CAPÍTULO 20
CONNOR
Abro los ojos a las seis, como cada mañana.
No necesito despertador; mi cuerpo se activa solo en este límite entre la noche y el día.
Me incorporo despacio y una punzada de rigidez me recorre la espalda.
El sofá vuelve a recordarme que no está hecho para dormir en él noche tras noche.
Después de todo lo que ha ocurrido entre nosotros, sería fácil cruzar la distancia que nos separa e irme a mi cama, con ella.
Sin embargo, Brook ha pasado por cosas que ningún ser humano debería soportar y soy consciente de que todavía necesita espacio, tiempo y la certeza de que puede tomar sus propias decisiones sin sentirse presionada.
Me froto la nuca mientras me pongo en pie y recorro el ático, con la mirada, todavía sumido en la penumbra. La ciudad apenas comienza a despertar y, por una vez, todo parece en calma.
Me dirijo al dormitorio y veo la puerta entreabierta.
Está dormida bajo las sábanas, con su pelo oscuro esparcido sobre la almohada.
Respira profundamente, agotada por el peso de los últimos días.
Permanezco un momento en el umbral, observando.
La curva de su hombro descubierto, la paz vulnerable de su rostro en el sueño.
Es la última vez que la veré así, antes de que todo cambie.
—Brook —digo, y mi voz suena extrañamente alta en el silencio.
No se mueve.
—Brook, hora de levantarse, gatita—. Estoy convencido de que eso la levanta, aunque sea cabreada.
Sus ojos se abren de golpe, sin transición. Me mira con esa confusión desorientada de quien es arrancado de un sueño profundo, seguida por el cabreo instantáneo. Se sienta, con las sábanas cayéndole al regazo, y me mira en silencio.
—Ponte ropa deportiva que empezamos en cinco minutos. Porque… Sigues decidida en hacer esto ¿no?
Asiente, aún adormilada, y sale de la cama.
Mientras ella se prepara en el baño, yo recorro el gimnasio del ático.
Es un gimnasio bien equipado ya que, debido a mi trabajo, entreno muy a menudo.
Pero, para empezar, todo lo que necesita es una colchoneta, unas mancuernas, un saco colgado de una viga y unos guantes de boxeo.
El verdadero equipamiento vendrá después, si es que llega a esa fase.
Cuando sale, va con un top negro ajustado y unos leggins con su pelo recogido en una cola alta. Alina la clavó con la talla al comprarle ropa.
Ya tiene los ojos despejados, alerta, aunque veo la tensión en su mandíbula. El no saber qué viene ahora o qué le espera, no es algo que sepa llevar bien.
—Siéntate —le indico, señalando el banco que hay junto a la ventana del gimnasio.
Ella obedece. Yo me coloco frente a ella y me arrodillo para mirarla de cerca.
—Voy a hablar una sola vez, y vas a escuchar —comienzo, manteniendo un tono neutro, el tono de instructor, que he usado anteriormente, aunque nunca con esta urgencia—.
No vas a salir de este ático hasta que demuestres un control absoluto sobre tres cosas: tus emociones, tus habilidades y tu juicio.
Eso no se consigue en un día, ni en una semana.
Este es un programa intensivo de tres meses.
He instruido antes a muchos hombres en mi negocio y sé que no es fácil.
La veo tragar saliva, pero su mirada no se desvía.
—El entrenamiento se divide en tres bloques: físico y mental, armas de fuego, y armas blancas. Empezaremos por el principio y avanzaremos solo cuando yo considere que estás lista. Sin atajos ni descansos que no estén programados. ¿Lo entiendes?
Ella asiente, una vez.
—Palabras, Brook.
—Lo entiendo —dice su voz, más firme de lo que esperaba.
—Bien. El primer bloque, el físico y mental, no se trata solo de hacerte fuerte.
Se trata de romperte, que aprendas a funcionar cuando tu cuerpo te dice que pares, cuando tu mente te grita que ya es suficiente.
La supervivencia en este mundo no es para los que son más fuertes, sino para los que más aguantan, para los que mantienen la cabeza fría cuando todo arde a su alrededor.
Veo cómo procesa mis palabras. Hay un destello de algo en sus ojos, quizás miedo, quizás fuego. Es difícil distinguirlo todavía.
—Nunca he… nunca he tocado un arma —admite, y es la primera vez que su voz muestra una grieta, una pequeña vulnerabilidad que no es física.
—Lo sé —respondo—. Y por eso empezamos con lo básico. Hoy no verás un cuchillo ni una pistola, hoy solo verás el suelo, tu cuerpo y tu voluntad. Vamos a empezar con un circuito simple, haremos cinco rondas.
Le detallo los ejercicios: veinte flexiones, veinte sentadillas, diez burpees, quince abdominales, treinta segundos de plancha y doscientos metros de carrera en el sitio, con un minuto de descanso entre ronda y ronda.
—Suave, ¿verdad? —digo, y no es una pregunta retórica.
Ella mira hacia el espacio vacío del ático, como si ya pudiera ver los ejercicios dibujados en el aire y su expresión se endurece.
—Parece asequible.
—Ya veremos —respondo—. Empezamos ahora.
El primer día es una revelación brutal, tanto para ella como para mí.
Observo cada uno de sus movimientos con una atención clínica. Sus flexiones son débiles, temblorosas, y a la décima ya está luchando contra la gravedad con los brazos temblando. Las sentadillas las hace con una técnica pasable, pero veo cómo se agarra a los muslos para levantarse en las últimas.
Los burpees son un suplicio; cae al suelo con un golpe sordo y se incorpora con un jadeo que parece arrancado de lo más profundo de sus pulmones.
—No pares —le digo cuando se detiene después del tercer burpee, con las manos en las rodillas—. En una situación real, parar es morir. Continúa.
Ella me lanza una mirada que es puro odio, pero obedece. Esa es la primera lección: la obediencia, incluso cuando cada fibra de tu ser se rebela.
En la segunda ronda, la frustración comienza a brotar. Una lágrima de rabia se escapa por su mejilla cuando no puede completar la plancha los treinta segundos completos y sus caderas se hunden.
—¡Joder! —exclama, golpeando el suelo con la palma de la mano.
—El suelo no tiene la culpa —comento, sin alterarme—. Tu debilidad, sí. Levántate y termina la ronda.
Aprende disciplina a la fuerza. Aprende que el orgullo no completa las repeticiones, que la impaciencia no construye resistencia. Aprende que el autocontrol no es algo que tengas, sino algo que ejerces, segundo a segundo, contra tu propio deseo de rendirte.
Para la cuarta ronda, está empapada en sudor, su respiración es un silbido irregular y su rostro está congestionado por el esfuerzo.
Pero no habla, no maldice. Solo continúa, con una determinación obstinada que me sorprende.
Hay algo roto dentro de ella, pero también hay algo que se niega a quebrarse del todo, algo que lucha.
Cuando termina la quinta ronda, se desploma sobre la colchoneta, boca arriba, con el pecho subiendo y bajando de manera convulsiva. Permanezco de pie a su lado, mirándola.
—Mañana será más duro —digo.
Ella cierra los ojos, pero asiente.
Los días se convierten en una rutina de sudor, dolor y superación constante. Introduzco las sesiones de autodefensa: llaves básicas, puntos de presión, cómo zafarse de un agarre.
Ella absorbe la información con una avidez que va más allá del miedo. Es como si una parte de ella, una parte que había estado enterrada, estuviera despertando y reconociendo estos movimientos como algo innato.
Pero es en las clases de boxeo donde realmente la veo transformarse.
La primera vez que le pongo los guantes, sus manos parecen demasiado pequeñas, demasiado frágiles dentro del acolchado.
Le enseño la postura básica: pies separados, rodillas ligeramente flexionadas, guardia alta.
Sus primeros golpes al saco son tímidos, carentes de potencia, como si temiera hacerle daño a un objeto inanimado.
—No estás dando una palmada —le digo, colocándome detrás de ella y ajustando la posición de su hombro con mis manos—. Estás proyectando tu fuerza a través del punto de impacto. Todo tu cuerpo, desde los pies hasta el puño, es una cadena. Rómpela.
Y ella lo hace.
Poco a poco, la timidez se desvanece. Sus golpes ganan peso, ganan intención. La veo fuerte, no con la fuerza bruta de un hombre, sino con una fuerza elástica y tenaz que nace de la pura obstinación.
Se esfuerza mucho, repitiendo una y otra vez la combinación que le marco hasta que sus músculos tiemblan de fatiga, pero sus ojos no pierden el foco. La veo valiente, enfrentándose no solo al saco, sino a la parte de ella misma que siempre ha retrocedido.
Verla así… me vuelve jodidamente loco, superándose, haciéndose fuerte poco a poco. Recuperando cada pedazo de ella que otros intentaron romper.
Cada gota de sudor que se desliza por su sien, cada músculo de su cuello en tensión cuando gira la cadera para golpear, cada bufido que escapa de sus labios cuando conecta con el saco…
es una provocación directa y brutal. Llevo días, demasiados días, sin tocarla.
Desde que empezamos los entrenamientos, he mantenido una distancia deliberada.
He dormido en el sofá, ella en la cama y no parece querer lo contrario, aunque la tensión entre nosotros no ha desaparecido; se ha cocido a fuego lento, alimentada por la proximidad constante, por estos entrenamientos que son una danza de sudor y miradas cargadas.
Y verla ahora, convertirse en esto… en esta mujer feroz y concentrada, es más de lo que puedo soportar.
Mi autocontrol, del que tanto alardeo, se desmorona cada día un poco más frente a ella.
Quiero detener el entrenamiento, empujarla contra la pared y reclamar con mi boca y mis manos lo que mis ojos han estado devorando.
Pero no lo hago, porque esta transformación es más importante, necesito que sobreviva y sé que, si no se encarga ella misma de Marco, la consumirá por dentro.