La Spina Negra CAPÍTULO 38 #2
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CAPÍTULO 38 #2

Lo recuerdo. Lo recuerdo todo. Mi jefe, el señor Evans, nervioso, queriendo cerrar el caso. «Es demasiado grande, Grace. Firma aquí y olvídalo». Pero yo no podía. Había algo que no cuadraba. Los números bailaban en mi cabeza y quise seguir investigando. Insistí.

—Tu jefe quería que lo dejaras correr —dice Marco, leyendo el reconocimiento en mi cara—.

Pero tú, la puta analista con principios, no paraste.

Ibas a destaparlo todo. Mi negocio, mi dinero.

En cuanto tu jefe, el que tengo en nómina desde hace años, me lo contó todo, supe que no podía dejarte con vida.

La revelación me deja sin aliento. No fue un capricho. No fue un accidente. Fue un trabajo. Yo era un obstáculo profesional. Un riesgo que había que eliminar.

—Tenía que callarte —gruñe Marco, y una chispa de su antigua crueldad vuelve a sus ojos—. Y bueno… —Una sonrisa grotesca, teñida de sangre, se le forma en los labios—. A nadie le amarga un dulce, ¿no? Y pasamos una noche divertida… ¿o no, Grace?

Usa mi nombre. Mi verdadero nombre. Y lo hace con ese tono, ese… disfrute recordando.

Algo se rompe dentro de mí. La daga se me queda pequeña. Suelto el mango y, en el mismo movimiento fluido, saco la pistola que llevo en la espalda. Es la que me ha dado Connor, una Glock pesada, de culata de polímero.

Ni apunto ni pienso. Con toda la fuerza de mi brazo, del rencor acumulado en cada célula, lanzo la culata contra su boca.

El impacto es brutal. Un sonido húmedo y seco a la vez.

Su cabeza salta hacia atrás con violencia, la silla vuelca hacia atrás dando un golpe y un estruendo.

Marco grita y emite un gorgoteo ahogado, un sonido de asfixia. Levanto la silla con él y logra escupir. Un chorro de sangre oscura, salpicada de dos trozos blancos y rotos. Son sus dientes, que ruedan por el suelo, dejando un rastro rojo.

Él se desploma hacia adelante, atado, jadeando y ahogándose con su propia sangre. Un gemido continuo, de animal destrozado, le sale de la garganta.

Miro los dientes en el suelo. Miro la cara de Marco, ahora irreconocible, una máscara de dolor y humillación.

Y sé que esto no ha terminado. Solo ha cambiado de fase. Bajo la pistola. Me acerco a él otra vez. Me mira con un terror absoluto.

—Gracias por la información, Marco —digo, y mi voz ya no es fría. Es ardiente, como el acero al rojo vivo—. Ahora hablemos de los nombres. De todos los que lo sabían.

—Nadie más lo sabía —su pecho sube y baja con esfuerzo—.

El imbécil de tu jefe… cuando le presioné sobre los hallazgos de la auditoría, me dio tus datos.

Dijo que una charla podría hacerte entrar en razón.

Me dio tus horarios, dirección, con quién te relacionabas…

—Hace una pausa, y una risa ronca y burbujeante le sale de la garganta—.

Vi una foto tuya en el expediente. Sonreías.

Pensé… podría ocuparme del problema personalmente.

Matar dos pájaros de un tiro. Acallar una amenaza y… pasar un rato entretenido.

Cada palabra es un clavo que martilla en mi cráneo, reconstruyendo la pesadilla más repugnante que he tenido que vivir.

—Y así fue, ¿no? —insiste, y en sus ojos, por encima del dolor, brilla un destello de su maldad, un intento desesperado de recuperar algo de poder, de herirme donde sabe que todavía soy vulnerable—. ¿Tú no disfrutaste? Porque tus gemidos decían lo contrario reina.

Un rugido sordo nace en mi pecho y estalla en mis oídos antes de salir por mi boca. Es un huracán de dolor y humillación acumulados que arrasa con cualquier resto de racionalidad.

Le escupo en la cara, en un acto visceral de desprecio, y la saliva clara se desliza por su mejilla ensangrentada. Él se ríe a carcajadas sabiendo que ha dado donde duele.

—¿Te diviertes? —grito, y mi voz resuena, distorsionada y poderosa, en el vacío de la nave—. ¿Te lo pasas bien? Te gusta reírte y divertirte a costa de los demás ¿verdad? Pues voy a darte un motivo para sonreír para siempre, hijo de puta.

Mis dedos se cierran alrededor del mango de la daga, que está tibio y pegajoso con su sangre.

Ya no hay cálculo, solo la pura y llana ejecución de una sentencia que mi alma ha dictado hace mucho tiempo.

Me acerco a él mientras él intenta, inútilmente, torcer el cuello y alejar su cara, sus ojos abiertos por un pánico que ahora sí es genuino y absoluto.

—¡No! ¡Espera! ¡Por favor, no! ¡Para! —suplica, pero sus palabras son solo ruido de fondo ante el estruendo de mi propio corazón.

Con mi mano libre, le agarro el pelo con fuerza, hundiendo los dedos en su cuero cabelludo graso, e inmovilizo su cabeza contra el respaldo de la silla. Llevo la punta de la daga a la comisura derecha de su boca. Él emite un quejido ahogado incluso antes de que presione.

Y luego presiono y tiro.

La piel y el músculo de su mejilla se abren bajo el filo con un sonido húmedo, un desgarro que se extiende hacia atrás, hacia la línea de la mandíbula.

Su grito es un sonido desgarrador, animal, que llena el espacio y satura mis sentidos.

No me detengo. El impulso es imparable. Deslizo el filo, ya chorreante, por debajo de su labio inferior, sintiendo la resistencia de la carne, hasta llegar a la comisura izquierda.

Y allí, con la misma determinación fría, tiro de nuevo hacia afuera y hacia atrás.

La piel cede, abriéndose en un segundo surco paralelo al primero.

Cuando me aparto, lo que queda es una grotesca máscara de horror.

Una sonrisa forzada y sangrante se extiende desde lo que eran sus comisuras, cortando a través de sus mejillas, exponiendo en algunos puntos el brillo húmedo y rosado del músculo y la grasa subcutánea debajo.

La sangre surge a borbotones, rápida y oscura, inundando su barbilla, su cuello, empapando su camisa en cuestión de segundos.

Él ya no grita con coherencia; emite una serie de gorgoteos y alaridos ahogados, convulsionándose contra sus ataduras con una fuerza desesperada que hace chirriar la silla y arrastrarla unos centímetros por el suelo de cemento.

En ese momento de caos ensordecedor, la puerta metálica de la nave se abre de golpe.

Connor y Lucca irrumpen, moviéndose con la urgencia porque habrán oído los gritos descontrolados.

Pero su entrada en escena se congela en el mismo instante en que sus pies cruzan el umbral.

Se detienen en seco, Connor tiene los ojos desmesuradamente abiertos con cara de incredulidad, Lucca palidece hasta tomar un tono ceniza, su mandíbula está floja, y su mirada salta de la cosa sangrante en la silla a mí, y vuelve atrás, incapaz de procesar la escena.

Pero su presencia ahora no va a frenar la tormenta que hay dentro de mí. Mi enfoque vuelve a Marco, a ese ser que ahora se retuerce y gime con su nueva y horrible boca.

—¡Y no gemía! —le grito, y mi voz suena ronca, rasgada por una emoción demasiado grande para contener—. ¡Gritaba! ¡Gritaba y lloraba, cerdo asqueroso! ¡Y voy a asegurarme de que nunca, nunca más, puedas hacerle eso a otra mujer!

Sujeto la daga, resbaladiza por completo ahora, con la otra mano.

Me acerco a él otra vez, y él intenta retroceder, pero está atrapado.

Con movimientos que no son rápidos, pero sí terriblemente decididos, me agacho y desabrocho su cinturón.

Los ojos de Marco, por encima del caos de sangre y carne desgarrada, se abren aún más, si cabe, con un pánico que trasciende el dolor físico.

—¿Qué haces? —intenta articular, pero las palabras salen distorsionadas, un silbido húmedo a través de las aberturas de sus mejillas—. ¿Qué… estás haciendo?

Ignoro sus sonidos. Abro su pantalón, meto mi mano dentro, buscando a través de la tela de sus calzoncillos. Él da un respingo violento cuando mis dedos fríos y húmedos lo tocan.

—¡¿Qué cojones haces, puta loca?! —logra gritar, una última llamada a un orden que ya ha dejado de existir aquí dentro.

Agarro con fuerza. Siento la carne blanda, vulnerable. Saco su pene fuera de su ropa interior.

Se ve pálido, insignificante y patético contra el rojo vivo y brillante que cubre mi mano y mi brazo. Levanto la vista y lo miro directamente a los ojos, esos ojos que ahora solo reflejan un terror absoluto.

—¡Pararla! Connor para a esta puta ¡joder! —grita sin cesar a los chicos, que se han quedado detrás, como piedras ante esta imagen grotesca. Pero no le responden, ni me paran.

—Mira —le digo, y mi voz ha bajado a un susurro—. Mira y disfruta de esta sensación. Porque será la última vez que una mujer te pueda agarrar la polla.

Con mi otra mano, empuño fuerte la daga. Marco ve el movimiento, comprende la intención en mi mirada, y un sonido agudo, desesperado, un chillido que ya no es humano, se le escapa por su boca destrozada.

Pero es demasiado tarde para los sonidos. Pongo el filo contra la base de su sexo, donde la carne se une al cuerpo. Siento la tensión bajo la hoja. No pienso en lo que estoy haciendo, solo tiro de la daga hacia mí, con toda la fuerza de mi brazo, de mi espalda y todo el peso de mi odio y mi dolor.

La carne y los tendones se separan con un sonido desgarrador, un crujido sordo de tejidos que se rompen. La sangre explota en un chorro caliente y a presión que me golpea en el pecho y en la cara.

Marco ya no emite gritos reconocibles. Su cuerpo entero se convulsiona en una serie de espasmos violentos e involuntarios, arqueándose contra las correas hasta que estas cortan profundamente en su piel.

Un gorgoteo profundo, un sonido de ahogamiento interior, le sale de la garganta mientras sus ojos, desorbitados, ruedan hacia atrás, mostrando el blanco.

Luego, con un movimiento casi despreocupado, dejo caer el trozo de cuerpo mutilado que tengo en la mano al suelo frente a él. Cae con un ruido blando y húmedo sobre el cemento lleno de sangre.

—Joder, Brook —dice Lucca mientras se acerca a mí—. Esto es una puta obra de arte.

Se dirige a Connor.

—Tío, ¿estás viendo lo mismo que yo?

Connor se acerca también, serio. Sus ojos examinan mi labio sangrante.

—¿Estás bien? —pregunta.