CAPÍTULO 32
CONNOR
Salgo de la ducha con el pelo todavía húmedo y una toalla envuelta en la cintura. El vapor me sigue hacia el dormitorio, donde la luz de la mañana se filtra entre las persianas y pinta líneas doradas sobre las sábanas revueltas.
Brook está sentada en la cama, apoyada contra el cabecero, con las sábanas recogidas sobre su pecho. Me mira mientras me acerco, y hay algo en su expresión —una mezcla de curiosidad y posesión— que me hace detenerme un momento en el umbral.
—¿Me estás mirando para provocarme? —dice, y hay un deje de provocación en su voz.
—Es que la vista es buena —respondo, acercándome al borde de la cama.
Sonríe, un gesto pequeño pero genuino que llega hasta sus ojos. Extiende una mano y me toca el torso con sus dedos recorriendo una de las cicatrices más antiguas, la que tengo justo debajo de las costillas.
—Esta no la había visto antes —murmura.
—Tengo bastantes, es difícil recordarlas todas.
—Ya me he dado cuenta —dice, y su tono es más suave ahora—. ¿Duelen?
—No. Hace años que me acostumbré al dolor.
Asiente, pero no retira la mano. La deja allí, caliente contra mi piel. Me siento al borde de la cama, mirándola.
El silencio entre nosotros no es incómodo; va cargado de todo lo que hemos vivido en estas últimas horas. La sobredosis, la confesión, el sexo salvaje…
—¿Qué piensas? —pregunto.
Ella levanta la mirada hacia mí.
—Pienso que esto es raro —dice—. Despertarme aquí. Verte salir de la ducha. Saber que puedo tocarte así y que no vas a apartarte.
—¿Y eso es malo?
—No —responde rápidamente—. Solo es… nuevo. No estoy acostumbrada a las cosas buenas. Y a que duren, menos todavía.
La cojo de la barbilla con suavidad, obligándola a mirarme a los ojos.
—Esto no se va a acabar, Brook —digo, y mi voz suena más grave de lo que pretendo—. Te lo dije. Eres mía y no hay vuelta atrás.
Ella sostiene mi mirada, y por un instante veo la duda en sus ojos, esa parte de ella que todavía no termina de creer que esto pueda ser real.
Pero luego asiente, casi imperceptiblemente, y se inclina hacia adelante para besarme.
Es un beso suave, lento, diferente a los que hemos compartido antes. No hay urgencia, ni desesperación.
Estoy a punto de decir algo más cuando suena mi teléfono en la mesilla de noche. El tono de llamada corta el momento. Brook se separa, pero no se aleja. Sus ojos siguen en los míos.
—Tienes que contestar —dice, aunque no es una pregunta.
Asiento. Cojo el teléfono y veo el nombre en pantalla: Lucca. Deslizo el dedo para aceptar la llamada.
—Dime.
—¿Vas a decirme si la escapista de tu chica está bien o qué?
—Perdona, ya está a salvo, conmigo—. Acabo de recordar que Lucca también estaba preocupado y no le dije nada más.
—Joder qué susto… está bien, pues entonces puedo hablarte de trabajo —la voz de Lucca suena relajada, pero profesional—. El cargamento está preparado para la entrega. Todo listo en el puerto.
—Bien.
—Hay un detalle —añade—. Di Santos quiere verte en persona. No quiere hablar conmigo. Sus hombres me han dicho que para concretar los detalles quiere verte en una de tus fiestas —hace una pausa breve—. Ya sabes cómo es ese viejo verde.
Cierro los ojos un segundo. Di Santos es un socio necesario pero desagradable, un tipo de sesenta años con más dinero que sentido común y un gusto por las chicas jóvenes que bordea lo patológico.
Sus fiestas son famosas por su exceso, y sus «reuniones de negocios» siempre implican algún espectáculo degradante.
Espera lo mismo de las mías, pero nunca lo consigue.
Aun así, le encantan mis fiestas, mis chicas son más sofisticadas.
—De acuerdo —digo finalmente—. Organízalo.
—¿Cuándo?
—Dentro de tres días. Necesito que prepares todo por mí. Estaré ausente un poco más.
Lucca se ríe al otro lado de la línea, un sonido bajo y familiar.
—Tres días, eh —dice, y el tono se vuelve más informal—. ¿Te vas a pasar una miniluna de miel con Brook o qué?
—Lucca —digo, y mi voz lleva una advertencia clara—. No es asunto tuyo.
Pero Lucca no se intimida. Sigue riéndose.
—Está ahí contigo, ¿verdad? —pregunta, y antes de que pueda responder, eleva la voz deliberadamente—. ¡Oye, Brook! ¡Dale caña a ver si se relaja un poco! ¡Y no le hagas demasiado daño, que lo necesitamos de vuelta de una sola pieza!
Oigo la risa de Brook a mi lado, un sonido claro y espontáneo que me toma por sorpresa. No la había oído reír así antes, sin reservas, sin miedo. Lucca también se ríe al otro lado.
—Lucca —digo, y esta vez mi tono es definitivo—. Ya basta. Mándame los detalles cuando lo tengas todo.
—Vale, vale —responde, todavía riendo—. Hasta luego, jefe. Disfruta del… descanso.
Cuelgo antes de que pueda añadir algo más. Dejo el teléfono en la mesilla y me giro hacia Brook. Ella todavía está sonriendo, con los ojos brillantes de diversión.
—Es siempre tan… directo —dice entre risas, refiriéndose a Lucca.
—Es un idiota —respondo, pero sin verdadera irritación.
—No lo creo —ella se acerca un poco más—. Se preocupa por ti. Se nota.
En lugar de responder a eso, la observo mientras su sonrisa se desvanece lentamente, siendo reemplazada por una expresión más pensativa.
—Eres siempre tan serio —dice finalmente—. Solo era una broma.
Me inclino hacia ella, apoyando las manos a cada lado de su cuerpo en la cama.
—En mi mundo, las bromas a veces cuestan caras —digo—. He aprendido a no tomarme nada a la ligera.
Me sostiene la mirada, y veo cómo su expresión se suaviza.
—Pero no estás en tu mundo ahora —murmura—. Estás aquí, conmigo. Y Lucca nunca te traicionaría, ese chico te venera.
Tiene razón, Lucca jamás me fallaría. Y quizá por eso el malestar que me aprieta el pecho resulta todavía peor.
—Sí —admito, y es una concesión rara para mí—. Estoy aquí contigo.
Ella levanta una mano y me acaricia la mejilla, en un gesto tan suave que casi no lo siento.
—Entonces relájate —dice—. Solo por un rato, el mundo puede esperar.
Sus palabras deberían sonar ingenuas. El mundo nunca espera. Siempre hay alguien llamando, un problema que resolver, un fuego que apagar.
Pero cuando ella me mira así, con esos ojos verdes que ya no tienen miedo sino algo parecido a la paz, casi puedo creerlo.
Me acuesto a su lado en la cama, tirando de la toalla para quitármela. Ella se acomoda contra mí, su cabeza en mi hombro, su mano sobre mi pecho. Sentir su piel contra la mía sigue siendo una revelación cada vez, algo a lo que no termino de acostumbrarme, pero me encanta.
—¿Qué pasa en tres días? —pregunta después de un momento de silencio.
—Una reunión de negocios —respondo, eligiendo las palabras con cuidado—. Con un hombre llamado Di Santos. Es… complicado.
—¿Peligroso?
—No para mí —digo, y es la verdad—. Solo desagradable.
Ella asiente, como si entendiera más de lo que digo. Quizás lo hace. Después de todo, ha visto lo que soy capaz de hacer.
—¿Y yo? —pregunta entonces, y su voz es muy baja—. ¿Qué hago yo mientras tanto?
La miro. Su expresión es seria ahora, con sus ojos fijos en los míos como buscando una respuesta honesta.
—Tú te quedas aquí —digo—. Te quiero lejos y a salvo.
Hago una pausa, considerando mis palabras.
—Yo voy a empezar a preparar lo de Marco —continúo—. Ese cabrón no va a poner una mano encima a nadie más. Ya he esperado demasiado para matar a ese cabrón.
—No. No he cambiado de opinión sobre esto, Connor —me suelta levantando la voz e incorporándose en la cama—. Marco es mío, yo quiero encargarme de él.
La abrazo más fuerte contra mí.
—Qué cabezota puede llegar a ser, señorita Harper —le digo con una ligera sonrisa, pero es totalmente cierto. Es la mujer más obstinada que he conocido nunca.
—No lo sabes tú bien… y no he cambiado de opinión, Marco es cosa mía.
—Está bien, pero… no estarás sola. O lo hacemos juntos o no hay trato.
Ella levanta la cabeza para mirarme.
—¿Prometido?
La palabra suena infantil saliendo de mi boca, pero necesito que me lo jure. No es una promesa porque sí; es un pacto.
—Prometido —confirma.
Se relaja entonces, volviendo a apoyar la cabeza en mi hombro. Permanecemos así en silencio durante varios minutos, escuchando nuestros propios ritmos respiratorios.
—Connor —dice finalmente, cuando creo que se ha quedado dormida.
—¿Hmm?
—Gracias —susurra—. Por… por esto. Por no dejarme sola. Por venir a por mí.
No sé qué responder a eso. El agradecimiento no es algo que esté acostumbrado a recibir, ni algo que sepa aceptar con gracia. Así que, en lugar de hablar, me inclino y beso su frente, un gesto que me sale instintivamente y que me sorprende a mí mismo.
Ella sonríe contra mi piel.
—¿Ves? —murmura—. No eres tan serio como pretendes.
Dejo escapar un sonido que casi es una risa.
—No te acostumbres —digo—. Esto es solo por hoy.
—Lo acepto —responde, y hay una sonrisa en su voz.
Fuera, el mundo sigue girando, pero aquí, con el cuerpo de Brook caliente contra el mío y su respiración sincronizándose con la mía, siento que quizás haya algo más que todo esto.
Algo que merece la pena proteger. Que es mío porque ella me lo ha dado libremente.
Me doy cuenta mientras cierro los ojos y me hundo en el momento presente, y eso, lo cambia todo.