CAPÍTULO 22
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—Tu cerebro tiene que conocer cada parte como si fuera una extensión de tu cuerpo —dice Connor desde el otro lado de la mesa. Su tono es didáctico y frío, como el de un profesor.
Mis dedos, todavía torpes, buscan las ranuras, los resortes.
El primer día fue un desastre, dejé caer el cargador y me corté.
Hoy, al cabo de una semana de repetir esto cada mañana durante horas, mis movimientos son más seguros.
El clic del bloque deslizante al encajar en el armazón suena satisfactorio.
Limpio cada pieza con el paño impregnado en aceite que me pasa, observando cómo el metal brilla bajo la luz del ático.
—Bien —murmura él. Es el elogio más alto que he recibido en días.
La teoría da paso a la práctica. Salimos del ático por primera vez en lo que parece una eternidad, pero no es una salida libre; es una misión.
Connor conduce un SUV negro, con los cristales tintados, yo voy en el asiento del copiloto, mirando la ciudad pasar por la ventana con una mezcla de nostalgia y extrañeza.
El mundo de ahí fuera parece más brillante, más ruidoso, pero también más frágil.
Como si yo ya no perteneciera a él del todo.
El campo de tiro está en las afueras, una nave industrial reconvertida.
El estampido de los primeros disparos me hace saltar, un instinto animal de encogerme que lucho por contener.
Connor me coloca los protectores auditivos, sus dedos rozan mis sienes, y ese contacto breve, funcional, me electriza más que el ruido.
—Respira —me dice al oído, su voz es amortiguada por los protectores, pero clara—. El control está en la exhalación. No luches contra el arma, guíala.
Agarro la Glock, ahora cargada con munición. El peso es significativo, real. Apunto a la silueta humana recortada a quince metros con las manos temblorosas. No es miedo al arma, es miedo a lo que representa, a la intención que ahora habita en mis dedos.
Cierro un ojo y alineo la mira tal y como me ha enseñado Connor. Respiro hondo, y al exhalar, aprieto el gatillo.
El retroceso me sacude la muñeca, un golpe seco y fuerte que no esperaba. El disparo se clava en el borde del recorte, lejos del centro.
—Otra vez —ordena Connor, imperturbable.
Disparo otra vez, y otra y otra. El estruendo se vuelve un latido constante, el olor a pólvora se adueña del aire.
Para la tercera ronda, mi puntería ha mejorado.
Los agujeros se agrupan más cerca del centro del pecho de la silueta.
Una sensación extraña se apodera de mí: no es placer, ni es poder.
Es… ¿orgullo? La certeza fría de que puedo hacer esto, que, si fuera necesario, podría.
Después de la sesión, Connor no me lleva directamente de vuelta al ático. Para en un pequeño restaurante italiano cerca del campo de tiro. Es su concesión, su manera de decirme que no soy una prisionera.
—Necesitas ver algo más que las cuatro paredes de casa —dice mientras hojea el menú—. El agobio nubla el juicio.
«De casa» resuena en mi mente. Sí, lo he oído bien, ha dicho de casa, así, como el que no quiere la cosa… Y una sensación de calor crece dentro de mí. Pero no, no puedo fantasear con esto, no es posible. Me estoy preparando y entrenando, y mientras lo pasamos bien.
Pero no hay nada más que una atracción sexual brutal. No puedo dejar que la Grace sentimental salga ahora a pasear o me arruinará todos mis planes.
Nos sentamos en una mesa del fondo. El lugar es tranquilo, con manteles a cuadros y velas encendidas a pesar de ser mediodía.
Pedimos. Hoy es pasta carbonara para mí y un filete para él.
Mientras esperamos, hay un silencio incómodo, diferente al silencio concentrado del entrenamiento. Me atrevo a romperlo.
—Es raro —digo, jugando con el filo del cuchillo de mesa—.
Tú lo sabes todo de mí. Cada recuerdo oscuro, cada miedo y cicatriz.
Y yo de ti no sé nada. Ni siquiera sé tus apellidos, de dónde vienes o tu edad—.
Realmente lo vi en su pasaporte, pero quiero que me hable un poco de él.
Que me cuente cosas sobre su infancia, y no se me ocurría una mejor manera que empezar por lo básico.
Connor mira por la ventana un momento antes de volver su mirada hacia mí. No parece molesto, solo pensativo.
—¿Quieres saber algo de mí? —pregunta, con su tono neutral.
—Es que no es justo —insisto, aunque mi voz suena más débil de lo que pretendía—. Es como estar siempre desnuda frente a alguien que va completamente vestido.
Una esquina de su boca se levanta, apenas un esbozo de sonrisa.
—De acuerdo, pregunta lo que quieras.
No esperaba esa facilidad. Me quedo un momento callada, eligiendo mis palabras con cuidado.
—¿Cuántos años tienes?
—Enserio gatita, ¿vas a empezar con algo tan flojo? —yo me ruborizo al darme cuenta de lo superficial de la pregunta—. Tengo treinta y cinco.
—Tu… ¿tienes familia?
—Ahora vas al grano, mucho mejor. Mi madre murió de cáncer cuando yo tenía catorce años —responde sin vacilar, como si citara un hecho histórico—.
Mi padre era un jugador, un perdedor con deudas grandes.
Un día, unos hombres vinieron a cobrar y él no estaba en casa, pero yo sí. Tenía dieciséis años.
Hace una pausa para beber un sorbo de agua.
—¿Qué pasó? —pregunto en un susurro.
—Les dije dónde podían encontrarlo. Además, les di un nombre de un tipo que le debía dinero a mi padre, información que había escuchado por casualidad. Les fue útil y me ofrecieron un trabajo. Empezar desde abajo, pero un trabajo. Era eso o que me rompieran las piernas, no fue una decisión difícil.
—¿Y tu padre?
—No lo he vuelto a ver, probablemente está muerto. En este negocio, las deudas se pagan de una forma u otra.
La comida llega, interrumpiendo el momento. Enredo la pasta en un tenedor, pensando en el chico de dieciséis años que eligió la supervivencia sobre la familia. De repente, muchas piezas sobre Connor empiezan a encajar.
—¿Te arrepientes? —pregunto después de un rato.
—El arrepentimiento es un lujo —dice él, cortando su filete con precisión—. Yo elegí el poder sobre la impotencia. Cada día reafirmo esa elección. ¿Más preguntas?
Asiento con la cabeza, sintiendo que he abierto una puerta que no puedo cerrar.
—¿Alguna vez… has querido salir de esto?
—Todos los días —responde, y por primera vez veo algo que podría ser cansancio en sus ojos—. Pero esto es como las arenas movedizas, cuanto más te mueves, más te hundes. Y ahora tengo responsabilidades: hombres que dependen de mí, un territorio que mantener. La salida… no es una opción sencilla.
Terminamos de comer en un silencio más cómodo. No sé si todo lo que me ha dicho es verdad, pero siento que al menos una parte lo es. Y esa parte me hace verlo de manera diferente. No como un monstruo, sino como un hombre atrapado en su propia jaula, una jaula que él mismo ayudó a construir.
Una tarde, Connor llega al ático acompañado. Trae a alguien.
—Brook, este es Lucca —dice, presentando a un hombre más joven que él, quizás de veintitantos.
Lucca es alto, con una complexión atlética pero menos voluminosa que la de Connor.
Tiene el pelo castaño corto y una sonrisa fácil que se le forma en la cara al instante.
No lleva el aura de peligro calculado de Connor; parece más…
accesible. Es su mano derecha, lo he visto en varias ocasiones en las fiestas privadas, aunque nunca había hablado antes con él.
—La famosa Brook —dice Lucca, extendiendo una mano. Su apretón es firme, pero no intimidante—. Connor no para de hablar de lo duro que entrenas. Pensé que serías más… grande.
—Lucca —advierte Connor, pero hay un destello de diversión en sus ojos.
—Solo bromeo, jefe —dice Lucca, soltándome la mano—. Tiene buena muñeca, se le nota en el apretón. Eso es bueno para los cuchillos.
—Como bien sabes, Lucca es mi mano derecha —me explica Connor—. Y es mejor que yo con cuchillos, navajas y dagas. Va a encargarse de esa parte de tu entrenamiento.
Lucca viene al ático varias veces por semana, al principio su presencia me pone nerviosa. Es otro hombre, otro miembro de este mundo oscuro. Pero Connor me lo deja claro la primera noche, después de que Lucca se marche.
—Puedes confiar en él, Brook. Yo le confiaría mi vida. Y es al único al que le confiaría la tuya.
Las palabras son simples, pero su peso es enorme. Si Connor dice eso, es verdad.
Lucca resulta ser… divertido, trae una energía diferente al ático. Connor es intensidad concentrada, Lucca es fluidez y bromas. Mientras me enseña el agarre básico de una daga de doble filo, hace comentarios sobre lo cambiado que está Connor últimamente.
—Debe de ser por ti —me dice con una sonrisa pícara, mientras practico una parada—. Antes parecía un funeral con piernas, ahora hasta sonríe de vez en cuando, da los buenos días, no le arranca la cabeza a nadie… una transformación histórica.
No puedo evitar una risa ahogada. Es la primera vez que me río de verdad en semanas.
—¿Y tú? ¿No tienes a quien te alegre los días? —le pregunto, probando el sabor de la broma.
—Yo soy más de compartir —responde, guiñándome un ojo, pero su tono es ligero, sin intención oculta—. Pero no le digas a Connor que he dicho eso o soy hombre muerto esta misma noche.
A través de Lucca descubro algo que no sabía que me podía gustar tanto. Más que gustar, me fascinan: el sigilo y los cuchillos. La danza silenciosa con una daga en la mano. Donde el arma de fuego es ruido y potencia bruta, el cuchillo es intimidad y precisión, es arte.
Lucca me enseña a moverme sin hacer ruido, a leer el lenguaje corporal de un oponente para anticipar su ataque, a usar mi tamaño más pequeño como ventaja para esquivar y contraatacar en los puntos débiles.