CAPÍTULO 21
CONNOR
La luz del amanecer se filtra por los ventanales del ático, tiñendo todo de un gris azulado.
Brook duerme a mi lado, envuelta en una manta, su rostro finalmente es más relajado.
Las pesadillas nocturnas no han cesado del todo, pero se han reducido desde que he vuelto a dormir en mi cama.
Junto a ella. La observo un momento más largo de lo necesario.
Llevo semanas aquí, encerrado en esta burbuja, mi mundo se ha reducido a este espacio y a ella.
Pero el mundo exterior no ha dejado de girar.
Me visto con ropa para ir a trabajar; pantalones negros, camisa blanca. Al salir del dormitorio, veo que ella se ha despertado. Está sentada, observándome con esa mezcla de cautela y curiosidad que ya me es familiar.
—Me tengo que ir —digo, y mi voz suena extrañamente formal en el silencio de la mañana.
Ella asiente, sin decir nada.
—Llevo semanas sin pasarme por el casino. No puedo desatender algunos asuntos —explico, y aunque no le debo explicaciones, se las doy—. Lucca lo está llevando todo muy bien, pero me necesitan allí de vez en cuando.
—Vas a volver, ¿verdad? —pregunta, y hay una vulnerabilidad en su voz que me hace querer quedarme.
—Sí —respondo, sin vacilar—. Esta noche.
Pero, Brook… —me acerco, manteniendo la distancia suficiente para no intimidarla—.
Por favor, no hagas ninguna estupidez, no intentes escapar.
El edificio tiene seguridad reforzada, puertas con lectores biométricos, cámaras en cada pasillo y sensores en las ventanas. No podrás salir sin que yo me entere.
Ella baja la mirada hacia sus manos, que agarran la manta. Asiente de nuevo, una simple inclinación de cabeza.
—Lo entiendo —murmura.
No estoy seguro de que lo entienda del todo, pero es lo mejor que voy a conseguir. Doy media vuelta y salgo del ático. La puerta se cierra tras de mí con un sonido suave pero definitivo. El clic de la cerradura electrónica suena como un punto final.
El pasillo está vacío, silencioso. Camino hacia el ascensor y la sensación es extraña. Como si saliera de una cápsula del tiempo. El aire huele diferente: a realidad. Pulso el botón y espero.
El casino bulle con su energía habitual incluso a esta hora de la mañana.
El suave zumbido de las máquinas tragaperras, el murmullo de las conversaciones, el tintineo de las fichas.
Es un sonido constante, un latido que conozco mejor que el de mi propio corazón.
Pero hoy me suena distante, como una canción que he olvidado cómo tararear.
Sam, el gerente, me ve cruzar el salón principal y su expresión de sorpresa es casi cómica. Se apresura a acercarse, ajustándose la corbata.
—Señor. No esperaba verlo.
—Unas semanas no son una eternidad, Sam —digo, aunque incluso a mis oídos suena a excusa—. Muéstrame los números de los últimos días.
Mientras revisamos las pantallas en su oficina, con los gráficos de ingresos y pérdidas subiendo y bajando como montañas rusas digitales, mi mente está a medias aquí.
Parte de mí escucha sus explicaciones, asiente en los momentos adecuados.
La otra parte está aún en el ático, con la silueta de Brook contra los ventanales.
Todo está en orden. Mejor que en orden. Los números son sólidos. Lucca ha hecho un buen trabajo. No debería sorprenderme, pero lo está. Una punzada de algo que podría ser culpa, o tal vez solo incomodidad, me atraviesa. Me he ausentado y el mundo no se ha detenido. En cierto modo, eso es peor.
—Está bien, Sam —digo, cerrando la última pantalla—. Sigue así.
Salgo de su oficina y camino hacia mi despacho. El trayecto es familiar, pero los pasos me resultan pesados. Cuando entro, el espacio me parece más grande, más vacío de lo que recordaba.
Hago una llamada y Alina aparece diez minutos después.
Cierra la puerta a sus espaldas y se queda de pie frente al escritorio, profesional e impasible como siempre.
Lo que había entre ella y yo acabó la noche de la fiesta de máscaras.
No es que hubiera nada, más que sexo consentido sin ataduras ni compromiso.
Pero, aunque fui muy claro con esos dos últimos términos, me siento en la obligación de preguntarle.
—¿Estás bien, Alina?
—Yo sí claro, ¿por qué? —me dice sorprendida.
—Bueno, solo quería tener claro que estamos bien. Que lo de… ya sabes, no afecta en nada a nuestra relación profesional.
—Tranquilo, Connor, lo he tenido muy claro siempre. Sin ataduras, sin compromiso.
—Está bien. Las chicas —pregunto, sin preámbulos—. ¿Cómo está todo?
—Bajo control —responde—. Los turnos están cubiertos, las fiestas privadas han continuado según lo planeado. No ha habido problemas.
Asiento. Ella no me daría menos. Es competente hasta resultar irritante.
—Y Brook —dice ella entonces, bajando la voz un poco—. ¿Cómo está?
La miro con más intensidad de la necesaria—. Habla más bajo —digo, y mi tono es una advertencia—. Nadie sabe de ella. Y así debe seguir.
Ella sostiene mi mirada por un segundo, luego asiente una vez.
—Entendido.
—Está bien, gracias por lo del otro día. Ella también te lo agradece.
—¡Ja! ¿Por qué será que eso no me lo creo? Esa chica me odia, menudo carácter tiene —dice con una sonrisa burlona en la cara.
—No hablemos de caracteres difíciles Alina… —espeto con media sonrisa.
En ese momento, la puerta se abre sin ceremonias y entra Lucca.
Su energía llena la habitación de inmediato.
Lleva una chaqueta de cuero negro y su sonrisa es amplia y despreocupada.
Pero sus ojos, esos ojos tan parecidos a los míos, se posan primero en Alina.
La recorre desde los tacones altos hasta su pelo rubio perfectamente planchado, y su sonrisa se vuelve pícara.
—Alina —dice, alargando las sílabas como si probara el nombre—. Siempre un placer. Parece que el escritorio te queda bien. ¿Te gusta trabajar tan cerca del jefe?
Alina no se inmuta. Ni siquiera le dirige la mirada, sigue mirándome a mí, como si Lucca fuera un mosquito molesto.
—El chico de los cuchillos —dice finalmente, con un tono plano—. Siempre tan infantil. ¿No tienes algo mejor que hacer? Deja trabajar a los mayores, anda.
Lucca se ríe, una risa genuina que hace que hasta a mí se me escape casi una sonrisa. Se acerca a ella, invadiendo su espacio personal sin pudor.
—Sí, tengo cosas mejores que hacer. Pero ninguna tan interesante como tú.
—Por favor —dice ella, por fin volviéndose hacia él con una expresión de fastidio absoluto—. Déjate de gilipolleces.
—¡Basta! —corto yo, y mi voz suena como un latigazo en la habitación. Los dos se callan de inmediato, volviéndose hacia mí—. Aprovechando que estáis los dos, y sois los únicos que sabéis lo del tema con Marco, ponedme al día.
Alina recupera su compostura profesional primero.
—Marco no sabe qué mujer fue. Me encargué personalmente de que varias camareras de esa noche «desaparecieran».
Mucho dinero, pasaportes falsos, direcciones nuevas en Europa y Asia.
Hay al menos cinco posibilidades diferentes, todas creíbles.
En el casino hay rumores, pero como son varias las que se han ido, nadie se centra en una en particular.
Marco ha triplicado su seguridad personal.
Está investigando si fue un encargo de una banda rival o solo una mujer despechada.
Por ahora, el rastro no lleva a Brook, ni mucho menos a que tú la escondes.
Es un trabajo limpio. Asiento, reconociendo su eficacia sin necesidad de palabras.
—Bien —digo—. Eso soluciona un problema. Ahora háblame de lo otro. He visto los números. Todo parece perfecto. Demasiado perfecto.
Lucca deja de mirar a Alina y su expresión se vuelve más seria, aunque la luz juguetona no desaparece del todo de sus ojos.
—Ah, sí. El pequeño problema de la entrega de la semana pasada. Aparecieron los de la Tríada y decidieron robarnos la mercancía que compramos a los mexicanos. Se la llevaron toda y dejaron a dos de nuestros hombres en el suelo.
El aire en la habitación se enfría diez grados.
—¿Un soplo? —pregunto, aunque ya sé la respuesta.
—Tiene que serlo —dice Lucca, encogiéndose de hombros como si hablara del tiempo—. Solo cuatro personas conocían la hora y el lugar exactos. Tres de nosotros estábamos allí. El cuarto… bueno, dijo que se había roto una pierna. Romeo.
El nombre cae entre nosotros. Romeo. Uno de los nuestros desde hace años. O eso pensaba.
—¿Y? —pregunto, mi voz ahora un susurro peligroso.
Lucca sonríe, pero no es una sonrisa amable. Es la sonrisa de un depredador.
—Pues que cuando fui a darle el pésame por su pierna rota, lo vi caminando perfectamente bien, de la mano con su novia por un parque.
Curiosa recuperación. Así que anoche le hice una visita.
Está en el sótano, esperando para charlar con mis juguetes —dice mientras saca uno de sus cuchillos y le da vueltas.
No digo nada durante un largo momento. La rabia que he mantenido contenida durante semanas, la frustración de encerrarme, la paciencia infinita que he tenido que ejercer con Brook… todo eso empieza a hervir bajo mi piel, buscando una salida. Y aquí está, perfectamente presentada.
—Vamos a charlar —digo mientras me levanto—. Alina, vamos hablando.
—Hasta luego rubia —suelta Lucca con una sonrisa de lado a lado.
El sótano no es un lugar al que lleguen los clientes. Es frío, huele a tierra y a lejía. Las luces fluorescentes parpadean sobre paredes de cemento sin pintar. En el centro de la habitación más alejada, atado a una silla de metal, está Romeo.
Lucca no fue delicado. Tiene un ojo hinchado y cerrado, y la camisa desgarrada muestra moretones en el torso. Pero cuando me ve entrar, su único ojo bueno se abre con un pánico renovado.
—Señor —jadea—. Por favor, esto es un malentendido…
—Cállate —digo con voz plana y fría. Me quito el chaleco y lo cuelgo con cuidado en un gancho de la pared. Luego me arremango las mangas de la camisa, lentamente, metódicamente. Cada movimiento es calculado, para que él lo vea, para que el miedo tenga tiempo de crecer.