La Spina Negra CAPÍTULO 38 #3
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CAPÍTULO 38 #3

Asiento, aunque mi labio palpita con dolor y siento la adrenalina bajando, dejando espacio para un vacío extraño en mi estómago.

—Tráeme la bolsa de deporte que hay en el maletero del coche Lucca —dice, y su voz es calmada, demasiado calmada.

Lucca asiente y sale corriendo. Regresa en menos de un minuto con una bolsa negra. Connor la abre y saca un recipiente de metal opaco con una tapa roja.

Lucca mira el recipiente y su sonrisa se ensancha.

—¿Es lo que creo que es? —pregunta, y su tono es burlón, divertido, como un niño pequeño en la feria.

Connor asiente sin decir nada. Luego saca un par de guantes gruesos de goma, del tipo que usan los químicos o los limpiadores profesionales. Me los da.

—Póntelos —dice.

Mis manos todavía tiemblan ligeramente, pero me pongo los guantes. Son demasiado grandes para mí, pero los ajusto lo mejor que puedo.

Connor me pone el recipiente en las manos.

—Lo que hay aquí dentro es ácido —dice, mirándome directamente a los ojos—. Haz lo que creas que tienes que hacer con él.

Marco, que está en trance, entre desmayarse y recobrar el sentido continuamente, empieza a gritar de nuevo.

No son palabras ahora, solo sonidos guturales de pánico puro.

Su cuerpo se sacude contra las ataduras, y la silla chirría contra el suelo de cemento.

La sangre chorrea por todo su cuerpo. A este ritmo se desangrará en breve.

Dudo por un momento. Marco me mira, y a través del dolor y la sangre, veo sus ojos suplicando. Veo el miedo real, el tipo de miedo que yo sentí aquella noche.

—Por favor —gime, y su voz es apenas reconocible, distorsionada por la herida en su cara—. Lo siento, lo siento mucho. Te daré dinero. Te daré lo que quieras. Tengo diamantes, dinero, casas. Por favor, no lo hagas.

Lucca se ríe con un sonido seco que hace eco en el espacio vacío.

—Mira eso —dice, señalando con la cabeza hacia el pene cortado—. Parece una babosa asustada. ¿Eso era lo que usabas para intimidar a las chicas, Marco? Patético.

Marco sigue suplicando, sus palabras se convierten en un murmullo incoherente de miedo y dolor. Sus ojos no se apartan de mí, llenos de lágrimas que se mezclan con la sangre de sus mejillas.

Mis manos no tiemblan ahora así que abro la tapa del recipiente. El olor que sale es químico, punzante. Hace que mis ojos ardan incluso desde esta distancia y me entran ganas de vomitar.

Se lo devuelvo a Connor, no puedo hacerlo. No puedo seguir con esto.

Lucca es el primero en moverse.

Se sacude como si se despertara de un sueño, y una sonrisa grande, casi de oreja a oreja, le aparece en la cara. Sus ojos brillan con algo que no es horror, sino entusiasmo.

—¡Vaya! —exclama, y su voz suena alta y clara en el silencio—.

¡Eso sí que ha sido un espectáculo, Brook!

Te has superado—. Se acerca un poco, sin miedo, mirando a Marco con la curiosidad de un niño que ve un insecto raro—.

Bueno, el trabajo principal ya está hecho.

¿Quieres que lo remate? Podríamos hacerlo divertido.

A lo mejor le sacamos los dientes uno a uno, a ver cuánto tarda en dejar de respirar.

O le abrimos la tripa y jugamos un rato con lo de dentro.

Yo me ofrezco voluntario. Hace tiempo que no me entretengo con algo así.

Habla rápido, como si estuviera planeando una fiesta. Le gusta el desorden, el dolor ajeno, la sensación de poder. Lo veo en sus ojos.

Pero Connor no le contesta enseguida. Me está mirando a mí.

—No, Lucca —dice Connor al fin, sin apartar la mirada de mí—. Esta vez no.

Lucca deja de sonreír y frunce el ceño, confundido.

—¿Cómo que no? Mira el estado en que está. Ya solo es un saco de carne gimiendo. Podemos terminarlo rápido y largarnos, o podemos… hacer que el viaje sea más memorable. Para él, quiero decir. Yo tengo unas ideas…

—Dije que no —repite Connor, y su voz es firme, sin dejar lugar a dudas—. Esto es algo personal.

Lucca se encoge de hombros, pero no insiste.

—Vale, vale. Es cosa tuya. Pero si cambias de idea, avisa. Tengo ganas de estrenar una técnica nueva.

Connor asiente, pero no está escuchando. Da un paso hacia la silla donde está Marco. Marco ha dejado de retorcerse tanto. Ahora solo tiembla, como con frío. Sus gemidos son más débiles, se está consumiendo y apagando por la perdida de sangre.

Connor se agacha y recoge mi daga del suelo. La limpia en el lateral de su pantalón negro, frotando la hoja hasta que el acero vuelve a estar limpio y brillante. Luego se levanta y se coloca detrás de la silla.

—Le prometí algo hace tiempo ¿sabes? —dice Connor, en voz baja susurrándole al oído a Marco—. Le prometí que te arrancaría los ojos que ese día la miraron, y te cortaría las manos que la tocaron.

Me acuerdo de esa promesa ahora que la pronuncia. Me lo dijo el día en que se lo conté todo. Connor no es un hombre de torturar, para eso ya tiene a Lucca. ¿Pero será capaz de hacerlo por mí?

Se acerca al brazo derecho de Marco, que tiene atado en el brazo de la silla. Lo agarra por la muñeca. Marco emite un gemido débil. Connor coloca el filo de la daga justo por encima de la mano, donde empieza la muñeca. No mira a Lucca ni a mí. Solo mira lo que va a hacer.

Luego presiona y corta.

El sonido es un crujido seco, como el de un palo grueso que se parte, seguido de un sonido de carne desgarrándose. La mano de Marco se separa del brazo y cae al suelo con un golpe sordo. La sangre sale a chorros del muñón, pero ya no es un chorro fuerte; es más bien un fluir constante y espeso.

Marco no grita. Su cuerpo entero se pone rígido por un segundo, y luego se desploma contra las ataduras, como un muñeco de trapo. Su respiración se vuelve un jadeo rápido y superficial.

Connor deja el brazo y camina hacia el otro lado. Hace lo mismo con el brazo izquierdo. Otro crujido, otro desgarro, otra mano en el suelo. Ahora Marco tiene dos brazos que terminan en muñones sangrantes que se balancean ligeramente.

Lucca, desde donde está silba bajito.

—Directo al grano. Me gusta. ¿Las manos son el souvenir?

Connor se levanta. Se limpia las manos en un paño que hay en la caja de herramientas y luego se vuelve hacia nosotros.

—Bueno —dice Lucca, frotándose las manos—. Eso ha estado… educativo. Un poco rápido para mi gusto, pero impactante. ¿Ahora qué? ¿Lo dejamos aquí para que lo encuentren, o le damos un paseo por el río?

—Solo falta el remate final —digo.

Me giro hacia Marco. Sé lo que viene ahora.

Tengo que matarlo. Es lo único que falta, la única manera de terminar esto completamente.

Lo abofeteo para que vuelva en sí. Quiero verle la cara cuando lo mate.

Que piense en mí cuando su cuerpo abandone este mundo.

Él levanta la cabeza aturdido, no le queda mucho en este mundo.

Podría dejarlo así y moriría en minutos. Pero siento algo dentro de mí que me recuerda que él no tuvo compasión ninguna conmigo.

Levanto la daga y miro sus ojos llenos de miedo y dolor y dudo. No sé si puedo hacerlo. En ese momento de vacilación, Connor se mueve rápido. Me quita la pistola de los pantalones, la que me dio antes de entrar y apunta a Marco a la cabeza.

—Mírame bien, quiero que recuerdes mi cara y le digas al diablo que Connor te manda.

Y le pega un tiro entre ceja y ceja. El sonido es ensordecedor. Marco se desploma hacia adelante, con su cuerpo ya sin vida, todavía atado a la silla.

Quedo completamente salpicada de sangre. Siento las gotas calientes en mi cara y mi ropa. Me quedo inmóvil, quieta, sin entender completamente lo que acaba de pasar.

Lucca es el que rompe el silencio.

—¿Qué haces, tío? —pregunta, y su voz es de genuina confusión.

Connor me mira a mí, no a él, cuando responde.

—No voy a permitir que te conviertas en una asesina —dice, y su voz es suave ahora—. Tú no eres así, Brook. Ya te has vengado. Es más de lo que la mayoría puede hacer.

Entonces empiezo a temblar. Las lágrimas vienen sin que pueda controlarlas, mezclándose con la sangre en mi cara. Le doy las gracias, pero las palabras salen entre sollozos. La adrenalina se desploma junto con mi cuerpo.

Connor me coge en brazos, ignorando la sangre que nos cubre a ambos. Le dice a Lucca que limpie todo esto, que mandará a alguien para que le ayude y luego que lo lleve a casa.

Lucca baja el tono, preocupado ahora por la situación y por mí.

—Sí, claro, jefe —dice—. Yo me encargo.

Connor me mete en el coche, me pone el cinturón como si fuera una niña, y se sienta al volante.

Conduce en silencio de vuelta al ático, y yo me quedo mirando por la ventana, viendo pasar los campos y luego la ciudad, sin poder dejar de temblar, sin poder dejar de sentir la sangre secándose en mi piel.