CAPÍTULO 24
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La burbuja se ha roto. No con un estallido, sino con un lento desinflarse, un escape de aire que me deja en un vacío silencioso y frío. Los últimos días en el ático no son igual, hay más silencios, menos complicidad.
Connor ya no es el mismo. La distancia que ha abierto entre nosotros es física y emocional, un abismo que crece a cada momento.
Ya no me busca por las noches. Sus roces, cuando ocurren, son funcionales: una mano en el hombro para corregir mi postura, un dedo bajo mi barbilla para alinear mi mirada con la mira de la pistola.
Nada más. Y lo peor es su indiferencia ante mis logros.
Hemos repetido las simulaciones del almacén dos veces más y las he bordado.
Me he movido con una precisión que hasta a mí me asombra, he tomado decisiones frías en fracciones de segundo, he «neutralizado» a los oponentes de Lucca con una eficiencia que los dejaba boquiabiertos.
Connor observa, anota algo en su tableta, y dice «Adecuado» o «Continúa».
Nada en sus ojos delata orgullo, ni calor, ni esa chispa posesiva que solía encenderse cuando yo demostraba ser más fuerte de lo que cualquiera esperaba.
Se preocupa por mí, sí. Se asegura de que me alimente bien, que descanse.
Me pregunta, con una formalidad que duele, si tengo dolores musculares.
Pero es el cuidado distante de un entrenador hacia su atleta estrella, no el de un hombre hacia la mujer con la que ha compartido su cama, sus secretos y su oscuridad las últimas semanas.
La distancia me está matando por dentro, ardo.
Una rabia silenciosa y un deseo contenido se retuercen en mi estómago, alimentándose mutuamente.
¿Por qué me importa tanto? Me repito a mí misma que era un trato.
Tres meses de entrenamiento a cambio de…
¿de qué? De la oportunidad de vengarme, sí.
Pero también de su protección, de su atención, de esa obsesión que me hacía sentir vista, incluso en mi miseria.
Los tres meses están a punto de acabarse y ahora él quiere seguir con su vida, es lógico.
Entonces, ¿por qué este nuevo miedo, este gusano que roe mis entrañas?
Es un temor que no había anticipado: ¿qué va a ser de mí una vez lleve a cabo mi venganza y Connor salga de mi vida para siempre?
La idea de volver a mi casa, de pasar los días sin él, de dejar los entrenamientos y el calor salvaje de sus noches, me deja con un pánico ahogado.
Me había preparado para enfrentarme a Marco, para ser fuerte y sobrevivir.
Pero no me había preparado para la posibilidad de un después sin él.
Y ahora ese vacío futuro se siente más aterrador que cualquier enfrentamiento.
Hoy, Connor se ha ido temprano al casino. «Tengo trabajo», dijo, sin más explicación. Últimamente lo hace muy a menudo. Me deja sola con el eco de mis pensamientos y la compañía de Lucca para el entrenamiento de la tarde.
Lucca nota mi estado al instante, estoy distraída, más lenta. Mis movimientos, usualmente fluidos y precisos, hoy son torpes. Él me gana en todos los combates, desarmándome con una facilidad que me hace hervir de frustración.
—¡Vamos, Brook, despierta! —me dice después de derribarme por tercera vez—. Parece que lucho contra un fantasma.
—Lo siento —mascullo, levantándome del suelo y maldiciendo en voz baja—. Es solo un mal día.
—Un mal día se nota. Esto es como luchar contra un saco de patatas con patas —bromea, pero su sonrisa se desvanece cuando ve mi expresión—. Oye, basta por hoy, esto no te lleva a ningún lado.
Me guía a la cocina, sin dejar espacio para protestas. Prepara café, el aroma familiar llenando el espacio, y nos sentamos en los taburetes altos de la barra.
—Habla —dice él, empujando una taza hacia mí—. Tienes la cabeza en la luna y el cuerpo aquí. ¿Qué pasa?
Niego con la cabeza, mirando el líquido negro.
—No es nada.
—Brook —su voz es suave pero firme—. Llevo semanas entrenándote. Y llevo años conociendo a Connor. Algo se ha roto entre vosotros y eso te está comiendo viva.
La simple verdad de sus palabras sacude algo dentro de mí, necesito decirlo. Necesito sacarlo o voy a explotar. Sé que es el mejor amigo de Connor, que esto es una traición potencial, pero la soledad y la confusión son más fuertes. Tampoco tengo a nadie más con quien hablar.
—Es él —confieso con la voz quebrada—. Ya no me mira, ya no me…
toca —confieso avergonzada notando como me ruborizo por momentos—.
He pasado todas sus malditas pruebas, soy mejor de lo que él jamás esperó, y es como si le diera igual.
O peor, como si le molestara. Los tres meses se acaban y él…
él sigue con su vida. Como si lo nuestro hubiera sido solo eso, un trato.
Y yo… —trago saliva, avergonzada de la admisión— yo no sé qué voy a hacer cuando esto termine.
No me había planteado el después, y ahora tengo miedo.
Por muy bien que me lleve con Lucca, soy consciente de que me estoy abriendo en canal con un criminal de la mafia italiana.
Así que espero que me juzgue, que me menosprecie por fantasear con un futuro con alguien como Connor…
Lo que no espero es que se eche a reír. No es una risa burlona, sino una carcajada sincera, casi incrédula.
Me pongo tensa de inmediato, con el calor de la vergüenza subiendo por mi cuello.
—¿En serio? ¿Te hace gracia? —dice mi voz gélida mientras me cruzo de brazos visiblemente molesta—. Me alegro de que mi malestar te divierta tanto.
—No, no, perdona —dice él, conteniendo la risa y levantando las manos en señal de paz—. Lo siento, no es eso. Es que… es que me hace gracia lo poco comunicativo que puede llegar a ser ese idiota, y que tú no te hayas dado cuenta de qué es lo que le sucede.
—¿Y qué le pasa, según tú? —pregunto, aún a la defensiva.
Lucca se inclina hacia adelante, su expresión se vuelve seria, pero sus ojos brillan mientras me mira.
—A Connor lo que le pasa es que está acojonado.
Las palabras me dejan sin aliento.
—¿Qué?
—Sí. Acojonado, asustado. Fuera de su zona de confort, perdiendo el control —explica Lucca, como si estuviera enumerando la lista de la compra—.
Pocas veces le he visto así. Connor siempre tiene todo bajo control.
Él domina, manda y decide. En cambio, contigo…
contigo no es así. Ha estado con otras mujeres antes, pero nunca ha sentido nada parecido a lo que siente por ti, y eso lo aterra.
Mi corazón da un vuelco violento contra mis costillas.
—¿Cómo lo sabes? —susurro.
—Porque lo conozco. Porque lo veo dar vueltas por el casino como un fantasma cuando debería estar trabajando.
Porque últimamente bebe más de la cuenta.
Cuando habla de ti, su voz cambia, y luego se corta como si se hubiera quemado la lengua —Lucca hace una pausa, mirándome directamente—.
Siente que ha ido demasiado lejos. Que ahora te quiere poseer por completo, y no puede.
Porque el trato se acaba. Siente que llega el final y se siente perdido, no sabe cómo va a vivir sin que estés aquí, en este ático, esperándolo.
No sabe cómo va a vivir sabiendo que te va a soltar en la jungla, aunque sea algo que tú misma elegiste.
Las declaraciones me desarman por completo. Un alivio tremendo inunda mi pecho, seguido de una oleada de alegría tan intensa que casi duele. No es indiferencia ni aburrimiento. Es miedo. Su miedo.
Pero luego, la duda, esa compañera constante, clava sus garras.
¿Y si Lucca se equivoca? ¿Y si solo está intentando consolar a la chica triste?
¿Y si la verdad es más simple y cruel: que Connor ya se ha aburrido de mí porque ya no soy la débil víctima a la que podía moldear y manipular a su antojo?
Porque ahora soy fuerte, soy un arma que él mismo ha afilado, y quizás eso ya no le resulta divertido.
La tarde se desvanece con esa confianza rodando en mi mente como un dado cargado. Cuando Lucca se va, me quedo sola, esperando. Decido que hablaré con Connor cuando llegue, le preguntaré directamente, necesito oírlo de su boca.
Las horas pasan, llega la noche y luego la madrugada. Nunca llega tan tarde. Finalmente, oigo la llave en la cerradura, me levanto del sofá, mi corazón acelerado por una mezcla de nerviosismo y determinación.
Connor entra e inmediatamente noto que algo está mal. Su paso no es el habitual, firme y silencioso. Es algo tambaleante. Sus ojos, cuando se encuentran con los míos, están vidriosos, perdidos. El olor a whisky lo precede, envolviéndolo en una nube dulzona y agria.
—Brook —dice con voz pastosa—. Sigues despierta.
La rabia brota en mí, instantánea y amarga.
—Te he estado esperando para hablar —digo, tratando de mantener la voz controlada—. Y tú… ¿De fiesta? ¿Bebiendo?
—Trabajo —murmura él, intentando quitarse la chaqueta y enredándose en las mangas—. Reuniones, clientes…
Es una mentira tan evidente que duele. Veo que apenas puede mantenerse en pie. Todo mi discurso preparado, mis preguntas valientes, se desintegran ante la realidad de un Connor borracho y evasivo.
—Vamos —digo, con un suspiro cargado de frustración—. A la cama.
Lo ayudo a caminar hasta el dormitorio, soportando su peso contra mi hombro.
Es irónico: meses atrás, él me cargaba a mí.
Ahora soy yo quien lo sostiene, y no por fuerza, sino por necesidad.
Lo acuesto y empiezo a quitarle los zapatos y la chaqueta, al quitarle la chaqueta, su teléfono se desliza del bolsillo interior y cae al suelo con un golpe sordo.
Él ya está medio inconsciente, respirando pesadamente. Yo me quedo de pie junto a la cama, mirando el teléfono negro en el suelo.
Una tentación perversa se apodera de mí.
Podría cogerlo, podría desbloquearlo, ya que he visto su código mil veces, podría llamar a alguien.
¿A quién? La pregunta me golpea con fuerza.
No tengo a nadie. No hay un amigo o un familiar al que pueda llamar para que me «rescate» sin hacer saltar las alarmas y que manden mi plan al traste.
Y al plantearme la pregunta, otra más profunda emerge: ¿quiero, en el fondo, ser rescatada?
No. No lo quise cuando mandé el mensaje a Foster ni lo quiero ahora que estoy tan cerca. La respuesta es clara, no quiero ser rescatada de esto. Quiero entenderlo, dominarlo. Quiero a Connor sobrio y despierto, mirándome con esa intensidad que me hace sentir viva y aterrada al mismo tiempo.
Con un movimiento resignado, me agacho y recojo el teléfono. Voy a dejarlo en su mesita de noche, donde estará a mano por la mañana cuando la pantalla se ilumina. Un mensaje nuevo entra, silencioso pero visible en la notificación.
Es de Alina. Joder. Hace semanas que no sabía nada de ella. Connor de vez en cuando me dice que ella le ha preguntado por mí, pero yo evito hablar de ella, no me interesa una mierda esa zorra.
El mensaje es corto, directo, y no necesita más explicación para destrozarme:
Alina: Gracias por lo de esta noche.
El mundo se detiene. El aire desaparece de mis pulmones. Todo lo que Lucca me dijo esta tarde, ese castillo de naipes de esperanza y alivio se desmorona en un segundo ante este mensaje.
Gracias por lo de esta noche.
¿Por qué? ¿Por qué le daría las gracias?
¿Qué ha pasado «esta noche»? Mi mente, entrenada para analizar el peor escenario posible, no tarda en pintar imágenes: él, bebiendo con ella en el casino o en algún reservado.
Él, confesándole sus «miedos» sobre mí. Él, buscando en ella el consuelo fácil, la familiaridad de un cuerpo que ya conoce, para olvidar la complicación que yo represento.
La rabia que sentía se transforma en algo más profundo y devastador.
Un dolor agudo y traicionero que me retuerce las entrañas, los celos me envenenan.
¿He sido tan ingenua? ¿Creer las palabras de un amigo bienintencionado sobre los sentimientos del hombre que ahora huele a otro perfume y recibe mensajes íntimos de su examante?
Miro a Connor, profundamente dormido, ajeno al terremoto que acaba de desencadenar. No puedo quedarme aquí, no puedo acostarme a su lado sintiendo este vacío y esta traición.
Cogiendo una almohada y una manta, salgo del dormitorio y me dirijo al sofá del salón.
Me acurruco en él, pero el confort es imposible.
Las palabras de Lucca ahora carecen de sentido, suenan huecas y ridículas frente a la evidencia luminosa de ese mensaje.
Me siento dolida hasta la médula, traicionada no solo por Connor, sino por mi propia esperanza estúpida.
Devastada por la comprensión de que, en el fondo, quizás nunca fui más que un proyecto temporal para él.
Un juguete complicado que ahora, casi terminado, ha dejado de ser divertido.
Y lo peor es que, incluso ahora, con este dolor clavándose en mi costado, una parte de mí sigue esperando que todo tenga una explicación.
Que mañana él se despierte, vea el mensaje, y me dé una razón que no me destruya por completo.
Pero esa parte cada vez es más pequeña, débil y ahogada por la imagen de Alina escribiendo esas palabras y de Connor, teniendo una «noche» por la que debía ser agradecido.