CAPÍTULO 30 #2
—Y te dije cosas horribles. Te culpé de todo. Te odié tanto que creí que si me alejaba de ti dejaría de doler.
Me limpio las lágrimas con rabia.
—Pero llegué aquí sola y lo único en lo que podía pensar era en ti. Cada maldito momento.
Mi voz apenas es un susurro.
—Y eso tampoco tiene sentido, porque nunca he sido esa chica. Nunca he necesitado a nadie para seguir adelante. Nunca he sido de apoyarme en un hombre para mantenerme en pie.
Lo miro directamente por primera vez.
—Y ahora resulta que no sé quién coño soy sin ti.
La confesión sale rota, temblorosa.
—No sé quién era antes ni quién soy ahora. Y estoy tan cansada, Connor... tan cansada de intentar encontrar una versión de mí que ya ni siquiera sé si existe.
Él se sienta a mi lado en la cama. El silencio se extiende, cargado de todo lo dicho, de todo el dolor y la rabia que bulle entre nosotros.
—¿De verdad crees que tienes sangre en las manos?
Asiento con la cabeza, incapaz de sostenerle la mirada.
—Mírame, Brook —me dice levantando mi mentón con su mano —Yo apreté el gatillo. Yo tomé la decisión y te obligué a sostener el arma entre mis manos. Así que no vuelvas a cargar con algo que me pertenece a mí.
—Pero…
—No. No eres una asesina ni un monstruo. Y si alguien tiene que pedir perdón aquí, soy yo.
Parpadeo, confundida.
—Te arrastré a mi mundo. Te obligué a caminar por lugares por los que jamás deberías haber tenido que pasar. Vi cómo intentabas conservar partes de ti misma y, aun así, seguí empujando. Así que lo siento, Brook. Lo siento de verdad.
Las lágrimas vuelven a acumularse en mis ojos. Connor sigue agarrando mi cara para mirarme a los ojos.
—Y deja de confundirte.
Frunzo el ceño, no entiendo.
—No disfrutaste haciendo daño a nadie, sino descubriendo que eres fuerte, que no es lo mismo.
Las palabras me golpean con fuerza mientras niego con la cabeza.
—Pero tú no lo entiendes...
—No, tú no lo entiendes.
Su mirada no se aparta de la mía.
—Te has pasado muchos meses creyendo que eras una víctima. La chica a la que hicieron daño. La chica que sobrevivía como podía. Y entonces descubriste algo que te asustó. Que también eres valiente.
Mi respiración se entrecorta.
—Que eres inteligente. Que sabes anticiparte a los movimientos de los demás. Que eres capaz de tomar decisiones bajo presión. Que cuando todo se va al infierno no te derrumbas, Brook. Peleas.
Las lágrimas resbalan sin control por mis mejillas.
—Eso no me convierte en una buena persona.
—No. Lo que te convierte en una buena persona es que sigas preocupándote por serlo.
El silencio se instala entre nosotros.
—¿Sabes cuál es la diferencia entre tú y yo?
No respondo, ahora mismo no me sale la voz.
—Que yo puedo dormir después de hacer ciertas cosas. Pero tú no.
Siento que algo dentro de mí se rompe. ¿De verdad sigo siendo buena persona?
—Porque sigues teniendo una línea que jamás cruzarías. Sigues distinguiendo el bien del mal incluso cuando el mundo se empeña en mezclarlos y jamás sacrificarías a un inocente para conseguir lo que quieres.
Su voz se vuelve más grave.
—Y porque, aunque te niegues a verlo, sigues siendo la persona más bondadosa que he conocido en mi vida.
Cierro los ojos.
—No me siento así.
—Porque estás perdida.
Cuando vuelvo a abrirlos, sigue mirándome.
—Pero estar perdida no significa estar rota. Y tampoco significa que necesites a un hombre para encontrarte.
—Connor...
—Escúchame. No me necesitas a mí para saber quién eres.
—Sí, te necesito.
—No me necesitas, me quieres. Estás enamorada de mí y eso te aterra porque jamás has dependido de nadie.
Su mano se posa sobre mi mejilla.
—Pero no confundas amor con identidad.
Mi respiración se detiene.
—Tú ya eras Brook antes de conocerme.
Su pulgar seca una lágrima.
—Y seguirías siéndolo mañana, aunque yo desapareciera.
Siento un nudo insoportable en la garganta.
—No eres fuerte ni valiente por mí. No has sobrevivido a todo esto gracias a mí.
Su voz se quiebra apenas un instante.
—Lo has hecho tú sola.
Me observa como si quisiera obligarme a creerlo.
—Yo no te convertí en la mujer que eres. Lo único que hice fue tener la suerte de conocerla antes que el resto.
Nos detenemos. A mí se me escapa un pequeño sollozo ahogado, un intento fallido de comunicación, pero él no sonríe. Su expresión es de piedra.
—Nunca —empieza, clavándome los ojos con intensidad, mientras sujeta mi cara con las dos manos para que lo mire a los ojos —en mi vida he sentido el miedo que he sentido hoy.
Pensé que te había perdido. Que te habías ido para siempre—.
Hace una pausa, tragando saliva con dificultad—.
¿Cómo te atreves? ¿Cómo te atreves a intentar quitarme lo único que…
? —Se interrumpe, suelta mi cara y aprieta los puños sobre sus muslos.
La rabia le tiembla en la mandíbula—. Eres estúpida si crees que esto es una salida, ¿me oyes?
Nada ni nadie en este mundo de mierda te da el derecho a rendirte.
Joder después de todo, ¿pretendías rendirte sin más? ¿Sin pelear?
Su voz sube, dominante, llena de esa oscuridad que siempre intuí que contenía conmigo, pero que ahora me muestra sin filtros.
—¿Dónde está esa Brook que conocí? La que me plantó cara en La Spina con más agallas que la mitad de mis hombres. La que no se rajaba ni cuando la ponía contra las cuerdas—. Se inclina hacia mí, invadiendo mi espacio y golpeando mi cara con su aliento—. Quiero a esa Brook de vuelta, la guerrera.
Lo miro, pero no sé qué decir. Cómo explicar el vacío, el peso insoportable, la sensación de que no había otra salida para mí.
—Joder, Brook, te enfrentaste a mí. A un puto capo de la mafia italiana, con un descaro increíble la primera noche que te vi—. añade con un tono casi de incredulidad.
En medio de mi llanto, sus palabras provocan un recuerdo absurdo: yo, con mi disfraz ridículo de gatita, viendo como este hombre mataba a otro sin piedad.
Y como yo, aguanté y aun así entré en su juego retorcido del gato y el ratón donde evidentemente, yo era la presa.
Ahora parece un recuerdo muy lejano, que hasta me causa nostalgia y sonrío levemente.
Él lo ve y algo se suaviza en su rostro durante una fracción de segundo.
Entonces hablo yo, mi voz es un hilo débil.
—Lo siento… es que no podía más. Estoy harta, Connor. Cansada de esta venganza que me come viva, de vivir entre mentiras continuamente, de no tener nada… ningún futuro… solo esta oscuridad…
Es como si al decirlo en voz alta se rompiera algo dentro de mí. El llanto se convierte en temblor.
—Me has preparado para ser fuerte y sobrevivir, pero ¿para qué? ¿Para esto? ¿Para estar sola, sintiéndome más rota que nunca?
Y entonces él se mueve.
Su mano se cierra en mi nuca con una fuerza que hace que me duela el cuello. No es una caricia, es una toma de posesión. Me atrae hacia él y su boca se estrella contra la mía.
Su beso es como un castigo, un reclamo duro, apasionado, hasta lo obsesivo.
Es un beso que afirma posesión, que sabe a rabia, que grita estás aquí, viva y eres mía. Sus dientes rozan mis labios, su lengua invade mi boca con una urgencia salvaje que no pide permiso.
Yo me quedo congelada al principio, sorprendida por la violencia del gesto.
Pero entonces algo en mí responde a esa oscuridad, a esa posesión totalitaria.
Un gemido ahogado nace en mi garganta y me lanzo sobre él.
Me subo a horcajadas sobre sus muslos, la toalla cae olvidada al suelo.
Él gruñe contra mi boca, un sonido profundo y triunfal, y siento cómo su cuerpo responde al instante, la evidencia dura e insistente de su deseo presionando contra mí a través de la tela mojada de sus vaqueros.
Nuestras bocas se separan jadeantes por necesidad de aire. Nuestras frentes se tocan. Sus ojos son pozos grises de una obsesión feroz, ardiendo con una intensidad que me quema.
—Te quiero, Brook Harper.
Las palabras no son un susurro dulce. Son una declaración oscura. Suenan a posesión eterna, a una verdad peligrosa que acaba de ser liberada.
¿Dios? ¿He oído bien? ¿Me quiere?
¿El lobo de hielo que despreciaba los lazos sentimentales… me quiere?
La incredulidad apenas dura un latido antes de desaparecer bajo una emoción tan intensa que me deja sin aire. Me asusta la facilidad con la que atraviesa todas mis defensas, lo mucho que quiero creerle.
Porque detrás de todas sus sombras, de toda la violencia que lo rodea, está él. Y la verdad es que estoy cansada de fingir que no me afecta.
No pienso. Solo actúo.
Le cubro la boca con la mía en un beso desesperado y salvaje, devorando sus palabras, aceptando su oscuridad y la mía propia.
Mi cuerpo se arquea contra el suyo buscando fusionarse, borrar cualquier espacio entre nosotros.
La habitación se llena del sonido de nuestra respiración agitada, del roce de la piel mojada, del gemido ronco que le arranco cuando mis caderas se presionan contra la dureza insistente de él.
Es caótico, primitivo, y es la confirmación más visceral de que estoy viva, atrapada en el torbellino de un hombre que no me dejará ir nunca más, ni siquiera si yo misma intento escapar.