La Spina Negra CAPÍTULO 36 #2
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CAPÍTULO 36 #2

Me levanto de mi asiento y camino directamente hacia ella, ignorando las miradas curiosas de un par de socios que intentan detenerme para hablar de negocios. Mi objetivo ahora mismo es único, claro y obsesivo.

Brook está colocando copas vacías en una bandeja de plata cuando llego a su lado. No me mira directamente—es parte del juego, fingir que no nos conocemos—pero sé que siente mi presencia. Su respiración se acelera apenas perceptiblemente.

—Al lavabo —digo, mi voz es baja pero cargada de una autoridad que no admite discusión—. Ahora mismo.

Doy media vuelta y camino hacia los baños sin mirar atrás. Sé que ella vendrá. Sé que dejará esa bandeja en la mesa más cercana y seguirá mis pasos disimuladamente.

El pasillo hacia los baños está vacío. Entro en el baño y reviso rápidamente que esté vacío. Me coloco detrás de la puerta, esperando. Los segundos pasan lentamente, cada latido de mi corazón resonando en mis oídos junto con el zumbido distante de la música de la fiesta.

Pero entonces la puerta se abre. Brook entra y sus tacones hacen un sonido suave contra el mármol. Da un par de pasos, mirando alrededor confundida porque no me ve.

—¿Connor? —susurra.

Ese es mi momento.

Cierro la puerta de golpe con un pie, al mismo tiempo que tiro con fuerza de la manilla decorativa, hasta que se suelta con un crujido metálico. La arrojo a un lado, sabiendo que nadie podrá abrir esa puerta ahora sin hacer un escándalo.

Brook se gira sobresaltada, sus ojos verdes se abren de par en par.

—Me has asustado —dice, llevándose una mano al pecho. Luego mira la manilla rota en el suelo y de vuelta a mí—. ¿Qué estás haciendo?

Lo que estoy haciendo es perder el control. Rendirme a esta necesidad que me ha estado consumiendo toda la noche.

La miro, y sé que mi expresión debe ser pura lujuria mezclada con furia. Furia por tener que compartirla con todas estas personas. Furia por no poder anunciar al mundo entero que esta mujer es mía.

Ella me sonríe entonces, una sonrisa tímida pero llena de complicidad.

—¿Qué te pasa?

—Tú —digo, avanzando hacia ella—. Eres lo que me pasa. Este vestido es lo que me pasa.

La acorralo contra el lavabo de mármol, mis manos a ambos lados de su cuerpo atrapándola. Ella no retrocede. Al contrario, su respiración se acelera y veo cómo sus pechos se elevan bajo la seda roja.

—Toda la noche —susurro contra su oído, —he tenido que verte pasar. Verte sonreírles a ellos. Verte inclinarte. Y todo lo que podía pensar era en esto.

Mis manos descienden a su cintura, luego a sus muslos. Agarro la falda del vestido y la levanto lentamente, revelando sus piernas desnudas. Y luego veo el borde de sus braguitas—un trozo diminuto de encaje negro que desaparece entre sus muslos.

—Esto no lo necesitas más —digo, y mi voz suena ronca, oscura.

Paso mis dedos bajo la cintura elástica y tiro. La tela se rasga con facilidad—un sonido obsceno en el silencio del baño. Brook jadea, pero no protesta. Sigo tirando hasta que las bragas están completamente destruidas, solo jirones de encaje negro en mi mano.

Las guardo en el bolsillo de mi pantalón.

—Mías —digo simplemente.

—¡Connor! ¿Cómo voy a salir sin bragas?

—Calla —ordeno, y ella obedece inmediatamente, el sonido muriendo en sus labios.

La levanto suavemente para que se siente en el borde del lavabo. El mármol es frío bajo sus muslos desnudos, y ella tiembla ligeramente. Separo sus piernas con mis manos, colocándolas sobre mis caderas.

—Toda la noche he estado así por ti —digo, tomando su mano y presionándola contra mi erección a través del pantalón. Ella traga saliva al sentir el tamaño, la dureza—. Ahora es tu turno.

Me arrodillo ante ella, y veo cómo sus ojos se ensanchan. No le doy tiempo a protestar—apenas inclino la cabeza y mi boca encuentra su sexo.

Brook grita—un sonido ahogado y desesperado—cuando mi lengua traza una línea firme por su centro. Está empapada, ya lo estaba desde antes, y el sabor de ella me vuelve loco. Dulce, afrutado, completamente Brook.

Uso mi lengua sin piedad, sin compasión. La lamo, la succiono, la presiono contra ese punto perfecto que hace que sus caderas se eleven del mármol. Mis dedos se unen a la fiesta—dos de ellos se deslizan dentro de ella fácilmente, encontrando esa calidez ajustada que me pertenece.

—Connor... por favor... —suplica y sus manos se aferran a mi pelo.

Pero no es un «por favor» de advertencia. Es un «por favor» de necesidad. De desesperación.

Acelero el ritmo, mis dedos se mueven dentro de ella mientras mi lengua se concentra en su clítoris. Siento cómo su cuerpo se tensa, cómo sus músculos internos se aprietan alrededor de mis dedos. Está cerca, tan cerca...

Y entonces me detengo.

Me levanto de golpe, alejándome de ella. Brook queda temblando sobre el lavabo, sus ojos vidriosos de confusión y frustración.

—¿Qué...? No... por favor, Connor...

—Ahora irás igual de desesperada que yo —digo, limpiándome la boca con el dorso de la mano. Mi voz es áspera, llena de una satisfacción oscura al ver su estado—. Te quiero empapada, chorreando toda la noche. Necesitada de más. Necesitada de mí.

Camino hacia la puerta, pero me detengo y miro hacia atrás. Ella sigue sentada en el lavabo, sus piernas aún abiertas, brillantes de sus propios fluidos. Su rostro está enrojecido, su respiración entrecortada.

—Igual que yo llevo empalmado toda la noche por ti —añado, y abro la puerta—o lo que queda de ella—con un golpe seco.

Salgo al pasillo sin mirar atrás, ajustándome el pantalón para disimular la evidente protuberancia. Dejo la puerta cerrada, sabiendo que ella necesitará unos minutos para recomponerse.

Y mientras camino de vuelta a la fiesta, la textura húmeda de sus bragas rotas en mi bolsillo me recuerda lo que tendré esta noche.

Es cerca de la una de la madrugada cuando Di Santos se acerca de nuevo. Lleva la corbata ligeramente deshecha y huele a whisky y a perfume de mujer.

—Tus fiestas son las mejores de toda la ciudad, sin duda —dice, apoyándose en la barra junto a mí—. Y tengo una petición extra para esta entrega.

Le miro, desconcertado.

—Te tengo muy visto, Connor —dice, riendo entre dientes como si fuera una broma—. Quiero carne fresca.

No digo nada. Ya no me gusta hacia dónde va esto.

—Exijo que el día de la entrega de la mercancía, aparte del cincuenta por ciento del dinero restante, me traigas a una chica a la que le tengo el ojo echado.

Me quedo mirándolo, intentando procesar lo que acaba de decir.

—Ni hablar —digo finalmente—. No voy a arriesgarme ni poner en peligro toda la operación por tener que confiar todo esto en una chica que ni conozco.

—Sí la conoces, hombre —responde Di Santos, y su sonrisa se ensancha—. Es una de tus camareras. La he visto ya en alguna otra fiesta, pero hace tiempo que no venía. Hoy la he vuelto a ver y con ese vestido rojo está más radiante que nunca.

En cuanto pronuncia estas palabras, ya sé de quién habla. Habla de Brook. Y lo lleva claro si se piensa que voy a meterla en esto.

Siento la furia subiendo por mi pecho como algo físico.

Aprieto los puños, noto cómo mi mandíbula se tensa.

Estoy a punto de estallar, de decirle exactamente lo que pienso de su petición y de él, pero entonces Lucca, que está a mi lado y ha oído todo, pone una mano en mi hombro.

No dice nada, pero la presión de su mano es un recordatorio silencioso: cálmate, todo saldrá bien.

Respiro hondo, forzando mi cuerpo a relajarse. Mi voz suena más controlada de lo que me siento cuando hablo.

—Hablaré con la chica —digo—. Pero no prometo nada, podría negarse.

Di Santos se levanta, se acaba el nuevo whisky que lleva en la copa de un solo trago. Luego se inclina hacia mí, y su aliento huele a alcohol de manera exagerada.

—Móntatelo como quieras, chico —dice —pero quiero que esa noche en el puerto me entregues el dinero y a esa chica para que se venga conmigo al hotel a celebrar el éxito de la operación. Si no cumples, no habrá trato.

Se da la vuelta y se va, dejando sus palabras flotando en el aire como una sentencia.

Lucca me mira, esperando instrucciones, pero no le digo nada todavía. Solo miro a Di Santos alejarse, mezclándose con la multitud, y sé que acaba de cambiar todo. Porque ahora no se trata solo de un trato de drogas o de dinero. Se trata de ella.

Y yo no voy a entregar a Brook a ese hombre. No importa lo que me cueste.