CAPÍTULO 30
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La nada es cálida y silenciosa, un océano negro donde el peso de mis huesos, el dolor en mi alma, todo se ha disuelto en una paz absoluta. No hay pensamientos, solo una ausencia que me acuna prometiéndome que nunca tendré que despertar.
Hasta que el dolor llega.
Algo irrumpe a mi lado, algo agudo y violento. Un sonido, un golpe. Un dolor agudo en mi mejilla que se extiende como una onda de fuego. Otro golpe, esta vez en la otra mejilla. La cabeza me gira con la fuerza del impacto.
Y entonces los gritos. Una voz que perfora la niebla de mi inconsciencia, una voz desgarrada y brutalmente familiar que grita mi nombre una y otra vez para obligar a mi alma a volver a este cuerpo destrozado.
—¡Brook! ¡Abre los ojos, maldita sea! ¡No te rindas!
El grito es desesperado, roto. Conozco esa voz. La conozco en mis sueños y en mis pesadillas. Pero no debería estar aquí, ahora.
Otro golpe en la cara. Esta vez el dolor me hace parpadear, mis párpados pesan como plomo, pero logro abrirlos un poco. Veo borrones de color, sombras que se mueven. La luz de la lámpara del techo me hiere los ojos.
—¡Abre los ojos! ¡No te atrevas a dejarme joder!
Siento manos en mi cara, ásperas y cálidas, sacudiéndome. Intento protestar, pero mi boca no obedece. Solo emite un sonido rudo.
Las palabras son gruñidos de rabia y pánico.
Intento hundirme de nuevo en la oscuridad, pero algo me lo impide.
Una presión en mi mandíbula, dedos que me fuerzan a abrir la boca.
Luego la invasión, asquerosa e inconfundible: dedos que se introducen en mi garganta, rozando la campanilla, desencadenando un reflejo primitivo que no puedo controlar.
Mi estómago se convulsiona violentamente.
Una oleada ácida y ardiente sube por mi esófago y sale disparada de mi boca.
Alguien me inclina hacia adelante y escucho el sonido del vómito golpeando el agua de un váter.
¿Cuándo he llegado al baño? El olor es nauseabundo, a alcohol y bilis.
Estoy manchada, pegajosa, degradada. Vomito una y otra vez, convulsivamente, mientras las manos siguen sujetándome el pelo y los hombros.
—¡Otra vez! ¡Sácalo todo! —grita la voz, y los dedos vuelven a mi boca, más profundos esta vez, despiadados.
Vomito de nuevo, y esta vez veo, entre lágrimas de agonía, lo que sale de mí: una papilla blanquecina y espumosa, y en medio, los trocitos blancos y duros de las pastillas que no llegué a digerir del todo.
Joder. No estoy muerta, desde luego.
La realidad empieza a filtrarse, lenta y dolorosa. El mareo es abrumador, pero la náusea y la violencia del proceso me están arrastrando de vuelta a la superficie.
¿Connor? ¿Estoy soñando? ¿Es esto el infierno y él es mi demonio personal?
Después de lo que me parece una eternidad y cuatro tandas de vómitos que me dejan vacía y temblorosa, los dedos se retiran.
Me desplomo contra el frío de la porcelana, exhausta.
Me duele todo. La garganta me arde como si me la hubieran lijado.
La boca del estómago es un puño de dolor constante.
Pero respiro. Jadeo como un pez fuera del agua, pero respiro.
Antes de que pueda procesarlo del todo, unas manos fuertes me envuelven y me levantan del suelo del baño como si no pesara nada. Mi cabeza cae contra un pecho duro y familiar, y entonces alzo la mirada y lo veo.
Es Connor.
Su rostro está desencajado. Sus ojos que siempre han mostrado autoridad y control están ahora desorbitados, salvajes, llenos de un pánico que nunca he visto en él. Su mandíbula está tan apretada que parece de granito y sus labios están blancos por la tensión.
No es un sueño, él está aquí.
Y entonces viene el frío.
Un chorro de agua helada me golpea de lleno en la cabeza y los hombros. Pego un grito que rasga mi garganta dolorida.
—¡Joder!
El shock es tan brutal y repentino, que por un segundo creo que mi corazón se ha detenido de nuevo. Estoy dentro de la ducha, con la ropa empapada y pegada a la piel, temblando violentamente.
—¿Qué coño haces? —le grito, escupiendo agua y mirándole con furia a través de la cortina de gotas que me ciega.
—¡Salvarte la vida, joder! –me grita él de vuelta, y su voz no es solo rabia, es algo más profundo, desgarrado que retumba en el pequeño espacio del baño.
El agua fría cumple su función. El mareo retrocede, arrinconado por el shock glacial. La mente se me despeja a golpes, cada temblor sacudiendo un poco más la niebla mental que tengo.
Connor ajusta los grifos y el agua empieza a calentarse, pasando de glacial a fresca y luego a tibia.
El alivio es instantáneo. Miro a mi alrededor, desorientada.
Él sigue dentro de la ducha conmigo, completamente vestido.
Su camiseta negra y sus vaqueros oscuros están empapados, pegados a cada músculo de su torso y sus piernas.
Parece un espectro enfurecido salido del lago.
Encuentra una pastilla de jabón. Sin mediar palabra, se acerca y sus manos empiezan a tirar de mi camiseta manchada y empapada para quitármela.
—No —protesto débilmente, forcejeando para cubrirme con los brazos—. Puedo sola.
—Brook. —No alza la voz, pero la pronuncia con una oscuridad nueva, un tono bajo y peligroso que hace que el aire a mi alrededor se espese—. Para.
Algo en su tono me hace detenerme. Dejo los brazos caer a los costados, impotente.
Él me quita la camiseta mojada, luego los vaqueros, que se resisten y hay que tirar de ellos.
En segundos estoy completamente desnuda frente a él, bajo el chorro de agua caliente.
Una vergüenza ardiente me sube por el cuello, aprieto los muslos y cruzo los brazos instintivamente sobre mis pechos.
Él nota el gesto. Sus ojos, todavía intensos, pero ahora con un destello de algo más, recorren mis brazos cruzados. Una sonrisa pequeña, torcida y carente de toda dulzura, aparece en sus labios. No es una sonrisa amable. Es la sonrisa de un depredador que ve a su presa vulnerable.
—¿Vergüenza a estas alturas, gatita? ¿En serio?
Sus palabras son un latigazo. Me recuerdan lo expuesta que he estado ante él, física y emocionalmente. La media sonrisa se me congela en los labios y el rubor se intensifica. Bajo los brazos lentamente, desafiante a pesar de todo.
Él asiente, como si hubiera ganado un pequeño punto, y empapa el jabón.
Empieza a lavarme. Sus manos callosas recorren mi piel con esmero, limpiando cada rastro de lo que intenté hacer.
Me frota los hombros, los brazos, el cuello.
Su toque es firme, casi imprudente, marcándome.
Me da la vuelta para lavarme la espalda.
Sus dedos bajan por mi columna con presión, y siento cómo su respiración se altera detrás de mí.
Siento el peso de su mirada en mi espalda, bajando, deteniéndose en la curva de mis nalgas.
—Joder —murmura muy bajito, para sí mismo, con un gruñido gutural y frustrado.
No necesita decir más. Lo siento en el aire que se hace más denso, en la repentina rigidez de sus dedos contra mi piel. Su cuerpo reacciona a mí, aquí, ahora, en medio de este caos, y esto es tan primitivo y poderoso que me quita el aliento.
Continúa lavándome el pelo, enjabonando y enjuagando con una fingida delicadeza. Sigue empapado, el agua caliente delineando cada músculo bajo la ropa oscura pegada, pero su atención no se desvía ni un segundo. Está reconquistando lo que considera que es suyo.
Cuando termina, cierra el agua. El silencio repentino es casi tan fuerte como el sonido del agua.
Me envuelve en una toalla grande y áspera que estaba colgada en la barra y, sin preguntar, me levanta en brazos otra vez.
Camina conmigo fuera del baño, dejando un reguero de agua en el suelo de madera, y me deja sentada al borde de la cama con más fuerza de la necesaria.
Me envuelvo en la toalla como en una armadura, llevando las rodillas al pecho. Él se queda de pie frente a mí, las gotas de agua le van cayendo de su ropa al suelo, pero parece no importarle... Su mirada desprende una luz fría que me atraviesa. Luego se agacha y recoge algo del suelo.
Es el frasco de pastillas, vacío.
Lo sostiene entre el pulgar y el índice como si fuera una evidencia contaminada.
Luego lo deja caer sobre la mesita con un golpe seco.
Su mirada vuelve a mí, y ahora veo una tormenta completa en sus ojos que me hace querer desaparecer.
Ya no hay pánico, ahora hay una ira negra, profunda, nacida del miedo que acaba de sentir.
—¿En serio, Brook? —cada palabra vibra con una furia contenida que me hace encogerme—. ¿Esto es lo que haces? ¿Rendirte?
Las lágrimas que había logrado contener hasta ahora empiezan a brotar de mis ojos sin permiso, calientes y silenciosas. No puedo sostener su mirada y bajo la cabeza.
—Lo siento —susurro, y las palabras suenan patéticas, insuficientes para todo esto.
—Me lo prometiste. Prometiste no volver a hacerte daño. Que pedirías ayuda, gritarías, lo que fuera, ¡menos esto! —me dice visiblemente enfadado, aunque su gesto ahora es más de agotamiento.
—Lo siento —repito entre lágrimas—. Lo siento tanto...
Me cubro la cara con las manos unos segundos antes de volver a mirarlo.
—No sé quién soy, Connor.
Mi voz se rompe.
—Ya no lo sé. Antes tenía claro quién era. Tenía principios, límites... cosas que jamás haría. Diferenciaba el bien del mal. Y ahora... —me río sin humor mientras niego con la cabeza—. Ahora tengo sangre en las manos.
Las lágrimas siguen cayendo.
—Y lo peor es que una parte de mí ni siquiera se arrepiente.
La confesión me sabe a veneno.
—Debería sentirme horrorizada. Debería odiarme. Odiarte. Pero cada prueba, cada paso... me hacía más fuerte. Y había una parte de mí que disfrutaba de eso. ¿Qué clase de persona disfruta convirtiéndose en un monstruo?
Bajo la mirada.
—Ya no tengo a nadie. No tengo una familia a la que volver. No tengo un hogar. No tengo una vida esperándome al otro lado de todo esto.
Trago saliva con dificultad.