CAPÍTULO 28 #2
En el salón, los muebles están cubiertos con sábanas blancas y la luz del sol se filtra por las persianas cerradas iluminando las motas de polvo que danzan en el aire.
Todo está exactamente como lo dejaron la última vez.
Y entonces lo tengo, un pequeño déjà vu, no es una imagen clara, es una sensación: el calor del horno encendido en pleno verano, el olor a vainilla y mantequilla derretida, las risas de mi madre y de Elisabeth llenando la cocina…
yo más pequeña con las manos llenas de masa pegajosa, feliz, era un hogar aquí, un refugio seguro.
Eso me recuerda a la familia, y pienso en mi madre ahora mismo, en estos meses horribles que debe haber pasado creyendo que estoy muerta, y pienso en Elisabeth, ahora mayor y frágil, ojalá esté allí en Chicago apoyando a mamá, consolándola, siendo la roca que mi familia ya no tiene.
La culpa por estar aquí, escondiéndome mientras ellas sufren, es un peso nuevo que se suma a todos los demás.
Lo primero es lo primero, estoy sucia y pegajosa de sudor seco, necesito quitarme todo esto de encima, así que subo las escaleras, que chirrían, hacia el único baño de arriba.
Es pequeño, con azulejos rosados anticuados y una cortina de ducha con flores descoloridas.
Enciendo el calentador de agua con dificultad y espero unos minutos hasta que sale vapor.
Al desvestirme mis movimientos son mecánicos: me quito la sudadera, el sujetador deportivo, los pantalones tácticos negros que aún llevo puestos, y cuando sacudo los pantalones antes de dejarlos en el suelo algo pesado se desliza del bolsillo trasero y cae sobre la alfombra del baño con un golpe sordo. Me quedo helada mirándola.
Es la daga que Connor me regaló después de que dominara los ejercicios básicos con Lucca, la hoja es corta pero letal, el mango ergonómico que se adapta perfectamente a mi mano, y en la base de la hoja, cerca del guardamano, el grabado fino que él mandó hacer: Ti troverò sempre.
La llevaba encima para la misión, por superstición y porque era mi arma, y ahora es todo lo que me queda de él, de esa vida.
La recojo, la aprieto con fuerza hasta que los nudillos se me ponen blancos, y la dejo con cuidado sobre el lavabo antes de entrar en la ducha.
El agua caliente es un shock al principio, luego un alivio casi celestial, dejo que caiga sobre mi cabeza y mi espalda arrastrando literal y simbólicamente la suciedad y la sangre de la noche, froto mi piel con una pastilla de jabón seca y agrietada que encuentro en el plato hasta que me enjuago y el agua sale clara por el desagüe.
Salgo, me seco, y me visto con unos vaqueros gastados y una camiseta de algodón sencilla que me quedan grandes, pero es ropa limpia, que he encontrado en el dormitorio principal.
Bajo a la cocina y mi estómago gruñe con ferocidad, no he comido desde antes de la misión, así que abro los armarios uno por uno buscando algo, cualquier cosa, pero evidentemente no hay nada, «Brook, tonta, ¿qué esperabas?», pienso para mis adentros con un atisbo de exasperación contra mí misma.
Pero entonces, mientras reviso el último armario, en el estante más alto detrás de un montón de tarros vacíos, veo un viejo bote de galletas metálico con dibujos de Santa Claus descoloridos.
Lo bajo con cuidado, lo abro esperando encontrar galletas rancias o tal vez recortes de tela como hacía Elisabeth a veces, pero en su lugar encuentro un fajo de billetes.
Billetes de veinte, de diez y de cincuenta dólares enrollados cuidadosamente y sujetos con una goma elástica ya quebradiza.
No es una fortuna, pero debe haber varios cientos de dólares.
Una risa corta y sin humor me sale de la garganta.
—Vaya, Sra. Dawson, no quiero ser desagradecida y robar encima que le usurpo temporalmente la casa… pero esto me salva la vida.
Ahora mismo no tengo opción, así que lo guardo en el bolsillo delantero de los vaqueros sintiendo el bulto contra mi muslo.
Salgo de la casa con intención de ir al pequeño colmado del pueblo.
Voy por la calle principal y de camino paso por delante de una iglesia pequeña de piedra blanca con una cruz modesta alzada sobre la puerta.
Nunca he sido una persona muy creyente, iba a misa con mi abuela cuando era niña, antes de que ella muriera, pero desde entonces, la fe fue algo que se desvaneció junto con la inocencia.
Sin embargo, ahora mismo, al pasar por delante de esa puerta de madera oscura, siento un tirón, una necesidad profunda e irracional, estoy más perdida que nunca en mi vida, tal vez ahí dentro pueda encontrar alguna respuesta.
Un poco de paz o el perdón por todo lo que ha ocurrido estos meses.
La locura, la lujuria, el descontrol total en el que me he sumergido.
Mis pies se desvían solos, empujo la pesada puerta y entro.
Dentro reina una paz fresca y silenciosa, la luz se filtra por las vidrieras coloridas pintando el suelo de manchas rojas y azules.
No hay nadie más, así que me acerco y me siento al final, en uno de los bancos de madera desgastada, cerca de un confesionario.
No sé muy bien qué hacer, cierro los ojos e intento recordar lo que hacía con mi abuela, junto las manos sobre el regazo e inclino la cabeza, y no rezo palabras formales, hablo en silencio hacia esa sensación de algo más grande que yo que siempre se supone que habita en estos lugares.
—Perdón, por lo que he hecho. Por la sangre, por haber dejado que me convirtieran en esto… pero también por haber disfrutado de ello, por haberme perdido tanto a mí misma que ya no sé quién soy.
Las lágrimas empiezan a fluir de nuevo, silenciosas y calientes, cayendo sobre mis manos entrelazadas.
—Buenos días, hija.
La voz me hace sobresaltar, abro los ojos y veo a una señora mayor, de unos setenta años quizá, con el pelo blanco recogido en un moño suave y un abrigo sencillo. Se sienta a mi lado, su rostro está lleno de arrugas bondadosas y sus ojos tienen una claridad sorprendente.
—Buenos días —murmuro intentando secarme las lágrimas rápidamente, aunque ella no parece molesta por mi estado, me observa con una calma infinita.
—No te preocupes por llorar aquí —dice con voz suave— este es un buen lugar para hacerlo.
Asiento sin saber qué decir.
—Dios es bueno y misericordioso —continúa como si estuviera afirmando un hecho simple como el clima— te veo, y veo a una mujer fuerte, una mujer valiente y seguro que él también lo ve—. Dice señalando hacia arriba.
Sus palabras me tocan en un lugar vulnerable, «fuerte, valiente», esas no son las palabras que yo usaría para describirme ahora mismo.
—No me siento así —logro decir con voz quebrada.
—Los sentimientos nos engañan mucho —dice ella con una sonrisa leve— pero te digo una cosa que mi madre me decía a mí, y que siempre me ha ayudado: todo en esta vida tiene solución, hija. Todo menos la muerte.
La mujer me aprieta la mano con una sonrisa amable antes de alejarse.
Yo me quedo inmóvil en el banco.
«Todo menos la muerte».
Las palabras resuenan una y otra vez en mi cabeza. He intentado arreglar mi vida. He intentado olvidar, seguir adelante, ser alguien diferente. Pero nada ha funcionado.
Quizá porque llevo meses buscando la solución en el lugar equivocado o porque hay heridas que no se curan nunca. Quizá la única salida siempre ha estado delante de mí.
«Todo menos la muerte».