La Spina Negra CAPÍTULO 31
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CAPÍTULO 31

CONNOR

Mis palabras, «te quiero», todavía resuenan en el aire, mezcladas con el sabor de mi saliva y sus lágrimas en mi boca.

Ella está encima de mí, desnuda y gloriosa, con la piel todavía húmeda y fresca de la ducha, brillando bajo la tenue luz de la habitación.

La toalla ha caído al suelo, y ahora solo existe esta conexión brutal: sus muslos alrededor de mis caderas, sus pechos firmes contra mi camiseta empapada, su respiración agitada sincronizada con la mía.

Mi cuerpo está al límite. La tengo entre mis brazos y cada parte de mí responde a ella con una intensidad que llevo demasiado tiempo conteniendo.

Han sido meses de avanzar despacio, de aprender dónde están sus límites y reconocer las sombras que aparecen en sus ojos cuando un recuerdo equivocado la alcanza.

He dado pasos poco a poco esperando siempre que ella diera el siguiente.

Y ahora está aquí. Besándome como si hubiera derribado el último muro que quedaba entre nosotros.

El deseo me golpea con tanta fuerza que resulta casi doloroso. Mi cuerpo reclama más. Más de ella, de este momento.

Pero detrás del hambre que siento, sigue el recuerdo de lo que ha vivido, de las noches en las que un simple roce podía tensarla y de las veces que la vi luchar contra fantasmas que yo no podía tocar.

Y me niego a destruir toda la confianza que ella ha depositado en mí por mi impaciencia. Así que la beso como si me estuviera muriendo de sed mientras obligo a cada uno de mis impulsos a permanecer encadenado.

Mis manos la sujetan con firmeza, pero nunca lo suficiente como para que se sienta atrapada. Cada movimiento está medido.

Porque la parte egoísta de mí quiere olvidarse de todo y perderse en ella. Romperla, hacerla mía y follarla hasta que se olvide del pasado y hasta de quién es.

Pero la parte que la ama sabe que todavía hay cosas más importantes que mi propia necesidad. Y si para conservar esta confianza tengo que seguir conteniéndome un poco más, lo haré.

Aunque me esté consumiendo vivo por dentro.

Ella lo nota. Sus ojos, todavía hinchados por las lágrimas, pero ahora ardientes con una luz nueva, se clavan en mí mientras nuestras bocas se separan por un momento para respirar.

—No te contengas. —Dice, en un susurro.

No respondo nada. Porque llevo demasiado tiempo aprendiendo a ignorar mis propios deseos cuando se trata de ella.

Demasiado tiempo enseñándome a avanzar despacio, a observar cada reacción.

Y porque una parte de mí sigue aterrorizada ante la posibilidad de equivocarme, de empujar demasiado fuerte y ver cómo los muros que tanto esfuerzo le ha costado derribar vuelven a levantarse entre nosotros.

Ella parece leer cada uno de esos pensamientos en mi rostro. Sus manos ascienden despacio hasta sujetarme la cara, obligándome a sostenerle la mirada.

—Basta ya, Connor —murmura, con voz suave—. Llevas meses tratándome como si fuera a romperme. No me vas a romper. Ya estaba rota, y tú fuiste quien empezó a juntar las piezas. No quiero la versión cuidadosa de ti, quiero la verdadera.

Sus dedos acarician mi mandíbula mientras niega despacio con la cabeza.

—Y sé por qué lo haces. Sé que intentas protegerme. Pero ya no necesito que me protejas de ti.

Se acerca un poco más, lo suficiente para que su aliento roce mi piel y para que mi cuerpo entero responda a esa proximidad con una necesidad casi insoportable.

—No me vas a romper.

Sus ojos no se apartan de los míos ni un instante.

—Lo que me pasó no fue culpa mía. Y tampoco es culpa tuya. No puedes seguir cargando con algo que otro hombre hizo.

Trago saliva. Porque esas palabras llegan a un lugar dentro de mí al que nadie había conseguido llegar antes.

—Ya estaba rota cuando apareciste en mi vida —continúa en voz baja—. Y cada una de las piezas que he conseguido recuperar ha sido porque tú has estado ahí. Porque me has esperado. Porque jamás me has exigido nada.

Su mano se desliza hasta mi nuca.

—Pero estoy cansada de que sigas mirándome como si fueras el único peligro de esta habitación cuando eres la única persona con la que me siento completamente segura.

Una sonrisa amarga tira de una comisura de mis labios mientras niego despacio con la cabeza.

—Brook... no sabes lo que estás diciendo.

Mi voz sale ronca, cargada por todo lo que llevo demasiado tiempo guardándome dentro.

—Crees que me contengo porque te veo frágil, pero no es eso. Nunca ha sido eso.

Mis manos se cierran un poco más sobre su cintura, acercándola a mi erección y tengo que obligarme a relajarlas cuando noto la tensión que se instala en mis músculos.

—Llevo meses controlándome, intentando convencerme de que ir despacio es lo correcto, de que cada paso tiene que ser tuyo y no mío, porque la última cosa que quiero en este mundo es que vuelvas a sentirte acorralada.

Sus ojos no se apartan de los míos, ni siquiera parpadean. Y eso hace que seguir hablando resulte mucho más difícil.

—Tú solo ves a un hombre intentando controlarse, pero yo sé lo que hay detrás de ese control.

Sé cómo soy cuando dejo de pensar. Sé lo fácil que me resulta perderme en las cosas que quiero y tú...

—mi mirada recorre su rostro lentamente antes de regresar a sus ojos—.

Tú te has convertido en todo lo que quiero.

El aire parece desaparecer entre nosotros.

—Toda mi vida he utilizado la violencia para vaciarme por dentro.

La rabia, la frustración, la impotencia...

todo salía de la misma forma. Es lo único que he conocido durante años.

Y aunque contigo es diferente, aunque esto no tiene nada que ver con aquello, sigue habiendo una parte de mí que necesita contenerse porque cuando te toco no quiero parar.

Trago saliva.

—Y eso me asusta más de lo que imaginas.

Ella intenta interrumpirme, pero niego con la cabeza. Mi pulgar acaricia su mejilla mientras sostengo su mirada.

—No porque crea que voy a hacerte daño. Jamás te haría daño.

Me asusta porque conozco tu pasado. Porque sé cuánto te costó volver a confiar en alguien.

Porque he visto el miedo en tus ojos demasiadas veces y preferiría arrancarme las manos antes que ser la causa de que vuelva.

No podría soportar verte arrepentirte. No podría soportar verte tensarte bajo mis manos o preguntarte después si hemos ido demasiado lejos.

Mi respiración sale más pesada.

—Así que sí, me contengo. Me contengo porque te deseo hasta el punto de que a veces me duele.

Porque cuando te tengo cerca quiero olvidarme de todo lo demás.

Porque eres la única persona capaz de hacerme perder la cabeza.

Y porque después de todo lo que hemos tardado en llegar hasta aquí, después de cada muro que has derribado para dejarme entrar, no pienso arriesgarme a destruir esa confianza por una necesidad que puedo seguir soportando.

Durante un instante no existe nada más que ella y yo. Una pequeña sonrisa curva sus labios. Y joder. Esa sonrisa va a acabar conmigo algún día.

—¿Has acabado?

Frunzo el ceño.

—¿Qué?

—¿Has acabado de decidir por mí?

La pregunta me golpea con tanta fuerza que durante un instante soy incapaz de responder.

Ella niega despacio con la cabeza, como si acabara de confirmar algo que ya sospechaba.

—Sigues hablando como si yo no supiera quién eres. Como si no conociera las partes de ti que intentas esconder. He visto tu rabia, tu oscuridad y todas esas sombras que tanto te empeñas en mantener lejos de mí.

Trago saliva, porque precisamente ese es el problema. Que las ha visto y aun así sigue aquí.

Sus ojos no se apartan de los míos ni un segundo y, por primera vez en mucho tiempo, siento que soy yo quien está siendo acorralado.

—Sé quién eres. Sé que puedes ser dominante. Sé que hay una parte de ti que lleva años sobreviviendo a base de violencia, de control y de rabia. Sé que cuando algo te importa lo haces con todo lo que tienes, sin medias tintas y sin saber echar el freno.

Su mano asciende lentamente hasta mi mandíbula.

—Y aun así estoy aquí.

Las palabras caen entre nosotros, cierro los ojos un instante, pero ella no me permite esconderme. Sus dedos sujetan mi barbilla y me obligan a mirarla de nuevo.

—Te conozco, Connor. Conozco tus sombras, tus cicatrices, los rincones de tu alma que intentas esconder incluso de ti mismo y, después de verlo todo, sigo aquí.

Mi corazón martillea contra las costillas.

—Así que deja de contenerte porque lo quiero todo. Todo aquello que te convierte en quien eres.

Su frente se apoya contra la mía y durante un segundo el mundo entero desaparece.

—Y si después de conocerlo todo sigo eligiéndote, deja de intentar protegerme de mi propia decisión.

La última barrera que llevaba meses sosteniendo se resquebraja bajo el peso de esas palabras, porque por primera vez comprendo que esto nunca ha tratado de que Brook confíe en mí.

Ha tratado de que yo confíe en ella.

—Quiero que seas tú quien me folle, no una versión light de ti mismo —dice y me besa apasionadamente con un hambre voraz. —Márcame, reclámame—. Hace una pausa, y entonces pronuncia las palabras que actúan como la llave final que abre la jaula dentro de mí, —soy tuya, Connor.

Esas dos palabras «soy tuya». No son una sumisión débil, son una entrega consciente, voluntaria, a mi oscuridad. Son un permiso.

Un gruñido largo y profundo sale de mi garganta.

Mis manos se mueven de sus costillas a sus caderas, agarrándola con una fuerza que no es humana, y la coloco a mi lado en la cama con un movimiento brusco.

Ella emite un pequeño sonido de sorpresa, pero sus ojos no muestran miedo, muestran deseo salvaje.

Me levanto de la cama y en tres movimientos rápidos y violentos me despojo de la camiseta empapada, los vaqueros y la ropa interior, arrojándolos al suelo con un ruido sordo.

Ahora estoy desnudo frente a ella, cada músculo tenso, cada instinto al frente.

Ella se queda tumbada, apoyada en sus codos, mirándome, su cuerpo arqueándose ligeramente en una invitación inconsciente.