CAPÍTULO 33 #3
Su ritmo se acelera. Una de sus manos suelta mi pecho y se desliza entre mis nalgas, presionando mientras su lengua continúa su trabajo. Estoy al borde, puedo sentirlo, esa tensión maravillosa que se acumula en mi vientre.
—Connor, voy a… —intento decir, pero las palabras se ahogan en otro gemido.
—Mírame —ordena, y sus ojos se encuentran con los míos—. Quiero ver tu cara cuando te corras.
No puedo apartar la mirada. Sus ojos me sostienen, me anclan, mientras mi cuerpo se tensa y esa ola de placer finalmente se rompe sobre mí.
Grito su nombre, mis dedos se clavan en su pelo, mis piernas tiemblan alrededor de su cabeza.
Lo veo todo: su expresión, la posesión en sus ojos, la manera en que no deja de mirarme ni siquiera cuando mi cuerpo se convulsiona con el orgasmo.
Sigue lamiéndome, suavemente ahora, prolongando las ondas de placer hasta que son casi dolorosas por su intensidad. Finalmente, cuando mi cuerpo está flácido y tembloroso contra la encimera, se endereza.
Su barbilla está brillante con mis fluidos y la miel residual. Me mira, y luego se lame los labios lentamente, sin apartar los ojos de mí.
—Mía —dice, y es una afirmación simple, irrevocable.
Pero en lugar de bajarme de la encimera, sus manos cambian de posición.
Sus dedos se cierran alrededor de mis caderas con una fuerza que me hace contener el aliento.
De un solo movimiento brusco, me gira sobre la superficie fría de mármol.
Ahora estoy de espaldas a él, mi torso apoyado contra la encimera, mis nalgas expuestas al aire fresco de la cocina.
—Connor… —digo, pero mi voz es apenas un susurro.
No responde con palabras. Oigo el ruido de su ropa al caer al suelo. Luego siento la punta de su erección presionando contra mí desde atrás. Está enorme, dura como el mármol bajo mis manos. Jadeo.
Sus manos agarran mis caderas con más fuerza todavía. No hay preámbulos, ni lentitud esta vez. Con un solo empuje brutal, se introduce en mí por completo.
El aire sale de mis pulmones en un jadeo seco. Está llenándome por completo, estirándome más allá de lo que creía posible. La sensación es abrumadora. El dolor del estiramiento se mezcla con el placer residual del orgasmo y el escozor de los azotes en mi piel sensible.
—Joder —gruñe él detrás de mí, y su voz está cargada de una necesidad animal que nunca le había oído antes.
Comienza a moverse de forma salvaje. Duro. Cada embestida me empuja contra el borde frío de la encimera, que me presiona el vientre. Sus manos no sueltan mis caderas; sus dedos se hunden en mi carne mientras me empuja hacia él una y otra vez.
El sonido que llena la cocina es obsceno: el chasquido húmedo de nuestros cuerpos uniéndose, mis gemidos entrecortados, sus gruñidos bajos y guturales. Cada empuje es más profundo que el anterior, como si intentara llegar a un lugar dentro de mí que nadie más ha tocado.
Una de sus manos suelta mi cadera y se enreda en mi pelo, tirando de él hacia atrás. Mi espalda se arquea, forzándome a presentarme más a él.
—Así —gruñe—. Así me gustas, toda para mí.
Su otra mano baja por mi espalda, por la curva de mi nalga, y luego encuentro el lugar donde la espátula me ha azotado antes. Sus dedos azotan mi piel sensible, y yo grito, una mezcla de dolor y placer tan intensa que veo manchas blancas ante mis ojos.
El ritmo se acelera todavía más. Ya no es solo sexo; es una toma de posesión. Cada embestida es una reclamación. Puedo sentirlo perdiendo el control, ese control tan férreo que siempre mantiene. Sus gruñidos son más fuertes, más desesperados.
Yo también estoy perdiéndome en ello. El placer vuelve a acumularse dentro de mí, más rápido esta vez, alimentado por la crudeza de lo que está haciendo. Grito su nombre una y otra vez, mis dedos arañan la superficie lisa del mármol buscando algo a qué agarrarme.
—¿Vas a correrte otra vez? —pregunta, y su voz está rota, jadeante—. Dímelo.
—Sí —jadeo—. Sí, Connor, por favor…
—Entonces hazlo —ordena—. Córrete para mí. Ahora.
Es como si sus palabras activaran algo dentro de mí. El orgasmo me golpea sin aviso, violento e incontrolable. Grito, y mi cuerpo se sacude contra él, mis músculos internos apretándolo con fuerza convulsiva.
Eso lo empuja por encima del borde también. Siento cómo se hunde más profundamente dentro de mí, cómo su cuerpo se tensa contra el mío, y luego su gruñido ronco llena la cocina mientras se derrama dentro de mí en oleadas calientes.
Se queda quieto durante un largo momento, ambos jadeando, nuestros cuerpos pegajosos de sudor y miel. Sus manos todavía agarran mis caderas con fuerza.
Poco a poco, su agarre se suaviza. Su respiración se ralentiza contra mi espalda. Se retira lentamente, y yo gimo ante la pérdida repentina.
Me gira hacia él otra vez. Sus ojos están oscuros, satisfechos, pero todavía con ese brillo posesivo que no ha desaparecido. Me levanta en sus brazos como si no pesara nada y me sienta sobre la encimera otra vez, frente a él.
Nos miramos. No hay nada tierno en este momento. Solo cruda posesión por su parte y entrega total por la mía.
Sus dedos se cierran bajo mi barbilla, obligándome a mantener su mirada.
—Nunca olvides esto —dice, y su voz es grave y firme—. Eres mía.