La Spina Negra CAPÍTULO 18 #3
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CAPÍTULO 18 #3

Me lleva hacia atrás, hacia la isla de la cocina.

Sus manos encuentran el bajo de la camisa, que llevo puesta, y en un movimiento rápido, la arranca sobre mi cabeza.

El aire frío del ático me golpea la piel desnuda, pero su mirada es más caliente que cualquier fuego.

Me sube de un impulso para sentarme sobre el frío mármol, separando mis piernas para colocarse entre ellas.

Sus ojos no se apartan de los míos mientras se arrodilla frente a mí.

El espectáculo de ver al hombre de hierro, el hombre que todo lo controla, inclinado ante mí, me deja sin aliento.

Sus manos agarran mis muslos, abriéndome más, exponiéndome por completo a su vista.

Siento el rubor subirme por el cuello, pero no aparto la mirada.

Hay una crudeza en esto, una falta de romanticismo que lo hace sentir más real, más visceral.

—Mía —murmura él, como una confirmación, antes de inclinarse y poner su boca sobre mi sexo.

El primer contacto de su lengua es una descarga eléctrica.

Inteligente, insistente, busca y encuentra cada punto que me hace arder.

No es suave. Es voraz, como si estuviera hambriento, como si también necesitara reafirmar su posesión de esta manera.

Mis manos se entierran en su pelo, tirando de los mechones oscuros, ya no para empujarlo lejos, sino para mantenerlo ahí, para hundirme más en la sensación que está construyendo.

—¡Oh sí joder…! —grito sin poder controlarme, este hombre sabe muy bien cómo usar su lengua.

Olvido a Alina, la rabia y todo excepto la presión experta de su lengua y los gruñidos bajos que vibran contra mi piel.

Me derrumbo contra el mármol, con un grito ahogado escapando de mis labios mientras el orgasmo me arrasa, violento y total, sacudiéndome desde los dedos de los pies hasta las raíces del pelo.

Antes de que pueda recuperar el aliento, él se pone de pie. Sus ojos están oscuros, llenos de una satisfacción salvaje. Desabrocha su cinturón y la cremallera de sus pantalones, liberando su erección. Me mira, desafiándome.

—Ahora tú, veamos hasta dónde estás dispuesta a llegar… —dice, su voz ronca por el deseo—. Reclama lo tuyo, gatita.

Un nuevo tipo de nerviosismo me recorre, pero por encima de él está la necesidad, los celos transformados en un deseo posesivo aún más intenso.

Me deslizo del mármol, con mis piernas todavía temblorosas, y me arrodillo frente a él.

La intimidad de la posición, la vulnerabilidad y el poder mezclados, me marean.

Le miro a los ojos mientras tomo su longitud en mi mano, sintiendo su peso, su calor, el latido de su pulso bajo mi palma.

Es tan grande que creo que no voy a poder y dudo, pero luego, guiada por un instinto que no sabía que tenía, inclino la cabeza y le llevo a mi boca.

Poco a poco, adaptando mi mandíbula y controlando mis arcadas, me la voy metiendo más.

Él emite un sonido gutural, una mezcla de sorpresa y placer.

Sus manos vuelven a mi pelo, no guiándome con fuerza, sino anclándose allí, dejando que yo lleve el ritmo.

Al principio soy torpe, insegura, pero su reacción, los gemidos bajos que escapan de sus labios, me dan valor.

Me vuelvo más audaz, más decidida. Esto no es sumisión, es conquista.

Cada movimiento de mi lengua, cada succión, es un recordatorio: Tú eres mío. Esto es mío.

Siento cómo su cuerpo se tensa, cómo sus caderas empiezan a moverse con un ritmo involuntario. Su respiración se acelera, se vuelve entrecortada.

—Brook… —gruñe con advertencia.

Pero no me detengo. Me siento como una diosa por tenerlo así, expuesto, rendido, temblando por mí. Aprendo lo que le hace perder el control, y lo exploto sin piedad, hasta que sus dedos se clavan en mi cuero cabelludo y su cuerpo se arquea con un gemido ronco y profundo que llena la cocina.

Su respiración se rompe de golpe y noto cómo todo su cuerpo se tensa bajo mis manos. Connor suelta mi nombre entre dientes, ronco, como si le arrancaran el aire, y entonces me aferra con una intensidad que me hace temblar.

Lo siento deshacerse poco a poco en mi boca, perder ese control férreo que lleva siempre encima, mientras yo lo sostengo ahí, en ese instante en el que solo existe el placer y nosotros dos.

Cuando termina, me aparto un poco, jadeando y limpiándome los restos de la comisura de la boca, y él me obliga a alzar la mirada. Sus dedos rozan mi barbilla, firmes, pero casi reverentes.

—Joder… mírate —murmura, con la voz rota y oscura—. Vas a acabar conmigo, pequeña.

Su rostro está relajado, con una expresión de asombro absoluto y satisfacción profunda. Me levanta del suelo con facilidad y me atrae contra su pecho, donde puedo sentir el frenético golpeteo de su corazón.

Me aprieta contra él, y en su abrazo, en el olor a sexo y a nosotros que llena el aire, percibo un cambio.

La rabia se ha ido, quemada en este fuego.

Los celos se han transformado en algo más peligroso.

Él dijo que yo era suya. Y ahora, después de esto, después de haberlo reclamado de la única manera que pude en este encierro… sé que es verdad. Y él también es mío.