La Spina Negra CAPÍTULO 19
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CAPÍTULO 19

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La fuerza con la que Connor me levanta en brazos me deja sin aliento.

Mi cuerpo, todavía palpitante y sensible de lo que acabamos de hacer en la cocina, se hunde contra el calor sólido de su pecho.

No tengo energía para protestar, y en el fondo, una parte cansada y confusa de mí no quiere hacerlo.

El olor a sexo y a sudor se mezcla con su colonia, creando un aroma que ya empiezo a asociar con él, con esta locura nuestra.

Camina conmigo por el pasillo hacia su habitación, y luego directamente al baño, un espacio amplio y minimalista con una bañera de piedra oscura que parece tallada en una sola pieza.

Me baja con suavidad y enciende las luces tenues antes de empezar a llenar la bañera.

El sonido del agua caliente es hipnótico, mientras el vapor empieza a empañar los espejos, veo cómo se agacha y busca en un estante, sacando una botella de gel de baño que me hace parpadear.

Es mi marca de gel, el de olor vainilla y canela que compraba en el supermercado cerca de mi apartamento. Un nudo se me forma en la garganta.

—¿Cómo… cómo sabías que ese era mi favorito? —pregunto, y mi voz suena asustada.

Él deja la botella y se acerca, apartándome un mechón de pelo, húmedo por el sudor de la cara, con una delicadeza que contradice todo lo que acaba de ocurrir en la cocina. Sus ojos me sostienen.

—Ya te lo dije —responde, y su tono es bajo, íntimo—. Lo sé todo de ti. Más de lo que tú crees.

No parece una amenaza, es una afirmación que me estremece por dentro.

Significa que ha estado observando, recopilando, seguramente mucho antes de que yo supiera quién era.

Me ayuda a meterme en el agua y el calor me envuelve de inmediato, penetrando en músculos que no sabía que tenía tan tensos.

Un suspiro involuntario se me escapa cuando me sumerjo en la espuma cremosa.

Él se despoja de lo que le queda de ropa y se mete detrás de mí, rodeándome con sus piernas, atrayéndome contra su torso.

Soy plenamente consciente de cada centímetro de su piel contra la mía.

Coge el champú y empieza a lavarme el pelo.

Sus dedos, esos mismos dedos que momentos antes me sujetaban con fuerza, ahora se mueven con una paciencia infinita, masajeando mi cuero cabelludo en círculos lentos que me hacen cerrar los ojos.

Es un gesto de cuidado tan inesperado, tan ajeno a todo lo que conozco de él, que por un momento me olvido de quién es y de por qué estoy aquí.

Solo existe el calor del agua, el olor a vainilla y el alivio profundo que sus manos provocan en mi cuerpo.

Cuando termina de aclararme, sus manos bajan por mis hombros, resbalando sobre mi piel.

Me gira con suavidad hasta colocarme a horcajadas sobre sus muslos, enfrentándome a él.

La espuma se disipa entre nosotros y siento su erección dura y caliente rozando mi sexo bajo el agua.

Mis ojos se encuentran con los suyos. Hay una intensidad concentrada que me hace contener la respiración.

—Tú llevas el ritmo hoy —dice, y sus manos se posan en mis caderas, no para empujar, sino para sostener.

Es una concesión, un ceder el control que me desconcierta tanto como me excita.

Pongo mis manos en sus hombros, anclándome, y empiezo a moverme.

Al principio soy torpe, pero él no interviene.

Solo me mira, con esos ojos oscuros que absorben cada uno de mis movimientos, cada cambio en mi expresión.

Poco a poco, la inseguridad se disuelve y es reemplazada por la sensación pura.

Encuentro un ritmo, un ángulo que hace que el placer se encienda en mi interior como una brasa avivada.

Me muevo sobre él, sintiendo cómo me llena, cómo cada roce profundo envía ondas de calor desde mi centro hasta las puntas de mis dedos. Es más lento que antes, más deliberado.

Mis ojos se cierran, mi cabeza se echa hacia atrás.

El agua chapotea a nuestro alrededor con un sonido íntimo que marca el compás de nuestros cuerpos.

Sus manos se deslizan por mi espalda, bajando para agarrarme las nalgas, ayudándome en el movimiento, animándome sin palabras.

Siento la presión acumulándose dentro de mí, un nudo de tensión dulce que se aprieta con cada balanceo de mis caderas.

Cuando el orgasmo llega, no es una explosión violenta como en la cocina, sino una onda expansiva, un temblor que me recorre y me abalanzo hacia adelante, hundiendo los dientes en la carne del hombro de Connor con un gruñido ahogado.

Me quedo allí, temblando, jadeando contra su piel, saboreando su sudor salado mezclado con el mío. Él suelta un gruñido de satisfacción profunda.

—La gatita muerde… —jadea cerca de mi oído cuando el último espasmo me abandona—. Me gusta… Pensaba que eras más de arañar, creo que subestimé a la felina.

Hay un orgullo ronco en su voz que me hace sentir poderosa. Me separo lo suficiente para ver la marca de mis dientes en su piel, un moretón rojizo y semicircular que me pertenece. Una parte de mí se estremece ante la posesividad de ese gesto. La otra parte lo celebra, con una satisfacción salvaje.

No sé qué decir, me quedo sin palabras. Toda la sangre de mi cerebro ha ido a parar a mis mejillas y claramente mi cerebro ha dejado de pensar.

Salimos de la bañera cuando el agua se enfría.

Me envuelve en una toalla enorme y suave que huele a limón fresco, y yo me dejo hacer, observándolo mientras él se seca con movimientos rápidos.

De repente, me siento increíblemente expuesta, no solo físicamente, sino emocionalmente.

Él ha visto demasiado, bajo la mirada, frotándome los brazos.

—Deja de esconderte —dice mientras se acerca, y su voz es suave pero firme—. Confía en mí un poco más.

Sacude la cabeza, como si mis dudas fueran algo tangible que pudiera apartar. Luego se agacha y abre un cajón del armario del baño, sacando algo que hace que mi corazón dé un vuelco: una venda ancha de seda negra, que brilla bajo la luz.

—¿Para qué es eso? —pregunto, y mi voz suena pequeña.

—Para jugar. Para que sientas sin ver—. Se acerca.

La seda es suave entre sus dedos—. No es para atarte —aclara antes de que el pánico pueda echar raíces, leyendo mi expresión a la perfección—.

Algún día, quizás, te ate, pero no aún—.

Sus ojos se clavan en los míos, serios—. No estás preparada para eso, y lo sé.

Esas palabras, la certeza con la que afirma que se está conteniendo por mí, por lo que le confesé, me desarman por completo. Derriba mis defensas más eficazmente que cualquier fuerza. Asiento, casi sin darme cuenta.

—La palabra es «Tormenta» ¿la recuerdas? —dice, con voz clara y grave mientras se coloca detrás de mí—. Solo si de verdad quieres parar. Si sientes que es demasiado o que cruzo límites. ¿Entendido?

—Entendido —susurro.

Me guía de vuelta a la habitación, donde la luz es dorada. Me hace arrodillarme en la cama. Luego se pone detrás de mí y con movimientos deliberados, pero increíblemente suaves, coloca la seda negra sobre mis ojos. El mundo desaparece, reducido a sensaciones táctiles, al sonido de su respiración.

Sus manos me encuentran primero. Una palma caliente en la base de mi cuello, los dedos abriéndose para rodear mi garganta sin apretar, solo sostiene. Un recordatorio de su fuerza contenida que me hace estremecer.

—Tranquila —murmura justo en mi oído—. Solo soy yo.

Sus labios encuentran mi hombro. Un beso suave, luego una lamida lenta que me hace arquear la espalda. Sus manos bajan, acariciando mis costados, mis caderas, con una posesividad que debería darme miedo, pero solo me prende más. Sin la vista, cada toque se amplifica, cada caricia es un mundo.

—Relájate —murmura su voz cerca de mi oreja, y su aliento me hace estremecer—. Solo disfruta.

Empieza ahora en mi nuca, trazando líneas lentas y deliberadas por mi columna vertebral. Cada vértebra parece encenderse bajo su tacto. Luego, sus labios.

Besos tan ligeros como pétalos que descienden por el mismo camino, deteniéndose en la base de mi espalda. El contraste entre la suavidad de sus labios y la aspereza controlada de sus manos, que ahora se agarran a mis caderas, es electrizante.

Luego, los mordiscos. Empiezan como un roce de dientes, un cosquilleo peligroso que hace que mi piel se erice.

Poco a poco, la presión aumenta. No es doloroso, pero es una mordida firme y posesiva que deja una sensación de calor y marca en mi piel.

Cada uno parece decir mía. Me muerde los hombros, los costados, la parte carnosa de mis nalgas, y con cada uno, un gemido se me escapa, mezcla de sorpresa y un placer oscuro y vergonzoso.

Me da la vuelta con facilidad y me tumba boca arriba, quedando completamente vulnerable y ciega.

La anticipación es casi insoportable. Sus manos recorren mis costillas, suben hasta mis pechos, donde sus dedos pellizcan y tiran de mis pezones con una precisión que me hace arquear la espalda fuera del colchón.

Luego su boca los reemplaza, succionando con una fuerza que roza el dolor, pero que inmediatamente se transforma en una oleada de deseo tan intensa que grito.

Baja más, dejando un rastro de besos húmedos y mordiscos suaves por mi abdomen.

Cuando su lengua finalmente me encuentra, ya estoy empapada y temblando.

Esta vez no es voraz, es meticuloso. Se toma su tiempo para explorar cada pliegue, cada punto sensible, construyendo el placer con una paciencia tortuosa.

Me retuerzo, mis manos se aferran a las sábanas, pero no digo la palabra, no quiero que se detenga.

El orgasmo, cuando finalmente estalla, es diferente a los anteriores.

Es profundo, resonante, me sacude desde dentro hacia afuera y me deja flotando, completamente perdida en la oscuridad que él ha creado.