CAPÍTULO 33 #2
—Ríete otra vez —dice, y su voz es tan baja que casi no la oigo— y dejo de portarme bien contigo.
Un escalofrío recorre mi columna, pero no es de miedo. Es de diversión. Siento cómo mi cuerpo responde a su amenaza, cómo la humedad se acumula entre mis piernas.
—Ah, ¿sí? —digo, desafiante, aunque mi voz tiembla un poco—. ¿Y qué me vas a hacer? ¿Azotarme con la espátula de madera?
Es una broma, una provocación tonta, pero en el instante en que lo digo, sé que he cruzado una línea.
Connor apaga el fuego de la cocina con un movimiento brusco.
Deja el bol y la espátula con un ruido seco.
Cuando se gira hacia mí, veo que la protuberancia en sus pantalones de pijama es evidente, dura y definida.
—Tú lo has querido, pequeña —dice, y no hay rastro de humor en su voz.
Abre un armario y saca un tarro de miel de cristal. Lo abre, y el aroma dulce se mezcla con el de la trufa y los huevos. Se acerca a mí otra vez, colocándose entre mis piernas abiertas.
—Quédate quieta —repite, pero esta vez es una orden.
Sumerge dos dedos en la miel, sacando una cantidad generosa y dorada.
Con movimientos lentos y deliberados, comienza a untarla en mi piel.
Empieza por mi cuello, dibujando una línea pegajosa desde la clavícula hasta el hueco entre mis pechos.
La sensación es extraña: la miel está fría al principio, pero la calidez de sus dedos la calienta rápidamente.
—Connor… —susurro, pero no termino la frase.
Él baja la cabeza y lame la línea de miel de mi cuello.
Su lengua es caliente y me hace estremecer.
Sigue el rastro dorado, bajando por mi esternón, lamiendo con una lentitud exasperante.
Cuando llega a mis pechos, se detiene. Sopla suavemente sobre la miel que brilla en mis pezones, y el aire fresco sobre la piel húmeda me hace arquear la espalda.
—Los ojos en mí —dice, y su voz me saca del éxtasis momentáneo.
Abro los ojos, que no sabía que había cerrado. Lo miro.
Él sostiene mi mirada mientras lame la miel de mi pezón izquierdo, succionando suavemente. El placer es tan intenso que tengo que morderme el labio para no gemir.
Entonces, su mano derecha se aleja de mi cuerpo. La veo moverse por el rabillo del ojo, alcanzando la encimera. Sus dedos se cierran alrededor del mango de madera de la espátula. Mi corazón da un vuelco.
—¿Qué…? —empiezo a decir, pero él no me deja terminar.
—Tú pediste esto —dice, y su voz es baja y cargada de intención.
La espátula se levanta y luego baja rápida. El contacto de la madera plana contra mi muslo interno es sorprendente. No es un golpe fuerte, pero sí firme. Un chasquido seco que resuena en la cocina silenciosa, seguido de un escozor inmediato y caliente que se extiende por mi piel.
Jadeo, y el sonido sale entrecortado. El dolor es agudo pero breve, y se mezcla de inmediato con el placer que ya hervía en mi vientre.
—Mírame —ordena, y su voz no admite discusión.
Mantengo los ojos clavados en los suyos mientras baja la cabeza de nuevo.
Su boca encuentra mi otro pezón, cubierto de miel, y comienza a chupar con fuerza.
Al mismo tiempo, la espátula vuelve a caer.
Esta vez en el otro muslo, un poco más arriba.
El impacto es más duro. Un grito ahogado se me escapa de los labios.
Mis dedos se agarran al borde de la encimera, con los nudillos blancos.
Él no se detiene. Alterna entre lamer la miel de mi piel y azotarme con la espátula.
Cada golpe es una sorpresa. A veces en los muslos, a veces en las nalgas cuando me inclino hacia él.
La madera contra mi carne produce un sonido que me avergüenza y me excita por igual.
El escozor se acumula, una quemadura baja y constante que se mezcla con el calor que su lengua va despertando en mí.
Continúa bajando, dejando un rastro de miel por mi abdomen.
Sus manos me agarran de las caderas, fijándome en su sitio cuando intento retorcerme.
Lame cada centímetro, limpiando la dulzura pegajosa, y la espátula cae de nuevo, justo por debajo de mi ombligo.
Gimo, y esta vez el sonido es largo y tembloroso.
Cuando llega al borde de mis piernas, hace una pausa. Vierte un poco más de miel directamente sobre mi pubis, y siento el líquido espeso y frío goteando por mis pliegues más sensibles. Jadeo, y mi cabeza cae hacia atrás instintivamente.
—Brook —dice su voz, firme—. Los ojos. En mí.
Levanto la cabeza con esfuerzo, obligándome a mirarlo. Sus ojos están fijos en los míos, grises e implacables. Veo mi propio reflejo en ellos, desnuda y vulnerable en la encimera.
—No puedes cerrar los ojos —dice, mientras sus manos me abren más las piernas—. Quiero que me mires. Quiero que veas cómo hago que te corras. Quiero que veas cómo te hago mía para siempre.
Luego baja la cabeza.
Su boca encuentra mi piel sensible, y el primer contacto de su lengua sobre mí es tan intenso que un gemido se me escapa.
Chupa, lame, explora con una precisión que me hace ver estrellas.
Intento mantener los ojos abiertos, pero es casi imposible.
Cada vez que su lengua encuentra un punto particularmente sensible, mis párpados tiemblan y mi cabeza se echa hacia atrás.
—Brook —dice, deteniéndose—. Mírame.
—Lo intento —jadeo—. Es que…
—Shh —interrumpe—. Solo hazlo.
Vuelve a bajar, y esta vez me concentro en mantener los ojos abiertos. Veo su cabeza entre mis piernas, sus hombros musculosos, la forma en que se mueve. Veo su lengua, rosa y hábil, trabajando sobre mí. Es obsceno, es íntimo, y me siento completamente expuesta.
Pero también es increíblemente excitante. Verlo hacerlo, ver la concentración en su rostro, la manera en que me posee con la boca, me lleva más alto de lo que creía posible.
Entonces su mano vuelve a moverse. Veo cómo su brazo se estira hacia un lado, y cuando vuelve, la espátula está de nuevo en su mano derecha. Mi cuerpo se tensa, anticipando el dolor.
En lugar de golpear mis muslos o nalgas, la espátula se mueve rápido. El borde plano de madera golpea directamente, con un golpe seco y preciso, justo sobre mi clítoris ya hinchado y sensible.
El impacto es eléctrico.
Un sonido entre grito y gemido se desgarra de mi garganta.
Es un dolor agudo, cortante, que se filtra al instante en una oleada de placer tan intensa que me hace doblar el cuerpo hacia él.
Las lágrimas asoman en mis ojos, pero las contengo.
La sensación es abrumadora. La piel allí está viva, palpitando, y el escozor se mezcla con la presión de su lengua que no ha dejado de moverse.
—¿Duele? —pregunta, y su voz es áspera junto a mi piel.
—Sí —jadeo—. Pero no pares.
Él gruñe, un sonido de aprobación profunda.
La espátula cae de nuevo, esta vez un poco más abajo, rozando los labios ya empapados.
El golpe es más suave, pero la piel está tan sensible que lo siento multiplicado.
Gimo, y mis caderas se empujan hacia su boca de forma involuntaria, buscando más contacto, más de todo.
Él lo entiende. Su lengua vuelve a trabajar sobre mí, ahora con más presión, lamiendo justo el punto donde la madera acaba de golpear. El contraste es brutal. La dulzura de su lengua frente al agudo escozor del golpe. La combinación me vuelve loca.
En un momento, siento sus dedos en mis pezones, pellizcándolos suavemente al mismo tiempo que su lengua se introduce más profundamente en mí. El doble estímulo es casi demasiado. Grito, y mis manos se aferran a su pelo, empujando su cabeza más contra mí.
—Así —murmura él contra mi piel, y el sonido vibra a través de todo mi cuerpo—. Así es como te quiero. Desesperada por mí.