CAPÍTULO 18 #2
Me respondió al instante, preguntando si había recordado algún detalle relevante.
Me dijo que cualquier información podía ser de suma importancia para la detención del responsable.
Pero no quiero eso, no quiero una detención.
Quiero que sufra y en eso la policía no me va a ayudar.
Por lo que fingí que seguía con amnesia y que por eso iba a hacer un viaje para aclarar mi cabeza y relajarme.
Podría haber aprovechado la oportunidad para pedir ayuda. Podría haberle dicho que Connor Moretti, capo de La Spina Negra de Chicago, me había secuestrado y haber acabado con todo esto de una vez.
Pero eso también habría significado admitir demasiadas cosas. La policía descubriría que llevo meses investigando por mi cuenta, siguiendo pistas, infiltrándome en una organización criminal y juntándome con personas peligrosas. Toda mi operación de venganza se vendría abajo en cuestión de horas.
Así que decidí arriesgarme.
No sé si ha sido una decisión inteligente o la peor de mi vida. Lo único que sé es que sigo aquí. Retenida contra mi voluntad en el ático de un capo de la mafia.
Y aun así...
Frunzo el ceño al reconocer el pensamiento. Debería estar aterrorizada, buscando cualquier forma de escapar de él. Pero no lo estoy. No siento miedo cuando Connor está cerca.
Rabia. Frustración. Deseo de llevarle la contraria. Incluso una atracción que preferiría no analizar demasiado.
Pero miedo no. Y eso es precisamente lo que más me inquieta. Porque no encuentro ninguna explicación lógica para ello.
—¿Me estaré volviendo loca? —murmuro para mí misma.
Por primera vez desde que todo esto empezó, no estoy segura de querer conocer la respuesta.
Entonces, oigo la cerradura. Me quedo petrificada en medio del salón, el corazón me golpea las costillas. La puerta se abre y entra Connor, pero no viene solo.
Alina está a su lado. Y no viene con las manos vacías.
Lleva media docena de bolsas de lujo de tiendas de mujer colgando de sus delgados brazos.
Viste un conjunto impecable, pantalones blancos y una blusa de seda que cuesta más que todo lo que he poseído en mi vida.
Su pelo cobre cae en ondas perfectas. Me mira con una curiosidad que raya la condescendencia.
—¡Vaya! ¡Aquí está la gatita de Connor! —exclama con sorna y yo necesito apretar los puños hasta que me duelen los nudillos para contenerme y no darle un puñetazo.
Connor deja las llaves en la mesa de la entrada. Parece… normal. Como si traer a otra mujer al lugar donde me tiene secuestrada fuera la cosa más natural del mundo.
—Brook, esta es Alina. Alina, Brook —dice, como presentándonos en una maldita fiesta del té.
La rabia que he contenido durante horas estalla. Es un volcán que no puedo contener.
—¿En serio? —digo, y mi voz suena estridente, cargada de veneno—. ¿En serio, Connor? Me dijiste que este lugar era seguro, que nadie lo conocía. Pero claro, ella sí. Porque es aquí donde traes a tus follamigas, ¿no? ¿A cuántas más has traído aquí? ¿Esta es la suite donde guardas a todas tus putas?
—Brook, baja la voz—. Dice Connor frunciendo el ceño.
—¡No bajaré nada! —grito, señalando a Alina con un dedo tembloroso—. ¿Y las bolsas? ¿Le estás comprando ropa ahora? ¿Es el premio por ayudarte a secuestrarme?
Alina da un paso adelante, con una sonrisa pacificadora que solo logra enfurecerme más.
—Cariño, tranquila, que vengo en son de paz.
—Tú ni me hables puta. Aún me duele el puñetazo que me diste en la cara —escupo veneno cada vez que la miro.
—Lo lamento, era por tu propio bien. ¿Sabes? Connor me ha hablado mucho de ti y quería conocerte oficialmente, ser tu amiga.
¿Que le ha hablado de mí? ¿Le habrá contado todo?
¿Ser mi amiga? Es el último insulto que le aguanto, la rabia me ciega y sin pensarlo, me abalanzo hacia ella.
No sé si para empujarla, arañar esa cara perfecta o abofetearla, solo sé que necesito hacer algo, sacar esta furia que me está consumiendo por dentro.
Pero no llego a tocarla porque Connor se mueve con la velocidad de un felino, interponiéndose entre las dos. Sus brazos me atrapan, envolviéndome en un abrazo de hierro que frena mi embestida en seco.
—¡Suéltame! —bufo, forcejeando contra su agarre, pero es inútil. Es como luchar contra una montaña.
—Alina —dice Connor, y su voz es calmada pero firme—, será mejor que te vayas. Te llamaré luego.
Alina parece sorprendida, pero lo respeta. Mira a Connor, luego a mí, con mis ojos desorbitados y mi cuerpo temblando de rabia contenida. Entonces asiente, da media vuelta y se va, dejando las malditas bolsas en el suelo.
—Eso, ¡vete cobarde! —logro decir antes de que cierre la puerta tras ella.
El silencio vuelve a reinar en el ático, pero ahora está cargado de tensión. Connor no me suelta, se acerca más hasta que siento su respiración en el oído.
—Vaya, vaya —murmura, y su voz es ahora baja, como una vibración sensual que recorre mi espina dorsal—. Si no supiera que me desprecias por tenerte aquí retenida, pensaría que acabas de sacar las garras por celos.
—No estoy celosa —escupo, pero suena falso incluso para mis propios oídos. Sigo forcejeando, pero mi lucha ha perdido intensidad. Su cuerpo es duro contra el mío, y el calor que emana empieza a derretir el hielo de mi furia, reemplazándolo con algo mucho más peligroso.
—Claro que no —dice, burlón, y sus labios rozan la curva de mi oreja—. Por eso estabas a punto de arrancarle los ojos a la pobre Alina. Porque te resulta totalmente indiferente.
Me gira la cara para que le mire y enfrentarme a él. Sus ojos grises me escudriñan, buscando la verdad que me niego a admitir. La vergüenza se mezcla con la rabia y con ese deseo estúpido, persistente, que nunca se apaga cuando él está cerca.
—Ella no significa nada —dice, y su tono ha perdido la burla.
Es serio e intenso—. Las bolsas son para ti.
Ropa, cosas de higiene, tus cosas, Brook.
Para que no tengas que llevar siempre mis camisas, aunque si lo prefieres, no seré yo quien te lo niegue —me dice apartándose un poco y mirándome con ojos lascivos de arriba a abajo.
La información me descoloca, pero no lo suficiente. El fuego de los celos sigue ardiendo.
—¿Y por qué tenía que venir ella? ¿Por qué ella sabe dónde estoy? ¿Qué coño le has contado sobre mí?
—Porque Alina es de confianza. La conozco hace años, nos puede ayudar.
Y no, no conocía este lugar hasta hoy. Jamás te he mentido, Brook, yo no traigo aquí a ninguna mujer.
Pero ella puede ayudar más de lo que crees, no es mala persona, por favor dale una oportunidad.
En este mundo de mierda en el que te has metido, a veces uno necesita un amigo, y Alina sabe serlo.
Hay algo en su voz, una posesividad que debería asustarme, pero que en cambio alimenta esa parte oscura y territorial que no sabía que tenía. Si él tanto dice que soy suya… entonces él es mío y de nadie más.
Sin mediar palabra, actuando por un impulso ciego, cierro la distancia y clavo mis labios contra los suyos.
No es un beso tierno, es un ataque. Es rabia, celos, necesidad de marcar, de reclamar.
Connor se sorprende solo un instante antes de responder con la misma intensidad.
Sus manos se hunden en mi pelo, tirando de él para inclinar mi cabeza hacia atrás, dominando el beso hasta que me quedo sin aliento.
—¿Eso es lo que quieres, gatita? —gruñe contra mis labios— ¿Quieres demostrar quién manda?
—Quiero demostrar que, si yo soy tuya, tú eres mío —respondo desafiante.
Una sonrisa lenta y peligrosa se dibuja en sus labios.
—Demuéstralo.