y ella.
—Basta, Brook, aparta y déjame hacer mi trabajo. Es un criminal.
—No, es buena persona y lo sabes, joder. No puedes, en serio no puedes.
—Déjalo, Brook, cuídate ¿vale? Y cuídale—. Me dice Lucca, dando un paso adelante y girándose con las manos juntas hacia Alina para que le detenga.
Alina se acerca y le pone las esposas. El sonido del metal cerrándose es agudo y final en el silencio que ha dejado la ambulancia.
—Quedas detenido por tráfico de drogas y crimen organizado —dice Alina, y su voz se entrecorta un poco en la última palabra.
Respira hondo antes de continuar—. Tienes derecho a guardar silencio.
Todo lo que digas podrá ser utilizado en tu contra ante un tribunal.
Tienes derecho a un abogado. Si no puedes...
—¡Cállate! —la interrumpe Lucca, girándose para mirarla por encima del hombro—. Ya sé mis derechos. No quiero oírte, zorra mentirosa.
Alina cierra los ojos un segundo. Cuando los abre, hay algo húmedo en ellos, pero no deja que las lágrimas caigan.
—Lucca… —dice, y ahora su voz es casi un susurro—. No hagas esto más jodido de lo que ya es, por favor. No es así como me hubiera gustado que fueran las cosas.
—Me da igual lo que tú habrías querido —dice Lucca, y su voz está llena de un dolor tan profundo que me duele escucharlo—. Solo quiero ir con Connor, por favor. Llévame al hospital donde le vayan a llevar. Llévame esposado, no me importa, pero por favor, necesito saber que sobrevive.
Escucharlo decir eso me rompe el alma por segunda vez esta noche. Porque lo entiendo —lo entiendo perfectamente. Connor es su hermano, su jefe, su familia. Y ahora puede estar muriéndose.
Alina agacha la cabeza. Parece que le duele físicamente lo que va a decir a continuación.
—Lo siento, Lucca, en serio —dice, y su voz recupera esa frialdad profesional, pero sé que es solo una máscara—. Pero no puede ser. Ahora tenemos que irnos a ficharte y vas directo al calabozo, donde mañana te vendrán a buscar para llevarte a una prisión federal.
Lucca se pone tenso. Puedo ver cómo los músculos de su espalda se contraen bajo la camisa.
—Eres una traidora de mierda —dice, y esta vez su voz sí tiene rabia—. Y ahora una arpía sin corazón.
Alina no responde. Solo asiente con la cabeza, como si ya hubiera aceptado que esa fuera su imagen para siempre en la mente de Lucca. Lo coge por las esposas y lo guía hacia un coche patrulla que acaba de llegar. Lucca camina revolviéndose.
—¡Alina joder es Connor! Por favor no puedes hacerme esto —sigue gritando Lucca, pero sin éxito. Alina no le responde—. Alina por favor, por favor soy yo, mírame. ¡Mírame joder!
Pero Alina no puede, veo como cae una lágrima solitaria por su mejilla, que rápidamente seca con la palma de su mano.
Antes de entrar al coche, Lucca se gira hacia mí. Sus ojos se encuentran con los míos por un segundo. Y entonces, sin decir nada en voz alta, solo moviendo los labios en silencio, me repite lo mismo que me dijo antes:
«Lo siento».
Luego entra en el coche. Alina cierra la puerta tras él, se queda mirando por la ventana un momento demasiado largo, y luego da dos golpecitos en la ventana del conductor dando una señal. El coche arranca y se aleja.
Alina se dirige a un compañero de la DEA y le dice que me lleve al hospital para que me atiendan, pero que sea en el mismo hospital al que han llevado a Connor.
Se gira para mirarme, agacha la cabeza y se marcha. Me meten en un coche patrulla y nos dirigimos al hospital mientras yo sigo temblando, esperando. Sin saber si el hombre al que amo va a vivir o morir. Sin saber quién es en realidad ese hombre y sin saber si algún día volveré a ver a Lucca.