CAPÍTULO 18
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El movimiento a mi lado me despierta antes que el sol.
Connor sigue dormido, con la respiración lenta y profunda, una calma extraña suavizando ese rostro afilado que jamás parece en paz cuando tiene los ojos abiertos.
Me quedo mirándolo unos segundos de más, notando cómo algo dentro de mí se reblandece de una forma peligrosa.
El recuerdo de anoche —sus manos, su boca, la aspereza de su voz rozándome el oído —me atraviesa con una oleada de calor tan intensa que tengo que cerrar los ojos. Dios. Cómo me gusta. Cómo me gustó cada segundo. Sigo temblando por dentro, todavía atrapada en el eco de todo lo que me hizo sentir.
Pero entonces recuerdo cómo he acabado aquí. Su brazo sujetándome como un grillete y mi voluntad reducida a nada.
La rabia sube rápida y ácida, mezclándose con el placer hasta convertirlo todo en algo irreconocible. No sé qué siento, no sé qué odio más: haber disfrutado… o querer repetirlo.
Me levanto de golpe, como si la cama quemara, y me pongo la primera camisa suya que encuentro. Es lo único que cubre mi cuerpo.
En la cocina, el mármol está helado bajo mis pies descalzos. Compruebo puertas, ventanas, nada. No hay por dónde salir de este ático convertido en jaula.
Estoy furiosa con él y con esta situación. Con el hecho de que sigo aquí cuando no he elegido estarlo. Debería estar tramando un plan de escape, pensando en cómo mantener las distancias, en todas las razones por las que Connor es exactamente el tipo de hombre del que debería alejarme.
Y las conozco. Es un criminal, peligroso. Alguien que toma decisiones por mí sin preguntarme.
Entonces, ¿por qué me siento así? Aprieto los dientes, molesta conmigo misma.
Anoche fui yo quien lo buscó, pero lo hice por mí. Desde el ataque no había vuelto a sentirme igual. Había aprendido a vivir con ello, a fingir que no importaba, pero la verdad es que una parte de mí se había apagado. Había aceptado que mi vida sexual había quedado aniquilada.
Pero desde que conocí a Connor algo dentro de mi cambió. Y ayer quería saber si todavía quedaba algo de la mujer que era antes. Quería saber si todavía podía sentir.
Con él siento ese cosquilleo en la piel, la tensión y el deseo. Anoche por primera vez en mucho tiempo no me sentí rota. Pero ahora ya lo he comprobado, así que no puede volver a pasar. Se acabó. Lo he utilizado con un fin.
Porque cuanto más tiempo paso con él, más difícil me resulta ignorar otra verdad que no quiero admitir y es que cuando Connor está cerca me siento segura.
La idea es tan absurda que casi me hace reír. Estoy retenida contra mi voluntad por un hombre al que apenas conozco y, aun así, una parte de mí baja la guardia cuando él está cerca de mí.
No lo entiendo ni quiero entenderlo. Solo sé que necesito recordar quién es él y quién soy yo. Lo de anoche fue algo que no puede volver a ocurrir y cuanto antes empiece a creérmelo, mejor.
El silencio de la mañana se rompe con el chisporroteo del bacon y el golpe seco de los huevos contra el borde del bol. Mantengo las manos ocupadas solo para no pensar, porque mi cabeza es un caos; me gusta, aunque no debería. Me gusta y me cabrea. Aun así… quiero más…
Oigo sus pasos avanzando por el pasillo con esa autoridad natural que lo acompaña, por lo visto, incluso recién levantado.
Se detiene en la puerta y se apoya en el marco, alzando ambos brazos para sujetarse en la parte superior, tensando cada músculo de su torso mientras los boxers negros que lleva puestos dejan muy poco a la imaginación.
Joder… es insultantemente sexy el cabrón.
Alza la vista hacia mí y esa sola mirada, lenta y afilada, me recorre entera hasta hacerme sentir desnuda otra vez, a pesar de la camisa.
—Huele bien —dice, con la voz ronca por el sueño—. Aunque no es lo único que huele bien aquí esta mañana.
Le lanzo una mirada, tratando de parecer indiferente—. Si quieres comer, no tientes a tu suerte.
Se acerca lentamente y aunque no me toca, llena el espacio. Su calor en mi espalda es una presencia abrumadora.
—Tenías hambre anoche —murmura, con su aliento rozándome la oreja—. Un hambre ruidosa, eso me gusta gatita.
El rubor me sube de golpe, caliente y traicionero. Me quedo muda, clavada al suelo, mientras el aceite salpica en la sartén. Él se ríe, con un sonido bajo y satisfecho, y se aparta como si nada. Como si no me hubiera dejado hecha un lío con solo una frase.
—No me llames así Connor o te quemo el desayuno —le desafío, pero en el fondo me encanta, no lo puedo evitar. Y él lo sabe, lo veo en sus ojos y en esa risita traicionera que ha intentado disimular.
—La bañera de mi habitación es grande —dice después de un trago de café mirándome con ojos lascivos—. Y el agua caliente es el mejor relajante muscular que conozco. ¿Te apetece un baño? Podría… enjabonarte el pelo.
La sugerencia es tan íntima que me quita el aire. Asiento sin pensar. Joder, ¿qué estoy haciendo? ¿Y lo de no puede volver a pasar dónde queda?
Bajo la guardia con él de la forma más estúpida.
Me dejo arrastrar por la calidez de sus manos, por la manera en que invade mi espacio como si le perteneciera, por esa posesividad arrogante que debería sacarme de quicio…
y que, en cambio, prende algo oscuro dentro de mí.
Connor sabe tocar sin apenas rozar, desarmarme sin necesidad de palabras, hacerme olvidar durante unos segundos por qué debería mantenerlo lejos. Y eso es peligroso.
Porque le he contado fragmentos de mi pasado, trozos cuidadosamente escogidos de la verdad.
Le hablé de lo que me hizo Marco, porque me pilló infraganti y no tenía más remedio, pero no se lo he contado todo.
No sabe nada de mi cambio de identidad. Y si supiera que la mujer que soy ahora existe gracias a la policía, no sé qué haría conmigo.
Tal vez protegerme, tal vez destruirme él mismo.
La sangre, la lealtad y el poder siempre están por encima de cualquier cosa y cualquier persona en mundos como el suyo.
De repente un teléfono suena, sacándome de mis pensamientos más profundos.
—¿Alina, pasa algo? Sí claro, salgo para allá ahora mismo—. Responde Connor, dirigiéndose a la habitación para vestirse.
—Dame tu móvil Brook —me dice extendiendo la palma de la mano abierta hacia mí—. No voy a correr el riesgo de que llames a alguien mientras me ausento unas horas.
—No tengo a quién llamar para que me ayude a salir de aquí, pero eso seguro que también lo sabes.
—Lo sé, pero no quiero que estés tentada a llamar a la policía. Sería un acto estúpido por tu parte, pero no me apetece averiguar qué tan estúpida puedes llegar a ser.
—Dios, no puedo contigo… —le suelto mientras le doy el teléfono y pongo los ojos en blanco. Realmente no sirve para nada, en eso no le he mentido, no tengo a nadie a quién llamar.
Cada segundo que pasa desde que Connor se marchó se siente como una eternidad. Estoy sentada en el sofá, con las rodillas pegadas al pecho, mirando la puerta como si pudiera hacerla abrirse con la fuerza de mi odio.
Sus últimas palabras todavía resuenan en mi cabeza. «Lo siento por el desayuno. Cuando vuelva, queda pendiente ese baño juntos». Y ese guiño. Ese maldito y arrogante guiño mientras se abrochaba el Rolex y salía a toda prisa.
Un puñal de hielo se me clavó en el estómago al saber quién le llamaba: Alina. Las chismosas del casino no paran de hablar de ella, por eso empiezo a conocerla. «Está loca por el jefe», «Siempre está rondándolo», «Dicen que es la única que se atreve a llamarlo a deshoras».
Y ahora, él ha salido corriendo por ella.
Me ha dejado aquí, encerrada como un perro, para ir a atender a su «follamiga».
La rabia me sube por la garganta, tan amarga que casi puedo saborearla.
Las horas pasan, lentas y tortuosas. Recorro el ático una y otra vez, tocando los objetos que son de él, sintiéndome más y más como la intrusa, la prisionera temporal que es desplazada en cuanto aparece la favorita de verdad.
Intento distraerme mirando por las ventanas, recorriendo con la vista la ciudad que se extiende bajo mis pies, pero no tarda en resultarme imposible permanecer quieta. Necesito hacer algo, pensar, moverme.
Observo cada rincón con más atención de la que había prestado hasta ahora. No sé exactamente qué estoy buscando, cualquier cosa que pueda servirme para salir de aquí.
Abro uno de los cajones del salón y encuentro únicamente papeles relacionados con negocios, contratos y carpetas llenas de nombres que no significan nada para mí.
Los reviso por encima antes de volver a dejarlos donde estaban.
Después paso a un aparador, luego a una estantería y finalmente a un mueble bajo junto a la televisión.
Nada.
Se me ocurre ir a mirar en su despacho, pero está cerrado con llave. Parece tenerlo todo ordenado y bajo control.
Aun así, sigo buscando, hasta que en su mesita de noche encuentro un pasaporte.
Lo abro y encuentro la foto de Connor mirándome fijamente, con esa expresión seria que siempre le acompaña, pero unos años más joven; Connor Moretti, treinta y cinco años.
Nacido en Nueva York. Moretti… italiano. O al menos su familia lo era.
Dejo todo como estaba para que no descubra que he estado rebuscando y me dirijo de nuevo a la cocina. Lo único que he conseguido es confirmar algo que ya sospechaba. Connor no es un hombre descuidado, pero nada que me sirva para salir de aquí.
Mi mente vuelve a la agente Foster. Por suerte, ese problema ya está resuelto.
Anoche, antes de que todo esto se complicara todavía más, le envié un mensaje avisándola de que iba a tomarme unos días de vacaciones. Nada demasiado elaborado. Lo justo para justificar mi ausencia durante un tiempo.