La Spina Negra CAPÍTULO 17 #2
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CAPÍTULO 17 #2

Ahora mis manos van a sus pechos. El contacto inicial es solo con las palmas, cubriendo la piel, calentándola.

Ella arquea la espalda apenas, un pequeño movimiento involuntario.

Entonces mis dedos encuentran los pezones, y comienzo a jugar con ellos —suaves círculos, presión ligera, luego un roce más firme.

Ella jadea, y sus manos finalmente se liberan del sofá y se agarran a mis brazos, no para empujarme, sino para anclarse.

—¿Nadie te había tocado así? —digo, observando cómo su rostro cambia, cómo el placer comienza a dibujarse como un color nuevo en sus facciones—. ¿Nadie se había preocupado de averiguar qué te gusta?

No dice nada, continúo, bajando una mano hasta su abdomen, trazando la línea hasta el borde de su ropa interior. Ella está respirando con más fuerza ahora, y cuando mi dedo encuentra el borde de sus braguitas, su cuerpo se estremece.

—¿Tormenta? —pregunto, mirándola directamente.

Ella duda un instante, pero enseguida niega con la cabeza. Sus labios se separan, pero no sale palabra. Es un permiso y eso me encanta. Dios sabe el autocontrol que debo tener para no arrancarle la ropa de golpe. No quiero asustarla. Con ella iré todo lo poco a poco que necesite.

La levanto de encima de mí y la tumbo en el sofá.

Cojo su ropa interior y la deslizo hacia abajo.

La exposición total la hace encogerse un poco, pero mis manos están allí inmediatamente, no en sus partes más íntimas aún, sino en sus muslos, acariciando la piel interna, haciéndola sentir segura en su vulnerabilidad.

—Brook— ahora mi voz tiene un grueso de deseo que no puedo ocultar—. Voy a probarte. Y quiero que te concentres solo en lo que sientes. Nada del pasado, solo este momento, tú y yo. Mi boca en ti.

Me muevo, colocándome entre sus piernas, que ella abre para mí con una mezcla de vergüenza y urgencia. La vista es íntima, privada y hermosa.

Entonces veo con claridad las marcas que ya intuía aquella noche en la fiesta de la piscina.

Líneas finas, pálidas, paralelas en algunos tramos.

Cortes limpios. Demasiado rectos y precisos para haber sido accidente.

Reconozco ese tipo de herida al instante, porque también le vi abrirse el brazo con la misma frialdad devastadora.

Autoinfligidos.

Algo se me retuerce en el pecho con una violencia inesperada. Una grieta seca, incómoda, en mitad del deseo. Me rompe un poco el corazón imaginarla sola, llevándose el dolor a la piel porque no encontraba otro lugar donde dejarlo.

Aun así, no dejo que nada de eso se refleje en mi cara. No es el momento cuando me está permitiendo entrar en un espacio que probablemente nadie pisa sin hacer daño.

Me inclino, y antes de que mi lengua encuentre su centro, mis dedos abren su piel suavemente, explorando la textura, la humedad que ya está formándose.

Cuando finalmente mi lengua traza el primer contacto directo en su clítoris, ella grita—un sonido corto, sorprendido, que se corta en un gemido largo.

Sus manos se agarran a mi pelo, no empujando, sino sosteniendo.

Yo continúo, con movimientos lentos, construyendo el ritmo, dejando que cada onda de placer se acumule antes de añadir más presión o más velocidad.

Ella está perdida ahora. Los gemidos son continuos, un torrente de sonidos que me vuelven loco y me la ponen dura al instante.

Su cuerpo se arquea, se retuerce bajo mi boca, y puedo sentir cómo la tensión de años de experiencias pobres y del trauma, comienza a derrumbarse en esta cascada de sensaciones nuevas.

Mis dedos entran lentamente en ella mientras mi lengua no cesa. Está mojada, caliente, y cada músculo interno se ajusta a mi intrusión como si nunca hubiera conocido esta profundidad. Sus gritos se mezclan con palabras entrecortadas.

—Connor… no puedo…

—Sí puedes —murmuro contra su piel, y aumento la presión y el ritmo—. Solo déjate ir, déjate llevar, córrete para mí, pequeña.

Y ella cae, el orgasmo la golpea con una fuerza que parece sacarla de este mundo por unos segundos. Su cuerpo convulsiona, sus piernas se cierran alrededor de mi cabeza, y un grito largo, limpio, lleno de un placer que no tiene vergüenza, sale de sus labios.

Me alejo lentamente, dejando que respire, que recupere la conciencia.

Sus ojos están vidriosos, su piel cubierta de un brillo de sudor y liberación.

Cuando finalmente puede mirarme, hay algo nuevo allí: no solo satisfacción, sino asombro.

Como si hubiera descubierto un continente dentro de sí misma.

—Eso —digo con la voz ronca por la excitación y el whisky de antes, —fue solo el principio, pequeña. La lección uno.

La llevo en brazos hacia el dormitorio. Ella no protesta, sus ojos están vidriosos, aturdidos por el placer.

Sé que los demonios aún están ahí, en las sombras.

Pero por esta noche, he plantado algo más poderoso en su interior: el conocimiento de lo que su cuerpo puede sentir conmigo.

Y eso es una cadena mucho más fuerte que cualquier cerradura en una puerta.

La llevo por el pasillo oscuro. No pesa nada, o quizá es la adrenalina la que me da fuerzas.

Sus brazos se enroscan flojamente alrededor de mi cuello, una rendición temporal.

La puerta de mi dormitorio está entreabierta, la empujo con el pie y entramos en la penumbra, solo rota por la luz azulada de la luna que se filtra entre las cortinas.

La deposito en medio de la cama, entre las sábanas negras de satén.

Se hunde en ellas. Sus ojos me siguen mientras me quito la chaqueta y la dejo caer al suelo, luego la camisa.

Los botones suenan como pequeñas detonaciones en el silencio.

Ella observa, hipnotizada, el despliegue de piel, de tatuajes que cuentan historias, de cicatrices que son mapas de un territorio violento.

—Mírame —ordeno, mientras desabrocho mi cinturón. El metal golpea el suelo con un sonido definitivo—. Quiero que veas lo que me haces, lo que provocas en mí.

Bajo la cremallera y libero mi erección, dura, palpitante, curvada hacia arriba.

Veo cómo traga saliva, cómo su mirada se queda fija allí, entre el miedo y una fascinación que no puede ocultar.

Se lleva una mano instintivamente entre sus muslos, como para protegerse, o tal vez para recordar la sensación que acaba de vivir.

—No —digo con suavidad, pero firme. Me acerco a la cama y le tomo la muñeca, apartando su mano de su sexo. La guío hacia mí, para que sus dedos fríos y temblorosos rocen la punta de mi miembro, ya húmeda. Ella jadea al contacto. —Esto es tuyo a partir de ahora. Es por ti.

La suelto y me arrodillo sobre la cama, colocándome entre sus piernas, que se abren para mí con una docilidad que enciende mi sangre. Apoyo mis manos a cada lado de su cabeza, encerrándola. Nuestros rostros están a centímetros de distancia. Puedo sentir su aliento cálido y rápido contra mis labios.

—Voy a estar dentro de ti, Brook—. Susurro, rozando sus labios con los míos sin besarla.

Es una tortura para los dos—. Quizás te duela un poco porque eres pequeña, pero estás hecha para mí y después del dolor…

— deslizo la punta de mi erección a través de sus pliegues, empapándome de su humedad, —después, solo vas a sentir cómo te lleno, te estiro, cómo te hago olvidar tu propio nombre.

Ella cierra los ojos, pero una lágrima escapa por su comisura.

—Tengo miedo —confiesa en un suspiro casi inaudible.