CAPÍTULO 23
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Han pasado dos meses, aunque ya no cuento los días, sino los cambios.
Mis brazos, antes delgados, ahora tienen una definición muscular clara bajo la piel.
Mis reflejos son algo que ya no pienso; son como respirar.
Lo más profundo, sin embargo, es el silencio interior.
El caos que solía resonar en mi cabeza se ha asentado en una calma espectante.
Hoy no estamos en el ático. Connor conduce hacia un almacén en una zona industrial aún más desolada que la del campo de tiro. Lucca va en el asiento trasero, tarareando una canción en italiano.
—Hoy toca examen práctico —dice Connor, con los ojos en la carretera—. Tres escenarios. No son simulaciones con sacos. Son hombres de mi confianza, entrenados, te tratarán como a una amenaza real. Tu objetivo es sobrevivir y completar la misión asignada en cada uno.
—¿Reglas? —pregunto sorprendentemente serena.
—Solo dos: no matar a nadie y no dejarte atrapar. El resto… improvisa.
—Hecho.
—Uh, la niña cree que va a poder con tus mejores hombres Connor… espérate a que los vea en acción—. Suelta Lucca riendo con ese aire suyo despreocupado.
El primer escenario es una persecución. Me dejan en un callejón simulado dentro del almacén, con instrucciones de llegar a un punto de extracción en el otro extremo del complejo.
Dos hombres, grandes y rápidos, me persiguen.
Esta vez no voy a luchar con Lucca o Connor; a ellos ya los conozco, sé su peso, sus manías al luchar, leo sus caras antes de cualquier movimiento.
Ellos son extraños con rostros curtidos y miradas que me ponen los pelos de punta.
La adrenalina inunda mi sistema, pero en lugar de congelarme, agudiza todo.
Escucho el eco de sus botas contra el cemento y calculo distancias.
En lugar de correr a ciegas, uso el entorno: me escondo detrás de pilas de palés, trepo por una rejilla para pasar por encima de una pared divisoria baja.
Cuando uno de ellos me acorrala en un pasillo sin salida aparente, no me detengo.
Corro directamente hacia la pared, pateando con fuerza contra un cajón de metal para impulsarme y agarrar el borde de una viga de soporte.
Me balanceo y aterrizo detrás de él, deslizándome entre sus brazos extendidos antes de que pueda reaccionar.
Llego al punto de extracción sin que me toquen.
Desde una sala de control elevada con cristal blindado, veo a Connor observar con sus brazos cruzados. No puedo ver su expresión desde aquí, pero siento el peso de su mirada.
El segundo escenario es un enfrentamiento.
Me colocan en una habitación que simula un apartamento, con instrucciones de «neutralizar» a un objetivo que custodia un maletín.
Hay dos guardias. Esta es mi prueba. No uso la pistola de pintura que me han dado, en su lugar, mis manos encuentran las dos dagas de entrenamiento de goma dura que llevo en los bolsillos tácticos de mis pantalones.
Cuando el primer guardia se abalanza, me agacho y usando su impulso a mi favor, mi pierna se engancha en la suya y lo derribo.
Antes de que el segundo pueda reaccionar, ya me he movido.
No es fuerza; es velocidad y ángulos. Me deslizo a su lado, mi brazo rodea su cuello desde atrás en un movimiento fluido, y presiono el filo romo de mi daga contra su yugular.
—Muerto —digo, con una voz que no reconozco: plana, tranquila.
Suelto al guardia y me acerco al «objetivo», un hombre más viejo sentado en una silla. Simula sacar un arma.
Mi daga de entrenamiento sale volando de mi mano en un giro controlado y golpea el arma simulada, haciendo que se le caiga. En dos pasos estoy sobre él, con la segunda daga presionando su pecho, sobre el corazón.
—Objetivo neutralizado —declaro.
La puerta de la habitación se abre. Es Lucca, que ha estado observando. Su cara está iluminada por una sonrisa enorme.
—¡Eso ha sido increíble joder! —exclama, cerrando la distancia y envolviéndome en un abrazo efusivo que me toma por sorpresa—. ¡La forma en que te movías! ¡Era pura poesía con cuchillos! ¡Me quito el sombrero señorita Harper! —Bromea haciendo como una reverencia en el aire.
Me río, un sonido breve y genuino, y le devuelvo el abrazo. Es agradable, esta aprobación cálida y sin reservas. Sobre su hombro, veo a Connor bajar de la sala de control y acercarse. Su expresión es inescrutable. Se detiene a unos pasos, asintiendo lentamente.
—Eficiente y preciso. Sin movimientos innecesarios —dice, su tono profesional—. Has aplicado bien lo aprendido.
Eso es todo. No hay sonrisa, no hay abrazo, ni siquiera un «bien hecho» más entusiasta. Un pequeño nudo de decepción se forma en mi estómago. Lucca le da una palmada en el hombro.
—¡Venga, Connor, díselo! ¡Ha estado espectacular! ¡Más que espectacular! Es más buena que muchos de nuestros hombres, y en un tiempo récord. Chicos poneros las pilas o esta chica os quita el curro —les suelta riendo a los hombres con los que acabo de luchar.
—Ya he dado mi evaluación —responde Connor, y su mirada se encuentra con la mía—. El tercer escenario. Ahora.
El último escenario es el más complejo: un escenario de extracción con múltiples obstáculos y «hostiles».
Es una coreografía de caos controlado. Tengo que cruzar una zona abierta bajo fuego simulado (marcadores de paintball que duelen de verdad), escalar una pared, sortear un pasillo con trampas de presión en el suelo y finalmente tomar una decisión en una habitación con dos rehenes y un guardia. El tiempo corre.
Me muevo como si mi cuerpo y mi mente fueran una sola entidad.
Analizo los patrones de disparo de los hombres en las plataformas, esperando el intervalo de dos segundos entre sus recargas para cruzar.
La escalada es rápida, usando grietas y salientes que mis ojos identifican al instante.
En el pasillo, no me apresuro. Me agacho, observando el polvo en el suelo, las imperceptibles diferencias en las losetas.
Identifico el patrón y camino entre ellas con la precisión de un funámbulo.
La habitación final es la prueba de frío.
Un rehén es un hombre mayor que suplica.
El otro es una mujer que llora en silencio.
El guardia los tiene a punta de pistola, las instrucciones eran claras: «El objetivo es el guardia.
Los civiles son colateral aceptable si es necesario para eliminar la amenaza».
No lo dudo, no miro a los ojos suplicantes.
Analizo al guardia: su postura, el peso en su pie izquierdo, el leve temblor en su mano que sugiere nerviosismo.
Calculo la trayectoria. Saco mi última daga de entrenamiento y, en lugar de lanzarla, corro en un arco bajo y rápido.
Distraigo su mirada hacia la izquierda con un movimiento de mi hombro, y cuando su arma se desplaza una fracción de segundo, ya estoy dentro de su guardia.
Mi mano golpea su muñeca, desviando el arma, y mi rodilla se entierra en su ingle.
Mientras se dobla, aplico una llave de brazo que lo pone de rodillas y presiono el filo de goma contra su cuello.
—Amenaza neutralizada. Civiles a salvo —digo, sin jadear.
El silencio que llena el almacén es absoluto. Luego, los hombres que han participado en la simulación comienzan a aplaudir, un sonido lento y respetuoso. Lucca está radiante, como si fuera él quien acaba de pasar la prueba. Pero mis ojos buscan a Connor.
Él se acerca, despacio. Su mirada recorre mi cuerpo, desde los pies firmemente plantados en el suelo hasta mis ojos. Hay algo en su expresión que no logro descifrar, no es orgullo, es algo más profundo, más grave.
—Has pasado —dice finalmente—. Las tres pruebas, con nivel de competencia excepcional.
—¿Y eso es todo? —pregunto, incapaz de contenerlo—. «¿Nivel de competencia excepcional?» Lucca me ha abrazado. Ellos —señalo con la cabeza a los otros hombres— me aplauden. Tú me miras como si hubiera hecho algo mal.
Connor exhala lentamente, me agarra del brazo y me aparta del resto para que no nos escuchen.
—Porque cuanto mejor eres, Brook, más cerca está el momento en que tendrás que serlo de verdad.
Y eso no es algo que me alegre. Me aseguro de que estés preparada, pero no me pidas que celebre la necesidad de esa preparación.
Corres el riesgo de que te mate, o peor aún, de convertirte en alguien como yo.
Sus palabras me enfrían la euforia inicial. Tiene razón, por supuesto, pero la necesidad de su aprobación, de un destello de ese orgullo que vi en Lucca, se ha vuelto casi tan fuerte como mi deseo de venganza.
De vuelta en el ático, el ambiente es tenso. Connor parece absorto en sus pensamientos. Me ducho, lavando el polvo del almacén y mi sudor, y cuando salgo, lo encuentro de pie junto a la cama, sosteniendo algo.
—Tengo algo para ti —dice, extendiendo la mano.
Es una correa táctica para el muslo, de cuero negro suave y tela resistente.
Está vacía, pero tiene varios compartimentos y correas ajustables.
Y junto a ella, reposando sobre la palma de su mano, hay una daga.
No es un arma de entrenamiento. Es hermosa y letal.
La hoja es de acero oscuro, con un filo que parece cortar la luz.
La empuñadura está grabada con espirales intrincadas que se ajustan perfectamente a la forma de una mano.
Y cuando la tomo, noto que hay una inscripción grabada a lo largo de la base de la hoja, en letras cursivas y elegantes.
— «Ti troverò sempre» — leo en voz baja—. ¿Qué significa? —pregunto, mirándolo. La daga tiene un peso perfecto, un equilibrio que la hace sentir como una extensión natural de mi brazo.
Connor se acerca un paso más. Su dedo sigue las letras grabadas sin tocar el metal.
—Significa… «Siempre te encontraré» —traduce en voz baja—. En italiano.
Una oleada de calor recorre mi pecho. Es una promesa. Todo en una sola frase y me encanta.
—Es preciosa —susurro.
—Tanto como su dueña —dice él, y ahora hay un destello de algo en sus ojos, algo que se parece al Connor de antes, al que bromeaba y provocaba—. Se me ocurren muchas maneras de usar esa daga, aparte de para arrebatar vidas.
El tono es sensual, cargado, y va acompañado de una sonrisa maliciosa que hace que la sangre me suba a las mejillas.
—Solo sabes pensar en eso —le digo, dándole un golpe suave en el hombro, riendo a pesar de la intensidad del momento.
Él captura mi mano, su sonrisa se ensancha un momento, mostrando esos dientes que tantas veces han marcado mi piel. Es una expresión tan rara en él últimamente que me quedo mirándola, tratando de grabarla en mi memoria.
—Hace días que no te veía sonreír así —digo, mientras mi risa se desvanece—. Antes teníamos más momentos así.
La sonrisa en su rostro se congela y luego se desvanece por completo, como si nunca hubiera estado allí. Suelta mi mano y da un paso atrás, su mirada volviéndose opaca, impenetrable.
—Falta poco para que se cumplan los tres meses —dice, su voz ahora plana—. Tal vez, solo tal vez, no esté preparado para ese momento.
La declaración me golpea como un puñetazo en el estómago.
—¿Preparado para qué? —pregunto, confundida—. ¿Para que yo esté lista? ¿Para enfrentarme a Marco? Ese es el trato, Connor. Es para lo que me he estado preparando.
Él niega con la cabeza, mirando por la ventana hacia la ciudad.
—No es eso.
—¿Entonces qué? —insisto, acercándome.
—No importa —dice, evadiendo—. Es tarde, deberías descansar.
Y sin más, sale de la habitación, dejándome sola con la daga preciosa y mortal en mis manos, y una confusión aún más profunda y preocupante en mi corazón. ¿Para qué no está preparado? ¿Para soltarme? ¿Para que me vaya? ¿O de que me enfrente a un peligro del que quizás no pueda protegerme?
Más tarde, me acerco al espejo del baño. La persona que me devuelve la mirada es una extraña. Ya no está la joven analista con ojos asustados, ni siquiera la infiltrada temblorosa de hace meses.
El rostro es el mismo, pero todo lo demás ha cambiado. La suavidad ha sido reemplazada por líneas definidas, no solo en los músculos de mis brazos y hombros, visibles bajo la camiseta, sino en la propia expresión.
Mis ojos, antes llenos de tormento, ahora sostienen la mirada con una calma vigilante.
Analizan, escanean, calculan. Ahora veo el mundo en detalle: el ángulo de la luz, el punto ciego en un reflejo, el patrón de respiración de una persona.
Mi antigua mente analítica ha mutado en algo distinto: un instinto depredador.
Me giro, observando mi postura. Estoy plantada con equilibrio, lista para moverme en cualquier dirección.
Mis manos, que una vez temblaban sin cesar, ahora están quietas.
Siento la correa táctica vacía alrededor de mi muslo, prometiendo un arma que ya sé manejar con una destreza que asusta hasta a Lucca.
La cazadora ha emergido, forjada en sudor, miedo controlado y una disciplina brutal.
Mi deseo de venganza contra Marco sigue ahí, ardiendo en mi núcleo, pero ya no es un fuego salvaje que me consume.
Es una brasa controlada, un combustible para la máquina precisa en la que me he convertido.
Y entrelazado con eso, más fuerte cada día, está el lazo oscuro con Connor.
Una necesidad de su aprobación, de su mirada, de su toque.
Una atracción que se alimenta del peligro que compartimos, de la violencia que hemos destilado en estos meses de entrenamiento.
Es una conexión enfermiza, adictiva, y la única cosa estable en mi mundo actual.
Pero mientras me alejo del espejo, mis dedos acarician la empuñadura grabada de la daga nueva, recordando las palabras.
Ti troverò sempre. Y la duda sembrada por la brusca retirada de Connor crece en mi mente.
¿Lista para qué, exactamente? ¿Y qué pasa si el hombre que me ha enseñado a cazar no está preparado para soltar la correa?