La Spina Negra CAPÍTULO 28 #3
68%

CAPÍTULO 28 #3

Mis problemas, la culpa, el miedo, el haber matado a un hombre, el haber perdido a Connor, ¿son solucionables?

—Gracias —susurro, pero la mujer ya se ha ido.

Me quedo unos minutos más respirando el aire tranquilo, no siento una revelación divina ni una absolución milagrosa, pero sí me siento más despejada, como si alguien hubiera abierto una ventana en una habitación llena de humo.

Salgo de la iglesia y la luz del día me da directamente en los ojos, continúo mi camino hacia el colmado con un paso algo más ligero.

Dentro, compro algo para comer ya que me ruge la tripa, y luego paso por el pasillo de licores y me detengo frente a las botellas de tequila, necesito algo fuerte, algo que me calme los nervios.

En la farmacia cercana al colmado compro un paquete de analgésicos fuertes, algo que me relaje.

De vuelta a casa, paso frente a una pequeña tienda de telefonía y electrónica y veo los teléfonos en el escaparate, me detengo.

De poco me va a servir ahora mismo, no tengo a nadie a quien llamar, mi madre cree que estoy muerta, mis amigos son parte de una vida que ya no existe, Connor…

no. Pero entonces recuerdo a la agente Foster, le mentí diciendo que necesitaba tiempo lejos de todo y que me iba de viaje unos meses al sur con mi nueva documentación, si desaparezco por completo sin dar señales mucho tiempo más podría interpretarlo como una huida o que me haya pasado algo y activar mi búsqueda, necesito mantener las aguas tranquilas al menos por un tiempo.

Entro y compro el teléfono más barato con minutos prepago, es un ladrillo negro y feo.

Vuelvo a la casa y guardo la comida. Las primeras horas son las peores, me siento en el sofá del salón ya sin las sábanas que he guardado antes de irme y simplemente existo, el peso del silencio me aplasta contra los cojines.

Abro el tequila, no busco un vaso, bebo directamente de la botella y el líquido arde al bajar por mi garganta, un fuego áspero y familiar que se extiende por mi pecho vacío y vuelvo a beber.

La embriaguez llega poco a poco, envolviendo los pensamientos más dolorosos en una capa de algodón, pero no los borra, los distorsiona, y en ese vacío acústico mi mente empieza a funcionar a toda velocidad sin filtros ni barreras.

Recuerdos violentos se entrelazan con sensaciones de deseo prohibido: la imagen de la bala entrando en la carne de Han, el peso de Connor sobre mí en el gimnasio, el sonido del disparo, el sonido de mi nombre susurrado por sus labios, la rabia ciega que sentí hacia él en la nave, la necesidad visceral y animal que aún siento cuando pienso en sus manos en mi cuerpo, la venganza contra Marco, la tensión con Connor, todo fluye en mi mente como un torrente incontrolable, una mezcla nauseabunda de violencia y lujuria, de odio y anhelo.

Bebo más tequila, la botella ya está a la mitad, me levanto tambaleándome un poco y voy a buscar la daga en el baño de arriba, la traigo al salón y me siento con ella sobre el regazo otra vez.

La tomo entre mis manos sintiendo su peso, el filo peligroso incluso al tacto ligero, las estrías del mango que se adaptan a mis dedos, este objeto representa tanto: control sobre mi propio miedo, habilidad para infligir daño, la promesa de justicia, el regalo de un hombre que me quería transformar, ¿en qué me ha transformado?

En esto, en una borracha sentada en una casa ajena con un arma en el regazo y el alma hecha jirones.

La soledad no es solo ausencia de gente, es ausencia de futuro, es ausencia de propósito, la venganza parece ahora una tarea monumental e imposible, Connor se ha ido de mi vida, he matado a un hombre, estoy completamente sola, y entro en un bucle mental del que no sé cómo salir: sola, culpable, rota.

¿Y si la señora mayor de la iglesia estaba equivocada?

¿Y si algunas cosas no tienen solución? ¿Y si esto en lo que me he convertido no tiene arreglo?

Recuerdo sus palabras otra vez: «Eres fuerte, eres valiente, todo en esta vida tiene solución menos la muerte». Todo menos la muerte, ¿y qué pasa si la solución es demasiado difícil de encontrar? Porque yo ya no tengo fuerzas para buscarla…

Saco el móvil que he comprado y escribo un par de mensajes a los dos únicos números que me sé de memoria. Uno a la agente Foster, donde le digo que todo va bien, que sigo sin recordar, pero que estoy relajándome en la playa y que la llamaré a la vuelta.

El otro es más corto, rápido pero preciso. Mis dedos teclean el número de Connor y pulso enviar.

Perdóname por rendirme y romper mi promesa.

Bebo otro trago largo de tequila y el mundo da un giro suave a mi alrededor, la daga pesa mucho en mis manos, la miro y el grabado brilla débilmente con la última luz del día que se filtra por la ventana: Ti troverò sempre.

Y pienso, ¿y si ya no quiere encontrarme?

¿y si nadie quiere encontrarme nunca más?

La soledad es un pozo sin fondo y yo sigo cayendo, sigo bebiendo para olvidar.