CAPÍTULO 31 #2
—Brook —mi voz es grave y cargada de una advertencia—. Lo que voy a hacer… lo que voy a ser ahora… es la parte más oscura de mí. La parte que mantengo bajo llave. Te voy a mostrar todo. Y después, tú decides si puedes soportarlo. Si quieres soportarlo.
Ella no habla. Solo extiende un brazo hacia mí, una invitación silenciosa y definitiva. No necesito más.
La cubro con mi cuerpo en un movimiento que no es gentil.
Mis manos agarran sus muslos, separándolos, abriéndola para mí.
No hay preliminares, no hay más preparación que la urgencia que compartimos.
Entro en ella con una embestida larga, profunda y brutal que hace que ambos gritemos al mismo tiempo —ella un gemido alto y rasgado, yo un gruñido de conquista.
Es estrecha, es cálida, es perfecta. Y ahora es mía, completamente.
Empiezo a moverme, y desde el primer impulso es un ritmo salvaje, implacable.
Cada empuje es una afirmación, cada retroceso una promesa de más.
Mis manos se aferran a cualquier parte de su cuerpo que puedan alcanzar —sus caderas, sus hombros, su cuello— marcando la piel con la presión de mis dedos.
Mi boca encuentra su hombro, su cuello, y no besa; marca, con dientes y labios, dejando promesas rojas y violáceas sobre su piel pálida.
—Mírame —le ordeno entre embestidas, mi voz distorsionada por el esfuerzo y la pasión—. Mira los ojos del monstruo que te reclama como suya.
Ella alza la mirada, sus ojos verdes ahora se ven oscuros, dilatados por el placer y la intensidad, me miran directamente. No hay rechazo, hay una aceptación tan profunda que me hace embestir con más fuerza, más profundamente.
—¿Ves? —jadeo—. Esta es la obsesión. Esto es lo que siento por ti. No es bonito, ni romántico, es esto. Obsesivo, salvaje, destructivo y jodidamente adictivo.
Ella responde no con palabras, sino con su cuerpo. Se arquea contra mí, empujando hacia mis movimientos, tomando cada impacto y transformándolo en un gemido más alto, más desesperado. Sus manos se clavan en mis brazos, en mi pelo, tratando de anclarse a la tormenta que soy.
Cambio de posición sin detener el ritmo frenético.
La giro y la coloco sobre sus manos y rodillas, su espalda arqueada hacia mí, una línea perfecta de sumisión y desafío.
Desde esta posición, puedo verla completamente, puedo poseerla aún más profundamente.
Mis manos recorren su espalda, sus costillas, hasta llegar a sus nalgas, que golpeo con la mano abierta sacándole un grito de sorpresa.
Y entonces, mi mirada se posa en la mesita de noche, en la daga. El metal brillante parece llamarme, como un símbolo de lo nuestro.
Sin detener el ritmo de mis embestidas—que ahora son más rápidas, más enfocadas, llevándola al borde repetidas veces—extiendo una mano y agarro la daga. No es el filo. Es la empuñadura, sólida y con peso.
Ella siente el cambio, nota que una de mis manos ha desaparecido de su cuerpo, y emite un sonido interrogante.
—Confía en mí —digo, y no es una solicitud; es una orden.
Salgo de ella y coloco la empuñadura de la daga justo en la entrada de su sexo, al mismo tiempo mi erección está ya lista en la entrada de su culo.
La penetro poco a poco por detrás, dejando que su cuerpo se amolde, que se acostumbre a mí.
Luego, con un movimiento preciso y dominante, empujo la empuñadura dentro de ella, alternando ahora: mi cuerpo entra, la empuñadura sale; la empuñadura entra, mi cuerpo sale.
La presión del objeto sólido y extraño junto al movimiento de mi propio cuerpo la hace gritar, un sonido mezclado de shock y placer intensificado.
Es una invasión doble, un dominio completo, un ritual oscuro que marca cada parte de ella como propiedad mía.
Ella pierde cualquier capacidad de coherencia. Sus gemidos son continuos, una cadena de sonidos guturales y palabras truncadas que solo forman mi nombre.
—Connor… Oh dios… Joder si…
—¿Esto es lo que quieres? —Le grito mientras el ritmo se vuelve aún más frenético, ambos objetos moviéndose dentro de ella con una sincronización brutal—. ¿Eres capaz de quererme así?
—¡Joder sí! —grita ella, su voz es un clímax de necesidad.
Es la confirmación final. Libero la daga, dejando que se quede dónde está, y concentro toda mi fuerza, toda mi furia, toda mi obsesión en las últimas embestidas.
Son profundas, rápidas, absolutamente descontroladas.
Siento cómo su cuerpo se tensa alrededor de mí, cómo los músculos internos se agarran a mi erección con una fuerza convulsiva.
Su grito se eleva hasta un punto casi doloroso para los oídos, y entonces siento la liberación dentro de ella, el espasmo final que indica su clímax.
Eso desata mi propio control. Un último empuje, tan profundo que siento que nuestros cuerpos podrían fusionarse, y yo también caigo sobre el abismo.
La liberación es explosiva, un torrente de semanas de tensión, de contenerme, de rabia y de amor retorcido que finalmente encuentra su salida dentro de su cuerpo.
Gruño, un sonido animal y prolongado, mientras me vacío en ella, marcándola desde dentro con la última prueba de mi posesión.
Le quito la daga y la dejo en la mesita. Nos desplomamos juntos sobre la cama, una masa de piel caliente, sudor y respiración entrecortada. Ella está debajo de mí, ambos completamente exhaustos y devastados por la intensidad.
—Si cada polvo de reconciliación va a ser así… voy a tener que huir mucho más a menudo —murmura ella con un tono de humor incrédulo, después de unos minutos de silencio.
La frase, tan absurda y tan ella, me hace sonreír. Una sonrisa genuina, cansada, se forma en mis labios. Pero entonces el significado detrás de las palabras me golpea. Huir.
Mi sonrisa desaparece. Me muevo un poco, todavía sobre ella, pero ahora apoyado en un brazo para mirarla directamente.
—Si te vuelves a escapar —digo, y mi voz recupera esa gravedad oscura —te encontraré. No importa dónde, ni cómo. Siempre te encontraré.
Ella lo entiende y entonces, parece caer en la cuenta de algo. Sus ojos se abren un poco más.
—¿Cómo…? —empieza a preguntar, con un hilo de voz —¿Cómo me encontraste?
—La daga —respondo simplemente—. Me condujo hasta ti.
Ella procesa la información por un segundo. Entonces su expresión cambia a una mezcla de incredulidad y de algo parecido a admiración por la audacia.
—Estás enfermo —dice, pero no es un insulto; es una observación casi afectuosa—. ¿Pusiste un localizador en ese chisme?
Me inclino sobre ella nuevamente, mis ojos capturando los suyos completamente.
—Estoy enfermo —admito —desde el día en que te conocí gatita.