CAPÍTULO 25
CONNOR
El martilleo en mis sienes es un recordatorio brutal de mi estupidez.
Abro los ojos, la luz del amanecer que se filtra por las persianas me apuñala el cerebro.
Mi boca sabe a alcohol y a vergüenza. Lo primero que noto, antes incluso del dolor de cabeza, es el vacío.
El espacio a mi lado en la cama está frío, las sábanas alisadas. Brook no está ni ha dormido aquí.
Me incorporo demasiado rápido y el mundo da una vuelta desagradable.
Maldigo en voz baja. Anoche fue… un error.
Una necesidad de ahogar el ruido en mi cabeza, el miedo constante que se ha vuelto mi sombra desde que me di cuenta de lo que ella significa.
Desde que entendí que los días se están acabando, es una cuenta atrás que corre irremediablemente.
Salgo de la cama, me paso una mano por la cara y busco mi chaqueta. No está en la silla donde la dejo siempre. La encuentro tirada en el suelo, al lado de la cama. Un pequeño detalle que me hace fruncir el ceño. La recojo y busco el teléfono en el bolsillo interior, pero no está.
Una punzada de alarma atraviesa la niebla de la resaca.
Nunca dejo el teléfono fuera de la chaqueta, nunca.
Es una regla tonta, casi supersticiosa, que adopté hace tiempo: el teléfono siempre en el bolsillo interior.
Es un gesto de control, de asegurarme de que ella no tuviera tentaciones, de que no viera cosas para las que quizás no estaba preparada.
O, más honestamente, para protegerme a mí mismo de sus estupideces escapistas.
Si el teléfono no está en la chaqueta… es porque ella lo cogió.
Salgo del dormitorio, sintiendo el peso de la culpa y la ansiedad como una losa.
El ático está en silencio, pero detecto movimiento en la cocina.
La encuentro allí, de espaldas a mí, preparando café.
Menos mal, suelto el aire que estaba conteniendo.
Algo dentro de mí me estaba gritando que se habría escapado.
La tensión en sus hombros es palpable incluso a distancia.
—Brook —mi voz sale ronca por el desuso y el alcohol.
Ella no se da la vuelta, no responde. Vierte el agua en la cafetera con una concentración exagerada. Está enfadada, se le nota.
—Escucha, lo siento —continúo, acercándome un paso—. Por lo de anoche, por llegar tan tarde. No debería haber…
—No tienes que darme explicaciones —me interrumpe, su voz es un cuchillo de hielo, afilado y distante—. Puedes hacer con tu vida lo que quieras.
Se da la vuelta finalmente, pero no me mira a los ojos. Su mirada se clava en algún punto sobre mi hombro. Su expresión está tallada en mármol: fría, dura e impenetrable. Pero veo sus ojos, ha llorado y probablemente no ha dormido. La culpa se amontona en mi cabeza.
—¿Qué pasa? —pregunto, confundido por la intensidad de su frialdad. Esperaba enfado o reproches, pero no este gélido desdén—. ¿Por qué estás así?
—No estoy de ninguna manera —responde, pasando junto a mí sin rozarme siquiera—. Voy al gimnasio a entrenar.
Y se va. La puerta del salón se cierra detrás de ella con un golpe seco que resuena en mi cráneo dolorido. Me quedo plantado en medio de la cocina, sintiéndome como un idiota. Algo ha pasado, algo más que mi llegada borracho anoche. No puede ser solo por eso.
Entonces lo recuerdo, el teléfono.
Me dirijo de vuelta al dormitorio y lo encuentro en la mesita de noche, donde nunca lo dejo.
Lo cojo con la mano dubitativa. La pantalla se ilumina al contacto de mis dedos, y ahí está: la notificación de un mensaje de Alina.
Sin necesidad de desbloquearlo, las palabras se leen claramente en la pantalla de bloqueo.
Alina: Gracias por lo de esta noche.
Mierda.
Un frío repentino me recorre la espalda, barriendo los últimos restos de la resaca. Ahora lo entiendo. Ahora entiendo la frialdad, el desdén, la rabia contenida que emanaba de ella. Lo ha visto, y ha sacado la conclusión más obvia, la más dolorosa.
Necesito hablar con ella ahora. Me visto rápido, con la ropa de entrenamiento, y salgo hacia la sala del gimnasio.
El sonido me guía antes de verla. No es el ritmo constante y medido de sus golpes habituales, esto es diferente. Es un estruendo salvaje, caótico, un martilleo furioso contra el saco de boxeo pesado. Empujo la puerta y me detengo en el umbral.
La veo y el espectáculo me quita el aliento.
Brook golpea el saco como si su vida dependiera de ello, como si el cuero negro representara todos los males del mundo.
Cada golpe es una explosión de fuerza pura, nacida de la rabia y el dolor.
Sus músculos, definidos y potentes después de meses de trabajo, se tensan y liberan con una belleza violenta.
Su rostro está congestionado por el esfuerzo, los dientes apretados, los ojos brillantes con una furia que nunca le había visto antes.
No está entrenando, está librando una guerra.
Algo dentro de mí se enciende. Verla así, tan poderosa, tan feroz, completamente desatada…
y saber que es por mí, por algo que ella cree que hice…
me excita de una manera obscena y primaria.
La deseo con una intensidad que me hace temblar.
Quiero poseerla, domar esa furia, moldearla para mí, ser el único capaz de contener ese huracán.
El orgullo se mezcla con el deseo: he creado esto.
He forjado a esta leona. Ya no es la gatita asustadiza; ahora tiene uñas y dientes, y sabe usarlos.
Me acerco sigiloso, aprovechando el estruendo de sus golpes para enmascarar mis pasos. Ella está tan inmersa en su rabia que no me siente. Estoy a apenas un metro detrás de ella cuando, por algún instinto, se da la vuelta.
Sus ojos, llenos de furia, se ensanchan al verme. No hay sorpresa amable, solo el reconocimiento instantáneo de una amenaza. Y ataca.
No piensa, ella reacciona. Es todo lo que le he enseñado, volviéndose contra mí.
Su puño vuela hacia mi cara con una velocidad impresionante.
Esquivo por los pelos, sintiendo el viento del golpe rozar mi mandíbula, pero ella no se detiene.
Es un torbellino de puños, patadas, movimientos fluidos y letales que buscan puntos débiles.
Forcejeamos, chocamos con las paredes acolchadas, el sonido de nuestros jadeos y golpes sordos llenan la sala.
Pienso, incluso en medio del caos, que he creado una máquina de matar perfecta. Y me siento orgulloso. Orgulloso de mi fiera.
Logro agarrar su muñeca en un movimiento arriesgado, girarla y usar su propio impulso para derribarla. Caemos al suelo con un golpe seco, yo encima, usando mi peso para inmovilizarla. Ella patalea, se retuerce, intenta liberarse con una fuerza salvaje.
—¡Para! —le grito, sujetándola con dificultad.
—¡Tú no eres nadie para darme órdenes! —chilla ella, su voz distorsionada por la rabia y los sollozos que intenta contener—. ¡Ya me ha quedado claro cuál es mi lugar!
—¡Tu lugar es aquí, conmigo! —rujo yo, apretándola contra el suelo—. ¡Estás hecha para mí, Brook!
—¡Calla! ¡Te odio! ¡Suéltame!
Sigue forcejeando, pero la lucha feroz da paso a una resistencia desesperada.
La contengo, rodeándola entre mis brazos, hasta que poco a poco, la respiración acelerada de ambos comienza a calmarse.
El fragor de la lucha se apaga, dejando solo el sonido de nuestros jadeos y el latido furioso de mi corazón contra su espalda.
Me incorporo para girarla y dejarla mirando hacia mí. Es entonces cuando hablo. Mi voz suena urgente.
—No es lo que crees, el mensaje de Alina, sé que lo has visto. Y no es lo que crees.
Ella se ríe, con un sonido amargo y lleno de desprecio.
—Ya claro, todos decís lo mismo.
—Brook, yo no soy todos. Alina tuvo un problema y la ayudé.
—Ah, claro. Un «problema» entre sus sábanas, ¿no? —suelta con una mezcla entre odio y asco.
La frustración de que no me crea hace que me cabree, la agarre con más fuerza y la zarandee.
—¡No, joder! ¡Que desde que te conozco a ti no he estado con ninguna otra mujer!
Ella gira la cabeza hacia un lado, evitando mi mirada.
—No te creo —murmura—. Llegaste borracho. ¿Tu «ayuda» también era montarte una fiesta con ella? ¿Celebrar algo? Seguro que celebrabas que ya me pierdes de vista en breve.
Esa frase, cargada de tanto dolor y renuncia, es la gota que colma el vaso.
Pierdo el control que tanto me esfuerzo en mantener.
Con un movimiento brusco, la agarro de ambas muñecas con una sola mano, la levanto del suelo y la empotro contra la pared de ladrillos.
Con mi mano libre le sujeto la cara con fuerza, obligándola a mirarme a los ojos.
—¡Un cliente se propasó con ella, Brook!
¡Joder! —le grito y las palabras salen a borbotones, impregnadas de la verdad que necesito que entienda—.
¿Qué querías que hiciera? ¿Mirar hacia otro lado?
¡Tuve que matar a uno de mis mejores clientes anoche!
¡Y sí, lo siento, me emborraché! ¡Verla así… verla así me hizo pensar en ti!
Su respiración se corta. Sus ojos, llenos de lágrimas no derramadas, se clavan en los míos.
—Ella…. ¿Ella está bien? —dice ahora con la voz asustada, rota.
—Por suerte no la agredió, pero lo intentó —continúo, bajando un poco la voz, pero sin soltar mi agarre—.
La siguió hasta los baños privados. Una de las camareras lo vio meterse detrás de ella y me avisó.
En mi casino, las chicas tienen permiso para hacer lo que quieran con un cliente, siempre y cuando sea consentido, tú lo sabes.
La mayoría acepta por dinero, pero conozco a Alina.
Jamás ha aceptado dinero de ningún cliente.
Así que fui y ese hijo de puta estaba encima de ella, forcejeando…
Hago una pausa, tragando saliva. El recuerdo me revuelve el estómago.
—Yo… me emborraché para calmar el dolor en mis nudillos —digo, y sin pensarlo, giro un poco las manos que la sujetan para que pueda verlos.