La Spina Negra CAPÍTULO 37
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CAPÍTULO 37

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Después de la fiesta, Connor me dice que tiene ganas de descansar, de ir al ático y relajarse. Lo noto agotado mentalmente más que físicamente, así que acepto sin hacer preguntas. Le digo que Marco puede esperar a mañana, que no va a ir a ninguna parte.

Pero en el coche de vuelta, hay un silencio denso que no esperaba.

Connor conduce en silencio, su perfil iluminado por las luces de la calle.

Ni siquiera me toca la rodilla, como suele hacer.

Sus manos permanecen firmes en el volante, sus ojos fijos en la carretera.

La tensión en sus hombros es palpable, como si llevara una armadura invisible que no se quita ni conmigo.

Cuando llegamos al ático, Lucca también sube con nosotros, algo que no es habitual. Normalmente se despide en la puerta o se queda en el casino. Pero hoy sigue nuestros pasos hasta el ascensor, y luego hasta la puerta del ático.

Los dos se encierran en el despacho inmediatamente y me quedo plantada en medio de la sala, sintiendo el eco de la puerta cerrándose como un portazo en mis expectativas.

Después de lo que pasó en el baño, pensé que esto sería diferente.

Pensé que en cuanto cerráramos la puerta del ático, todas esas palabras oscuras y posesivas se convertirían en acción.

Pero no.

Durante casi una hora, intento leer. Pero las palabras no entran.

Lo único que entra son sus voces bajas a través de la puerta de roble del despacho. No distingo las palabras exactas, pero sí la intensidad. El tono grave y urgente de Connor. Las respuestas más animadas, a veces exasperadas, de Lucca.

Algo pasó en esa reunión con Di Santos. Algo más de lo que me han contado. Y yo aquí, sentada como una niña esperando a que los adultos terminen de hablar.

Finalmente, la puerta se abre. Lucca sale primero, con una expresión seria. Me mira, asiente con la cabeza en un gesto de saludo, pero no dice nada. Sus pasos resuenan en el pasillo hacia la salida.

Connor aparece en el marco de la puerta. Se frota la nuca con una mano, un gesto de cansancio. Sus ojos me encuentran, pero no hay calor en ellos. No hay ese brillo oscuro y posesivo que vi en el baño horas antes. Solo hay fatiga, y algo más… algo que no puedo identificar pero que me pone nerviosa.

—¿Todo bien? —pregunto, cerrando el libro que no he leído.

—Sí —dice, demasiado rápido—. Todo bajo control.

Se acerca a la cocina y se sirve un whisky, bebiendo un largo trago directamente de la copa.

—Connor —me acerco, deteniéndome a unos pasos de él—. Puedes hablarme. Si algo va mal…

—Nada va mal —corta, y su tono es frío—. Es solo trabajo. Cosas que tengo que resolver.

—¿Cosas con Di Santos?

—Brook, ahora no —dice, y hay un borde de irritación en su voz que me hace retroceder. Literalmente, doy un paso atrás.

En ese momento, el timbre del ático suena.

Connor camina hacia el interfono y pulsa el botón, como si ya supiera quién es. ¿Espera a alguien a estas horas?

—Déjala subir —dice al portero, y luego cuelga.

—¿Quién es? —pregunto.

—Alina —responde, sin mirarme—. Tenemos que hablar de trabajo.

—¿No puede esperar a mañana? —digo ya agotada de esta conversación de monosílabos.

—No —dice Connor simplemente, y se dirige hacia la puerta principal justo cuando suena el timbre.

Alina entra vestida muy informal. Como si esta reunión la hubiera pillado de improviso. Verla tan «normal» me resulta extraño, pero la hace un poco más humana.

—Connor —dice, entrando sin siquiera saludarme. Sus ojos me rozan un instante, un reconocimiento rápido, y luego vuelven a él—. Tenemos que hablar. Ahora.

Connor asiente y se dirige de vuelta al despacho. Alina lo sigue.

Y yo me quedo otra vez fuera. Otra puerta cerrándose en mi cara.

Esta vez, ni siquiera intento fingir que voy a leer. Me quedo de pie en medio de la sala, mirando la puerta cerrada del despacho, sintiendo una mezcla de rabia y decepción que me quema el pecho.

Es Connor y Alina. Connor y Lucca. Connor y sus misterios, sus guerras, sus negocios sucios en los que yo solo soy una espectadora, una empleada, una chica a la que se le puede dejar esperando indefinidamente.

Respiro hondo, intentando calmarme. Pero no funciona, así que tomo una decisión. Camino hacia nuestro dormitorio—o el dormitorio de Connor, donde yo duermo—y cierro la puerta detrás de mí, con una fuerza que espero que transmita mi mensaje.

Al día siguiente, cuando nos despertamos, Connor sigue muy callado. Ha dormido en la cama, porque estaba toda deshecha, pero ni sé a qué hora vino, porque yo ya dormía, ni sé a qué hora se habrá levantado porque la cama ya estaba fría.

Mientras prepara café en la cocina, me acerco y le pregunto directamente.

—¿Qué pasó con Di Santos? Estás muy raro desde anoche.

Él no me mira, sigue concentrado en verter el café en las tazas. Su espalda está tensa bajo la camiseta de algodón.

—Ahora no es momento de hablar de eso —responde—. La entrega será en dos semanas y ya tendremos tiempo de hablarlo.

—Pero algo no fue bien —insisto.

—Ahora ha llegado el momento de atender a Marco —dice, cambiando de tema por completo mientras me pasa una taza de café sin mirarme a los ojos—. ¿Estás realmente preparada para lo que viene?

Algo se rompe dentro de mí.

—¿Siempre va a ser así? —pregunto, y mi voz suena más alta de lo que pretendía—. ¿Este secretismo constante? ¿Dejarme siempre apartada como si fuera una niña que no puede entender tus problemas?

Connor finalmente se gira, pero su expresión es de exasperación.

—Brook, no es así.

—¡Sí que lo es! —digo, bajando la taza de café sobre la encimera con un golpe seco—.

Anoche, después de... después de todo lo que hemos pasado, pensé que...

no sé, pensé que algo cambiaría. Pero no.

Te encerraste con Lucca, luego con Alina, y yo me fui a la cama sola.

Me siento como un cero a la izquierda en tu vida.

—Lucca y Alina son mis ojos y mis manos en los negocios —dice, como si eso lo explicara todo—. Es necesario, no puedo desatender mi negocio por un calentón momentáneo Brook.

—¿Un calentón? ¿Te crees que mi cabreo es por el calentón? —exclamo, y ahora sí, estoy gritando—. No tiene nada que ver con eso. Tiene que ver con que soy la última en la cola de tus prioridades.

—No digas tonterías —su voz se endurece—. Tú no lo entiendes.

—¡No lo entiendo porque tú me excluyes! —le lanzo las palabras como piedras—. No me das el voto de confianza. ¿Es eso? ¿Tú no confías en mí?

Hago una pausa, respirando con dificultad. El café caliente me ha quemado la lengua, pero ni siquiera lo noto.

—Porque yo te lo he dado todo —continúo, y mi voz tiembla ahora, no de rabia sino de algo más vulnerable—. Sabes todo de mí. Me he abierto en canal ante ti, Connor. Te he contado cosas que nadie más sabe. Me has visto en mis peores momentos. Y aun así...

Me callo de golpe. Porque no es completamente cierto. Hay una cosa que no le he contado. Mi cambio de identidad, mi supuesta colaboración con la policía…

Connor me mira, y por un momento creo ver algo en sus ojos. Algo que podría ser comprensión, o tal vez solo lástima.

—Brook —dice, y su voz ha perdido algo de su dureza—. No es falta de confianza.

—Entonces ¿qué es? —pregunto, pero ya no grito. Ahora solo suplico, y odio cómo suena mi voz—. Dime qué es, porque no puedo seguir así. Sintiéndome como la intrusa en tu propia vida.

Él mira su taza de café, luego hacia la ventana, en cualquier lugar menos en mis ojos.

—Es protección —dice finalmente, pero las palabras suenan huecas, gastadas—. Cuanto menos sepas, más segura estarás.

—Eso es una mentira —susurro—. Y los dos lo sabemos.

Se hace un silencio y veo cómo su mandíbula se tensa, cómo sus dedos se aferran al borde de la encimera. Parece estar librando una batalla interna, y por un momento temo haber empujado demasiado.

Luego exhala, un suspiro largo y cansado que parece salirle de lo más hondo.

—Después de lo de Marco, te lo contaré todo. Sobre Di Santos, sobre la reunión, sobre lo que viene. Te lo prometo—. Ahora sí me mira a los ojos.

Camina hacia mí, cerrando la distancia que había entre nosotros. No me toca, pero su cercanía es palpable, física.

—Pero ahora —continúa, su voz baja pero firme— te necesito concentrada. Al cien por cien. Marco no es un objetivo cualquiera, Brook. Es inteligente, paranoico y peligroso. Un error, un segundo de distracción... y todo se va al infierno.

Levanta una mano, como si fuera a tocarme la cara, pero se detiene a mitad del camino. En cambio, la deja caer a su lado.

—¿Puedes hacer eso por mí? —pregunta, y hay algo en su tono que no es una orden, sino casi una súplica—. ¿Puedes guardar tus preguntas, tu rabia, todo eso... y enfocarte solo en él? Por unas horas. Por hoy.

Lo miro, respirando aún con cierta dificultad. La parte de mí que sigue dolida quiere seguir discutiendo, quiere exigir respuestas ahora mismo. Pero la otra parte—la que recuerda la promesa en sus ojos cuando dijo que me protegería, la que está completamente enamorada— cede.

—¿Me lo contarás todo después? —pregunto, buscando en su mirada algún rastro de engaño—. Sin filtros. Sin secretos.

—Todo —asiente, sin pestañear—. Te lo juro.

Respiro hondo. El aroma del café frío llena el espacio entre nosotros.

—Entonces sí —digo finalmente, cruzando los brazos—. Puedo hacerlo.

Un alivio casi imperceptible cruza su rostro. Asiente una vez, con brusquedad.

—Bien, pues prepara lo que necesites porque salimos en una hora.

En lugar de salir, da los dos últimos pasos hacia mí que nos separaban. Antes de que pueda reaccionar, sus manos me ciñen la cintura y me alzan de golpe, sentándome sobre el borde frío de la encimera de granito. Un pequeño grito de sorpresa me escapa.

—¿Qué…?

Su boca ahoga la pregunta. No es un beso suave ni reconciliador.

Es apasionado y voraz, un reclamo. Sus labios se abren sobre los míos con una urgencia que desbarata por completo mi armadura de enfado.

Una de sus manos se hunde en mi pelo, tirando hacia atrás para tener un mejor acceso, mientras la otra me sujeta firmemente contra él, anclándome a la encimera y a su cuerpo.

Yo estoy rígida al principio, la indignación aún palpita en mis venas.

Pero su sabor, la familiaridad áspera de su lengua, la firmeza absoluta de sus manos…

es como si pulsara un interruptor oculto en mi espina dorsal.

Un gemido ahogado se me escapa, y siento cómo toda la frustración y toda la pelea absurda, se desmorona ante una verdad más simple y abrumadora: lo quiero. Lo deseo.

Él siente mi rendición, el momento en que mi cuerpo se ablanda y mis labios empiezan a responder con la misma hambre. El beso se profundiza, se vuelve más lento, más húmedo, más íntimo. Es un beso que sabe a disculpa y a promesa, todo a la vez.

Finalmente se separa, solo un centímetro, sus labios rozan los míos al hablar. Su respiración, agitada, calienta mi piel.

—Y Brook… No vuelvas a pensar que eres la última en mi lista de prioridades. Eres y siempre serás la primera y única.