La Spina Negra CAPÍTULO 21 #2
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CAPÍTULO 21 #2

Lucca se apoya contra la pared, cruzando los brazos. Observa con interés.

—Te voy a hacer una pregunta, Romeo —digo, acercándome hasta quedar a un metro de él—. Y quiero la verdad. ¿Por qué le contaste a la Tríada lo de la entrega?

—¡Yo no lo hice! —grita, retorciéndose contra las ataduras—. ¡Lo juro por mi madre!

No respondo. En su lugar, miro a Lucca. Él entiende la señal y acerca una caja de herramientas metálica, colocándola a mi lado en el suelo. No la abro aún.

—Tu pierna —digo—. La que se rompió. ¿Cuál fue?

—La… la izquierda —él parpadea, confundido por el cambio de tema.

Asiento, como si acabara de confirmar algo importante. Luego, sin previo aviso, levanto el pie y lo estampo con toda mi fuerza contra su rodilla izquierda.

El crujido es seco, horrible, como una rama que se parte. El grito de Romeo llena el sótano de un sonido agudo y animal que rebota en las paredes de cemento. Se retuerce violentamente, pero las ataduras lo mantienen en su sitio. El sudor le brota en la frente.

—¡AAAAH! ¡DIOS! ¡ME LA HAS ROTO JODER!

Me agacho junto a él, hasta que nuestra cara está a la misma altura. Su aliento es jadeante y caliente.

—Para que no tengas que fingirlo más —digo, con una calma que ni yo mismo reconozco—. Ahora, volvamos al tema de la Tríada.

—¡No sé nada! —llora, las lágrimas se mezclan con la sangre y el sudor de su cara.

Abro la caja de herramientas; alicates, martillo, un soplete pequeño… Saco un par de alicates de corte robustos. El metal está frío en mi mano.

—Lucca —digo, sin apartar la vista de Romeo—. Sujétale la mano.

Lucca se acerca, casi saltando. Su anterior frivolidad ha desaparecido, reemplazada por una concentración intensa.

—¿Estás bien, Connor? —pregunta, y su voz es baja—. La tortura suele ser mi parte favorita, ¿quieres que siga yo?

—Esta vez no —digo.

Lucca agarra la mano derecha de Romeo y la aplasta contra el brazo de la silla de metal. Romeo grita y forcejea, pero es inútil.

Acerco los alicates a su dedo índice. No aprieto aún. Solo los coloco allí, dejando que el frío del metal hable por sí solo.

—La Tríada —repito—. ¿Por qué?

Romeo llora sin control ahora. El miedo ha roto algo en él.

—¡Me tenían! —chilla—. ¡Tenían información de toda mi familia! Dijeron que si no les daba información, les… matarían. Joder, señor, es la puta tríada, no hay quien pueda esconderse de esa gente.

Hace una pausa, tragando saliva entre sollozos.

—Solo quería que les dejaran en paz. Les di lo de la entrega, pero juré que no daría más. ¡Lo juro!

Lo observo. El terror en sus ojos es genuino. Pero la traición también lo es.

—¿Dónde está tu familia ahora? —pregunto.

—Escondidos —susurra—. Después de la entrega… intenté esconderlos. ¡Por favor, tienes que creerme!

Creo que dice la verdad. Al menos en eso. La Tríada lo usó y luego lo descartó, dejándolo como el chivo expiatorio perfecto si lo descubríamos.

Me enderezo. Los alicates siguen en mi mano. Lucca me mira, esperando la orden.

La rabia dentro de mí es un volcán. Es la rabia acumulada de semanas, por Marco, por esta guerra estúpida por el territorio, por verme obligado a encerrar a una mujer para protegerla de mi propio mundo, por tener que ser esto.

Romeo es solo la vía de escape más conveniente.

Pero matarlo sería un error. Un cuerpo envía un mensaje, sí.

Pero un mensajero vivo, destrozado, es mucho más persuasivo.

—Suéltalo —le digo a Lucca.

Lucca parpadea, sorprendido, pero obedece. Romeo se desploma hacia adelante, jadeando, sollozando de alivio y dolor. Me acerco hasta quedar justo delante de él. Agarro su barbilla con fuerza, forzándolo a mirarme.

—Escúchame bien —digo, y cada palabra es un clavo de hielo—. Vas a ir a donde tus contactos de la Tríada. Vas a decirles que el plan funcionó, que no sospechamos nada. Y luego, vas a venir a mí con cada nombre, cada lugar, cada próximo movimiento que planeen. Vas a ser mi sombra dentro de ellos.

—Ellos… ellos sabrán que les he fallado —tartamudea—. ¡Me matarán en cuanto me vean así!

—¡Te inventas algo! —digo sin pestañear—.

¿Probablemente te maten? Sí. Pero si no lo haces, te aseguro que lo que te haré yo hará que desees que te hubiera encontrado la Tríada primero.

Y luego iré por tu familia yo mismo, donde quiera que estén, y les daré un mensaje tuyo personalmente. ¿Lo entiendes?

El horror en su rostro es completo. Asiente frenéticamente, una y otra vez.

—Lucca —digo, soltando a Romeo—. Llévalo a un médico discreto. Que le pongan en esa pierna una escayola de verdad. Y luego, que empiece a trabajar.

Salgo del sótano sin mirar atrás. Subo las escaleras, paso por el casino bullicioso, y vuelvo a entrar en mi despacho. Cierro la puerta.

El silencio aquí es absoluto, solo roto por el leve zumbido del aire acondicionado. Miro mis manos. Están limpias. Pero siento la sangre en ellas igualmente. Siento el crujido del hueso bajo mi bota. Oigo los gritos.

Respiro hondo, intentando sacudirme la frialdad que se ha apoderado de mí. Pero no desaparece. Esto es lo que soy. Mi vida siempre estará rodeada de toda esta mierda. ¿Cómo pretendo proteger a Brook si mi vida entera es peligro constante?

Me acerco a la ventana y miro la ciudad que se extiende ante mí.

En algún lugar ahí fuera, encerrada en una torre de cristal y acero, está ella.

Frágil, rota, empezando a sanar. Y aquí estoy yo, en medio de mi reino de sombras, asegurándome de que esas sombras nunca la alcancen. Protegiéndola de monstruos como yo…

Por dentro, la tormenta no ha hecho más que empezar. ¿Qué pasará cuando Brook descubra todas mis sombras? ¿La estoy entrenando para que cobre su venganza o para que sobreviva a mi propio mundo? Soy un egoísta de mierda, así que tengo clara mi respuesta.