CAPÍTULO 29 #2
No hay nada. Ninguna cámara que la capture con claridad. Ningún ticket de autobús o tren. Es como si la tierra se la hubiera tragado. Está claro que no ha vuelto a la ciudad.
—Joder ha aprendido a moverse como las sombras.
—Sin dinero, sin familia a la que acudir…
—digo, más para mí que para Lucca. Cuando la investigué al principio, supe que Brook Harper estaba sola en el mundo.
Sus padres habían fallecido en un accidente hacía años.
Pensé que por eso tenía ese carácter tan suyo, esa capa de resiliencia forjada a la fuerza.
Lo que no imaginé entonces era que bajo esa capa había un trauma mucho más profundo y reciente, causado por Marco.
—A no ser… —dice Lucca lentamente, frotándose la barbilla. Parece dudar—. ¿Recuerdas el encargo que me hiciste hace meses? Para el regalo.
Mi mente, que ya trabajaba a toda velocidad, hace un clic. El regalo, la daga.
—El localizador —digo, y una chispa de algo que podría ser esperanza, pero que se siente más como el preludio de un desastre, se enciende en mi pecho.
—Lo instalé dentro del hueco de la empuñadura, bajo la virola. Batería de larga duración, por lo que aún tiene que dar señal—. Continúa Lucca—. Es poco probable que aún la tenga, jefe. Después de todo lo que pasó… quizá la tiró, o la vendió para conseguir dinero.
Pero es una posibilidad. Un último cartucho. El único rastro que me queda de ella en este mundo.
—Compruébalo —ordeno, y mi voz no admite réplica.
Lucca asiente y se pone a trabajar en su portátil, conectándose a un programa seguro. Sus dedos vuelan sobre el teclado. Los segundos se alargan, cada uno una eternidad de agonía. Luego, se queda quieto. Alza la mirada hacia mí, y sus ojos tienen una expresión extraña.
—Hay señal —dice—. Débil, pero estable. Está activa.
Me acerco de un salto, mirando por encima de su hombro. En el mapa en la pantalla, un punto parpadea débilmente. No está en Chicago sino en Michigan. A las afueras, en un pueblo costero remoto llamado Sawyer.
¿Se la llevó? ¿De verdad conservó la daga?
Y entonces, una idea oscura y pesada se instala en mi cabeza con fuerza. Se apodera de todos los otros pensamientos.
¿Y si se la llevó con otro propósito?
Brook tiene antecedentes con esto. Los cortes autoinfligidos en sus muslos, esa manera enfermiza de gestionar el dolor con más dolor. Y ahora… ese mensaje. «Y por romper mi promesa».
—Dios, no —susurro, y el pánico me agarra la garganta y no me permite respirar. La única promesa que me ha hecho en todo este tiempo fue cuando le hice prometerme que no volvería a hacerse daño… —Lucca, si ha hecho una tontería…
—Ella es fuerte, jefe, —intenta Lucca, pero su voz carece de convicción. Puede ver la misma sombra en mis ojos—. No pienses eso. Es un mensaje, nada más.
Pero yo ya lo estoy pensando. Es la única imagen en mi mente ahora, superponiéndose a todas las demás: ella, sola, en algún lugar frío y vacío, con la daga que yo le regalé…
No puedo respirar.
—Necesito la moto —digo, y ya me estoy moviendo hacia la puerta del ático, cogiendo solo las llaves del llavero.
—Voy contigo —dice Lucca, levantándose de un salto.
—No. —Mi voz es un cuchillo—. Quédate aquí. Al mando del casino, de todo. Necesito hacer esto solo.
—Jefe, por lo menos…
—¡Solo, Lucca! —El grito sale cargado de toda la desesperación que llevo dentro. Él se detiene, clava los pies en el suelo, y finalmente asiente, con los ojos llenos de una preocupación que ahora comparto plenamente.
—Está bien. Pero… llámame. Por favor.
Asiento con la cabeza en un movimiento brusco, y salgo disparado.
La moto ruge en el garaje subterráneo. La enciendo y el sonido llena el espacio cerrado, un rugido adecuado para la tormenta que llevo dentro. Salgo a la noche, que ya es completa, y me lanzo hacia la autopista que lleva a Michigan.
El viaje es un borrón de asfalto iluminado por farolas, viento frío que me azota el cuerpo a través de la chaqueta, y una ansiedad que roe cada segundo como una bestia.
Supero todos los límites de velocidad, esquivo camiones con maniobras temerarias, mi mente enfocada únicamente en ese punto parpadeante en el mapa de mi móvil.
Cada kilómetro que pasa es un latido más de mi corazón, que late con un ritmo salvaje de encuéntrala, encuéntrala, encuéntrala.
Llego a Sawyer cuando la noche es profunda.
El pueblo está dormido, silencioso, solo unas pocas farolas parpadean en las calles vacías.
Sigo el GPS de mi teléfono hasta una calle tranquila, frente a una casita blanca con contraventanas azules, a la orilla del lago, cuya superficie oscura e inmóvil refleja la luna.
La señal es fuerte aquí. Está dentro.
Apago la moto y el silencio repentino es ensordecedor. Salto del asiento y corro hacia la puerta principal. No pienso, solo actúo, impulsado por un pánico que ya no puedo contener.
Pulso el timbre. Una vez, dos, diez veces. Aprieto el botón hasta que siento que el mecanismo se funde bajo mi dedo. No hay respuesta. Golpeo la puerta con el puño, llamando su nombre.
—¡Brook!
Nada. Solo el sonido de mis propios golpes y el latido frenético de mi corazón en los oídos.
El pánico se convierte en algo tangible, una presión me aplasta el pecho.
Cojo el pomo y lo sacudo con todas mis fuerzas.
La puerta está cerrada con llave. Retrocedo un paso, y con toda la fuerza que me da el terror, lanzo una patada brutal junto a la cerradura.
La madera vieja cede con un crujido espantoso y la puerta se abre de golpe, rebotando contra la pared interior.
—¡Brook!
Entro corriendo en la oscuridad. El aire huele a polvo, a madera vieja, y a algo más…
un aroma floral y rancio que no logro identificar.
Recorro el salón a ciegas, apartando una silla con la cadera.
Abro puertas. Un baño vacío. Una cocina vacía.
Subo las escaleras chirriantes de dos en dos, los peldaños gimen bajo mi peso.
Hay una puerta entreabierta al final de un pasillo corto. Un rayo de luz de la luna se filtra por una ventana y cae justo a través de la abertura.
La empujo y allí está.
Tumbada en la cama, sobre las mantas arrugadas. La luz plateada de la luna le ilumina la cara. Está… ¿Dormida? Demasiado tranquila. Sus rasgos están relajados en una expresión que no le he visto nunca, sus pestañas forman medias lunas oscuras sobre sus mejillas pálidas.
Parece dormida. Es una imagen de una paz absoluta, y por un segundo, un solo segundo de estúpido y ciego alivio, pienso que solo está profundamente dormida, que es la cosa más hermosa que he visto en mi vida.
Y entonces mi mirada baja. En la mesita de noche, al lado de la cama, hay un frasco de pastillas de plástico blanco.
La tapa está abierta, volteada sobre la madera.
El frasco está vacío y alrededor, esparcidas sobre la superficie de la mesita, hay dos pastillas pequeñas y blancas que deben haberse caído al abrirlo o al volcarlo.
Dos pastillas. Solitarias. Testigos mudos de un frasco vacío.
Siento cómo mi propio corazón se detiene en seco. Literalmente se para en mi pecho, como si un puño gigante e invisible lo hubiera apretado hasta paralizarlo. El aire se congela en mis pulmones. El mundo entero se reduce a esa cama, a esa cara pálida y a ese frasco vacío en la mesita.
No me muevo, solo miro. No respiro, no puedo. Siento una presión en el pecho tan fuerte que parece que me va a estallar. Y mi alma, la poca que me quedaba, se desprende de mi cuerpo y se estrella contra el suelo, hecha añicos.