CAPÍTULO 35
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Las horas pasan demasiado rápido. Primero hemos ido al ático de Connor. No han pasado muchos días, pero se siente extraño volver a estar aquí.
Me observo en el espejo mientras termino de arreglarme y no puedo evitar resoplar.
Alina ha vuelto a hacer de las suyas.
El vestido rojo cae como una segunda piel hasta el suelo.
La seda se adapta a mis curvas con una elegancia insultante, los tirantes son tan finos que casi parecen inexistentes y la espalda...
bueno, la espalda es prácticamente un delito.
El escote desciende de forma indecente hasta la cintura, dejando más piel de la que yo habría elegido enseñar jamás.
Debería haber sabido que no podía confiar en ella.
Cuando Connor llamó a Alina para pedirle que me preparara algo para la fiesta, le dijo claramente que no exagerara.
«Elegante, pero discreto», fueron sus palabras exactas.
Y luego añadió, con ese tono peligrosamente calmado: «Si en mitad de la fiesta tengo que sacarle los ojos a los depravados que la estén mirando con lujuria, será culpa tuya».
Por el vestido que tengo puesto, está claro que Alina tomó eso como una sugerencia, no como una advertencia.
Salgo del dormitorio y Connor levanta la vista de su tablet. Está en el sofá, junto a Lucca repasando el plan de esta noche. El aire cambia instantáneamente.
No es que se quede quieto. Es que todo en él se detiene. Su respiración, el movimiento de sus manos, incluso el parpadeo parece suspenderse. Sus ojos grises me recorren de arriba abajo, lentamente, absorbiendo cada detalle.
—Joder, Connor... Voy a apartar la mirada por respeto a nuestra amistad. Aunque, siendo sincero, si la hubiera visto cinco minutos antes que tú, probablemente no seríamos amigos.
—Lucca… Agradece que eres mi amigo. Otro hombre ya estaría enterrado en el bosque por mirar más de la cuenta a mi chica.
Lucca levanta las manos inmediatamente.
—Vale, vale. Lo he pillado. Qué sensibles estamos hoy.
—Que te largues.
—Ya me voy, joder.
Se da la vuelta, pero al pasar por mi lado se detiene un momento.
—Por cierto, Brook, estás espectacular esta noche. Si este animal termina cansándote, tengo el teléfono encendido las veinticuatro horas.
—¡LUCCA!
El rugido de Connor resuena por todo el salón. Lucca suelta una carcajada mientras corre. Y sale disparado por el pasillo antes de que Connor pueda cumplir cualquiera de sus amenazas.
Connor se levanta del sofá sin prisa, pero con una intensidad que hace que mi corazón se acelere. No dice nada. Solo camina hacia mí y empieza a rodearme, como si estuviera evaluando una obra de arte peligrosa.
—Da una vuelta completa —ordena, con voz entre furia y lujuria.
Giro sobre mis tacones, sintiendo su mirada quemar cada centímetro de mi piel expuesta. Cuando mi espalda queda frente a él, siento el calor de su cuerpo acercarse. Luego, sus dedos.
Su mano se posa en la parte baja de mi espalda, justo donde la seda roja comienza. La piel se me eriza al instante y los pelos de mi nuca se ponen de punta.
Sus dedos trazan una línea lenta hacia arriba, siguiendo mi columna vertebral completamente descubierta. Suben hasta mi cuello, luego bajan de nuevo con la misma deliberación, deteniéndose justo donde la curva de mi cintura se encuentra con el comienzo de mis nalgas.
—Joder, Brook —susurra. Es admiración mezclada con posesión, lujuria mezclada con peligro.
Termina su recorrido y se sitúa frente a mí otra vez. Sus ojos son dos llamas grises que me devoran.
—Alina ha firmado su sentencia de muerte con este vestido —dice, y su tono es oscuro, profundo—. Y la mía también.
—¿Qué quieres decir?
—Quiero decir —se acerca más, hasta que puedo sentir su aliento cálido en mi piel —que voy a tener que matar a todo hombre que te mire más de cinco segundos esta noche. Y con este vestido, va a haber muchos funerales mañana.
Sus palabras deberían asustarme, pero algo en su tono, en la manera en que sus ojos brillan con una mezcla de exasperación y deseo puro, hace que una corriente recorra mi vientre.
—¿Y eso es mi culpa? —pregunto, aunque mi voz suena más débil de lo que pretendía.
—Sí y de Alina —responde sin vacilar—. Cada muerte quedará en vuestra conciencia.
Su mano se alza y su dedo índice traza el borde del escote sin tocarme, siguiendo la línea desde mi clavícula hasta donde la seda desaparece entre mis pechos.
—Vas a ser el centro de cada mirada —continúa, y ahora su voz es un susurro ronco que me hace temblar.
—Connor...
—Y cuando volvamos —me interrumpe, inclinándose hasta que sus labios rozan mi oreja —cuando finalmente estemos solos y esa puerta se cierre detrás de nosotros, voy a arrancarte este vestido con mis propias manos.
Voy a rasgar esta seda roja hasta que no quede ni un jodido hilo sobre tu piel.
Y entonces voy a reclamar lo que es mío, hasta que no te queden dudas.
Una hora después él está en la sala, hablando por teléfono con alguien mientras revisa unos papeles.
Lucca vuelve después de haber ido a recoger un vehículo.
Se pone a revisar las armas que llevaremos, aunque yo no llevaré ninguna.
Connor insistió en eso: nada que pueda ser usado en mi contra si algo sale mal.
Lo que no sabe es que llevo la daga conmigo, como siempre desde que me la regaló.
—Está todo listo —dice Lucca—. La furgoneta está aparcada en el sótano dos. El ascensor de carga funciona.
Connor cuelga el teléfono y me mira. Sus ojos recorren mi vestimenta, mi peinado, mi expresión.
—¿Estás segura? —pregunta por última vez.
Asiento. No estoy segura, pero estoy decidida. Esa diferencia es importante.
Salimos de la casa en silencio. El coche nos lleva a un edificio que conozco bien.
Aquí vi a Connor por primera vez. Es donde se celebró la primera fiesta a la que acudí.
Donde nos conocimos. La verdad todo tiene un aire poético, que acabe donde empezó.
Subimos a la sala de fiestas y está todo listo, el personal está en cocinas esperando a que se les dé la orden y falta un poco más de una hora para que empiece la fiesta.
—Él llegará en cinco minutos —dice Lucca, consultando su reloj—. Le dije que había un envío especial de mercancía del que necesitaba hablar personalmente.
Me coloco en el centro del espacio vacío, bajo una luz colgante dorada y majestuosa. Mis manos están frías, pero las mantengo quietas a los lados. Connor y Lucca se quedan detrás de unas columnas, a unos metros de mí pero lo suficientemente cerca para intervenir si es necesario.
Oigo los pasos antes de verlo. Son fuertes, confiados, golpeando el suelo de madera pulida con esa arrogancia que recuerdo demasiado bien. Marco entra por la misma puerta por la que entramos nosotros, mirando a su alrededor con expresión confusa al no ver a Lucca.
—¿Lucca? —llama—. ¿Dónde estás, cabrón?
Nadie responde. Él da unos pasos más hacia dentro, y entonces me ve.
Se detiene en seco y sus ojos se abren completamente. Me mira como si estuviera viendo un fantasma, y supongo que en cierto modo lo soy.
—No puede ser —murmura, y su voz es más baja de lo que recordaba—. Estás muerta hija de perra.
—Mala hierba nunca muere —digo, y mi voz suena más firme de lo que esperaba—. Y yo vivo solo para vengarme de ti.
Marco parpadea varias veces, como intentando borrar mi imagen de su vista. Entonces su expresión cambia, se endurece, y veo el reconocimiento real en sus ojos. Recuerda exactamente lo que me hizo.
—No puede ser —escupe—. Yo mismo acabé contigo, puta.
—Parece que no lo hiciste lo suficientemente bien.
Él gruñe, un sonido animal, y se lanza hacia mí con la ferocidad de una bestia salvaje.
Todo lo que Lucca me enseñó en esas sesiones de entrenamiento vuelve a mi cuerpo de golpe. Esquivo su primer agarre, girando hacia un lado. Él se recupera rápido, más rápido de lo que esperaba, y me agarra del brazo. Su fuerza es brutal, como recordaba, pero ahora sé cómo contrarrestarla.
Forcejeamos cuerpo a cuerpo, sus manos intentan sujetarme mientras yo uso mi peso más bajo para desestabilizarlo.
Grita algo que no entiendo, su aliento huele a alcohol y el recuerdo de esa noche reaparece en mi mente.
Eso aumenta mi rabia y le doy un rodillazo en el muslo.
Él suelta un juramento, pero sin soltarme.
—Esta vez sí que te voy a matar, hija de puta—gruñe contra mi oído.
Sus puños empiezan a golpearme. Uno me alcanza en el costado, otro en el hombro. El dolor es agudo, y por un momento el miedo me paraliza. Es el mismo dolor, la misma sensación de impotencia que sentí aquella noche.
Marco aprovecha mi vacilación. Me empuja contra el suelo, y el impacto me saca el aire. Se monta encima de mí mientras sus manos buscan mi garganta. Veo su cara sobre la mía, distorsionada por el odio y el miedo de que vuelva a vencerme.
Por el rabillo del ojo, veo a Lucca moverse. Parece que va a intervenir, pero entonces veo la mano de Connor salir de detrás de la columna, agarrándolo del brazo, deteniéndolo. Connor me mira, y en sus ojos no veo miedo ni duda. Veo confianza. Confianza en mí.
Esa mirada me da algo —fuerza, rabia, determinación— y con un esfuerzo que viene de algún lugar profundo dentro de mí, levanto las caderas y giro, desestabilizando a Marco lo suficiente para que sus manos se suelten de mi cuello.
En el segundo de sorpresa, le clavo los dedos en los ojos, no con fuerza suficiente para dañarlo permanentemente pero sí para hacerlo retroceder.
Él grita y sus manos vuelan a su rostro, entonces aprovecho para rodar y ponerme de pie.
Marco se levanta tambaleándose, cegado temporalmente por el dolor.
Antes de que pueda recuperarse completamente, cargo contra él, golpeándolo con todo mi peso en el estómago.
Él cae hacia atrás, golpeándose la cabeza contra el suelo con un sonido seco y sordo.