La Spina Negra CAPÍTULO 25 #2
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CAPÍTULO 25 #2

Ella baja la mirada hacia mis manos. Los nudillos están hinchados, amoratados, con cortes recientes y costras secas de sangre que ni siquiera me molesté en limpiar bien anoche. No se había dado cuenta, lo veo por la cara de sorpresa y lo mucho que abre los ojos al ver mis manos.

—Me emborraché porque no podía dejar de pensar en ti —confieso, y es la verdad más desnuda que he dicho—. En que a ti nadie te pudo ayudar cuando ese cabrón te hizo lo que te hizo. Lo siento, Brook. Te he dicho que Alina no es un peligro para ti. ¿Vale?

Las lágrimas que había estado conteniendo brotan finalmente.

Se deslizan silenciosas por sus mejillas, primero una, luego un torrente imparable.

Todo su cuerpo se estremece bajo mis manos.

El muro de hielo se resquebraja y se desmorona, dejando al descubierto el dolor y la vulnerabilidad que había escondido bajo la furia.

Y entonces sucede. Con un sollozo ahogado, ella se desploma hacia adelante, no para escapar, sino para enterrar su cara en mi pecho. Sus brazos, antes rígidos en defensa, se enroscan alrededor de mi cintura con una fuerza desesperada.

La abrazo y la sostengo contra mí, hundiendo mi cara en su pelo sudado, inhalando su esencia mezclada con el olor a esfuerzo y a sal.

Sostengo su cara entre mis manos, obligándola a mirarme, aunque las lágrimas le empañen los ojos hasta casi cegarla.

Yo también estoy temblando. De rabia contenida, del miedo de perderla, de todo este torrente de sentimientos que llevo callando demasiado tiempo y que ahora amenaza con desbordarme.

—Escúchame bien —le digo firme—. Porque no voy a repetirlo.

Trago saliva, acercando mi frente a la suya hasta que nuestras respiraciones se mezclan.

—Desde que entraste en mi vida no he mirado a ninguna otra… Y si lo hiciera, a tu lado todas pierden, todas. No hay una sola maldita mujer en este mundo que pueda hacerme sentir una mínima parte de lo que me haces sentir tú con solo respirar cerca de mí.

Con el pulgar, le limpio una lágrima que se desliza por su mejilla.

—¿Crees que bebí por otra? Me emborraché porque estoy jodido. Porque cada día que pasa queda menos tiempo para perderte y no sé cómo coño se supone que debo prepararme para eso.

Su respiración se rompe en un jadeo entrecortado, y la mía hace lo mismo, como si nuestros cuerpos estuvieran sincronizados en esta tormenta.

—No sé vivir sin ti —confieso, y las palabras salen arrastrando toda mi resistencia—. No sé volver a la persona que era antes de conocerte. No sé qué hacer con esta casa, con mi cabeza, con mi puta vida… si tú no estás dentro.

La sujeto con más fuerza contra la pared, como si el mundo entero quisiera arrancármela de los brazos en este preciso instante.

—Así que no vuelvas a insultarte pensando que hay otra porque no existe otra. No la ha habido desde que apareciste. Y si te vas… tampoco la habrá después.

Bajo la voz hasta convertirla en un susurro ronco, roto por la emoción que me estrangula.

—Porque para mí ya solo hay una mujer.

Hago una pausa, dejando que el peso de mis palabras se asiente en el aire cargado entre nosotros.

—Y me está mirando ahora mismo mientras llora por una estupidez.

Ella no dice nada. Solo me mira, sus ojos nadando en lágrimas, pero ahora claros, fijos en los míos como si buscara en ellos la última verdad. Su cuerpo se ha relajado contra mí, la lucha ha cesado por completo.

—¿Por qué no me lo dijiste? —susurra finalmente, su voz un hilo de sonido—. ¿Por qué te alejaste de mí estas últimas semanas y no me dijiste todo esto?

—Porque tengo miedo —admito, y es tan simple y complicado a la vez—.

Miedo de esto. De lo que siento, de lo que significa.

He pasado toda mi vida solo, controlando todo a mi alrededor, incluyendo a las personas.

Contigo… no puedo controlarlo. No puedo controlar cómo me haces sentir y cuando algo se me escapa del control, mi instinto es poner distancia, analizar la amenaza.

Tú eres la mayor amenaza que he conocido, Brook.

Porque no te puedo eliminar, no quiero eliminarte.

—No soy una amenaza —murmura ella, acercando su mano para tocar mi mejilla, sus dedos temblorosos recorriendo la línea de mi mandíbula.

—Sí lo eres —insisto, girando la cabeza para besar su palma—. Eres una amenaza para mi paz, para mi soledad, para mi maldita cordura. Y no quiero que dejes de serlo.

Entonces la beso desesperado, de forma posesiva, sellando la verdad que acabo de soltar frente a ella. Ella responde con la misma urgencia, sus manos enredándose en mi pelo para atraerme más cerca, como si también temiera que yo me fuera.

Cuando nos separamos por necesidad de aire, seguimos uno delante del otro, con nuestras frentes juntas.

—No voy a ninguna parte —dice ella, su voz firme ahora—. Hasta que esto termine, hasta que yo acabe con él. Y después…

—Después no. No sigas con esa frase. No lo pienses ahora —la interrumpo, porque no soporto escuchar el final de esa frase, prefiero no pensar en ello, el después ya llegará—. Solo el ahora, y aquí.

La llevo al suelo y ella me sigue sin protestar.

Las colchonetas amortiguan el golpe. Todavía respiramos agitados por la pelea.

Le quito la camiseta empapada de sudor y ella tira de la mía.

No hay desesperación ni urgencia. Solo la necesidad de estar cerca.

La beso y ella me devuelve el beso con la misma intensidad.

Como si los dos estuviéramos intentando recuperar algo que se había tensado demasiado entre nosotros durante las últimas semanas.

El gimnasio queda en silencio a nuestro alrededor. Solo están nuestras respiraciones y el roce de la piel. La abrazo con fuerza cuando se acerca a mí. Necesito sentirla aquí, saber que sigue conmigo.

La hago mía allí mismo, sobre las colchonetas del gimnasio, bajo la luz del mediodía que se filtra por las ventanas altas.

Es intenso, pero también profundamente vulnerable.

Le muestro con mi cuerpo lo que mis palabras apenas han logrado expresar: el miedo, la necesidad, la pertenencia absoluta.

Ella se entrega no con sumisión, sino con una reciprocidad feroz, arañándome la espalda, mordiendo mi hombro, susurrando mi nombre como un mantra entre jadeos.

Después, yacemos entrelazados en el suelo duro, recuperando el aliento. El sudor se enfría sobre nuestra piel.

—No vuelvas a hacerme esto —dice ella al cabo de un rato, con su cabeza sobre mi pecho—. Alejarte. Si tienes miedo, me lo dices, pero no te vayas.

—No volveré a hacerlo —prometo, y esta vez es una promesa que sé que intentaré cumplir con todo lo que tengo—. Pero tú tampoco vuelvas a sacar conclusiones sin darme la oportunidad de explicarme.

—Lo siento, vi el mensaje y pensé… —su voz se quiebra.

—Ya lo sé —la interrumpo, besando su pelo—. Pero para mí solo hay una mujer. Y es la leona salvaje que acaba de intentar romperme la cara.

Ella emite un sonido entre risa y sollozo.

—Casi lo consigo.

—Casi —admito, y sonrío con un gesto genuino que se siente extraño en mi rostro después de tantos días de tensión—. Mi pequeña asesina.

Nos levantamos finalmente, nos duchamos juntos bajo el agua caliente, lavando no solo el sudor y las marcas de la pelea, sino los últimos vestigios de malentendidos.

Mientras la enjabono, mis dedos encuentran las pequeñas cicatrices en sus muslos, aquellos que ella misma se hizo en otro tiempo.

Ya no hay marcas nuevas. Solo las viejas, testigos silenciosos del dolor que la trajo hasta mí.

—Brook…

—¿Hmm? —susurra ella mientras el agua caliente recorre su cuerpo y yo la enjabono.

—Te prohíbo que te vuelvas a cortar. Pronto ya no estarás encerrada entre estas cuatro paredes. Y como mínimo quiero tener la certeza de que no volverás a hacerte daño.

Siento como se tensa al darse cuenta de que recorro con mis dedos los cortes de sus muslos.

Sé que no lo ha vuelto a hacer, conozco su cuerpo casi mejor que el mío y no he visto cicatrices nuevas.

Pero sé lo que se avecina. Su plan de venganza no contempla cómo te quedas después de haber matado a alguien por primera vez.

—Si los monstruos vuelven, no les abras la puerta. Habla, pide ayuda. Sal a caminar, rompe algo o grita... pero no vuelvas a hacerte daño. Si vuelve la oscuridad, recuerda que ya la has sobrevivido una vez. No necesitas una cuchilla para hacerlo de nuevo.

Brook permanece en silencio durante unos segundos.

—Lo intentaré.

—No—. Le sujeto suavemente la barbilla para que me mire—. Lo harás.

Sus labios se curvan apenas un poco.

—Eres muy mandón.

—Y tú muy cabezota.

—¿Qué pasa ahora? —pregunta ella mientras cenamos algo sencillo que he preparado—. Con lo del cliente, el que… has matado.

—Se ocupará Lucca —digo con un encogimiento de hombros que es más tranquilizador de lo que siento—. Era un pez gordo, pero tenía enemigos así que se puede manejar. No debes preocuparte por ello.

—Bueno, si te metes en líos, me preocupo… —dice ella simplemente, y sus palabras me llenan de un calor reconfortable.

La noche cae sobre el ático, pero la atmósfera ha cambiado completamente. Ella se acurruca contra mí en el sofá. La televisión permanece encendida con alguna película que ninguno de los dos está viendo realmente.

—Connor —dice en voz baja, ya cerca de la medianoche.

—¿Hmm?

—¿De verdad no sabes qué hacer con tu vida si yo no estoy?

La miro a los ojos y veo la duda en ellos, la necesidad real de confirmación.

—De verdad —respondo sin vacilar—. Pero esa es mi carga, no la tuya. Tú tienes tu propio camino. Yo solo espero poder seguir a tu lado el tiempo que tú me lo permitas.

—No quiero otro camino —susurra ella.

Es todo lo que necesito oír por ahora, porque el fantasma del plazo final aún está ahí, acechando en las sombras.

Pero esta noche lo empujo lejos. Por ahora solo existe ella, su calor contra mí, y la certeza brutal de que he caído más profundamente de lo que nunca creí posible. Ya no hay vuelta atrás.