La Spina Negra CAPÍTULO 35 #2
82%

CAPÍTULO 35 #2

Por un momento yace inmóvil. Luego gime, intentando levantarse, pero ya es demasiado tarde.

Saco las bridas plásticas que llevaba escondidas en el sujetador y le agarro las muñecas.

Él lucha, pero está aturdido, y yo tengo la ventaja ahora.

Le ato las muñecas por detrás de la espalda, luego los tobillos.

El plástico se aprieta con un sonido satisfactorio.

Lucca sale entonces de detrás de las columnas, llevando una bolsa de tela. Sin decir una palabra, va directo a ponerla en la cabeza a Marco, pero éste empieza a gritar de nuevo, esta vez maldiciones y amenazas.

—¡Connor! —grita Marco cuando ve a Connor acercarse—. ¡Lucca! ¿Cómo podéis permitir esto? ¡Somos socios joder! Estamos en el mismo bando. Matar a esta perra hija de puta.

Connor se agacha junto a él. Su expresión es fría e impasible.

—No me asocio con ratas de cloaca como tú —dice, y luego le da un puñetazo rápido en la mandíbula—. Esto es por cada vez que ella se ha sentido vulnerable por tu culpa. Que sepas, que no has podido con ella cabrón.

El golpe es seco. Marco deja de gritar, aturdido otra vez.

—¿Ves? Eso son palabras de novio enamorado —dice Lucca mientras sonríe —ahora yo también tengo que pegarte. No puedo dejar que Connor monopolice la diversión.

Entonces Lucca lo alza tirando de las bridas y le retuerce la mano hasta que un chasquido seco rompe el aire. Le ha destrozado la muñeca. Marco grita maldiciones e insultos entre rabia y dolor.

—Y esto es de mi parte, simplemente porque me caes como el culo.

—Llévatelo —le dice Connor a Lucca—. Ya sabes dónde.

Lucca asiente, tapa la cabeza de Marco con la bolsa y lo agarra por los brazos, arrastrándolo hacia la puerta por donde llegamos. Marco murmura algo ininteligible bajo la bolsa, pero ya no lucha. Parece haber entendido que ahora mismo está en nuestras manos.

Cuando la puerta se cierra detrás de ellos, me quedo quieta en medio del espacio vacío, respirando con dificultad. Mis manos tiemblan por la adrenalina. Por algo parecido al triunfo.

Connor se acerca a mí. Sus manos tocan mi rostro con suavidad, examinando los lugares donde Marco me golpeó.

—Estás bien —dice, no como pregunta sino como afirmación.

Asiento, incapaz de hablar todavía.

Entonces me besa. No es un beso suave o cuidadoso; es apasionado, posesivo, lleno de una intensidad que refleja todo lo que acaba de pasar.

Sus labios encuentran los míos y por un momento todo lo demás desaparece —el dolor, el miedo, la incertidumbre— y solo existe esto, su boca en la mía, sus manos en mi cintura, su cuerpo contra el mío.

Cuando nos separamos, él sonríe con un gesto genuino que no veo a menudo.

—Lo has hecho —dice—. Y lo has hecho perfectamente.

—Me ha tumbado otra vez—admito, tocándome el costado donde me golpeó.

—Pero te has levantado y te has defendido —responde—. Estoy muy orgulloso de ti. Pero queda lo peor, que es lo de después de la fiesta.

Nos dirigimos al baño del edificio, Connor moja papel absorbente y me limpia con cuidado la cara, eliminando un poco de sangre donde me rompió el labio. Luego me ayuda a arreglar mi ropa, alisando las arrugas y ajustando las costuras.

Cuando salimos del baño empiezan a aparecer camareras preparando los aperitivos y las bebidas. Es la señal exacta de que la fiesta está a punto de comenzar.

El contraste de este sitio es brutal. Luces suaves, música elegante y gente bien vestida que sonríe sin saber lo que acaba de ocurrir aquí mismo hace unos minutos.

Tanya me ve casi inmediatamente. Sus ojos se abren de sorpresa cuando me reconoce, y se acerca rápidamente. Inmediatamente suelto la mano de Connor, cosa que por la reacción de su cara no le ha hecho mucha gracia.

—¡Brook! —dice, abrazándome brevemente—. ¡Dios mío, hace tiempo que no sé nada de ti! ¿Estás bien? ¿Dónde te habías metido?

—Sí, siento no haber dicho nada, tuve un familiar enfermo —digo, repitiendo la historia que Connor y yo acordamos—. Pero ya he vuelto.

Tanya parece aceptarlo sin cuestionarlo.

Me cuenta rápidamente algunos chismes —que una de las otras chicas se fue con un cliente rico, que el nuevo responsable del casino, que están formando para cubrir la jubilación de Sam, es más estricto— mientras nos dirigimos a la zona de servicio para recoger nuestras bandejas.

Empiezo a servir copas, moviéndome entre los invitados con una sonrisa profesional fija en mi rostro. Nadie parece notar el ligero temblor en mis manos, o el hecho de que mi labio está un poco hinchado. Solo ven a otra camarera, otra cara anónima en medio del lujo y la celebración.

Veo a Connor al otro lado de la sala intercambiando unas palabras serias con un hombre mayor, alto y delgado, que debe ser Di Santos.

Si Marco impone, este hombre directamente hiela la sangre.

Tiene esa clase de presencia que no necesita elevar la voz para dominar una habitación entera.

El típico millonario elegante con rostro de depredador; de los que jamás se ensucian las manos personalmente porque siempre hay alguien dispuesto a hacerlo por ellos.

Y, aun así, se percibe en él algo mucho más peligroso: una frialdad absoluta, carente de compasión o remordimiento.

Por ahora, sin embargo, sirvo otra copa. Sonrío a otro invitado y espero.