La Spina Negra CAPÍTULO 40
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CAPÍTULO 40

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Nos reunimos con Lucca y Alina en el casino, y vamos a los muelles. La noche es fría, y la brisa del puerto me eriza la piel desnuda. El vestido de seda no ofrece ninguna protección contra el frío, pero eso es lo de menos.

Allí ya está Di Santos con sus hombres, delante de un contenedor enorme que supongo que contiene todo el cargamento de fentanilo.

Di Santos nos saluda con una sonrisa que me hace querer retroceder.

Me da la mano, y la acepto porque no tengo opción.

Él besa mi mano, sus labios fríos y húmedos contra mi piel, y luego me hace dar una vuelta sobre mí misma, como si estuviera examinando una mercancía.

—Madre mía, qué belleza, señorita —dice, y su voz tiene ese tono pegajoso que ya odio—. Esta noche lo vamos a pasar muy bien tú y yo. Estoy seguro de que será una noche que no olvidarás.

Connor tensa todos los músculos a mi lado. Lo siento sin necesidad de mirarlo, esa rigidez que recorre su cuerpo, la lucha visible para no saltar y romperle la cara a Di Santos.

Yo sonrío cortésmente, forzando los músculos de mi cara a cooperar.

—Estoy segura de ello, señor—respondo, y mi voz suena extrañamente calmada incluso para mis propios oídos. Tengo ganas de vomitar. El vértigo me consume, pero tengo que aguantar, hasta que me hagan la señal y Lucca me saque. Tengo que resistir un poco más.

Pasan unos segundos incómodos, y luego llegan los hombres de Connor.

Ya estamos todos. Connor le hace entrega a Di Santos del dinero restante.

Él se lo da a Benito, su hombre de confianza, para que lo compruebe.

Mientras tanto, nos entregan una pequeña cantidad de fentanilo para que los hombres de Connor lo analicen.

Uno de sus hombres se acerca a Connor y le susurra algo al oído. Connor asiente, su expresión impasible.

A Di Santos le confirman que está todo el dinero.

Él sonríe, una expresión amplia y satisfecha.

Creo que esto está a punto de acabar. Estoy sufriendo por este intercambio que pretenden hacer Connor y Alina.

Ellos lo ven muy sencillo, pero yo no lo veo nada claro.

Lo único que me tranquiliza es que Connor ha venido con la gran mayoría de sus hombres, van preparados.

—Pues ya lo tenemos todo, señores —dice—. Ahora esta belleza y yo nos vamos a disfrutar de una larga noche de celebración.

Todo sucede muy rápido después de eso. Veo cómo Alina aprieta un dispositivo que se saca del liguero debajo de la falda, un movimiento tan rápido que nadie más lo nota. ¿Qué coño ha sido eso? Y entonces Connor se dirige a Lucca con rapidez.

—¡Ahora, iros! ¡Corred!

Lucca tira de mí hacia él, su mano cerrada alrededor de mi brazo, pero no habíamos contemplado que Di Santos me tuviera cogida de la mano, y no me suelta.

—¡No! De irse nada, un trato es un trato Connor.

—Yo iré en su lugar señor Di Santos —dice Alina con elegancia y coqueteo.

—No, no, la quiero a ella. Su cara de susto me garantiza una noche excepcional.

Connor le grita a Lucca mientras se acerca para soltarme de Di Santos cuando de repente empiezan a llegar coches por todas partes —coches de policía, furgones de la DEA, con las sirenas a todo volumen y con las luces girando.

Las puertas se abren, y hombres y mujeres con chalecos antibalas y armas salen corriendo.

No entiendo nada, ¿qué coño está pasando?

Lucca tira de mí, pero Di Santos ha sacado una pistola y me está apuntando. No me suelta, tiene mucha fuerza. Yo estoy en shock, no entiendo qué pasa. Siento un nudo en el estómago creciendo dentro de mí.

Empieza un tiroteo. El sonido de los disparos es ensordecedor en el espacio abierto del puerto. Gritos, órdenes, el ruido de los cristales rompiéndose.

—Vámonos, puta, mis hombres nos sacarán —me dice el hombre tirando de mí.

Alina saca una pistola, apuntándolo directamente.

—¡Alto! —grita, y su voz es fuerte, autoritaria, completamente diferente a cualquier tono que le haya escuchado antes en ella—. ¡Agente de la DEA, manos arriba!

¿Qué cojones ha dicho?

Me quedo alucinada, con la boca abierta.

Me giro hacia Lucca, buscando respuestas en su cara, pero él tiene la misma expresión de confusión absoluta que debo tener yo, o peor.

Ya no tira de mí, incluso me ha soltado.

Está mirando a Alina con cara de confusión y creo que ha entrado en shock igual que yo.

Connor se gira hacia nosotros, y ahora veo algo en sus ojos que nunca había visto—urgencia pura, miedo real.

—¡Vete Lucca joder, corre y llévate a Brook! ¡Lucca reacciona, vete, vete! —le grita a Lucca.

Luego se gira hacia Di Santos, que sigue agarrándome y ahora apuntando a Alina.

—Una topo de la DEA… Vas a morir hoy mismo hija de puta.

Connor saca una placa de su bolsillo, sosteniéndola en alto mientras grita junto a Alina.

—¡Estás rodeado, Di Santos! ¡Agente de la DEA, baja las armas y ríndete!

Siento los ojos de Lucca en mí, pero no puedo apartar la mirada de Connor. De la placa brillando en su mano. De las palabras que acaba de decir.

Agente de la DEA. ¿Qué demonios está pasando? ¿Es una broma de mal gusto?

Todo tiene sentido de repente, y al mismo tiempo no tiene ningún sentido.

Los dos años que lleva aquí. Su ascenso rápido en la organización.

Su insistencia en ciertas cosas, su negativa en otras, su complicidad con Alina.

Las conversaciones telefónicas que terminaban abruptamente cuando yo entraba en la habitación.

Pensaba que todo era debido a que no quería que yo supiera nada de este mundo criminal.

O a que habían compartido cama… y resulta que era ¿porque son compañeros?

Connor siente mi mirada, se gira por un segundo, y veo algo en sus ojos—una disculpa, una explicación que no tiene tiempo de dar.

—¿¡Por qué cojones no os vais!? —grita a Lucca, y su voz está llena de una desesperación que me parte el corazón.

El grito de Connor lo cambia todo. Lucca reacciona al instante, su cara, antes tensa por lo que acabamos de descubrir, ahora está transformada por un puro instinto de protección.

Sus ojos ya no miran a Alina, solo ven a Di Santos con sus dedos apretándome el brazo, sus uñas clavándose en mi piel como garras.

El cuchillo aparece en su mano como por arte de magia.

El filo brilla bajo la tenue luz del puerto y luego se hunde en el antebrazo de Di Santos con un sonido sordo y húmedo.

No es un corte limpio, es una herida profunda.

Di Santos suelta un gruñido de sorpresa y dolor, y su agarre en mi brazo se afloja por un segundo.

Pero ese segundo es suficiente para que todo se desmorone.

Porque al mismo tiempo, Alina se mueve. Con una fluidez aterradora, saca otra pistola —la que apunta directamente a Di Santos, y la otra ahora la dirige a Lucca. Sus ojos ahora son fríos, profesionales, vacíos de cualquier emoción que no sea el deber.

—¡Ni se te ocurra moverte! —dice con voz temblorosa, aunque firme—. ¡Quedas detenido Lucca Vitale!

Y juro que veo cómo algo dentro de él se rompe. Le cambia la cara por completo. El desconcierto, dolor, traición. Como si la única persona capaz de destrozarlo de verdad acabara de apretar el gatillo sin disparar todavía.

Mira a Alina —la mujer a la que, aunque nunca lo dijo, yo sabía que amaba de esa manera torpe y callada de los hombres como él— y ve al enemigo. Ve a la agente federal. Ve la pistola apuntando a su pecho con frialdad y sin remordimiento.

Algo en él se quiebra. Algo que nunca podrá repararse.

—¡No! —ruge Connor desde el otro lado—. ¡Alina, baja esa puta arma! ¡Te lo ordeno!

Y por una fracción de segundo Alina duda. Sus ojos parpadean hacia Connor, la pistola que apunta a Lucca tiembla y es todo lo que él necesita. Echa a correr. Simplemente se gira sobre sus talones y sale corriendo, desapareciendo entre el caos, dejándome atrás.

Y el plan de escape se va directamente a la mierda.

Aun así… lo entiendo. Si lo atrapan, pasará media vida pudriéndose en una cárcel federal.

Y si es Alina quien le pone las esposas, eso terminará de romperle el puto corazón.

Y por eso ha salido corriendo. Porque algunas heridas no se pueden soportar de pie.