La Spina Negra CAPÍTULO 17 #3
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CAPÍTULO 17 #3

—Lo sé —respondo, y es la verdad más pura que le he dicho desde que la traje aquí—. Pero tu miedo me pertenece, igual que tu placer.

Y entonces, con una lentitud que me cuesta cada gramo de autocontrol que poseo, me hundo en ella lentamente.

Es estrecha, más de lo que imaginaba. Un gemido ahogado, de dolor real, se le escapa cuando avanzo el primer centímetro. Me detengo, mis músculos tensos como acero, dejando que se acostumbre a la intrusión. Su interior es un horno, un agarre perfecto alrededor de mi miembro.

—Respira, pequeña —susurro, mis palabras saliendo entre dientes apretados.

Ella obedece, tomando un tembloroso sorbo de aire. En la exhalación, avanzo otro poco, sintiendo cómo sus paredes internas se estiran para acomodarme. Es una sensación casi divina, de posesión absoluta.

Me sumerjo por centímetros, deteniéndome en cada uno, dejando que el dolor inicial se transforme en otra cosa. Sus uñas se clavan en mis brazos, marcándome y eso me gusta. Quiero que me marque como suyo, que me deje su huella.

Cuando estoy enteramente dentro, completamente hundido en su calor, nos quedamos quietos, fundidos. Su respiración es un jadeo contra mi cuello. La mía, un rugido contenido en el pecho.

—¿Lo sientes? — pregunto, mi voz áspera como lija—. ¿Sientes cómo lleno cada espacio vacío en ti?

Ella asiente, con apenas un movimiento de cabeza. Sus ojos están abiertos ahora, mirándome con una mezcla de shock y asombro.

Comienzo a moverme, con largas y profundas embestidas que sacan otro tipo de sonido de su garganta. Ya no es dolor, es desconcierto. Es placer naciente.

Cambio el ángulo, buscando, y cuando la encuentro, cuando la cabeza de mi miembro roza ese punto dentro de ella, sus ojos se abren de par en par y un grito seco le sale del pecho.

Y empiezo el verdadero trabajo. Mi ritmo se vuelve constante, implacable, cada embestida es una afirmación, una reclamación. Ella está debajo de mí, atrapada, poseída, y con cada movimiento su cuerpo arde.

Sus caderas comienzan a elevarse para encontrarse con las mías, tímidamente al principio, luego con más desesperación. Sus gemidos son de una necesidad que la está consumiendo por dentro.

Una mano se suelta de mi brazo y vaga, perdida, hasta enredarse en las sábanas negras. La tomo y la coloco sobre su propio clítoris, cubriéndola con la mía.

—Tócate— ordeno entre jadeos—. Mientras te follo, tócate, córrete otra vez. Quiero sentirlo desde dentro.

Ella me mira, avergonzada, pero la necesidad es más fuerte.

Sus dedos, bajo los míos, comienzan a moverse en pequeños círculos desesperados sobre su clítoris sensible.

Su respiración se acelera, se vuelve caótica.

Su interior comienza a palpitar alrededor de mí, apretando en espasmos anticipatorios.

Es demasiado, para los dos.

—Dios… joder… —grita entre gemidos.

—Deja de rezarle a Dios y mírame. Soy yo quien te hace perder el control —le digo mientras sujeto su barbilla para que me mire a los ojos mientras se corre.

—¡Connor! —grita mi nombre, y es un sonido desgarrado, liberado, que me atraviesa como una bala.

Su orgasmo la sacude con una violencia que supera al primero. Su cuerpo se arquea bajo el mío, su sexo se contrae alrededor del mío con una fuerza que amenaza con hacerme perder el control. La observo desmoronarse, perderse en la sensación, y es el espectáculo más hermoso y perverso que he visto.

No he soltado su barbilla todavía. Ella me sostiene la mirada con una fiereza salvaje, penetrante, clavándome esos ojos verdes que siempre consiguen volverme loco y es entonces cuando yo me dejo ir, con un gruñido animal que sale de lo más profundo de mis entrañas, la embisto una, dos, tres veces más, profundamente, clavándome en ella hasta el fondo, y exploto.

Es un torrente caliente e interminable que llena su interior, marcándola, sellando esta posesión de la manera más primitiva posible.

Me derrumbo sobre ella, sin todo mi peso, pero lo suficiente para sentir cada uno de sus temblores postorgásmicos. Nuestros sudores se mezclan, su corazón late como el de un pájaro atrapado contra mi pecho.

Pasan unos minutos en los que solo respiramos.

Finalmente, me separo de ella con un suave sonido que hace que ella gima débilmente.

Me tumbo a su lado, mirando el techo oscuro, recuperando el aliento.

Luego giro la cabeza para observarla. Está hecha un ovillo, con los ojos cerrados, las pestañas húmedas pegadas a sus mejillas.

Tiene el aspecto de alguien a quien desmontaron pieza por pieza y reconstruyeron de una manera diferente.

Alargo un brazo y la atraigo hacia mí, contra mi costado. Ella no se resiste, se acurruca allí, con su cabeza sobre mi pecho.

—Nadie te tocará jamás —digo en la oscuridad, y es una promesa y una amenaza en una sola frase—. Nadie excepto yo.

Y sé, mientras siento su respiración volverse lenta y regular contra mi piel, que esta es solo la primera noche de muchas. He abierto una puerta dentro de ella que no se puede cerrar. Y solo yo tengo la llave.