La Spina Negra CAPÍTULO 22 #2
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CAPÍTULO 22 #2

—La pistola es para cuando quieres mandar un mensaje —me dice Lucca durante una sesión, haciendo girar una daga de entrenamiento entre sus dedos con una habilidad hipnótica—.

El cuchillo es para cuando quieres que el mensaje sea personal.

Es la diferencia entre gritar y susurrar al oído.

Usar los cuchillos es todo un arte, aunque Connor no lo aprecia como yo, él es más de balazo y se acabó.

La primera vez que sujeto una daga de verdad, con su peso equilibrado y su filo amenazador, siento un escalofrío que no es de miedo.

Es como si esta herramienta de violencia fuera una parte de mí que estaba esperando ser despertada.

El metal se siente vivo en mi mano, una extensión natural de mi brazo.

—Tienes talento natural para esto Brook —observa Lucca después de unas semanas, viéndome practicar movimientos de ataque y defensa contra un saco de arena—. Más que para las pistolas. Es como si el cuchillo te entendiera.

Tiene razón. Donde con la Glock tengo que pensar, con la daga solo siento. Mis movimientos se vuelven fluidos, casi intuitivos. Aprendo a esconderla, a sacarla en un abrir y cerrar de ojos, a usar los reflejos de la luz para distraer. Me convierto en una sombra con un filo.

Con Lucca aquí, Connor puede ausentarse más.

Sale al casino, «a revisar asuntos», dice.

Son las primeras horas que paso completamente a solas con otra persona desde que llegué al ático y la confianza crece poco a poco.

Hablamos de cosas triviales a veces, entre serie y serie de ejercicios.

Él me cuenta anécdotas tontas de cuando empezó con Connor, cómo se conocieron por una pelea callejera y Connor le salvó el culo y lo metió en la organización.

—Yo era un idiota con suerte —dice Lucca, riendo—. Connor era… Connor. Ya sabes, frío, calculador, pero justo. Me dio una oportunidad cuando nadie más lo habría hecho, por eso le soy leal. No es por miedo, sino porque sé que, en su forma retorcida, se preocupa por mí y hasta me quiere.

Un día, después de una sesión particularmente buena en la que he logrado desarmarlo dos veces seguidas, Lucca se queda mirándome con una sonrisa amplia.

—Tengo que decírselo a Connor —dice—. Que vigile por las noches. Estás convirtiéndote en una experta con las dagas. Pronto podrías darle una sorpresa desagradable a alguien.

—¿Y tú crees que debería preocuparse? —pregunto, limpiando el sudor de mi frente.

—Preocuparse, no —responde Lucca, su tono más serio—. Pero estar alerta, sí, porque estás aprendiendo a ser peligrosa. Y a los hombres como Connor, eso los excita y los aterra al mismo tiempo.

Esas palabras se me quedan grabadas.

Pero el entrenamiento no es solo camaradería. Tanto Connor como Lucca me someten a ataques sorpresa. Es la parte más dura, la que más me cuesta dominar al principio.

Un día, estoy limpiando la pistola en la mesa.

Lucca, que estaba revisando su teléfono en el sofá, se lanza sobre mí sin un sonido.

El instinto me hace gritar y encogerme, un caos total de pánico.

Él me inmoviliza en segundos, simulando un corte en el cuello con el filo de una daga de entrenamiento.

—Muerta —dice Lucca, levantándose. Su rostro ya no es amigable; es evaluador—. Has dejado que el miedo te congele, el miedo te mata antes que el cuchillo.

Otro día, es Connor quien me sorprende. Salgo de la ducha, envuelta en una toalla, y de la oscuridad del pasillo surge su silueta.

Esta vez no grito, reacciono casi por reflejo, lanzando la toalla enrollada hacia su cara para cegarlo y girando para intentar una llave que él neutraliza con insultante facilidad. Pero me he movido. He reaccionado.

—Mejor —dice él, manteniéndome inmovilizada contra la pared y su aliento caliente en mi nuca—. Pero aún piensas antes de actuar. En la calle, no hay tiempo para pensar.

Con las semanas, las reacciones se vuelven más rápidas, más automáticas.

El miedo no desaparece, pero aprendo a canalizarlo, a usarlo como un combustible que agudiza mis sentidos en lugar de paralizarlos.

Un día, cuando Lucca simula un agarre por detrás, logro zafarme, girar y colocar la punta de la daga de entrenamiento contra su ingle antes de que pueda volver a atraparme.

Se queda quieto, con una ceja arqueada.

—Joder, Brook —suelta, y una sonrisa genuina de orgullo se dibuja en su cara—. Eso hubiera sido… doloroso.

Connor, observando desde la cocina, asiente con la cabeza una sola vez. Es suficiente.

Las pruebas psicológicas son otra cosa. Connor me plantea escenarios hipotéticos, pero con un realismo descarnado que me hiela la sangre.

—Estás en un callejón. Tienes la pistola cargada. Frente a ti está el hombre que violó a tu hermana. A tu lado, un rehén inocente, un niño. El hombre usa al niño como escudo. Tienes tres segundos antes de que lleguen refuerzos, ¿qué haces?

Me quedo paralizada. La rabia hacia el agresor hipotético (pero que sé que representa a Marco) lucha contra el horror de dañar a un inocente. Mi mente se bloquea.

—¡Responde! —grita Connor, golpeando la mesa con la palma de la mano.

—¡No lo sé! —chillo yo, frustrada.

—¡Pues mueres! ¡Los tres! ¡Porque tu indecisión os mata a todos! —su voz es un látigo—. La frialdad no es ausencia de sentimiento, Brook. Es la capacidad de elegir el mal menor con el pulso firme. Ahora, responde.

Respiro hondo, forzando el aire a entrar en mis pulmones. Cierro los ojos y veo la escena.

—Disparo al hombre —digo, mi voz temblorosa pero clara—. Por la única zona expuesta que tiene: la cabeza por encima del escudo humano. Es un tiro más arriesgado, pero es la única opción que salva al niño y elimina la amenaza.

Connor me observa durante un largo momento.

—Aceptable —concluye—. La próxima vez, más rápido.

Descubro algo perturbador en estos ejercicios.

La disciplina, la necesidad de apagar el corazón para dejar que el cerebro calcule…

me excita. Hay una peligrosa proximidad entre el control absoluto que busco para sobrevivir y el control que Connor ejerce sobre mí en otros contextos.

El peligro y el deseo empiezan a trenzarse en mi mente hasta volverse indistinguibles a veces.

La frialdad que estoy aprendiendo se siente como un poder afrodisíaco, una forma de dominar el caos que antes me dominaba a mí.

El juego de poder se vuelve íntimo, y el contacto físico deja de ser solo parte del entrenamiento para convertirse en un territorio cargado.

Acabamos una sesión particularmente agotadora de defensa personal, Connor me tiene inmovilizada en el suelo, su cuerpo pesando sobre el mío, sus manos sujetando mis muñecas.

—Si estuviera encima de ti así, con malas intenciones, ¿qué harías? —pregunta, con su boca a centímetros de la mía.

No es una pregunta teórica. Su calor, su dureza presionando contra mi abdomen, es muy real. La excitación brota instantánea y vergonzosa.

—Giraría la cadera para desequilibrarte —respondo, jadeando—. Usaría mi pierna libre para…

—Hazlo —interrumpe.

Lo intento. Consigo deslizarme un poco, crear algo de espacio. Pero él es demasiado rápido, demasiado fuerte. Vuelve a capturarme, esta vez con más fuerza, su muslo aprisionando mis piernas.

—Buen intento gatita —murmura, y su rostro está tan cerca que nuestros alientos se mezclan—. Pero la fuerza bruta a veces gana. Por eso necesitas el arma y la frialdad para usarla.

Su mirada baja a mis labios. La tensión sexual, siempre presente, se hace espesa en el aire. Me presiona contra el suelo un momento más, un momento que se alarga hasta que ambos respiramos de manera agitada por razones que no tienen que ver con la lucha.

—La palabra de seguridad es «tormenta» —me recuerda, su voz baja y ronca—. Si la usas, todo para. ¿Entendido?

Asiento, incapaz de hablar.

Él se levanta, ofreciéndome una mano para ayudarme a levantarme y la acepto. Su palma es áspera contra la mía. La lección se traslada al dormitorio, pero esta vez es diferente. Hay una intensidad en sus ojos que no había visto antes, una determinación que me hace temblar.

—Hoy vamos a probar algo distinto —dice mientras cierra la puerta—. Confianza absoluta, entrega total. ¿Estás preparada?

—Sí —respondo, y es la verdad.

—Recuerda la palabra —me recuerda, y luego saca de un cajón unas esposas de piel acolchadas y unas cinchas suaves—. TORMENTA.

Asiento de nuevo, observando cómo se acerca.

Me guía hacia la cama y, con movimientos expertos, pero no bruscos, me coloca boca abajo.

Primero asegura mis muñecas al cabecero de la cama con las esposas de piel.

La sensación de inmovilidad es inmediata y profunda.

Luego hace lo mismo con mis tobillos, separando mis piernas y atándolas a los postes del pie de la cama.

Quedo completamente expuesta y vulnerable, a su merced.

—¿Estás bien? —pregunta, sus ojos escaneando mi rostro en busca de cualquier señal de pánico real.

—Estoy bien —susurro, y lo sorprendente es que es verdad. La vulnerabilidad no me aterra; me excita. Sé que él está al mando, y en este momento, después de semanas de entrenar el control propio, liberarlo es un alivio intoxicante.

Connor se arrodilla entre mis piernas abiertas. Sus manos comienzan un recorrido lento y deliberado por mi cuerpo, desde los tobillos hasta los muslos, evitando deliberadamente donde más lo necesito. Cada caricia es una tortura exquisita, sin prisa baja la cabeza y su boca encuentra mi sexo.

El primer contacto de su lengua me hace arquearme contra las ataduras.

Es hábil, insistente, conociendo cada punto que me hace gemir.

Usa sus labios, su lengua, incluso la suave presión de sus dientes.

Me lleva al borde del orgasmo una y otra vez, retirándose justo cuando estoy a punto de caer.

La frustración se acumula en mi cuerpo como un latigazo.

—Por favor —jadeo, tirando de las ataduras—. Connor, por favor, déjame…

—¿Dejarte qué? —pregunta, alzando la vista. Su barbilla está brillante con mis fluidos.

—Correrme. Por favor.