La Spina Negra CAPÍTULO 41
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CAPÍTULO 41

CONNOR

El mundo se reduce a un único punto: Brook en las manos de Di Santos.

Veo que sangra por la herida que le ha provocado Lucca pero que en un movimiento rápido mientras Lucca huía, ha cogido a Brook.

La atrae hacia él, usando su cuerpo como escudo contra Alina, contra mí, contra todo este mundo que se ha desmoronado en minutos y apunta a su cabeza con una pistola.

Las balas vuelan entre los hombres de La Spina, los de Di Santos y la DEA. Pero aquí detrás del contenedor, parece que estemos librando una batalla paralela.

Alina está en el suelo ahora, en una lucha despiadada, enredada con Benito, que se le abalanzó para proteger a su jefe.

Todo ocurre muy deprisa, yo intento acercarme a Di Santos, pero alguien —no sé quién, no veo nada más que a Brook— me golpea con la culata de una pistola en la cabeza.

El impacto es duro, brutal, y caigo al suelo de rodillas, mi visión se nubla por unos segundos de dolor absoluto.

Pero cuando recupero la vista, Brook ya está desapareciendo entre los contenedores, arrastrada por Di Santos hacia la oscuridad.

Grito su nombre. Grito a Lucca. Grito cualquier cosa que pueda hacer que alguien se mueva, que alguien la siga, que alguien la salve.

Siento que me voy a desmayar, que mi cuerpo me abandona… y Lucca ya no está.

Lo entiendo, lo entiendo demasiado bien.

Lucca, que ha sido mi hermano durante todos estos años dentro de La Spina Negra, ese hombre que me ha salvado la vida más veces de las que puedo contar, se ha ido.

Porque algunas heridas no se pueden soportar y algunas decepciones rompen algo que nunca se puede reparar. Le mentí, le he fallado.

Y aunque ayudarle a escapar me costará el puesto —porque la infiltración era para detenerlos a todos—, en este momento, solo puedo sentir un alivio miserable por él. Porque él ha podido escapar de esta noche que se ha convertido en una pesadilla.

Cuando recobro el sentido, Alina está golpeándome la cara con las palmas. No sé cuánto rato ha pasado, me levanto, jadeando, con la sangre corriendo desde la herida en mi cabeza, mezclándose con el sudor y el polvo del puerto.

—Corre Connor, se han ido por allí—. Me señala Alina en una dirección.

Corro entre los contenedores, no puedo perderla, no así, por mi culpa.

Pensé que sería un cambio sencillo, que Lucca se la podría llevar y huir de la policía y a la vez ponerla a salvo.

No se habrían enterado de la infiltración de Alina y la mía, y se lo habríamos podido contar nosotros mismos…

En mi cabeza todo tenía sentido. Pero supongo que el más mínimo detalle puede mandar todo a la mierda… y es lo que me ha pasado esta noche.

La cara de Brook al verme con la placa ha sido de shock, de terror. Se ha sentido traicionada y yo necesito encontrarla, salvarla y explicarme.

Entonces oigo voces, sigo los sonidos —son gritos de Brook y maldiciones de Di Santos— hasta que los encuentro, lejos de mis compañeros de la DEA. Los gritos, las sirenas y los disparos se oyen mucho más lejanos ahora.

Hay dos hombres sacando una avioneta de una de las naves. La tenían escondida, por si había que escapar. Este hombre siempre va por delante, siempre tiene un plan B y sino un plan C. Pero esta vez no se va a salir con la suya. No se va a llevar a mi mujer.

Brook está contra un contenedor, clavada allí por las manos de Di Santos en sus hombros. Su vestido negro está rasgado, su piel está marcada por donde sus dedos se han hundido.

Pero sus ojos no tienen miedo. Solo tienen rabia.

—Parece que tu novio no es quien decía ser —dice Di Santos, y su voz está llena de rabia—. Un agente de la DEA. Joder, llevaba dos años trabajando con un puto topo.

Brook intenta liberarse, pero Di Santos no se mueve.

—Suéltame —dice ella, y su voz tiembla, pero de rabia.

—Oh, no creo que vaya a soltarte, cariño —sonríe, y esa sonrisa es fea, torcida, la sonrisa de un hombre que ha perdido todo excepto su crueldad—.

Tu novio me ha jodido el negocio de toda una vida.

La mayoría de mis hombres han muerto esta noche o serán arrestados…

Pero al menos me quedaré con algo. Me quedaré contigo.

El puerto es un caos. A lo lejos veo las luces azules y rojas de los coches patrulla, la gente gritando, los motores de las lanchas de la DEA braman. La operación se ha ido al traste. Oigo la voz de Alina en mi oreja, hablando por el comunicador, pero sus palabras no me llegan.

—¡Connor, di tu posición! ¡Connor!

Apago el comunicador. Solo veo una cosa: Di Santos arrastrando a Brook hacia una avioneta pequeña y gris.

—Suéltala, Di Santos —digo, y mi voz es calmada porque ahora tiene una rehén—. Estás acabado. Todo tu imperio se viene abajo esta noche.

— ¡Jefe! — le grita uno de sus hombres, levantando su pistola—. ¡Es el infiltrado!

Yo ya tengo la mía en la mano. Es la Glock que uso siempre. Disparo primero. El sonido es seco y fuerte. La bala le da al hombre en el centro de la frente. Se desploma hacia atrás y no se mueve más.

El guardaespaldas que queda se gira hacia mí.

Pero no saca otra pistola. Saca un cuchillo largo de un cinturón en la espalda.

La hoja es curva y brilla bajo las luces del puerto.

El hombre sonríe. Tiene los dientes rotos—.

El gran Connor de La Spina Negra —dice, su voz áspera—.

O debería decir, la puta rata de la DEA. Vamos a ver de qué pasta estás hecho.

Yo guardo mi pistola. Siento que necesito esto. Necesito sentir el golpe.

Corro hacia él. Él viene hacia mí. El cuchillo silba en el aire cuando intenta clavármelo en el costado.

—¡Te voy a abrir en canal! —sentencia.

Me aparto justo a tiempo. Siento el filo pasar rozando mi chaqueta. Le agarro la muñeca de la mano que tiene el cuchillo y giro. Su hueso cruje bajo mis dedos.

—¡Aaagh! —grita de dolor, pero no suelta el cuchillo. Con la mano libre, me golpea en la sien.

Veo luces blancas por un segundo. Suelto su muñeca y retrocedo un paso, sacudiendo la cabeza para aclarar la vista.

—¿Es eso todo lo que tienes? —le escupo, dejo caer un hilo de sangre al suelo y sonriendo.

Él viene otra vez. Esta vez levanta el cuchillo para clavármelo desde arriba.

Yo no me aparto. Me lanzo hacia adelante, metiéndome dentro de su guardia antes de que el cuchillo baje. Mi hombro choca con su pecho. Le oigo el aire salir de los pulmones con un sonido sordo. Luego levanto la cabeza y le doy un cabezazo en la barbilla.

Siento el hueso de su mandíbula moverse con un crujido. Él retrocede, tambaleándose. Sangra por la boca. Yo saco mi navaja. Es pequeña, la llevo en el tobillo. No es bonita, pero está muy afilada.

Le corto el brazo de manera que le cae su cuchillo al suelo y aprovecho ese momento de descuido para abalanzarme sobre él. Con mi otra mano, le agarro la garganta y le aprieto el cuello con todos mis dedos.

Luego lo dejo caer. Se desploma en el suelo y no se mueve. No miro atrás. Me giro hacia la avioneta en busca de Di Santos y Brook.

Él se ríe nervioso, no le quedan hombres, pero sé que sabe pilotar él mismo. No puedo permitir que despeguen o la perderé para siempre.

—¿Me vas a detener, Connor? ¿Me llevarás ante un juez? —su mano se mueve rápidamente, y ahora su pistola apunta a la cabeza de Brook—. Creo que me llevaré algo conmigo antes de irme. Algo que te dolerá perder.

Mi corazón se detiene. Literalmente se detiene en mi pecho por un segundo.

—No —digo, y ahora mi voz pierde la calma porque no puedo mantenerla cuando hay una pistola apuntando a la cabeza de Brook—. No lo hagas.

—¿Por qué no? —pregunta Di Santos, y puedo ver el cañón presionando contra la sien de Brook, puedo ver cómo su piel se marca bajo la presión—. ¿Qué tienes para ofrecerme a cambio de su preciosa vida?

—Te doy mi palabra de que tendrás un trato —digo—. Reducción de condena. Protección en prisión.

Di Santos se ríe de nuevo.

—¿Tu palabra? La palabra de un mentiroso y un traidor no vale nada para mí.

Sus dedos se tensan alrededor del gatillo. Veo el movimiento, la decisión en sus ojos, veo cómo Brook se tensa bajo su agarre. Y entonces algo cambia en ella.

Le da un codazo en las costillas, justo donde sabe que duele.

Di Santos jadea, sorprendido, y su agarre se afloja.

Brook se gira, liberándose con una fluidez que él no esperaba, y le da un cabezazo en la nariz.

Siento el hueso romperse bajo el impacto.

Di Santos grita, una maldición en italiano que no entiendo completamente pero que reconozco por el tono, y la pistola se desvía.

—¡Puta! —grita, llevándose la mano a la cara que ahora sangra.

Corro hacia Brook, mis brazos extendidos para protegerla, para ponerme entre Di Santos y ella. Pero él, todavía sosteniendo la pistola, apunta y, antes de que yo pueda disparar, aprieta el gatillo.

El disparo suena diferente aquí, más fuerte, con eco. Me detengo en seco, mi cuerpo se convulsiona bajo el impacto. Me llevo la mano al hombro izquierdo, donde la sangre ya empieza a extenderse por mi camisa blanca.

—¡No! —grita Brook.

Caigo al suelo de rodillas, mi respiración se vuelve irregular, trabajosa. Cada inhalación es un esfuerzo, cada exhalación lleva sangre.

—¡Connor, no! ¡NO! —Su voz está desgarrada por algo que nunca antes le había escuchado: desesperación absoluta.

Di Santos se endereza, todavía sosteniendo la nariz rota con una mano y la pistola con la otra. Mira a Brook, luego a mí en el suelo.

—Primero él —dice—. Luego tú.

Apunta la pistola hacia mí otra vez —esta vez al pecho. Brook se mueve sin pensar, queriendo ponerse entre nosotros, pero no llega a tiempo.

Otro disparo.

Solo sale sangre. Y entonces todo se vuelve oscuro.

brOOK

Grito, lloro y caigo de rodillas a su lado, mis manos buscan la herida para presionarla, intentando detener la sangre que sale demasiado rápido, demasiado caliente.

Di Santos se acerca, y pone la pistola en mi cabeza. Siento el metal frío y me giro para verle la cara. Veo su dedo en el gatillo y la decisión tomada en su mirada.

—Adiós, princesa —dice.

Y entonces se escucha el eco de un solo tiro.