La Spina Negra CAPÍTULO 28
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CAPÍTULO 28

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Mis piernas bombean con una fuerza robótica, impulsadas por el pánico, sin dirección, mientras el viento frío de la noche me azota la cara y seca las lágrimas casi al instante, solo para que nuevas tomen su lugar sin que yo pueda detener el flujo.

No pienso, solo corro, y el sonido de mis pisadas en la tierra de un camino rural y luego en el asfalto se convierte en un tambor sordo que marca el ritmo de esta huida.

Solo sé que debo alejarme de la nave, de la sangre, de aquellos ojos vacíos y del recuerdo de la pistola en mi mano con mi dedo atrapado entre los suyos, del estallido que aún retumba en mis huesos.

Corro hasta que mis pulmones se transforman en dos bolsas de cristales rotos, donde cada inhalación es un dolor agudo y ardiente en el pecho y mis costados me pinchan con un dolor familiar, el mismo de los primeros días de entrenamiento.

Después de lo que siento como horas, mis piernas simplemente se niegan, ceden bajo mi peso tembloroso y agotado, y me detengo doblada por la cintura con las manos en las rodillas, jadeando y escupiendo saliva amarga en la cuneta polvorienta mientras el sudor me corre por la espalda mezclándose con algo más pegajoso y frío que sé que es la sangre de un muerto.

Estoy lejos, empiezo a caminar sin dirección, donde cada paso es un esfuerzo y las lágrimas no han parado, son un flujo constante que limpia la sangre seca de mis mejillas mientras la adrenalina desaparece y deja atrás un frío tan enorme que siento que podría caer dentro de él y desaparecer para siempre.

El ataque de ansiedad llega sin previo aviso, como si hubiera estado esperando a que me detuviera, y una presión inmensa se apodera de mi pecho apretando hasta que creo que mis costillas van a quebrarse.

No puedo respirar, intento inhalar, pero el aire no llega a mis pulmones, así que me agarro al tronco de un árbol cercano clavando las uñas en la corteza áspera para intentar anclarme a algo real mientras el mundo da vueltas a mi alrededor y veo destellos en los bordes de mi visión con un zumbido agudo llenando mis oídos y ahogando todos los demás pensamientos, es la misma sensación que tuve en la nave, pero ahora estoy completamente sola.

No sé cuánto tiempo dura, cuando finalmente puedo aspirar una bocanada de aire.

Y entonces veo una luz a lo lejos, un brillo amarillento y artificial donde reconozco el logo de una gasolinera.

Camino hacia ella con mi mente funcionando a medias y solo instrucciones básicas: limpiarme, esconderme y sobrevivir.

La gasolinera está abierta, abre veinticuatro horas, pero está desierta a estas horas, con un empleado de aspecto somnoliento detrás del mostrador de cristal absorto en su teléfono, así que paso junto a él dirigiéndome directamente hacia la señal del baño y él ni siquiera alza la vista, cosa que me facilita el no tener que esconder las manchas de sangre que aún me cubren.

El baño de mujeres es pequeño, sucio, y huele a una mezcla entre desinfectante y orina, con la luz fluorescente parpadeando de manera espasmódica y proyectando sombras temblorosas, así que me encierro en uno de los cubículos y me desplomo sobre la tapa del váter enterrando la cara en mis manos mientras los sollozos vuelven, silenciosos y convulsivos esta vez, sacudiendo todo mi cuerpo sin que pueda controlarlos.

Cuando logro calmarme lo suficiente, salgo del cubículo y me enfrento al espejo sobre el lavabo, donde la persona que me devuelve la mirada es una extraña con el pelo recogido en una coleta, ahora deshecha y enmarañada, con mechones pegados a mi cuello y sienes sudorosas, y mi cara pálida y fantasmagórica salpicada de motas oscuras y secas, mis ojos hinchados y rojos con profundas ojeras moradas debajo.

No es el cansancio o la suciedad lo que me hace quedarme helada, es la expresión, hay un vacío en mi mirada.

Levanto una mano temblorosa y toco el reflejo, el vidrio está frío y sucio con una grieta diagonal que atraviesa la parte superior izquierda distorsionando la imagen, y me siento como ese espejo, sucio, roto, inútil, una cosa agrietada que ya no sirve para nada.

Lo peor, pienso mientras me quito la sudadera que llevaba atada a la cintura y empiezo a mojar papel higiénico bajo el grifo, no es haber matado a un hombre, porque al final Han era un cabrón infeliz, un criminal que habría vendido a cualquiera por dinero, y su muerte en sí misma no me quitará el sueño.

Lo peor, es que Connor tenía razón, no estoy hecha para esto, y la revelación es un golpe bajo y humillante.

¿En qué estaba pensando? ¿Jugando a ser mafiosa?

¿Asesina? Marco no es un villano de cómic, es un animal violento y experimentado que, en un enfrentamiento real, sin Connor interviniendo, sin Lucca cubriéndome la espalda y sin meses de entrenamiento preparándome para ese momento específico, me hubiera destrozado en un suspiro, me hubiera roto como un juguete barato y luego se hubiera olvidado de mí.

Me siento estúpida e ingenua, y Connor y Lucca, deben de estar riéndose de mí ahora o, peor, asqueados, porque la chica que creyeron que podía endurecerse, la superviviente que prometió venganza se ha desmoronado en el primer momento de realidad y ha huido llorando como una cría asustada.

La rabia contra mí misma es un fuego ácido, así que froto el papel húmedo con fuerza sobre mi cara, mi cuello y mis manos, y el agua se tiñe de un rosa pálido, luego marrón, mientras la sangre seca se desprende.

Me quito la camiseta de tirantes negra que llevo debajo, está manchada también, así que la enrollo y la empujo con fuerza en el contenedor de basura del baño como si pudiera deshacerme de la evidencia de lo que pasó tan fácilmente.

Me pongo la sudadera gris sobre el sujetador deportivo y en el reflejo del espejo ahora soy solo una chica cansada y pálida con una sudadera holgada.

Salgo del baño evitando la mirada del empleado, el aire exterior sigue siendo frío, pero el cielo hacia el este comienza a aclararse con los primeros tintes grisáceos del amanecer, y pronto será de día.

Necesito un plan, un lugar donde desaparecer.

Y entonces, lo recuerdo: la señora Dawson, Elisabeth.

Una oleada de nostalgia, tan intensa que duele, me golpea en el pecho.

La mejor amiga de mi madre, Elisabeth Dawson, es como una tía para mí, cuando yo era pequeña y ellas más jóvenes pasábamos los veranos en su casita junto al lago Michigan, en Sawyer, New Troy.

Juntas horneábamos galletas, hacíamos picnics a la orilla del río…

Elisabeth tiene esa risa cálida que siempre me ha recordado a un hogar.

Esa casita en Sawyer puede ser mi escondite perfecto.

Ella ya apenas va, está mayor, vive con su hija en Chicago y tiene una cuidadora a tiempo completo.

La última vez que mamá habló con ella hacía años que no iba.

Es genial, nadie me buscará allí, ni Connor, aunque a estas alturas dudo mucho que Connor se moleste en buscarme, le he gritado que lo odio, que es un monstruo, he roto nuestro acuerdo ante sus ojos y los de sus hombres, he demostrado exactamente lo que él predijo: que no estoy hecha para su mundo.

Marco sigue siendo una amenaza para él por mi culpa, ¿por qué iba a venir detrás mío?

Sawyer está a hora y media de Chicago, sé que estoy en medio de la nada, pero puedo llegar, así que decido hacer autostop.

Es una locura, pero no tengo dinero para un autobús y no puedo quedarme aquí parada, y con mi aspecto desaliñado.

La suerte se pone de mi lado cuando un camionero mayor que transporta fruta hacia el norte se detiene al verme hacer el gesto con el pulgar, me mira con desconfianza, pero también con cierta pena.

—¿Te metiste en líos, chica?

—Algo así —murmuro subiendo a la cabina— solo necesito llegar cerca de Sawyer.

—Te dejo en el cruce —asiente. Y no hace más preguntas.

Me deja en un cruce polvoriento con un cartel oxidado que señala hacia Sawyer, tres millas. Le doy las gracias con un hilo de voz y bajo. Camino esas tres millas bajo un sol mañanero pálido que no logra calentarme.

El pueblo no ha cambiado, calles tranquilas bordeadas de casas bajas y bien cuidadas, algunas con porches con mecedoras. El olor a lago en el aire mezclado con el aroma a hierba recién cortada me transporta a mi infancia. Es un viernes por la mañana y hay poca gente en la calle todavía.

Encuentro la calle sin esfuerzo, es como si mis pies supieran el camino, y la casita de la señora Dawson es tal como la recordaba: blanca con contraventanas azules, un pequeño porche con dos macetas ya secas y un jardín delantero pequeño y descuidado.

Mi corazón late con fuerza cuando me acerco por el lateral hacia la ventana de la cocina, donde hay tres macetas de terracota alineadas junto a los cimientos, y la tercera a la derecha…

la levanto con manos temblorosas y allí está, una llave vieja envuelta en una bolsita de plástico para protegerla de la humedad.

Menos mal, un suspiro que no sabía que estaba conteniendo se escapa de mis labios.

La cojo y voy a la puerta principal, la cerradura cruje un poco, pero cede.

Cierro la puerta a mis espaldas y me apoyo en ella dejando que la familiaridad del lugar me envuelva.