CAPÍTULO 22 #3
—Todavía no —dice, y esta vez introduce dos dedos dentro de mí mientras su boca vuelve a trabajar en mi clítoris.
Grito, mis caderas y mi culo se elevan del colchón tanto como las ataduras me lo permiten, en busca de más presión, en busca de una liberación que no me concede.
Estoy tan sensible que cada movimiento es agonía y éxtasis puro.
Me lleva al límite otra vez, sosteniéndome ahí, temblando, suplicando sin palabras, antes de retirarse de nuevo.
—Dios, por favor —lloro, las lágrimas de frustración y placer se mezclan en mis mejillas.
Solo entonces se detiene. Se coloca sobre mí, sus ojos oscuros como el acero estudian mi rostro descompuesto.
—Brook —dice, con voz grave y lujuriosa—. Una pregunta, ¿alguien te ha follado el culo alguna vez?
La pregunta es tan cruda e inesperada, que me deja sin aliento. Sacudo la cabeza, incapaz de formar palabras, muerta de la vergüenza.
—Palabras —me exige.
—No —logro decir finalmente.
Una expresión que no puedo descifrar cruza su rostro. Es algo entre triunfo, ternura y lujuria pura.
—Oh, pequeña —murmura, bajando la cabeza para mordisquear mi cuello—. Me va a encantar ser el primero.
Se aparta por un momento y regresa con un pequeño frasco de lubricante que saca del cajón de la mesita.
Pero no lo usa de inmediato. En su lugar, escupe en su mano, frotando la saliva entre sus dedos antes de aplicarla con suavidad en mi entrada trasera.
El gesto es primitivo, territorial, me enciende y me moja más de lo que el lubricante podría haberlo hecho jamás.
—Quiero probar algo —gruñe él en mi oído—. Si en algún momento es demasiado, usa la palabra.
No pienso usarla.
—Relájate —me ordena, su voz ahora es suave, casi hipnótica—. Para mí, pequeña. Confía en mí.
Siento la punta de su pulgar presionar, entrar un centímetro, luego retroceder.
Lo hace una y otra vez, hasta que mis músculos, inicialmente tensos, comienzan a ceder.
Luego a su pulgar se une otro dedo y repite los mismos movimientos, haciendo que me relaje y me destense.
Finalmente intercambia sus dedos con la punta de su pene, ya llena de lubricante.
La presión es intensa, desconocida, un poco dolorosa al principio.
—Respira —me instruye, y yo obedezco, inhalando profundamente.
Entra un poco más, deteniéndose cada vez que siente que me tenso. Es un proceso lento, deliberado, casi reverencial. El dolor inicial da paso a una sensación de plenitud extraña, intensa. Cuando está completamente dentro, ambos estamos cubiertos de sudor, jadeando.
—¿Estás bien? —pregunta, conteniéndose, su cuerpo temblando con el esfuerzo.
—Sí —respondo, y es la verdad. La invasión se ha transformado en posesión, y en este estado de fragilidad absoluta, la posesión se siente como una forma de seguridad.
Entonces veo cómo sus ojos cambian. La ternura y la paciencia se disipan, reemplazadas por una lujuria oscura e incontrolable. Es como si hubiera pasado una prueba, como si mi entrega total hubiera roto el último de sus controles.
—Ahora —gruñe, y comienza a moverse.
Al principio es un ritmo lento pero profundo, cada embestida alcanzándome en un lugar que no sabía que existía.
Luego se acelera. Ya no hay contención, ni delicadeza.
Es puro instinto, fuerza bruta, necesidad animal.
Me empotra contra el colchón con cada embestida, las ataduras tirando de mis muñecas y tobillos, añadiendo una capa de restricción que solo intensifica cada sensación.
Las ataduras no me dan mucho margen de movimiento, pero levanto las caderas levantando el culo, en busca de un poco más y entonces él añade a esa ferocidad con la que me embiste, sus dedos juguetones en mi clítoris.
—Así —jadea él, sus manos agarrando mis caderas con fuerza para marcar el ritmo—. Así es como tienes que ser ahí fuera, dura e implacable. Sin miedo a que te hagan daño, porque el daño ya lo conoces, el miedo es tu amigo y lo usas a tu favor.
Sus palabras se mezclan con el sonido de nuestros cuerpos chocando, con mis gemidos que ya no intento sofocar. El dolor y el placer se fusionan en una sola sensación indisoluble, intensa y adictiva.
La vulnerabilidad de mis ataduras, la cruda intimidad de lo que está haciendo, el conocimiento de que podría detenerse con una palabra pero que no quiero que lo haga… todo se combina para llevarme a un precipicio más alto que cualquier otro al que haya estado antes.
—Dime para qué estás aprendiendo todo esto —exige, deteniéndose por completo dentro de mí, una tortura exquisita en medio del frenesí.
—Para… para enfrentarme a él —logro articular entre jadeos, estoy a punto—. Para no tener miedo nunca más.
—Y ¿de quién es esto? —pregunta, moviéndose otra vez, lenta y profundamente, golpeando un punto que me hace ver estrellas.
—Tuyo —grito, y es la verdad más profunda y aterradora—. ¡Es tuyo, Connor!
Esas palabras parecen romper el último dique en él.
Su ritmo se vuelve frenético, animal, empotrándome contra el colchón con una fuerza que debería asustarme pero que solo aviva mi fuego interno.
La combinación de la estimulación en mi sexo con sus dedos, la intensidad de la penetración anal, y el dominio psicológico de la situación, me llevan a un clímax tan violento que mi cuerpo se arquea contra las ataduras como si me electrocutaran.
Grito su nombre como una súplica, una afirmación. Con una entrega total. Lo oigo rugir detrás de mí, su propio orgasmo se desata mientras se hunde profundamente en mí, poseyéndome completamente.
Pasado un tiempo que podría haber sido minutos o horas, Connor se mueve con ternura para desatarme.
Frota suavemente las marcas rojas que las ataduras han dejado en mi piel y luego se acuesta a mi lado, envolviéndome en sus brazos, arrastrándome contra su cuerpo sudoroso.
Nos derrumbamos juntos, un enredo de miembros exhaustos y respiraciones entrecortadas.
Su brazo pesa sobre mi cintura, anclándome a él, a este lugar y a esta vida.
En la oscuridad, escucho su voz, ya calmada pero grave con una emoción que rara vez muestra.
—La fuerza que estás construyendo no es para mí, Brook —dice, y es casi un susurro contra mi cabello—.
Es para el día en que yo no esté ahí. Para que el día en que tengas que mirar a un monstruo a la cara no veas sus sombras, sino a un hombre que puedes vencer.
Lo que hice esta noche… era para recordarte que puedes entregar el control y sobrevivir.
Que la vulnerabilidad, en el contexto correcto, con la persona correcta, no es debilidad, es otra forma de fuerza.
No respondo. Porque en este momento, acurrucada contra su calor, con el eco del placer y el dolor todavía vibrando en cada célula de mi cuerpo, no puedo imaginar ese día.
No puedo imaginar un mundo donde él no esté delante.
La dependencia es completa ahora, una simbiosis peligrosa de supervivencia, deseo, entrenamiento y una lealtad que nace de los lugares más oscuros e iluminados de ambos.
Estoy aprendiendo a ser fría, letal, a ser una superviviente.
Pero también estoy aprendiendo que, en sus brazos, no necesito ser ninguna de esas cosas.
Y ese conocimiento es tan aterrador como liberador, porque lo peor de todo es que no quiero que termine.