CAPÍTULO 27
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El aire dentro de la nave industrial es frío, rancio y huele a aceite y polvo. Lucca y Enzo bajan primero. Connor, Fabio y yo salimos del SUV y nos dirigimos hacia ellos sin mirarnos.
—Traedlo —ordena.
Sacan a Han del furgón. Está consciente, pero desorientado, con los ojos vidriosos por el sedante residual.
Lo arrastran hacia el centro del espacio vacío, donde hay una silla de metal atornillada al suelo.
Lo atan a ella con bridas de plástico gruesas y el sonido de su respiración, cada vez más rápida y temerosa, empieza a llenar el silencio.
Connor se acerca a mí, en sus manos lleva una bolsa de lona negra.
La abre y saca herramientas, no son las de entrenamiento, estas son reales; unas tenazas, un cuchillo de combate corto pero afilado, un soplete pequeño, un martillo de goma y un bisturí.
Las coloca sobre una mesa plegable de acero que Fabio ha colocado a un lado.
—Quiero la siguiente información —dice Connor, su voz plana, profesional—. Los nombres de los chivatos dentro de La Spina, dónde tienen la mercancía que nos robaron en la última entrega, la que les sopló Romeo, y los próximos movimientos planeados por la tríada. Tú se lo sacarás.
Las palabras me llegan como una orden. Mi mirada salta de las herramientas a la cara pálida y sudorosa de Han Wei. Él me mira ahora, reconociéndome como la que lo sacó de su casa, sus ojos suplican.
—Yo… —empiezo, pero mi voz es un hilo.
—Es tu prueba final —dice Connor, y esta vez sí me mira—. La parte que no se puede simular. Si quieres llevar a cabo tu plan, debes pasar primero esta última prueba.
Lucca está a unos pasos, cruzado de brazos. Su expresión es seria, pero veo algo en sus ojos… ¿preocupación? No puedo concentrarme.
Me acerco a la mesa y siento el metal frío bajo mis dedos. Elijo el cuchillo, no porque sea lo más cruel, sino porque es lo que conozco mejor. Su peso en mi mano es familiar, pero hoy se siente diferente. Como si estuviera hecho de un material más pesado que el acero.
Me coloco frente a Han y su respiración se acelera.
—Por favor —susurra, su acento espeso por el miedo—. No sé qué queréis…
—Mientes —digo, y mi propia voz me sorprende por su frialdad—. Sabes exactamente lo que queremos.
Empiezo. No es como en las películas, no hay gritos grandilocuentes ni monólogos.
Es sucio, íntimo y horrible. Le aplico presión en puntos estratégicos con el cuchillo, corto superficialmente donde más duele, pero no incapacita.
Le hablo en un tono bajo y constante, recordándole lo que le espera si no habla, describiéndole el dolor que puede ser mucho peor.
Le pregunto por nombres, por fechas y por lugares.
Él se resiste al principio, maldice, escupe, niega. Pero el miedo es un ácido que disuelve la voluntad más rápido que el dolor físico. Después de lo que parecen horas, pero deben ser solo minutos, se rompe.
—¡Valeri! —jadea, con lágrimas y mocos mezclados en su cara—. ¡Es Valeri! En logística. Él… él me pasa los horarios de los transportes, las rutas…
Sigue hablando, vomitando información entre sollozos. Nombres secundarios, cantidades de dinero, puntos de entrega en muelles abandonados. Enzo toma notas en una tablet. La información es buena, concreta y útil. Un topo dentro de La Spina y su red de contacto.
Cuando termino, está exhausto, hundido en la silla y hay un silencio pesado. He conseguido lo que querían. He hecho la parte horrible y un alivio agrio sube por mi garganta porque ya se acabó, he terminado.
—Por favor no me mates, te lo he contado todo —grita él entre sollozos.
Entonces Connor se mueve, se acerca a la mesa, toma la pistola que dejó allí antes, una Glock 19, y se dirige hacia mí. Me la pone en las manos y apunta a Han con ella.
Mi cuerpo reacciona antes que mi mente.
—¿Qué haces? —pregunto sorprendida.
Connor no responde. Simplemente estira de mí y acerca la pistola a la sien temblorosa de Han.
—¡Espera! —digo, dando un grito—. Ya tenemos la información, la misión era conseguirla.
Lucca deja escapar una risa baja y sin humor.
—Brook —dice, con un tono casi compasivo que me enfurece—. ¿Cómo pensabas que iba a acabar esto? Hemos venido aquí sin cubrirnos la cara. ¿En serio no pensaste que el destino de este desgraciado era morir?
Las palabras me golpean como un puño en el estómago. Claro, claro que lo sabía, en algún nivel abstracto y lejano. Pero lo había empujado tan al fondo de mi mente, envuelto en la justificación de «la misión», que me había permitido no mirarlo de frente.
Han empieza a chillar. Un sonido agudo, desgarrador, de puro terror animal.
—¡No! ¡Por favor! ¡Os lo he dicho todo! ¡No me matéis! ¡Tengo familia! ¡Por favor!
Sus súplicas llenan la nave, rebotando en las paredes de metal. Me atraviesan, siento un mareo repentino, una oleada de náuseas que sube desde las entrañas hasta mi garganta. Tengo que tragar saliva para no vomitar aquí mismo.
Connor se gira hacia mí, no hay ira en su cara. Solo una determinación absoluta, fría como el acero de la mesa. Suelta mi mano, que se queda firme apuntando a Han, paralizada. El metal de la pistola está caliente donde él lo sostenía.
—Acaba tu trabajo —dice.
La rabia entonces no es hacia él, sino hacia mí misma. ¿Cómo pude ser tan estúpida? ¿Tan ingenua? ¿Pensar que esto era solo un juego de extracción de información, un rompecabezas sádico con un final limpio? La náusea se mezcla con asco hacia mí misma. Y luego, el pánico.
No soy una asesina ni quiero serlo. Quiero a mi agresor, solo a él. Es el único que debe morir en mis manos. Esa ha sido mi brújula, mi única razón para soportar todo esto. Esto… esto que tengo que hacer ahora no tiene nada que ver con mi venganza. Es solo un asesinato, un asesinato a sangre fría.
Las lágrimas empiezan a resbalar por mis mejillas antes de que pueda detenerlas.
No son silenciosas ni dignas, son sollozos convulsivos que me sacuden el pecho.
La ansiedad cierra su puño alrededor de mi garganta, apretando.
No puedo respirar bien, veo manchas en los bordes de mi visión.
La pistola en mi mano pesa una tonelada.
—¡Por favor! ¡Mi hija! —grita Han, desesperado—. Tengo una hija pequeña maldita sea.
Lucca se acerca a Connor y a mí me empieza a temblar la mano que sostiene el arma. La Brook decidida y eficiente de hace unos minutos se ha desvanecido y se está rompiendo en mil pedazos.
—Jefe, déjamelo hacer a mí —dice Lucca con la voz tensa—. No pasa nada, ella no puede, está claro.
Connor ni siquiera lo mira.
—No —dice la palabra como un martillazo—. Debe hacerlo ella. Debe entender qué es lo que quiere hacer y dónde se quiere meter.
Vuelve su atención hacia mí. Sus ojos grises no muestran compasión, solo una expectativa implacable.
—¿Quieres aprender a matar? —pregunta, y cada palabra es un clavo—. Entonces debes aprender. Debes saber lo que es arrebatar una vida con tus propias manos, no es un concepto Brook, es esto—. Señala con la cabeza al hombre, que ahora gime más que gritar, consumido por el horror.
Todo mi cuerpo tiembla incontrolablemente, las lágrimas nublan mi vista y siento que las piernas van a ceder, que voy a desmayarme y caer sobre este suelo sucio.
Connor se acerca de nuevo a mí, su presencia es abrumadora. Me quita el aire que ya me falta. Coge la pistola que yo sostengo con una mano flácida y la agarra con la mía, ajustando mi agarre, apuntando con firmeza hacia el centro del pecho de Han.
—Esto no va de valentía, Brook —me dice, su voz ahora es un susurro áspero junto a mi oído—. Va de ensuciarte las manos y dormir igual de bien después. Si necesitas pensarlo dos veces, estás muerta gatita.
Dios, como odio que vuelva a llamarme así, aquí, ahora. Yo solo lloro, no puedo parar, el llanto es un temblor violento que me posee. La pistola en nuestra mano conjunta apunta, pero mi dedo está lejos del gatillo, paralizado.
—¡Connor, para ya! —oigo que dice Lucca, y hay un movimiento, como si intentara agarrar su brazo—. ¡Te estás pasando!
Connor lo aparta con un gesto brusco sin soltar mi mano. Luego inclina la cabeza aún más, sus labios casi rozan mi oreja.
—¿Disparas —susurra, cada palabra como un cuchillo— o dejas paso a los mayores?
Hay una fracción de segundo de silencio. Yo no respondo, no puedo, estoy petrificada, ahogándome en mi propio pánico y en la horrible comprensión de lo que se espera de mí.
Entonces lo siento, su mano, fuerte y decisiva, se cierra sobre la mía y aprieta. Mi dedo, atrapado entre los suyos y el gatillo, cede.
El estampido es ensordecedor en el espacio cerrado.
El cuerpo de Han se sacude contra las ataduras, luego se desploma hacia adelante, y la cabeza cae sobre su pecho. Un rojo oscuro y abundante se expande rápidamente sobre su camisa gris.
Un grito se escapa de mis labios. No es un grito de dolor, sino de puro shock sensorial: el ruido atronador, el retroceso que me golpea la palma de la mano, la salpicadura cálida y húmeda que me alcanza la cara y el cuello. Connor suelta mi mano y la pistola cae al suelo con un ruido metálico.
—Te dije que no estabas hecha para esto —dice, su voz ahora vacía de toda emoción.
Algo se rompe dentro de mí, no es un quiebre silencioso, es una explosión. La náusea, el miedo, la rabia contra mí misma, todo se canaliza de repente hacia fuera, hacia él. El hombre que me puso la pistola en la mano, el hombre que apretó el gatillo usando mis dedos.
—¡No era necesario! —grito y mi voz sale distorsionada por los sollozos y la furia—. ¡Ya teníamos la información! ¡Era suficiente! ¡Eres un puto monstruo!
Avanzo hacia él con mis puños apretados. Le golpeo el pecho, una y otra vez, con toda la fuerza que tengo, que no es poca.
—¡No tienes corazón, tenía una hija pequeña! ¡No tienes escrúpulos! ¡Te detesto! ¡Te odio! ¡Y odio en lo que me has convertido!
Cada palabra es un latigazo que quiero que le duela tanto como me duele a mí. Le empujo, Lucca y Fabio se mueven para intentar sujetarme, para frenar mi ataque.
—¡No! —ruge Connor, y su voz detiene a los hombres en seco—. ¡Al margen! ¡Dejadla!
Ellos retroceden, confundidos. Yo sigo golpeándole, ya sin fuerza ahora, solo con una desesperación ciega. Mis golpes se vuelven débiles, mis palabras se convierten en un torrente incomprensible de dolor e ira.
—Se acabó —jadeo, retrocediendo un paso, mirándole a los ojos con todo el odio que puedo reunir—. Se acabó, me largo. No quiero saber nada más de ti, no quiero volver a verte en mi puta vida. Eres… eres todo lo que está podrido en este mundo.
Busco las palabras que sé que le dolerán, las que tocan la obsesión que sé que tiene.
—Y no puedes impedírmelo —escupo, limpiándome las lágrimas y la sangre de la cara con el dorso de la mano—. Han pasado los tres meses del acuerdo, esto se acaba hoy, ahora mismo.
—Brook… —intenta sujetarme Lucca pero ya es demasiado tarde.
—No quiero pertenecer a este mundo vuestro. Sois todos unos monstruos. ¿Os creéis mejores que Marco? Pues acabáis de dejar a una niña pequeña huérfana.
Doy media vuelta y echo a correr. Mis pasos resuenan en el suelo de cemento hacia la enorme puerta abierta de la nave, hacia la noche oscura y fría que me espera afuera. No sé dónde voy, solo sé que tengo que alejarme de aquí, de él, del hombre muerto en la silla, de la sangre en mis manos.
Oigo pasos detrás de mí, es Lucca.
—¡Brook! ¡Espera por favor!
Pero luego oigo la voz de Connor. Clara, firme y completamente vacía.
—Déjala.
Una sola orden y Lucca se detiene.
Sigo corriendo, salgo a la noche, el aire frío golpeándome la cara húmeda. No miro atrás. Las últimas palabras que oigo, pronunciadas por Connor en el silencio que dejé atrás, flotan en el aire antes de que la distancia las trague:
—Tiene razón en todo lo que ha dicho. Que se vaya, es mejor que todo acabe ya.
Mis pies me llevan por un camino de tierra, lejos de las luces de la nave, adentrándome en la oscuridad. El acuerdo, mis entrenamientos y lo que pudiera haber entre él y yo han muerto.
Y yo… no sé lo que soy ahora. Solo sé que la sangre en mi piel no se irá nunca, sin importar lo lejos que corra.