La Spina Negra CAPÍTULO 20 #2
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CAPÍTULO 20 #2

Hoy, tres semanas después del inicio, algo es diferente.

Su técnica ha mejorado notablemente. Su resistencia se ha duplicado gracias a sesiones dobles diarias que ella misma me ha pedido.

Durante un ejercicio de combate ligero, de esos donde ella ataca y yo solo defiendo y esquivo, noto un cambio en su ritmo.

Ya no es predecible. Sus movimientos son más rápidos, su puño llega con más mala intención.

Estoy distraído, no puedo evitarlo. Mi mirada se engancha a la línea tensa de su mandíbula, marcada por la concentración, al leve brillo de sus labios entreabiertos mientras busca aire.

El sudor le resbala por el cuello, desapareciendo bajo la tela pegada a su piel, y durante un instante me permito seguir ese recorrido con los ojos, demasiado tiempo, por lo visto.

Bajo la mirada apenas un segundo, lo suficiente para perder el foco. Y ella no perdona la debilidad y su puño impacta limpio contra mi cara.

No es un golpe con toda su fuerza, lo sé. Pero es un golpe honesto, bien colocado, que atraviesa mi guardia y acierta de lleno en mi mejilla izquierda, justo debajo del pómulo.

El impacto me hace girar la cabeza. No duele mucho, pero la sorpresa es total. Es la primera vez que me golpea de verdad, que logra pasar mis defensas.

Me quedo quieto. Ella también se detiene en seco, y el horror se pinta instantáneamente en sus ojos.

—¡Connor! —su voz es un grito ahogado—. Lo siento, no era mi intención, te has movido y yo…

Se quita los guantes a toda prisa, dejándolos caer al suelo, y se acerca. Sus manos vuelan hacia mi cara, sus dedos palpando el lugar del impacto con una torpeza nerviosa.

—Déjame ver. ¿Estás bien? Lo siento mucho…

Antes de que pueda seguir parloteando, agarro sus dos muñecas.

No con brutalidad, pero con una firmeza que paraliza sus movimientos.

Son delgadas bajo mis dedos, y las cicatrices pálidas de lo que ocurrió el primer día son visibles, un recordatorio silencioso.

Ella se queda inmóvil, mirándome. En sus ojos hay preocupación, arrepentimiento, y debajo de todo eso, un miedo latente a mi reacción.

Pero no estoy enfadado, estoy incendiado.

La miro fijamente, viendo cómo su pecho se eleva y desciende con respiraciones agitadas, cómo sus labios, tan cerca ahora, están entreabiertos.

Siento el calor de su piel a través de mis dedos.

Huelo su sudor, su champú, el aroma puro y animal de su esfuerzo.

Los días de abstinencia, la tensión acumulada en cada sesión de entrenamiento, la visión diaria de su transformación… todo estalla en ese instante.

Ya no puedo contenerme más. Tiro de sus muñecas hacia mí y capturo su boca con la mía.

El beso no es una exploración, es un reclamo. Es un acto de posesión salvaje y desesperado.

Es toda el hambre que he estado reprimiendo desde la última vez que la toqué, vertida en el contacto brutal de nuestros labios y lenguas. Espero resistencia, susto, un gemido de protesta, pero en lugar de eso, obtengo fuego.

Ella responde con la misma ferocidad, con una urgencia que iguala y luego supera la mía.

No se limita a aceptar el beso; lo devuelve, lo intensifica.

Sus manos, ahora liberadas porque he soltado sus muñecas, se entierran en mi pelo y tiran, exigiendo.

Su lengua lucha contra la mía con un desafío que me electriza.

Su cuerpo se aplasta contra el mío, y siento cada curva, cada músculo tenso a través de la fina capa de su ropa sudada.

Con un movimiento rápido que no veo venir, se sube encima de mí, agarrándose con las piernas cruzadas alrededor de mi cintura y yo la agarro con una mano por el culo para sujetarla.

Es como si hubiera liberado a una fiera. La Brook sumisa, la que esperaba instrucciones, ha desaparecido. En su lugar está esta mujer que me devora con la misma intensidad con la que golpea el saco.

—Has estado días sin tocarme —murmura contra mis labios, su voz ronca, cargada de un reproche que es pura lujuria—. Estoy que ardo, estoy cabreada.

Un murmullo se escapa de mi garganta. El desafío en sus palabras, la audacia, aviva el incendio.

—¿Y qué piensas hacer al respecto, gatita? —pregunto, rozando sus labios con los míos, desafiándola a que actúe, a que sea ella la de la iniciativa si quiere.

Su respuesta es inmediata y no deja lugar a dudas.

Se suelta poniéndose de pie en el suelo y sus manos bajan a mi cintura y, sin ceremonia, me baja los pantalones deportivos y el bóxer de un tirón brusco, hasta mis rodillas.

El aire frío del ático me golpea, pero no es nada comparado con el calor de su mirada.

Me observa directamente a los ojos, sin un ápice de vergüenza o sumisión, y luego se arrodilla frente a mí.

No hay obediencia en su gesto, hay poder. Hay la certeza absoluta de que es ella quien quiere esto y lo está tomando.

Y entonces, me toma en su boca.

El contacto me tensa de inmediato, es brutal, obsceno en su intensidad.

No hay delicadeza, ni timidez. Solo hay hambre y técnica aprendida en la urgencia de nuestros encuentros anteriores.

Sus labios se cierran alrededor de mí, su lengua traza un camino que me hace cerrar los puños y contener la respiración.

La miro, viendo cómo sus mejillas se hunden, cómo sus párpados se cierran en una concentración feroz y placentera.

El sonido que emite, un gemido vibrante en su garganta es casi mi perdición.

Ha cambiado. Los entrenamientos no solo han esculpido su cuerpo; han forjado su confianza. Ya no teme su propio deseo, lo abraza y lo usa.

No puedo durar mucho así, no con esta versión salvaje de ella devorándome.

Justo cuando siento que el control se me escapa, la agarro por los hombros y la levanto del suelo.

Un sonido entre queja y risa burbujea en sus labios.

La giro y la empujo contra la pared de ladrillo visto del gimnasio, cerca del saco que aún se balancea levemente.

—A la ducha —jadeo, las palabras casi son un ronquido—. ¡Ahora!