CAPÍTULO 36
CONNOR
La fiesta está en pleno apogeo cuando llego a la barra.
El penthouse está lleno de caras conocidas: hombres con trajes caros que llevan armas discretas bajo las chaquetas, mujeres con vestidos que valen más que lo que gana un trabajador medio en un año, políticos que hablan en voz baja con hombres que deberían evitar.
Mis propios hombres están dispersos por la sala, vigilando entradas y salidas, observando sin que se note demasiado.
Veo a Di Santos llegar veinte minutos después de la hora acordada, como siempre.
Es un hombre que cree que hacer esperar a los demás es una demostración de poder.
Lleva un traje gris hecho a medida, ya que en los últimos meses ha perdido peso y ganado masa muscular.
Pero sus ojos pequeños y penetrantes en su rostro duro no han perdido nada de su intensidad.
Tiene sesenta y tres años, pero parece más viejo, como si el negocio que ha elegido hubiera consumido algo dentro de él.
Se sienta a mi lado en la barra y hace un gesto al barman.
—Dos whiskies —dice—. Lo mejor que tengas.
El barman, que trabaja para mí y sabe exactamente lo que eso significa, saca una botella que no está a la vista del público. Es un Macallan de treinta años que cuesta más que el coche de mucha gente. Sirve dos copas generosas y las coloca frente a nosotros.
Di Santos levanta su copa.
—Por los negocios —dice, y su voz tiene ese tono ronco de fumador empedernido.
—Por los negocios —repito, y bebemos.
El whisky es suave y complejo, con notas de roble y algo más dulce. Es un lujo que normalmente apreciaría, pero esta noche solo lo bebo automáticamente, mi mente está en otro lugar.
Di Santos deja su copa en la barra y gira lentamente hacia mí.
—Llevas unas semanas ausente —dice, y no es una pregunta, pero está tanteando.
—He estado ocupado —respondo.
—Una organización como esta no se lleva sola, hijo —continúa, y su tono es de reproche ligero, pero sé que hay algo más detrás. Di Santos no hace preguntas porque sí, las hace para averiguar—. Estoy harto de tratar con Lucca para cada pequeño detalle.
Miro dentro de mi copa, haciendo girar el líquido ámbar.
—¿Es que ya no confías en mí, Di Santos? —pregunto, levantando la vista hacia él—. Porque que yo recuerde, nunca te he fallado. Llevamos tiempo haciendo negocios y creo que soy el socio más leal que has tenido.
Lo digo con calma, pero cada palabra es cuidadosamente elegida.
Di Santos es un socio de La Spina Negra, pero no es un amigo.
Es un hombre que lleva toda la vida traficando con cocaína y heroína, construyendo su fortuna y su imperio paso a paso, hasta que hace unos cinco años entró en el fentanilo.
Ahora es el tipo más peligroso de la zona.
Se quedó con todo el negocio cuando los demás se echaron atrás, y es el único que se atreve a introducir fentanilo en la ciudad a gran escala.
Todo el mundo lo sabe, incluyendo la policía y todos los grupos de investigación que supuestamente deberían detenerlo.
Pero el tipo es bueno en lo que hace, meticuloso, paranoico, y nunca han tenido nada en su contra.
Por eso es peligroso asociarte con él: te pone en el punto de mira de todas las agencias que lo persiguen.
Pero también, si lo haces bien, significa ganar miles de millones de dólares.
Y eso es exactamente lo que decidí hace un par de años, cuando ascendí a jefe de La Spina Negra en Chicago.
Decidí que teníamos que ir a lo grande. Olvidarme de los pequeños negocios y drogas costosas y apostar por algo barato de producir, fácil de mover y absurdamente rentable.
El fentanilo es algo que incluso muchos criminales consideran demasiado sucio y cruel.
A mí nunca me ha importado cruzar líneas.
Éstas existen para la gente débil. Me prometí convertir esta facción de la Spina en la organización más poderosa de Chicago, y en apenas dos años lo he conseguido.
He comprado policías, jueces y políticos.
He llenado esta ciudad de hombres que me deben favores o me tienen miedo. A veces ambas cosas.
Y ahora estamos a punto de cerrar el mayor trato que esta organización ha visto jamás.
Una entrega masiva de fentanilo gracias al acuerdo con Di Santos.
Un movimiento que nos generará decenas de millones de dólares de una sola vez.
Lo suficiente para adueñarnos de Chicago y de todo lo que la rodea.
Por eso esta operación es tan importante.
Nada puede salir mal. Lucca y yo llevamos trabajando en esto mucho tiempo.
Y tener a la puta tríada tocando los cojones no me ayuda.
Di Santos sonríe, con una expresión que no llega a sus ojos.
—No dudo de ti —dice—. Solo era curiosidad. ¿Quizás alguna mujer te tiene cautivado?
—No —respondo demasiado rápido, y él lo nota.
—Yo voy por mi cuarto divorcio —dice, cambiando de tema como si no hubiera notado nada—. Mi exmujer quiere sangrarme en el reparto de bienes y dinero. Las mujeres son caras, Connor. Y peligrosas cuando se sienten desatendidas.
No respondo, no me interesan sus problemas matrimoniales.
Hablamos entonces del trato. La fecha de la entrega de la carga, el pago, el día y la hora.
La mercancía llegará en contenedores al puerto, la entrega se hará a las cuatro de la mañana dentro de dos semanas.
El pago se hará el cincuenta por ciento por adelantado a través de Lucca y Benito, el hombre de confianza de Di Santos, y el otro cincuenta por ciento entre él y yo allí mismo en el puerto en el momento de la entrega.
Y es que ambos somos de los que piensan que, si quieres algo bien hecho, hazlo tú mismo.
Por lo que preferimos estar allí esa noche personalmente y no dejar todo en mano de terceras personas.
—Ahora voy a disfrutar un rato de la fiesta —dice Di Santos cuando terminamos los detalles.
Agarra por la cintura a una camarera que pasa cerca. Ella sonríe tímidamente, pero veo el destello de incomodidad en sus ojos antes de que lo oculte. Di Santos se la lleva, su mano deslizándose demasiado bajo en su espalda mientras se alejan.
Este hombre me da asco. Todas sus mujeres se han separado de él porque es un cerdo que no las respeta en ningún sentido.
Tiene aventuras constantemente y es de los que disfruta del sexo salvaje, del tipo que deja marcas.
Normalmente ninguna chica quiere repetir con él, y muchas acaban con hematomas o incluso peor, en el hospital después de una noche con Di Santos.
Lo sé porque he pagado las facturas médicas de más de una de mis chicas después de haberse ido con él al terminar una de mis fiestas.
Veo a Brook acercarse a la barra para cargar de nuevo su bandeja con bebidas. Se mueve con esa gracia natural que tiene, incluso cuando está trabajando. Me acerco a ella por detrás, colocando mi cuerpo contra el suyo, sintiendo su calor a través de la tela.
—Recuérdame por qué tienes que seguir trabajando de camarera —murmuro cerca de su oído—, sirviendo a toda esta gente, y yo tengo que permitir que tanto degenerado mire lo que es mío, recreando en su cabeza tu cuerpo desnudo bajo la ropa.
Ella se ríe, un sonido suave que solo yo oigo.
—Connor, acordamos normalidad hasta que acabemos mi venganza y tú tu trato multimillonario con ese tal Di Santos —dice, llenando su bandeja con copas de champán—. Así que ahora deja de frotarte contra mi culo que alguien se puede dar cuenta.
Se gira con su bandeja llena y se va, dedicándome una sonrisa bonita e irritante al mismo tiempo.
Me la ha puesto dura en un momento, pero tiene razón.
Acordamos «normalidad» hasta que estos dos temas estén zanjados.
Luego… no hemos hablado del luego. Tenemos esa gran conversación muy pendiente todavía.
Sé que lo de Marco puede traerme problemas y no quiero que eso la pueda salpicar.
Al fin y al cabo, es alguien importante en La Spina, al igual que yo.
Pero haré lo necesario para que nadie se entere y sea una desaparición limpia y sin dejar rastro.
Algo que Lucca y yo hemos aprendido con el paso del tiempo es que un trabajo limpio, siempre da menos dolores de cabeza.
La fiesta continúa. Hablo con Lucca de un par de temas de trabajo, revisamos algunos detalles de seguridad, discutimos cómo manejar a Marco ahora que lo tenemos. Lucca me confirma que está en un lugar seguro, y que sus gritos no molestarán a nadie.
La fiesta está en su punto más álgido, pero yo solo puedo ver una cosa: el vestido rojo que Brook lleva puesto.
Esa maldita pieza de seda roja que se le ciñe a cada curva como si estuviera diseñada específicamente para torturarme.
Desde que empezó la fiesta hace unas horas, no he dejado de mirarla.
De seguirla con la vista mientras sirve copas, mientras sonríe cortésmente, y se mueve entre la multitud como si se tratase de una camarera más.
Pero no lo es, es mía, y cada vez que un hombre la mira más de lo necesario—que son todos, joder, todos la miran—tengo que apretar los puños y recordarme a mí mismo que no puedo destrozar esta fiesta. Aún no.
Llevo empalmado desde que salió del dormitorio con ese vestido puesto.
Desde que mis dedos recorrieron su espalda desnuda y su piel se erizó bajo mi toque.
He pasado toda la noche imaginando cómo voy a arrancarle ese jodido trozo de tela cuando lleguemos a casa hasta que no quede nada más que ella, desnuda y temblorosa bajo mis manos.
Pero ya no puedo esperar. Verla inclinarse sobre una mesa para recoger una copa vacía, la falda del vestido tensándose sobre sus nalgas, es la gota que colma el vaso.
Mi erección duele contra el ajustado pantalón, una presión constante y dolorosa que me recuerda cada segundo lo que no puedo tener.
O mejor dicho, lo que no puedo reclamar públicamente.