CAPÍTULO 29
CONNOR
El ático está demasiado silencioso. Cada rincón grita su ausencia: el sofá donde se dormía después del entrenamiento, el espacio junto a la ventana donde se apoyaba para mirar la ciudad, el aire mismo que parece haberse vuelto más frío y pesado desde que no está.
Lo hice todo bien, seguí mi propio guion hasta el final.
La rompí, le mostré el reflejo más cruel de sí misma, la misma verdad que yo vi aquella primera noche en la fiesta: no es una asesina.
No tiene ese hueco oscuro donde debería estar el alma, ese espacio que permite apretar el gatillo sin que nada se mueva dentro.
Tiene rabia, tiene dolor, tiene una fuerza feroz que aprendió a canalizar, pero le falta la frialdad esencial, la aceptación de la muerte ajena como un simple trámite administrativo.
Han fue la prueba final, y ella, falló la prueba. Como yo sabía que pasaría.
No quería que fuera de otra forma, sé y siempre he sabido que esto acabaría ocurriendo. No es una asesina ni he pretendido convertirla nunca en una.
La empujé a huir con palabras que dolieran y una pistola humeante en la mano para salvarla de este mundo de mierda, de la espiral de violencia que solo termina en una tumba o en una celda.
Y que pudiera vivir una vida que no estuviera manchada por sangre y sombras.
Para que pudiera ser feliz, en algún lugar lejos de aquí, lejos de mí y de la vida que yo sí arrastro conmigo.
Fue lo correcto. La decisión lógica, la única posible. Entonces, ¿por qué cada respiración me duele como si tuviera el pecho lleno de cristales?
Me paso el día bebiendo whisky. El Glenfiddich de dieciocho años sabe a ceniza ahora.
Bebo directamente de la botella, de pie frente a las ventanas del ático, viendo cómo la ciudad despierta y vive su vida sin que yo la perciba.
Luego, cuando el alcohol no logra apagar el fuego que me quema por dentro, voy al gimnasio.
Golpeo el saco de boxeo con una furia que no es humana.
No es entrenamiento, es exorcismo. Cada golpe es un latigazo contra mi propio estúpido sentimentalismo.
¿Creí que podía tener algo real? ¿Algo que no estuviera torcido por el poder o el miedo?
Puño izquierdo, un crujido sordo que hace temblar la cadena.
Derecho directo, imagino que es mi propia mandíbula.
La piel de mis nudillos se abre de nuevo, manchando de rojo el cuero negro del saco, pero no me detengo.
Sigo golpeando hasta que mis brazos pesan como plomo y el dolor agudo de los huesos es lo único que logra silenciar el ruido constante en mi cabeza.
Antes, el espejo del baño se interpuso en mi camino.
O yo me interpuse en el suyo. Mi reflejo me miraba con esos ojos vacíos, los ojos del monstruo que ella dijo que era.
Mi puño voló antes de que pudiera pensarlo.
El cristal estalló en mil pedazos con un sonido gloriosamente violento que llenó el silencio por un instante.
Luego la sangre empezó a resbalar por mis dedos, goteando sobre el mármol blanco del lavabo. Me quedé mirándola, hipnotizado.
He roto cosas. Una silla contra la pared. Un jarrón de cristal que ya ni recuerdo de dónde salió. Grito, pero los gritos se ahogan en mi garganta y salen como gruñidos animales, contenidos por los muros de este maldito ático que de repente se siente como la celda más opulenta del mundo.
No cojo el teléfono. Las llamadas de Lucca, los mensajes del casino, los asuntos que requieren mi firma o mi presencia…
todo suena a un zumbido lejano. He descuidado todo.
El mundo sigue girando ahí fuera, y yo estoy aquí, paralizado en el momento exacto en que sus ojos, llenos de un odio y un dolor que yo mismo provoqué, me miraron por última vez antes de salir corriendo hacia la oscuridad.
No he comido nada. La idea de comida me revuelve el estómago y me entran náuseas.
Lucca viene a verme, escucho sus pasos firmes en el pasillo, la manera en que se detiene un momento antes de entrar, como si se preparara para enfrentar a una bestia. Intenta hablar con una calma que no le sale del todo natural.
—Jefe, necesitas comer algo.
—Déjame en paz.
—Connor, estás sangrando. La mano, ¿qué coño has hecho?
—¿Es que eres sordo? ¡Lárgate! –le suelto sin miramientos.
Le grito un montón de cosas que no pienso, palabras cortantes destinadas a alejarlo.
Su cara, normalmente relajada y leal, se tensa de una frustración y una preocupación que no sé cómo manejar.
Al final, acabamos peleando. Él se sienta en el sofá, con el ceño fruncido y los puños apretados, y yo me quedo con mi ira y mi vacío, que es aún peor.
—No me voy a ir hasta que vea que estás bien y que no se te ha ido la olla—. Dice con una cara de enfado de mil demonios.
Sé que no he sido justo con él, pero hoy no es el día para que nadie me toque las pelotas. Aun así, agradezco su preocupación. Lucca siempre me ha sido fiel, leal. Desde que llegó a La Spina ha sido más que mi mano derecha, ha sido un amigo, como un hermano.
Estoy fuera de control, esa es la verdad.
He pasado toda mi vida adulta ejerciendo un dominio férreo sobre cada situación, cada emoción y cada riesgo.
Y ahora… soy un volcán en erupción que no logro contener.
Cada golpe al saco, cristal roto, es un monumento a mi fracaso. Porque esto no es solo rabia, es miedo.
Miedo a haber perdido algo que no era consciente de cuanto necesitaba, hasta que lo tuve entre las manos y, con mi propia estupidez, lo destrocé.
Y luego está el pensamiento que se repite en mi cabeza, un mantra venenoso que resuena con cada latido de mi corazón: No me la merezco.
¿Cómo podría ser de otra forma? La secuestré, la aterroricé.
La moldeé con una mezcla de violencia y deseo que ahora me parece grotesca.
La usé para mis propios fines egoístas, disfrazados de entrenamiento para su venganza.
Soy exactamente lo que ella gritó: un monstruo.
¿Qué derecho tengo a añorar su luz? ¿Su sonrisa genuina que aparecía cuando menos te esperabas?
Ella solo me tenía miedo. Todo lo demás, el respeto, la atracción, incluso esa extraña complicidad que surgía… todo eso estaba construido sobre una base de terror. El amor… esa palabra me resulta ahora absurda. No puede crecer en un terreno tan envenenado como el que yo preparé.
El día se desliza hacia el atardecer. Las sombras se alargan en el ático, pintando de azul oscuro los rincones. Estoy de nuevo junto a la ventana, con la botella de whisky casi vacía colgando de mis dedos, cuando suena mi teléfono. Es el tono breve de un mensaje entrante.
Algo me hace mirar. Cojo el teléfono. Un número desconocido. Abro el mensaje y el mundo se detiene.
Perdóname por rendirme y romper mi promesa. Brook.
Un puñal de cristal que se clava justo debajo de mi esternón y me deja sin aire.
Me quedo completamente inmóvil, mirando la pantalla brillante en la penumbra. No puedo procesarlo. ¿Por qué…? ¿Por qué pide perdón? ¿Qué promesa ha roto?
—¿Jefe? —La voz de Lucca me llega como desde muy lejos—. ¿Qué pasa? Tienes cara de haber visto un fantasma.
No respondo, no puedo. Él se acerca, con cautela, y me quita el teléfono de las manos, que se han quedado flojas. Lee el mensaje en voz alta, y cada palabra es otro golpe.
—Perdóname por rendirme y romper mi promesa. Brook—. Lucca alza la mirada hacia mí, su rostro ahora también marcado por la confusión—. ¿Qué significa esto?
Esa es la pregunta. ¿Qué significa? «Rendirse…» ¿Ante qué? ¿Ante mí? ¿Ante la idea de la venganza? ¿Ante este mundo?
Y entonces, un escalofrío glacial, más frío que cualquier miedo que haya sentido antes, me recorre la espalda de arriba abajo.
¿Y si no se ha rendido ante lo que yo creo?
La obsesión con Marco nunca desapareció. Solo se adormeció, alimentada por otra obsesión más grande: la mía. Y ahora que yo no estoy, ahora que he cortado ese cable que la mantenía anclada, aunque fuera a un abismo… ¿qué le queda?
Un miedo atroz, primitivo, se despierta en mí.
No es solo el miedo a haberla perdido, aunque ese dolor es desgarrador.
Es el miedo a un mundo en el que ella simplemente deje de existir.
Si ahora, sale tras Marco con esa rabia renovada, pero sin la red de seguridad que yo era, por retorcida que fuera.
Marco la matará. Y si eso pasa, si él le hace algo…
No lo soportaré.
La idea es clara y devastadora: no puedo vivir en un mundo donde ella no esté. Esa verdad se impone sobre todas las demás, sobre mi orgullo, sobre mi creencia de que la estaba salvando, alejándola. Soy un estúpido.
La desesperación y la obsesión, dos fuerzas que siempre han estado dentro de mí, se fusionan en una sola cosa: tengo que encontrarla. Ahora.
—Lucca —digo, y mi voz suena ronca, cargada de una energía peligrosa—. Necesito encontrarla. Ahora.
Dejo la botella y me transformo. La bestia autodestructiva se retira, y en su lugar emerge el estratega, el cazador. Es un cambio casi físico; siento cómo los músculos se tensan con un propósito nuevo y letal.
Nos instalamos en la mesa del despacho. Reviso mapas en la pantalla del ordenador, accediendo a las cámaras de tráfico de todas las salidas principales de la ciudad de anoche.
Consulto patrones de transporte, llamo a dos contactos discretos, uno en la policía y otro en el departamento de vehículos de motor.
Cada movimiento es rápido, eficiente, impulsado por un motor de pura urgencia helada. La ira no ha desaparecido; ahora es el combustible que me mantiene al límite, agudizando cada sentido, cada deducción.
—No está en su casa, ni siquiera ha pasado por allí—. Me confirma Lucca, que ha revisado las cámaras que le pedí que colocara en ese apartamento después de la primera fiesta.
—Revisa los movimientos del banco, tarjetas…
—Nada, jefe, ya lo he hecho y no hay nada.