CAPÍTULO 19 #2
Solo entonces, cuando todavía estoy convulsionando con los ecos del clímax, siento que se coloca a mi lado.
Me guía para que me ponga de lado y entra en mí desde detrás, llenándome de una vez con una embestida profunda que me arranca un jadeo.
Ahora sus movimientos son controlados, potentes, cada empuje calculado para alcanzar una profundidad que me hace ver estrellas detrás de la venda.
Toma mis manos y las entrelaza con las suyas, inmovilizándolas contra mi pecho.
Estoy atrapada, no por la fuerza, sino por la sensación, por la entrega total que esta oscuridad y su dominio me permiten. Es aterrador y liberador al mismo tiempo.
El segundo orgasmo nos llega a los dos casi al mismo tiempo. El suyo es un gruñido gutural que siento vibrar a través de su pecho contra mi espalda. El mío es un grito ahogado, un sonido desgarrado que parece salir de un lugar muy profundo dentro de mí, un lugar que había sellado hace meses.
Cuando todo termina, él se queda quieto sobre mí por un momento, y siento su respiración agitada en mi oído.
Luego, con una ternura que me desarma aún más, retira la venda.
La luz me deslumbra y parpadeo, desorientada.
Encuentro sus ojos mirándome y hay algo en su mirada que no había visto antes. Algo parecido al asombro.
Son las tres de la mañana. El silencio es absoluto y entonces, mi estómago rompe el hechizo con un gruñido largo, clarísimo, de hambre feroz.
El rubor me sube por el cuello y la cara de inmediato. Me encojo, deseando que el suelo me trague. Pero Connor… se ríe. No es una risa burlona, es una carcajada genuina, profunda y sorprendentemente cálida que llena la habitación. Nunca lo había visto reír así, tan natural, tan despreocupado.
—Tienes hambre —dice, todavía sonriendo, y esa sonrisa le cambia completamente la cara, haciéndolo parecer más joven, casi accesible.
—No he comido desde… no sé —murmuro, sintiéndome absurdamente vulnerable por algo tan mundano.
—Pues voy a tener que enseñarte que cocinar se me da igual de bien que el sexo —afirma, levantándose y ofreciéndome su mano.
Yo no puedo evitar reírme ante esa afirmación, y la verdad tampoco puedo negársela.
Es realmente bueno en eso. Tomo su mano, aún temblorosa y me envuelve en un suéter que reconozco al instante.
Es de mi casa, es mío… y la certeza actual de que ha estado en mi casa ahora mismo me causa hasta cierta risa.
Cómo no, alguien como Connor no se iba a limitar a preguntar cosas sobre mí.
Alguien como él observa, vigila, caza. Usa cámaras y se cuela de forma ilegal en los sitios. Grace se horrorizaría por algo así… en cambio Brook está empezando a ver ciertos actos como algo cariñoso.
Me lleva a la cocina. Mientras yo me siento en un taburete, él se mueve por el espacio con una familiaridad que me sorprende.
Saca huevos, jamón, pimientos, cebolla. En cuestión de minutos, el aroma a cebolla pochándose en aceite de oliva llena el aire, seguido por el tentador olor de la tortilla que cuaja en la sartén.
Observo sus manos, esas mismas que hace minutos me marcaban y me provocaban, ahora partiendo el pan, sacando platos. La contradicción me deja perpleja.
La tortilla que coloca frente a mí es perfecta, dorada por fuera, jugosa por dentro.
El primer bocado es un éxtasis de sabores simples.
Como con una urgencia que me avergüenza, pero no puedo detenerme.
Él se sienta frente a mí y come también, en silencio, observándome.
Por un momento, solo existe este rincón de luz cálida, el sabor de la comida casera y la extraña normalidad de la escena.
Me olvido de que estoy secuestrada, incluso me olvido de Marco.
Solo quiero existir en esta burbuja donde el placer y esta inesperada sensación de seguridad calman todas las partes rotas dentro de mí.
Es en medio de esta calma, con el último bocado en mi boca, cuando él habla.
—Te prometí que me encargaría de Marco —dice, y su voz es grave, arrastrando la realidad de vuelta a la estancia.
Me congelo y dejo el tenedor lentamente.
—No —digo, y la palabra sale como una súplica—. Connor, no lo hagas, por favor. Tengo que hacerlo yo.
Veo cómo su mandíbula se tensa.
—No.
La firmeza de su respuesta me golpea de lleno.
—¿No?
—No vas a acercarte a él.
—No puedes decidir eso por mí.
—Claro que puedo cuando la alternativa es encontrarte muerta.
Me pongo en pie tan rápido que la silla chirría contra el suelo.
—¡No se trata de eso!
Connor también se levanta.
—Entonces explícamelo, porque desde donde yo estoy parece exactamente eso.
—Necesito hacerlo.
—¿Por qué?
—¡No lo entiendes! —exclamo, y la emoción me ahoga—. No es solo venganza. Es… lo único que me queda. Mi honor, mi paz. Si tú lo haces, seguirá siendo él quien definió mi vida, quien me quitó todo. Yo necesito ser quien le ponga fin a esto, necesito saber que puedo hacerlo, por mí.