CAPÍTULO 44 #2
Me froto la cara con las manos. ¿Estoy llorando? Joder, no puedo evitarlo, no puedo parar.
—Desde el primer día, desde que te vi en ese casino con esa mirada que parecía haber visto el fin del mundo… supe que estabas jodida. Y supe que yo también lo estaba si me acercaba a ti.
Trago saliva. La garganta me duele.
—Cuando vi que no eras un peligro, que solo querías sobrevivir…
ya era demasiado tarde para contártelo. Porque ya te quería.
Y tenía un miedo… un pánico atroz a perderte.
¿Qué habrías hecho tú si te enterabas de que el tipo que te tenía retenida y que te entrenaba para matar…
era policía? Habrías salido corriendo. Y yo no podría haberte detenido.
No habría podido soportarlo, Brook, joder.
Apoyo la cabeza contra mis rodillas.
—Por eso siempre te miraba a los ojos —susurro, y es un secreto que nunca le he contado a nadie—.
Aprendí hace mucho tiempo, en las calles y luego en la academia, que la gente miente todo el tiempo.
Con las palabras, con los gestos… pero los ojos…
los ojos casi nunca mienten. Son el espejo del alma, dicen.
Y es verdad, es lo único que no controlamos del todo cuando mentimos.
Respiro hondo, tembloroso.
—Por eso te obligaba a mirarme y te sostenía la mirada. Para que vieras que, aunque mis palabras fueran medias mentiras… lo que sentía por ti era real. Lo más real que he sentido en toda mi puta vida.
El silencio al otro lado de la puerta es absoluto. Ya ni respira.
—Te quiero —digo, y son las dos palabras más simples y pesadas que he dicho nunca—.
No soy ni Connor ni Caleb, soy el hombre que se enamoró de ti, con el que has convivido los últimos meses.
¿Te crees que puedo fingir tan bien durante tanto tiempo?
Era yo, contigo siempre he sido yo mismo.
El nombre es solo un nombre. Y el trabajo…
solo un trabajo. Pero ahora sin ti, ya no soy nada.
Espero un poco y los segundos pasan como horas.
Y entonces oigo el ruido suave del pestillo al girar lentamente.
La puerta se abre hacia dentro. Yo me tambaleo hacia atrás, casi cayéndome.
Ella está ahí en chándal, con el pelo revuelto, los ojos hinchados y rojos de tanto llorar.
Me mira como si yo fuera un fantasma. Como si no pudiera creer lo que está viendo.
Nos quedamos mirándonos un momento eterno.
—Mírame a los ojos —dice ella, y su voz es un hilo de voz, cargado de dolor y de esperanza—. Y demuéstrame que puedo confiar en ti.
Me levanto del suelo tan rápido que el mundo da vueltas. El dolor en el costado es un grito agudo, pero lo ignoro. Me acerco a ella en dos pasos, le agarro la cara entre mis manos con fuerza y la miro a sus preciosos ojos verdes que han sido mi obsesión y mi salvación desde el primer día.
—Te quiero, Grace Sterling. Y voy a pasar el resto de mi vida demostrártelo, si me das la oportunidad.
Sus ojos se abren tanto que durante un segundo dejan de reflejar el enfado y solo muestran desconcierto.
—¿Qué…? ¿Cómo…?
Sé exactamente qué está pasando por su cabeza. Cómo demonios conozco ese nombre. Desde cuándo lo sé. Cuántas veces he debido de tener la oportunidad de decírselo. Cuántas conversaciones hemos tenido en las que podría haber pronunciado esas dos palabras y no lo hice.
No respondo enseguida. La dejo mirarme, procesarlo, porque necesita entender que no estoy jugando con ella.
—Grace...
Retrocede un paso y niega con la cabeza como si quisiera convencerse de que ha oído mal.
—No. No me llames así. ¿Cómo sabes ese nombre?
Se le quiebra la voz. El miedo sustituye a la rabia en cuestión de segundos y eso me destroza mucho más que cualquiera de los golpes que he recibido esta noche.
—¿Desde cuándo lo sabes?
Sostengo su mirada. Durante años fui incapaz de mirar a nadie a los ojos sin sentir que me arrancaban un pedazo de mí. Ahora solo quiero que vea la verdad en los míos.
—Desde hace tiempo. Soy agente de la DEA, tengo acceso a todo tipo de información clasificada.
Había muchas cosas que no me cuadraban de Brook, una vida muy ideal en papel…
justo lo que nosotros inventamos para una infiltración…
—Voy acercándome poco a poco a ella y ha dejado de retroceder—.
Entonces, cuando me contaste lo de Marco, indagué, pedí favores a algún que otro compañero y encontré lo que escondías. Protección de testigos.
Entonces sucede, su expresión cambia y la rabia desaparece dejando paso a algo mucho peor, la culpa. Baja la mirada y se lleva una mano a la frente mientras niega despacio.
—Joder...
No hace falta que diga nada más. Sé exactamente qué acaba de comprender. Hace apenas unos minutos me estaba reprochando cada mentira, secreto y mi falsa identidad. Ahora acaba de darse cuenta de que ella también ha vivido detrás de una máscara desde el día en que nos conocimos.
No siento satisfacción ni alivio, solo quiero evitar que cargue con ese peso. Me acerco despacio hasta quedar frente a ella otra vez y le sujeto la barbilla con los dedos para obligarla a levantar la cabeza.
—No hagas eso. No pasa nada.
Sus ojos vuelven a los míos, brillantes, avergonzados.
—Yo también te he mentido...
—No.
Frunce el ceño.
—Connor...
—No es lo mismo.
—Sí que lo es.
Niego despacio.
—Yo elegí ocultarte quién era. Tú tuviste que dejar de ser Grace para poder seguir viviendo. Hay una diferencia enorme.
Veo cómo intenta discutirlo, pero las palabras no llegan. Está demasiado ocupada peleándose consigo misma.
—Podría habértelo dicho y no lo hice… lo siento.
Las lágrimas empiezan a brotar sin control
—¿Por qué nunca me preguntaste?
—Porque no necesitaba hacerlo.
Parpadea confundida mientras acaricio su mejilla con el pulgar y sus labios tiemblan.
—No me enamoré de Grace Sterling, ni de Brook Harper.
Me enamoré de la mujer que tenía delante.
Del nombre que decidieras usar. Del carácter que sacabas cuando te enfadabas conmigo, de la forma en la que me mirabas cuando creías que no me daba cuenta.
Si algún día querías contarme quién eras antes de Brook, quería que fueras tú quien lo decidiera, no yo quien te obligara.
Las lágrimas empiezan a deslizarse por sus mejillas y siento que el pecho se me encoge. Llevo días soñando con que volviera a mirarme así, sin odio, ni rabia, solo con esa vulnerabilidad que nunca deja ver a nadie.
—Solo hay una diferencia entre nosotros, Grace.
Espero a que vuelva a sostenerme la mirada antes de continuar.
—Yo te mentí porque no confiaba en que el mundo nos dejara estar juntos. Tú me mentiste porque el mundo ya te había roto una vez.
Un sollozo le rompe el pecho. Y entonces se lanza hacia mí.
Sus brazos me rodean el cuello con fuerza, casi desesperada.
Sus labios encuentran los míos en un beso salvaje, desesperado.
Un beso lleno de esa rabia contenida, el dolor de los últimos días pero sobre todo cargado de ese amor que se negaba a morir.
Yo la sostengo contra mí, hundiendo los dedos en su pelo, besándola como si fuera la primera y la última vez. Cuando por fin nos separamos, suspiramos, frente contra frente.
—Te he echado tanto de menos —susurra ella, y sus lágrimas mojan mi camisa.
—Yo más —respondo, y es la verdad más absoluta que conozco—. Cuando te dije que eras la única luz que había encontrado en años… era cierto. Cuando te prometí que nadie te haría daño nunca más… lo decía en serio. Y lo sigo diciendo.
Ella me mira, y por primera vez en semanas, veo una pequeña luz al fondo de sus ojos verdes.
—Eres un idiota, ¿te has escapado del hospital verdad? —dice, pero lo dice sonriendo a través de las lágrimas.
—Soy tu señor idiota, y sí, por ti me escaparía del mismísimo infierno —corrijo, y la beso otra vez, más suave esta vez, sellando la promesa en sus labios.
Y por primera vez desde hace muchos meses, siento que puedo respirar.
Ella de repente mira la sangre en mi camiseta. Mira mi cara, pálida por el dolor y por la pérdida de sangre.
—Te estás desangrando —dice, y ahora suena asustada.
—No me importa —repito—. Si me muero aquí, al menos será contigo entre mis brazos.
—Deja de decir tonterías —murmura y golpea mi brazo suavemente—. Tienes que sentarte. Tienes que…
—No me odies —la interrumpo, y ahora una lágrima me cae por la mejilla. La siento caliente—. Por favor, pequeña. No me odies. No podría soportarlo.
—No te odio… no podría.
—Lo siento —digo otra vez, pero esta vez no es por las mentiras. Es por todo el dolor que le he causado. Por haberla hecho llorar.
—Lo sé —responde ella, sin dejar de presionar mi herida—. Yo también lo siento. Por haberte juzgado sin escucharte. Por haberme ido.
—No tenías por qué quedarte.
—Sí que tenía —dice, y ahora su voz es firme—. Porque te quiero. Aunque eres un idiota que se escapa del hospital y se abre las heridas, te quiero.
Las palabras me golpean con más fuerza que cualquier bala. Abro los ojos. Ella está mirándome, mientras coge el teléfono del bolsillo de su pantalón y empieza a marcar el 911.
—¿Me quieres? —pregunto interrumpiéndola. Necesito oírlo otra vez.
Ella baja un momento el teléfono, se inclina y me besa. Es un beso suave y lento que sabe a perdón.
—Sí —susurra contra mis labios—. Te quiero.
Yo la rodeo con mis brazos, con cuidado de no hacer presión en el costado, y la acerco a mí. Entierro la cara en su cuello, oliendo su perfume. Es el olor de casa. De mi único hogar.
—Eres mi vida —murmuro en su piel—. No vuelvas a irte. Por favor.