CAPÍTULO 33
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Los dos días siguientes pasan como en un sueño, uno de esos sueños tan vívidos y perfectos que cuando despiertas te duele pensar que no eran reales. Pero esto sí lo es. Connor está aquí, conmigo, y algo ha cambiado entre nosotros.
No es algo que podamos señalar con palabras, sino más bien una sensación constante, un ambiente diferente. La tensión que siempre nos rodeaba, esa mezcla de miedo, deseo y peligro, se ha suavizado. No ha desaparecido, pero ahora hay espacio para otras cosas.
Esta mañana me despierto y él no está en la cama.
Por un momento, el pánico me agarra por la garganta, ese viejo reflejo que dice que las cosas buenas nunca duran.
Pero entonces escucho ruidos en la cocina, el sonido de aceite chisporroteando y el leve tintineo de los utensilios.
Me incorporo y me envuelvo en la sábana, caminando descalza por el pasillo.
La escena que encuentro me deja sin palabras.
Connor está de espaldas a mí, frente a la cocina, con su pijama nuevo.
Tuvimos que salir al pueblo a comprar algo de ropa básica y sorprendentemente, se compró un pijama.
Nunca lo había visto tan casero, tan normal.
Incluso en su ático, parecía estar siempre listo para salir corriendo.
Lleva una camiseta blanca sencilla y desde aquí veo la cinta de un delantal.
Está al teléfono así que me quedo en el umbral de la puerta esperando para no molestar, seguramente es del trabajo.
—¿Qué quieres? —su tono es de enfado, cortante, completamente distinto al que usa conmigo.
No puedo oír la voz al otro lado, solo un murmullo femenino, agudo y rápido. Pero puedo ver la espalda de Connor. Sus hombros se han puesto rígidos. Su mano libre se aprieta en un puño a su lado.
—Lo sé —dice él, su voz es un susurro forzado—. No me lo recuerdes.
El murmullo al otro lado se intensifica. Parece… enfadado. No, es más que eso. Es urgente, incluso desesperado.
Connor gira la cabeza ligeramente, como para asegurarse de que no puedo escucharle, aunque aún no me ha visto. Su perfil está tenso, la mandíbula apretada.
—No podía quedarme allí, Alina —dice, y ahora hay un deje de exasperación en su voz—. Lo tienes todo bajo control, relájate.
Alina. Otra vez ella, siempre está ella en medio. Saber que está hablando con ella, a escondidas, me cae como una jarra de agua fría.
El murmullo estalla en lo que suena como una reprimenda clara, incluso desde aquí. Connor cierra los ojos un momento.
—No es el momento —corta él, su voz más dura—. He dicho que no es el momento.
Hay una pausa. Luego la voz de Alina sube un tono, lo suficiente para que yo atrape fragmentos: «… tres días… desaparecido… complicación…»
Connor se pasa una mano por el pelo, un gesto de frustración que le he visto pocas veces.
—Te dije que necesitaba esto —dice, y su voz baja aún más, se vuelve casi íntima—. Necesitaba estar con ella. Tú no lo entiendes ¿vale? Necesitaba… aire.
La respuesta de Alina es más larga esta vez. Connor escucha, con la cabeza gacha. Luego suelta un suspiro que parece salirle de lo más profundo.
—Lo sé —repite, y ahora suena cansado—. Es el negocio más importante. Lo sé. Pero ella… —hace otra pausa, y su mirada se desvía hacia mí por un instante. Nuestros ojos se encuentran. Los míos están llenos de preguntas; los suyos, de un conflicto que no entiendo—. Tengo que dejarte, luego hablamos.
Algo dice Alina al otro lado que hace que Connor palidezca visiblemente, incluso en la penumbra. Su puño se aprieta tan fuerte que los nudillos se ponen blancos.
—No digas eso —dice, y su voz es peligrosamente tranquila—. No te atrevas a decir eso. He arriesgado todo. He roto cada regla. No cuestiones mi compromiso ahora.
Hay otra pausa, más larga. El murmullo se suaviza, pero no pierde su filo.
—Llegaré a tiempo —dice Connor finalmente, cerrando los ojos—. Estaré preparado, confía en mí y relájate joder.
La última frase suena extraña en su boca. Como si la estuviera diciendo para convencerse a sí mismo, no a ella.
Cuelga sin despedirse. Se queda inmóvil mirando hacia mí.
—Problemas en el club —dice, con un tono ligero que no concuerda con lo que acabo de presenciar—. Nada importante.
Ya claro, pues esa discusión no tenía pinta de no ser importante. Pero ahora mismo no tengo ganas de enturbiar este momento.
—Buenos días —le digo, apoyándome en el marco de la puerta —¿Qué estás haciendo?
Se gira para coger de nuevo la sartén y seguir cocinando.
—El desayuno —responde con tranquilidad y al ver mi expresión, arquea una ceja.
—¿Qué pasa? ¿Te sorprende que sepa cocinar o qué? No solo disparo y mato a gente, Brook…
—Ya veo —respondo, acercándome—. Pero normalmente el desayuno suele ser tostadas o cereales. Esto huele a… ¿qué es eso?
—Tortilla francesa trufada —responde, volviéndose hacia la sartén—. Y pan tostado con aguacate. Mientras dormías he ido a comprar cuatro cosas. Debes alimentarte mejor, no puedes comer comida basura siempre.
Me acerco más y veo que tiene razón. Hay ingredientes por todas partes: huevos rotos en un bol, trufa negra rallada en un plato pequeño, aguacates cortados. Parece haber declarado la guerra a la cocina y, por lo que veo, está ganando.
—No sabía que cocinabas tan bien —digo, apoyándome en la encimera junto a él.
—No cocino normalmente —responde sin mirarme—. Pero quería hacerte algo especial y vi un libro de cocina en el estante…
Sigo su mirada hacia el mostrador de la isla, donde efectivamente hay un libro de cocina abierto.
Las páginas están abiertas en desayunos gourmet.
Desde aquí veo el delantal que se ha puesto.
Es de tela floreada, con volantes en los bordes, tan absurdo en él que me quedo mirándolo un segundo antes de reírme.
—¿De dónde has sacado eso? —pregunto, señalando el delantal sin evitar reírme.
—Estaba en el armario —dice encogiéndose de hombros, como si llevar un delantal de flores fuera lo más normal del mundo para un hombre como él—. Debe ser de la señora de la casa.
La imagen es demasiado ridícula. Connor, con sus tatuajes, sus cicatrices, su postura de poder, llevando ese delantal de abuela sobre su torso. Me río de nuevo.
—La Sra. Dawson, es como una tía para mí. Fue la única familia que mi madre y yo tuvimos alguna vez.
Tal cual lo digo, me doy cuenta del error. Ahora no soy Grace, así que no debo dar mucha más información al respecto.
—Estás… adorable —digo, y no puedo contener la sonrisa.
Se gira hacia mí con el ceño fruncido.
—¿Qué?
—Nada, nada —digo, tratando de contener la sonrisa—. Es solo que… entre el delantal y el libro de cocina… No sé, no te imagino siguiendo instrucciones de un libro. Te imagino más bien dándole órdenes a la comida.
Una esquina de su boca se levanta, casi una sonrisa.
—La comida no suele obedecer —dice—. Es bastante rebelde.
Observo cómo vierte la mezcla de huevos en la sartén. Sus manos manejan la espátula con una delicadeza que no sabía que tenía.
—¿Necesitas ayuda? —pregunto.
—No —responde inmediatamente—. Siéntate a desayunar conmigo.
—Voy a vestirme primero.
Una sonrisa lenta aparece en su boca.
—¿Para qué? —pregunta, con esa voz grave que me hace sentir un calor inmediato en el estómago—. Así es más interesante. Podrías ser el postre.
—¿Interesante para quién? —digo, pero ya estoy sonriendo.
—Para mí —responde, y ahora sí se gira—. Y creo que para ti también.
Me acerco a la cocina, sintiendo cómo la sábana se arrastra por el suelo de mármol. Me llega el olor a mantequilla derritiéndose en la sartén.
—Ven aquí —dice, sin girarse.
Me acerco, ajustando la sábana alrededor de mi cuerpo. Cuando estoy a su lado, él toma un trozo pequeño de la tortilla que ya tiene hecha en un plato. Lo sostiene entre sus dedos pulgar e índice.
—Prueba —dice.
Abro la boca, esperando que me lo dé. Pero en lugar de eso, acerca sus dedos a mis labios y los desliza dentro de mi boca, depositando el trozo de tortilla en mi lengua. Sus yemas de los dedos rozan mi labio inferior al salir.
La tortilla es increíble, cremosa y con ese sabor único de la trufa. Pero apenas puedo concentrarme en el sabor, porque mis ojos están fijos en los suyos. Él me observa mientras mastico.
—Chupa —dice, y su voz es baja, casi un susurro.
Mis mejillas se calientan, pero obedezco.
Sus dedos todavía están cerca de mi boca, y yo los tomo suavemente entre mis labios, chupando la mantequilla y el sabor que queda en su piel.
Mis ojos no se separan de los suyos mientras lo hago.
Veo cómo sus pupilas se dilatan, cómo su respiración se hace un poco más profunda.
Cuando suelto sus dedos, hay un instante de silencio. Entonces él deja caer la espátula en la encimera con un ruido metálico. Sus manos se mueven rápido, agarrando los bordes de la sábana que me cubre. Con un solo movimiento, la arranca de mi cuerpo y la deja caer al suelo.
Estoy completamente desnuda ahora, de pie en medio de la cocina. El aire fresco me eriza la piel, pero el calor de su mirada es más intenso.
Sin decir una palabra, me agarra por las caderas y me levanta del suelo como si no pesara nada. Me sienta en el borde de la encimera de mármol, que se siente fría contra mis nalgas. Me separa las piernas, colocándose entre ellas, y sus manos se posan a cada lado de mi cuerpo en la fría superficie.
—Quédate quieta —murmura, y su aliento es cálido en mi cuello.
Vuelve a la sartén, como si nada hubiera pasado, como si yo no estuviera desnuda a dos centímetros de él. Rompe dos huevos más en el bol y comienza a batirlos. Pero ahora está de pie entre mis piernas, con su cuerpo tan cerca que puedo sentir el calor que emana de él.
Me río otra vez, nerviosa esta vez, señalando el delantal.
—Es que no puedo creer lo sexy que estás con esto puesto—digo, intentando recuperar algo del control, aunque sé que nunca lo he tenido realmente.
Connor deja de batir los huevos. Se gira lentamente hacia mí, y su expresión ha cambiado. Ya no hay rastro de la diversión de hace un momento. Sus ojos son oscuros, intensos.