CAPÍTULO 38
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Connor me lleva en coche hasta el apartamento de Lucca. Dice que él nos llevará hasta donde tienen a Marco retenido. Cuando aparcamos frente al edificio modesto en un barrio tranquilo, Connor frena bruscamente al reconocer un coche aparcado frente a la entrada.
—¿Qué cojones está haciendo Alina en casa de Lucca? —dice, y su voz tiene un tono que no entiendo.
Le miro con el ceño fruncido. No sé por qué le importa tanto.
—A ti qué más te da, Connor —digo—. Son mayorcitos para saber con quién se acuestan.
—Tú no lo entiendes —responde, y hay algo en su voz que me desconcierta.
Antes de que pueda preguntar qué significa eso, baja del coche bruscamente. Yo bajo también, y en ese momento salen Alina y Lucca por la puerta principal. Se quedan sorprendidos al vernos, como si no esperaran visitas y menos que los pillaran juntos.
Lucca sonríe de manera triunfal, como si hubiera ganado algo. Alina se sonroja visiblemente al ver a Connor.
Connor se acerca a ella y la agarra del brazo con más fuerza de la necesaria.
—¿A qué cojones estás jugando? —le dice, y su voz es dura, casi violenta.
Alina no tiene tiempo de responder. Lucca salta hacia adelante, soltando la mano de Connor del brazo de Alina.
—Eh, tío, no te pases —dice Lucca, y su voz también tiene un tono que no había escuchado antes—. ¿Qué coño te pasa a ti para ponerte así?
—Lucca, no te metas, esto es cosa mía —le dice Alina apartando ligeramente a Lucca.
—Ella no te conviene —dice Connor, mirando a Lucca directamente—. Aléjate de ella o te hará daño.
—¿Pero de qué coño vas? Deja de meterte en mi vida, Connor, porque te recuerdo que yo no me meto en la tuya—. Escupe Alina con rabia dirigiendo una miradita hacia mí.
¿A qué se refiere? ¿Qué demonios está pasando? Lucca está tan perdido como yo ¿o él está sabiendo leer entre líneas?
—No es lo mismo, Alina, no juegues con Lucca te lo advierto. Aléjate de él.
Lucca se enfurece. Veo cómo sus puños se cierran.
—No te pases un pelo con ella, tío, o... —dice, dejando la amenaza suspendida en el aire.
—¿O qué? —responde Connor, acercándose más—. ¿Acaso te has olvidado gracias a quién sigues vivo?
Vale ahora esto se está yendo de madre. Me meto entre los dos, colocándome físicamente en medio.
—Vale, vale, suficiente —digo, mirando a uno y luego al otro—. Creo que la pelea de gallos termina aquí.
Me dirijo a Alina, que parece a punto de estallar.
—Alina, quizás deberías irte —le digo suavemente—. Creo que ya la has liado suficiente por hoy.
Ella dirige una última mirada a Lucca, una mirada que contiene demasiadas cosas que no entiendo, y luego se va rápidamente a su coche. Arranca y se marcha, dejando un silencio incómodo detrás.
Miro a Connor y a Lucca, que todavía se están midiendo el uno al otro.
—Bueno, ya está bien —digo—. ¿Me vais a llevar con ese cabrón de Marco o tengo que encontrarlo yo sola?
Ambos parecen salir del trance al mismo tiempo. Se suben al coche sin decir nada más. Ahora conduce Lucca, y se nota en la manera agresiva de cambiar de marcha y de frenar que todavía está cabreado.
Treinta minutos después llegamos a una zona rural que no conozco. Hay una nave industrial abandonada en medio de la nada, rodeada de campos vacíos y árboles. Es el tipo de lugar donde los gritos no molestan a nadie.
Bajamos los tres del coche. El aire es más frío aquí, y huele a tierra mojada y a hierba.
—Voy a entrar sola —digo, mirando la nave.
—Ni de coña vas a entrar ahí sola y desarmada —dice Connor inmediatamente.
Saco mi daga de la bota.
—Ya nunca voy desarmada —digo—. Y no era una pregunta, sino una afirmación. Voy a entrar sola.
Lucca se relaja un poco y se le escapa una sonrisa. Se dirige a Connor.
—Te ha salido peleona —dice—. Me encanta esta chica.
Luego me da un apretón en los hombros. Su expresión se vuelve seria.
—Recuerda —dice—. Nunca pierdas de vista a tu objetivo. Nada de darle la espalda ni perder el contacto visual.
Asiento y le dedico una sonrisa. A pesar de la tensión entre ellos, Lucca siempre ha sido sincero conmigo. Es agradable tener un «amigo» en este mundo.
Entonces Connor coge su pistola de la parte trasera del pantalón, revisa que esté cargada y me la da.
—Estaré aquí fuera, en la misma puerta —dice—. A la mínima sospecha de algo, gritas y entramos los dos, ¿vale?
Asiento de nuevo. Le beso brevemente en los labios.
—Gracias —digo—. Sé lo que te cuesta quedarte al margen, pero necesito hacerlo sola.
Me giro dispuesta a entrar, pero entonces les dedico una mirada y veo que siguen cada uno a un lado y sin hablar ni mirarse.
—O dejáis de ser unos putos críos o a quien le voy a meter un balazo en el culo va a ser a vosotros.
A los dos se les escapa una carcajada que no pueden evitar.
—Así me gusta, cuando salga os quiero como siempre. Sin peleas absurdas por líos de faldas que no entiendo.
Entro a la nave. El interior es sucio y medio derruido, con hierba creciendo entre las grietas del suelo de cemento. Hay polvo por todas partes, y el aire huele a moho y a algo más, algo metálico que reconozco inmediatamente, como a sangre.
Marco está maniatado a una silla en el centro del espacio. Tiene una bolsa de tela sobre la cabeza. Me acerco lentamente, mis pasos resuenan en el silencio. Le quito la bolsa bruscamente.
Él pestañea muchas veces, cegado por la luz que entra por las ventanas rotas. Cuando finalmente puede enfocar, me ve. Sus ojos se abren completamente.
—Tú —dice, y su voz es ronca, seca—. Hija de puta. Suéltame o te mato.
Sonrío. Es una sonrisa que no siento, pero que sé que le molestará.
—¿Sabes qué? —digo, acercándome más—. Vamos a jugar tú y yo. Y esta vez seré yo la que gane.
Saco mi daga. La luz juega con el filo del metal. Marco intenta retroceder, pero la silla no se mueve.
—Así que eres la putita de Connor —ronca, con esa sonrisa torcida que me hace hervir la sangre por dentro—. ¿Él te presta para esto, o es tu idea de una cita?
No respondo, pero me hierve la sangre.
Empiezo a jugar con la daga, clavándola entre sus dedos ahora que su mano está fija en la madera de la silla.
Él grita y maldice, me dice todas las maneras en que me va a matar cuando salga de aquí, todas las cosas que me va a hacer.
Me río. El sonido sale de mí sin que pueda controlarlo, y suena extraño, casi desquiciado incluso para mis propios oídos.
Finalmente, en un movimiento rápido y preciso, le corto un dedo de cuajo. El índice. Cae sobre la madera con un sonido blando.
Marco grita como un loco y se retuerce contra las ataduras.
—Ups —digo, mirando el dedo separado—. Perdón, se me ha escapado el cuchillo.
Marco grita y me insulta, pero le freno en seco. La punta de mi daga se posa en el hueco de su clavícula, donde el pulso late asustado.
—¿Por qué? —pregunto cabreada—. ¿Por qué a mí?
Él suelta un bufido.
—¿Eso es lo que te trae hasta aquí? ¿El cuento de la pobrecita violada? Te equivocaste de puerta, cariño.
No pienso. Actúo.
El filo de mi daga se estrella contra su mano, clavándose en el brazo de madera de la silla, atravesando carne y huesos.
Un sonido satisfactorio, profundo llega a mis oídos.
Su grito llena la nave, un sonido animal que me recorre la espina dorsal como un relámpago de puro poder.
Lo observo convulsionar, la arrogancia hecha trizas por el dolor.
Acerco mi cara a la suya, queriendo ver de cerca el miedo en sus ojos. Y él aprovecha ese momento para darme un cabezazo que me golpea justo en la boca.
El dolor es agudo e inmediato. Grito, retrocediendo, llevándome la mano a los labios que siento hincharse instantáneamente.
—Serás cabrón hijo de puta —digo, y ahora la rabia vuelve, más fuerte que antes.
Saco la daga de su mano, provocando gritos de dolor incontrolables de nuevo en él.
—Las preguntas son simples —digo jadeando—. ¿Por qué yo?
—¡Porque estabas allí! —escupe—. ¡Porque tenías un buen culo y parecías asustadiza! ¿Necesitas más motivos? Me moría de ganas de meterla en caliente.
Miente. Lo sé, no fue al azar. Con una precisión que me sorprende a mí misma, apoyo el filo plano de la daga en su muslo interno, donde está la arteria.
—Mientes —susurro—. La segunda pregunta. ¿Por qué intentaste matarme después? ¿No tuviste suficiente cabrón?
Su cara se congestiona. Veo el pánico, más hondo que el miedo al dolor. Mira hacia la nada.
—No… no sé de qué hablas.
Deslizo la hoja. No es un tajo salvaje. Es una incisión delgada, precisa, de cinco centímetros en la carne de su muslo. La tela y la piel se abren como una boca oscura y la sangre brota, caliente, empapando su pantalón al instante.
Marco aúlla. Un sonido que parece arrancado de las entrañas. Se arquea, las ataduras le desgarran las muñecas. Me inclino y mi aliento roza su oreja sudorosa.
—Cada mentira es otro corte. El siguiente será más lento. El que viene después… —poso la punta en su párpado cerrado, que tiembla como una mariposa moribunda—, te quitará algo para siempre. Así que habla. ¿Por qué me querías muerta?
Él jadea, solloza. La sangre de su pierna forma un charco pequeño. Veo la lucha en sus ojos: su orgullo contra el instinto animal de supervivencia. Le llevo la punta de la daga a la comisura de los labios.
—Puedo empezar por aquí —digo suavemente—. Descoserte la boca.
—¡Está bien! —ruge, finalmente roto—. ¡Está bien, maldita perra!
Hago una pausa, la hoja quieta. Mi corazón late con fuerza, pero mis manos están preparadas para lo que sea.
—Fuiste tú —escupe, con odio—. Hiciste una puta auditoría en Iron Gate Logístics, ¿te suena? Una de mis empresas.
Iron Gate Logístics. El nombre me golpea como un puño en el estómago.
—Encontraste algo —continúa Marco, haciendo un esfuerzo por soltar cada palabra—. Facturas duplicadas, pagos a proveedores que no existían. Contratos inflados, movimientos de dinero sin justificación… una mierda de blanqueo de manual, pero bien hecha. Y tú me la ibas a joder.