CAPÍTULO 20 #3
No hay discusión. Es un torbellino de manos ávidas, de ropa arrancada, de besos que son más mordiscos que caricias.
Caminamos, o más bien tropezamos, hacia el baño del ático, el que está junto al salón, dejando un reguero de prendas en el suelo.
Abro la puerta de la ducha de cristal y giro la llave del agua fría, sin paciencia para esperar a que se caliente.
El chorro helado nos golpea a ambos, pero es una sensación lejana, irrelevante frente al incendio de nuestra piel.
Ella me empuja contra la pared de azulejos, su boca encuentra mi cuello y muerde, no besa, marcando con una ferocidad que promete moretones.
Pero esta vez no voy a dejar que lleve la iniciativa completamente.
La necesidad que me atraviesa es demasiado primaria, demasiado cruda.
La giro con una brusquedad que la hace gritar, y ahora es ella la que está contra la pared, con el agua corriendo por su rostro, por su cuello, por el nuevo relieve de sus músculos definidos.
Sus pechos, más firmes, se elevan con cada respiración agitada.
—Tanto pedir… —susurro cerca de su oído, mi voz distorsionada por el deseo—. Ahora aguanta lo que has desatado.
Y entro en ella. De una vez, profundamente, sin preparación más allá de la humedad que encuentro, que es abundante y ardiente. Su cuerpo se arquea, un grito ahogado se mezcla con el sonido del agua. Es un ajuste perfecto, agonizante, un calor que me envuelve y me consume.
Empiezo a moverme, y no hay ritmo, no hay cadencia. Solo hay embestidas brutales, un impulso animal de fundirme en ella, de borrar cualquier espacio que quede entre nuestros cuerpos. Ella grita, maldice, pero sus palabras no son de protesta.
—¡Así, sin miedo! ¡Más duro, Connor, joder, más! —grita, y sus caderas se alzan para encontrarse con las mías con una fuerza que me sorprende.
La obedezco, pierdo cualquier noción de control, de mesura.
La empotro contra la pared de la ducha con una violencia que haría crujir los azulejos.
Mis manos agarran sus muslos, levantándola, cambiando el ángulo para hundirme aún más profundamente.
El sonido de nuestros cuerpos chocando, mojados, es obsceno, primitivo.
El agua fría corre por nuestras espaldas mientras nosotros ardemos por dentro.
La veo perderse. Sus ojos se vuelven vidriosos, su boca se abre en un grito silencioso antes de que el sonido explote. Siento cómo su interior se convulsiona alrededor de mí, un terremoto de placer que la sacude. Su clímax es largo, un terremoto total que no intenta esconder.
Ese sonido, esa entrega feroz y sin reservas, es la última gota. Mi propio orgasmo me golpea como una descarga, arrancándome un grito que nace desde el pecho. Me vacío en ella, convulso, sosteniéndonos mutuamente contra la pared mientras las sacudidas nos recorren a los dos.
El tiempo se diluye. Solo existe el jadeo sincronizado, el agua que ahora empieza a calentarse, creando un vaho que empaña el cristal, y el peso de nuestros cuerpos entrelazados, agotados.
Pasado un minuto, o quizás cinco, ella apoya su cabeza mojada contra mi hombro, su respiración aún es irregular.
—No vuelvas a esperar tanto —murmura con voz ronca pero clara, cargada de una nueva autoridad—. No me dejes otra vez así durante días.
No respondo de inmediato. Mis manos, casi por propia voluntad, recorren su espalda, palpan los músculos de sus hombros, la columna vertebral.
Siento su corazón golpeando contra mi pecho, un ritmo acelerado que poco a poco se calma.
La dependencia entre nosotros ya no es una línea, es una red compleja y peligrosa.
Yo controlo el entrenamiento, el conocimiento, la puerta de salida.
Ella controla su progreso, su supervivencia, y, de un modo que nunca anticipé, controla también esto.
Esta chispa, este incendio que nos consume.
Mi excitación, mi obsesión, responden a la ferocidad que he ayudado a crear en ella.
—Joder, me vuelves loco pequeña, primero me odias, luego me follas como si se fuera a acabar el mundo… —digo finalmente, y es la verdad más simple que he pronunciado en días.
—Te odio porque me tienes retenida. Te odio porque eres de la puta mafia y porque trabajas con gente como Marco…—logra decir entre suspiros mientras intenta recomponerse y recuperar el aliento.
—No te equivoques, gatita, yo no soy Marco, lo sabes y te lo he demostrado. Y sobre el secuestro, no me vas a hacer arrepentirme, tenerte aquí conmigo es la mejor decisión que he tomado en la puta vida y a ti, esto te encanta —le digo y vuelvo a besarla ferozmente,
Salimos de la ducha y nos secamos. El gimnasio del ático nos espera, silencioso, un recordatorio mudo de que mañana el entrenamiento continuará.
Pero nada será igual, un umbral se ha cruzado hoy.
Brook no solo ha reconocido esta dependencia mutua y retorcida que tenemos; la ha reclamado, la ha usado como combustible.
Y yo he tenido que reconocer, frente al espejo empañado del baño, que ya no estoy moldeando a una víctima para que sobreviva.
Estoy entrenando a un igual. Y la idea es tan aterradora como excitante, tan peligrosa como inevitable.